martes, 24 de agosto de 2010

Guía zurda de Bogotá IX



El Parque Nacional: Escenario de la dicha sabatina y dominical


“No me hable de negocios, compañero,
porque hoy estoy vestido de sábado,
porque hoy me estoy comiendo y bebiendo mi sábado”
(Ciro Mendía, “Fantasía para un sábado sin límites”)



Lo cierto es que la felicidad no existe. ¿Pero quién convence de tan estúpida realidad a los niños que elevan sus cometas? Se sabe que es inalcanzable, pero aun así hay padres que bautizan a sus hijos con nombres como Esperanza, Próspero, Feliza, Gloria y cosas por el estilo. Es tan solo una palabra en el diccionario, es cierto, pero los sábados en el Parque Nacional, he presenciado cosas que se le parecen. He visto, por ejemplo, padres de familia echarse a botes monte abajo con sus hijos; me consta una abuela gorda dando la “vueltacanela” ante la risa musical de sus nietos, he probado los helados de salpicón dudoso que vende una señora con delantal verde que hace juego con la primavera del parque, y he sido testigo de al menos un beso robado a la novia.

Que le vamos a hacer; soy cursi, glotón, mirón e irremediablemente enamorado de la vida. Por eso me gustan también los domingos en el parque Nacional, con sus muchachas vaporosas practicando aeróbicos, y su espacio para los cuenteros. Me gusta asimismo echar cometas contra los cables del alumbrado y verlas morir ahorcadas, para cebar mi envidia por los seres que pueden volar. Al fin y al cabo, como decía un tal Jean de la Bruyere: “Conviene reír sin esperar a ser dichoso, no sea que entretanto nos sorprenda la muerte.”

En el corazón del parque Nacional hay una torre con un sobrio reloj suizo que, para vergüenza de sus constructores, no funciona. Es un reloj aclimatado a las alturas del trópico, donde no pelecha la exactitud cronométrica de los europeos. Está simplemente ahí, contemplando la dicha económica de los visitantes, sin ningún interés en anunciarles que el tiempo pasa y la felicidad se acaba. Para eso está el monumento de Rafael Uribe Uribe apóstol, paladín y mártir, ubicado sobre la alameda de la carrera séptima, que nos advierte que la vida es dura y que toca ofrendarla si es necesario para que valga la pena. Y al finalizar la tarde, cuando se asoma la luna sobre el cerro del Cable, parten los visitantes hacia los barrios marginales de la ciudad, cuyos candorosos nombres albergan, al igual que el limbo de los no bautizados, ilusión sin esperanza: El Edén, las Delicias, el Tesoro, la Estrella, el Pensil, etc.

Desde luego entre semana el parque Nacional también es visitado por oficinistas que a la hora del almuerzo y al amparo de Rita, la voluptuosa escultura de Grau, escriben poemas de amor que luego dejan olvidados en el bolsillo de la camisa sucia. Muy seguramente en la noche, sin quererlo, estos poetas de ocasión ahogan para siempre su tierna lírica entre el platón de la ropa en remojo. Y ni qué decir de los acalorados partidos de fútbol con bola de trapo que protagonizan los obreros de la construcción en los márgenes del río Arzobispo, o del mapa en relieve de la ciudad y sus alrededores, construido como un gigante de papel marché por algún lector de Borges aficionado a la cartografía. Cosas así pasan en el Parque Nacional.

creditos foto: www.wikipedia.org

2 comentarios:

  1. No cabe duda que tienes suerte al poder contemplar esas imágenes felices del Parque Nacional. Te aconsejo que trates de grabarlas en tu retina y si puedes sácales fotografías, pues puede que en poco tiempo salir a pasear a un parque sea "cosa del pasado".
    Hoy eso ha cambiado, mis nietos dificilmente identifican las hierbas de los prados, pues sus paseos dominicales son a los "Centros Comerciales" y pasan su tiempo libre caminando por los pasillos marmoleados, husmeando las vitrinas, los puestos de hotdogs, de hotcakes, de hotchiken y de todos esos hots; para luego entrar a ver alguna película en uno de las chorromil salas cinematográficas o en su defecto, van a jugar a esas salas de locos equipadas con máquinas de inverosímiles y ruidosos juegos.
    Que lejos han quedado los parques con sus juegos sencillos, donde alguna vez vi a mis hijos llenar sus pulmones de aíre y reír desenfadados, mientras se mecían en los columpios con los cabellos al viento.
    Te saluda tu tía virtual (jeje, que chistoso se oye): Doña Ku

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  2. Así es, Tía Ku. Actualmente el Ágora de nuestros hijos es el Centro Comercial; es su punto de reunión, pero también de "fuga", como dijera el maestro Romero. La paranoia colectiva fruto de la inseguridad (real) hace que los padres le teman (con razón) a la calle. Las personas humildes, sin embargo, siguen utilizando los parques públicos que, como El Nacional, brindan algo de oxígeno y esparcimiento gratis.

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