viernes, 23 de julio de 2010

Recetario del rebusque VI




Don Quijote de la Mancha era un peatón. Lo que de buenas a primeras suena a disparate (más aún refiriéndose a un hombre de a caballo), adquiere sentido cuando aclaramos que “peatón” es un estado del alma, una forma de ser y estar en el mundo (ver mi entrada elogio del peatón en las entradas de marzo de 2010). Recordemos que al igual que el hombre de a pie, el caballero de la triste figura era un soñador, cuya congrua hacienda apenas le daba para procurarse los comestibles más ordinarios (y no por ello menos exquisitos) de su época.

Doña Rosalía Rabanal, dama española conocedora de asuntos culinarios, nos advierte que en el primer párrafo de la novela "Don Quijote de La Mancha" se revelan los cinco platos que constituían la dieta habitual del adorable caballero. Veamos:

“En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor. Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lentejas los viernes, algún palomino de añadidura los domingos consumían las tres partes de su hacienda.”

Resumiendo, estos son los cinco platos de Don Quijote:
1. Olla
2. Salpicón
3. Duelos y quebrantos
4. Lentejas
5. Palomino


A los puristas literarios y gastronómicos que quieran probar los platos del hidalgo según los cánones del siglo de oro español, los remito al excelente artículo “Orden de comida para Don Alonso Quijano” de la señora Rabanal. Para los demás, con perdón de Doña Rosalía, intentaré “criollizar”, si se me permite el término, las recetas que preparaba el ama de Don Alonso, para adecuarlas al escaso presupuesto de nuestro ciudadano de pata al suelo, esto es, atemperadas al recetario del rebusque.

He aquí, en su mismo orden, la equivalencia de los platos en cuestión:

DON QUIJOTE COMÍA:
-Olla entre semana
-Salpicón en las noches
-Duelos y Quebrantos los sábados
-Lentejas los viernes
-Palomino los domingos

EL PEATÓN COME:
-Puchero, Sancocho, Cocido, a veces
-Calentao de sobras, si es que alguien dejó algo del almuerzo
-Migas con arepa tiesa y chorizo “nomeolvides” p´al “guayabo”
-Lentejas, cuando hay
-Zuro, si se deja cazar en la plaza de Lourdes

En la próxima entrega del recetario del rebusque daremos la receta “tropicalizada” del primer plato de Don Quijote. Hasta entonces.

créditos fotos: D.Q. www.morguefile.com, Olla www.flickr.com

3 comentarios:

  1. Darío : Con que gusto espero tus agradables y muy amenos comentarios, para mí son como (espero no te incomode) un aperitivo dulce que se paladea de a poquito, esperando que no se termine pronto.
    Pues ahí te va la segunda parte de mi relato:
    La tristeza (dos)

    Apuró el paso, tenía que llegar a la hora de mayor tránsito, cuando los automovilistas se dirigían a sus trabajos o a llevar a sus hijos a la escuela.
    La saludó un día gris, no era como el anterior, que había estado caluroso y soleado, respiró con alivio, pensando que por lo menos no lo pasaría llena de calor y con el deseo de tomar agua a cada momento, lo mismo que su bebé.
    Al llegar a la esquina, que le costaba veinte pesos al día, procedió a sacar de su bolsa cinco pelotas de goma, al principio le había costado mucho trabajo mantenerlas al aire, pero con el tiempo aprendió a manejarlas con maestría.
    Su rutina consistía en esperar el alto del semáforo y ponerse frente a los autos mientras estaban detenidos, aventar las pelotas al aire y formar una círculo continuo.Tenía calculado el tiempo que duraba la señal de alto para hacer su número y luego pasar a pedir unas monedas entre los conductores, algunos le alargaban cincuenta centavos y otros un peso, pero había quienes cerraban sus cristales cuando veían que se acercaba, sin embargo no se daba por derrotada, pensaba que apenas eran las siete de la mañana y que tenía tiempo para reunir una buena cantidad.
    A las dos de la tarde se sentó, las piernas le ardían y sentía que le partían la espalda. Cuando contó las monedas recudadas vio que no le alcanzaba ni siquiera para la cuota que tenía que pagar por el "privilegio" de trabajar en esa esquina, su hijo había cosumido parte de lo recaudado, pues había tenido que comprarle galletitas dulces y un plátano para calmar su hambre, pero ella sufría espasmos en el estómago de tanto que deseaba comer.
    De pronto le embargó una gran desesperanza mientras veía pasar a la gente con rostros indiferentes, completamente ajenos a sus drama. Para colmo de sus males, una llovizna nutrida la obligaría a refugiarse en la acera de enfrente.
    Corrió presurosa para evitar que se mojara su hijo y se detuvo frente a un restaurante que tenía un alero para atajar la lluvia. Por el enorme cristal vio a varias personas comiendo deliciosas viandas, se le hizo agua la boca y por un momento se imaginó que descansaba sus adoloridas piernas sentada en una cómoda silla, mientras se deleitaba con esas exquisiteces. El tono autoritario del hombre que controlaba a los "esquineros" (los que trabajaban en las esquinas) la sacó de sus sueño: -¡órale, a trabajar!-, obedeció automáticamente, dirigiéndose nuevamente a su esquina, pero mientras esperaba la oportunidad para atravesar, sintió que se posaba una suave mano en su hombro.
    Con cariño: La tía Ku

