martes, 15 de junio de 2010

Pequeñas narraciones intrascendentes III




El Peatón cuenta que...


A riesgo de ser denunciado como apologista del timo por algún ciudadano decente, debo confesar que simpatizo con los timadores. Y conste en el acta que lo digo en mi condición de víctima del ilícito. Evidentemente no me refiero a los banqueros o a ciertos políticos, pues tales especimenes pertenecen a las grandes ligas del timo según lo denunció Edgar Allan Poe hace más de un rato. Hago referencia a los estafadores al detal, a los “chichipatos”, si se quiere, -para utilizar un adjetivo más coloquial-, quienes solo cuentan con su creatividad como insumo para desempeñar el oficio.
Ahora bien, ni siquiera estoy seguro de que el sujeto del cual les hablaré a continuación sea realmente un timador. Lo digo porque el verdadero estafador aprovecha el ánimo de lucro fácil de su víctima, que actúa como un catalizador para perfeccionar el delito. Los ejemplos cunden dolorosamente en Colombia, de modo que no vale la pena hurgar heridas sin restañar.

En mi caso el sujeto en cuestión apeló a mi ego, amén de mi solidaridad parroquiana. Pasaba yo por la Clínica de la Fundación Santa Fe en el norte de la ciudad, cuando fui abordado por un hombre joven vestido con sudadera, cachucha deportiva, lentes oscuros y tenis de marca, que me recitó el siguiente libreto: 
- Doctor, que gusto me da verlo de nuevo, hace días que no va por el club a jugar golf. 

Aquí es donde el tipo invocó mi ego como dije anteriormente, pues, ni soy doctor, ni le jalo al golf, ni pertenezco a ningún club, a no ser el de hipertensos de la EPS. Sin embargo me halagó mucho que el hombre me confundiera con un cacao, porque eso sí: soy pobre pero de buena familia, como decía mi abuela con vergonzante candor. De manera que notifiqué al personaje sobre su error, pero él lejos de rendirse, me dijo que actualmente era caddie en un club de golf, y que seguramente me conocía de otro club, tal vez uno de tenis, donde también había sido recogebolas. Le insistí en que el único deporte que practico es el baloncesto, disciplina que se juega modestamente en los parques de barrio compartiendo la cancha en común y pro indiviso con los aficionados al micro fútbol. Pero otra virtud del “líchigo” es la persistencia; así que el hombre me ofreció disculpas por la confusión, y allí mismo soltó su carga de profundidad trayendo a colación la solidaridad deportiva con el fin de pedirme un aporte, en metálico, para ayudarlo a pagar la cuenta del hospital.

Como no era la primera vez que el tipo asaltaba mi buena fe de samaritano con tan peregrino relato, lo enteré de la situación, y le dije que no estaba dispuesto a caer nuevamente en su vil treta; pero que lejos de denunciarlo en público para su escarmiento, lo dejaría en paz como gesto de simpatía por su interpretación teatral. Le sugerí, eso sí, que escogiera mejor a sus víctimas, y que no se llamara a engaño con todos los prospectos que visten de paño y corbata, porque como andan las cosas por los lados de Usaquén, la mayoría de ellos pertenece a la escolta de personajotes de la política o del jet set criollo. Por su bien lo previne para que no se le ocurriera molestar a sujetos peluqueados al rapé, con gafas oscuras, corbata rosada, anillo con rubí y esclava de oro en la mano izquierda. Los demás somos trabajadores “líchigos” obligados a lucir traje de dos piezas, a manera de overol para el trajín de la oficina.

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