miércoles, 28 de abril de 2010

Guía zurda de Bogotá I


Comentario Preliminar

Por ser este su espacio natural, he decidido publicar en varias entregas semanales las veinticinco crónicas breves (casi epigramáticas) que conforman mi "Guía zurda de Bogotá". Esta es la mejor forma que encontré para compartir con los viajeros virtuales de la palabra (que se acercan ingenuos al blog del peatón), el tormentoso amor que tengo por mi ciudad . Doy gracias a todos ustedes por su deferencia.

INTRODUCCIÓN

“…buscar y saber quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacer que dure, y dejarle espacio”
Italo Calvino, “Las ciudades invisibles”.

Bogotá no es sólo una ciudad. Es una ciudad múltiple como la inflorescencia de una espiga de trigo. En efecto, contiene ciudades sutiles, escondidas, continuas e invisibles como las descritas maravillosamente por Italo Calvino. También las hay políticamente correctas e incorrectas, aburridas, tristes, encantadoras, insulsas y sórdidas. Pero al igual que la mujer del alma, la ciudad de nuestros afectos ha de ser amada integralmente; sin beneficio de inventario. Con lo bueno y con lo malo que, al final, siempre arroja un saldo positivo en el balance consolidado del corazón. 

No puedo, en consecuencia, dejar de nombrar los lugares sórdidos o escondidos de mi ciudad que me han producido estremecimientos. Por tal razón es zurda esta guía que les presento. Pero también lo es por mi tendencia natural a servirme preferentemente de la mano izquierda según reza el diccionario. Y sigo siendo zurdo a pesar de mi maestra de primer grado en el Colegio Calasanz, que me golpeaba con una regla en la mano izquierda para arrancarme de raíz (seguramente con la mejor intención) mi proclividad a lo siniestro. Y ya que estoy haciendo estas confesiones tan inquietantes, debo admitir que a punta de reglazos aprendí a escribir con la mano derecha. Pero una vez libre de la represión de mi profesora, y por pura rebeldía, jamás volví a utilizar la diestra. Lo cierto es que aparte de mi horrorosa caligrafía, creo no tener otras deformaciones en el carácter atribuibles a la férula de la señorita Rodríguez. Sin embargo, así es como en ocasiones el destino de un sujeto queda signado.

Pero volvamos a lo importante. Esta atrevida guía zurda de Bogotá, creo haberlo dicho, no hará referencia a la ciudad editada sin mugre en las melifluas guías de turismo, sino a la ciudad visceral, más humana si se quiere, que subyace bajo la piel desgarrada del altiplano. Que no se llame a engaño el lector que esperaba encontrar referencias al centro comercial lujoso, a la zona rosa, al Country Club, en fin, a lo previsible y aburrido.

martes, 20 de abril de 2010

El Agente Viajero



Por: H. Darío Gómez A.


Como se sabe, el viajero es una criatura singular. Es un explorador por naturaleza; un animal ubicuo que no forma parte del paisaje pero lo modifica, aunque, hay que decirlo, no siempre para bien. Lo cierto es que desde antiguo ha habido grandes viajeros: Un tal Heródoto de Halicarnaso que exploró las tierras de Egipto donde afirmó haber visto animales sin cabeza y con los ojos en el lomo; Fa-Hian, un monje chino que encontró en las nieves perpetuas de Afganistán, al occidente del imperio, dragones viperinos y otros animales fantásticos; o bien el legendario Cosmas Indicopleustes, marino de Alejandría, que demostró en su “Topografía cristiana del universo”, sin error aparente, que la tierra es cuadrada a despecho de nuestros cosmógrafos de hoy, descreídos e impíos como sus satélites fisgones; y Solimán, mercader de Basora, que pescó en el mar de Omán un escualo en cuya panza halló otro más pequeño que a su vez se había tragado otro menor todavía, todos vivos; en fin, Marco Polo, Cristóbal Colón, Fernando de Magallanes, Fernández de Oviedo y otros más que contaminaron con sus relatos calenturientos los bestiarios del nuevo mundo y las mentes impresionables de Verne y Stevenson, según dicen. 

Y emulando la tenacidad e imaginación de aquellos, el viajante de comercio no se queda atrás en su empeño por los periplos. Provisto de un maletín con los muestrarios del universo, el Agente Viajero va por el suelo patrio con su chaqueta liviana colgada al hombro, remontando ríos hasta sus nacimientos, coronando montañas y recorriendo el fondo de los valles a través de polvorientos caminos, sólo para abastecer de hilos una tiendita miscelánea acomodada en el borde del territorio.

No es de plomo que están hechas las suelas del Agente Viajero, de manera que jamás sienta sus reales ni por la sonrisa invicta de una muchacha. Tiene este caminante de pies gastados por el uso algo de tahúr penitente y de cronista de cafetería; sabe asimismo que “la soberbia no es grandeza sino hinchazón”, como dijera San Agustín; y por eso nos transmite con humildad y sutileza la experiencia de quién ha visto todo bajo el sol. Mas, sin embargo, ¡qué grande es! Sin saberlo, el viajante de comercio es un hombre sabio cuando nos describe el mundo; su mundo atrapado en el polígono irregular de las fronteras, claro está. 

Es un libro abierto de recuerdos, paisajes, situaciones y sentimientos que trascienden la ingenua cotidianidad familiar. De regreso al hogar, nuestro viajero se convierte en el héroe de Itaca que refiere a sus parientes los peligros, fatigas y aulagas que tuvo que pasar para llegar indemne. Nunca es más grande que cuando relata al calor de un café negro esos pequeños accidentes que suelen ocurrirles a los viajeros del trópico: el surgimiento intempestivo de unos dragones en la mitad de la carretera, cuyas lenguas de fuego alcanzaron a un pasajero del bus que no debía llegar a su destino; o una calle aparentemente inocente que se convierte sin previo aviso en un pérfido arroyo que rapta a los transeúntes para llevarlos hasta el río madre que se alimenta de peatones distraídos. 

A su manera, el agente viajero es testigo de excepción de los prodigios singulares que suceden en su pequeña porción del planeta y que nos demuestran que la tierra sigue siendo cuadrada, al menos por estas latitudes, como lo conjeturó hace quince siglos el viajero de Alejandría, por buen nombre, Cosmas Indicopleustes.

Héroes insospechados y clandestinos

“Los infinitos héroes desconocidos valen tanto como los héroes más grandes de la historia.” Walt Whitman Irene & Cia. Una muchac...