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  2. Tía Ku, ¡cómo van a incomodarme tus comentarios!. Antes bien enriquecen el humilde espacio del peatón con los aromas frescos de tu casa. Fíjate como los esquineros de méxico son nuestros mismos rebuscadores de los semáforos. En mi último post "oficios varios y otros varios oficios II" encontrarás una semblanza de algunos. Un abrazo.

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  3. La Tristeza (tres)
    Cuando María volteo, se encontró con una dulce mirada en la que se adivinaba compasión, era una mujer joven y bien vestida, de la que emanaba una agradable olor, como de cítricos y flores. Le dijo: - ¿Ya comió señora? -, ella enrojeció al adivinar que la mujer le había visto deseando la comida tras los cristales, pero la sorpresiva pregunta la tomó desprevenida y sólo alcanzó a mover negativamente la cabeza, - venga-, le dijo, y abriéndole la puerta del restaurante, la hizo pasar. Ella entró y se quedó parada frente a una mesa vacía, la mujer le señaló una silla y le indicó que se sentara, cuando lo hizo los ojos de muchos comensales estaban fijos en ellas, María adivinó la hostilidad, tal vez pensaban que aquella joven y bien intencionada mujer se había vuelto loca, ¡ cómo era posible que intentara que aquella desarrapada con un chiquillo a la espalda, se sentara a comer donde ellos lo hacían !.
    Para salvar la situación, uno de los meseros dirigiéndose a la chica le dijo: - ¿quiere que le demos algo para llevar a casa?, y antes de que la aludida protestara, María dijo: -si-.
    Mientras esperaban, Juanito se despertó y vio extrañado a su alrededor, - ¿cómo se llama su niño? -, volvió a enrojecer y contestó: - Juan -, -es muy lindo-, -gracias-. El niño súbitamente tomó un dedo de la mujer y María se apresuró a soltarlo, -no, déjelo-, dijo ella, y ante su estupor, notó que sus hermosos ojos se llenaban de lágrimas, se sintió incómoda y sin saber que hacer, pero afortunadamente el mesero había regresado con el paquete de comida.
    Salieron nuevamente a la calle, la chica le alargó el paquete y puso entre sus manos unos billetes, entonces hubo un pequeño lapso en el que sus miradas se cruzaron y pudieron ver que entre ellas había una increíble similitud, ya que las hermanaba el sufrimiento.
    María dio las gracias a su benefactora y caminó desconcertada hacia su esquina.
    No podía quitarse de la mente aquellos bellos ojos transidos de dolor.
    De manera qué, no era la pobreza, ni la necesidad, ni el haber sido violada a los catorce años, ni el haber perdido a dos hijos nonatos , ni el sentir hambre, ni el vivir en ese infierno de la ciudad, las únicas fuentes de tristeza. Esa hermosa chica que parecía tenerlo todo, estaba sufriendo y tal vez más que ella. Sintió compasión por la desconocida, pero también un extraño calor, que le decía que, después de todo, no toda la gente que pasaba a su lado estaba muerta, que algunas VIVÍAN y sufrían y sentían pena por los demás.
    Ya no le pareció tan hostil su esquina, ni tan fuerte el dolor de piernas, ni tan insoportable el peso de su hijo, que nuevamente dormía a su espalda. Se sentó, guardó las pelotas, destapó aquel inesperado regalo, y con un dulce calorcito en el corazón, comió con deleite, mientras veía pasar los coches frente a ella.
    DK

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