jueves, 29 de diciembre de 2011

La esperanza de todos los días



Mi condición de librepensador no me impide conjeturar que Dios, en su infinita bondad, y consciente de nuestra triste condición de mortales, nos envía ángeles de esperanza todos los días. En cualquier caso, no los concibo como los íconos de la imaginería católica. No los veo enfundados en trajes de batalla y armados con espadas vengadoras como los representa, pongamos por caso, Gregorio Vásquez de Arce y Ceballos, nuestro artista barroco de la colonia, en sus pinturas; o con trompetas apocalípticas que claman justicia y anuncian el fin de los tiempos. Tampoco me los figuro volando asexuados por los cuatro puntos cardinales del planeta, o haciendo guardia con sus ejércitos de arcángeles, principados, potestades, virtudes y dominaciones. No.

Los ángeles a que me refiero son los niños y las niñas –y me perdonarán el símil tan manido- que pueblan nuestra tierra “agobiada y doliente”. No en vano la esperanza cristiana está representada en la inocencia de un infante.

Porque las niñas y las niños sacan lo mejor de nuestra esencia, nos convierten en mejores seres humanos –salvo las abominables excepciones de maltrato y explotación en todas sus formas que conocemos o desconocemos o no queremos ver -. Ellos nos extraen la ternura del fondo del alma con el tirabuzón de su pureza. Su alegría  innata saca a pasear con frecuencia a nuestra esquiva felicidad. Los niños –y las niñas, por supuesto- se convierten entonces en nuestra única razón de ser y estar en el mundo.

Con todo, el escepticismo connatural a mi condición de librepensador tampoco me cohíbe discurrir que nosotros, adultos insensatos, soberbios y tontainas -con algunas felices excepciones, claro está-, les devolvemos el favor pretendiendo amaestarlos a nuestra absurda imagen y terrible semejanza.  Les transfundimos nuestros odios inveterados con la leche que se toman, y los alimentamos con la sopa de nuestros prejuicios hasta que sin darnos cuenta, convertimos a nuestros ángeles en adultos.

Dios, sin embargo, un poco irresponsable, a mi modo de ver, pero siempre generoso y consciente de nuestra triste condición de mortales, nos sigue enviando ángeles de esperanza todos los días.

(Créditos Foto: "Mis ángeles anfibios")

martes, 27 de diciembre de 2011

En la costa dispensan la alegría al granel y sin fórmula médica


El peatón cuenta que…

En la costa dispensan la alegría a granel y sin fórmula médica. Y no me refiero al PROZAC que recetan los psiquiatras a los melancólicos que han extraviado en alguna gaveta de su cerebro el expediente que contiene el sentido de la existencia. No. Hago referencia a una bola de millo aglutinada con panela derretida (melaza) y aderezo de coco, golosina exquisita que preparan las hermosas palenqueras del caribe colombiano para comerciar en los parques, calles y playas de sus ciudades adoptivas.


Pero es sabido por el Eclesiastés que “la alegría no es una sola”. De suerte que ellas venden “Alegrías” –en plural y con mayúscula- que acomodan con pericia de malabarista en una enorme batea que viaja, ingrávida, sobre sus cabezas cadenciosas.

Tuvo que ser un poeta, un genio de la publicidad vernácula quien bautizó con un nombre tan feliz estas delicias que no requieren propaganda costosa. Su nombre es -en sí mismo- un estado del alma que garantiza la calidad de tan encantador alimento espiritual y gastronómico.

¿Quién no añora tener una alegría, así sea la más pequeña?

Las hay, además, de todos los tamaños: diminutas para los conformistas, surrealistas para los soñadores, grandotas para los ambiciosos -que son como los glotones que no se contentan con una sola-, en fin, melifluas para las muchachas enamoradas o inalcanzables –escondidas en lo más profundo de la batea- para los pesimistas.

Imposible resistirse al pregón metafísico de: ¡Las Alegrías, compren las Alegríaaasss….a dos por miiiiiil….!

¿En qué otro lugar del planeta procuran la alegría a domicilio?

Quizá sea por ello que a pesar de las catástrofes “naturales” que nos castigan sin clemencia, la violencia que nos asuela desde antiguo y la corrupción rampante que agobia a nuestro sufrido pueblo, Colombia es, según la encuesta del “Happy Planet Index” (HPI), el segundo país más feliz del mundo, superado tan solo por unas islas edénicas del pacífico sur donde seguramente las alegrías, silvestres, caen de las palmeras aporreando a sus envidiables habitantes con dosis infinitas de felicidad.

(Créditos foto: de amarulero, www.flickr.com)

viernes, 23 de diciembre de 2011

Imprecación



Durante el verano el sol recalentará tus broncíneas entrañas sin la esperanza  de un amigo copudo y sombrío que mitigue tu incendio interior. Querrás gritar  por un sorbo de agua pero tu boca metálica no podrá musitar la súplica.

Colúmbidos impenitentes dejarán sus ofrendas húmedas sobre las cuencas vacías de tus ojos, chorreará su materia esotérica sobre el rictus grave y trascendente de tu dignidad  de prócer.

Al llegar el invierno la lluvia  no aplacará tu sed, pues el agua resbalará por tu rostro sin quedarse, sin que puedas sacar la lengua para atrapar unas gotas de vida.

Y tendrás que soportar durante las gélidas noches las evacuaciones corporales de los vagos. Tullido por el frío  no podrás hacerles el quite. Los grafitos envilecerán la piedra que sostiene tu rancio abolengo, y treparán abyectos roedores hasta tus barbas profusas, que serán escenario de sus acrobacias inverosímiles.

¡Cruel tormento para quien  quiso inmortalizarse con beneméritas obras!

Mas de vez en cuando, muy de vez en cuando, vendrán  a visitarte los descendientes de quienes te condenaron al castigo eterno de la rigidez.

Pondrán una corona florida a tus pies, dirán unas palabras manidas y luego se  marcharán  con la certeza estulta de haberte hecho un bien.

(Busto en el Parque del Brasil, Bogotá. Foto de H. Darío Gómez A.)

martes, 20 de diciembre de 2011

La ciencia de contar la ciencia

(Foto de Alejandro Gómez B.)


Bien se sabe por los textos de astronomía que eso que llamamos  tierra es una pelota medio desinflada en los polos que gira alrededor del sol a una distancia media de ciento cincuenta millones de kilómetros y que alrededor  suyo gira, a su vez, un pequeño satélite, la luna,  a la que los perros ladran con tozudez digna de mejor causa creyendo –los pobres- que es un enorme queso gruyere  suspendido en el cosmos a una distancia media de trescientos setenta y cinco mil kilómetros.

Todo eso está muy bien cuando se tiene el libro de geografía abierto. Pero cuando toca recitar la lección en el tablero, un sujeto desmemoriado como yo, empieza a padecer erisipela, transpira profusamente y no acierta sino a emitir sonidos inarticulados parecidos a los de una oca.

Así, entre mi gusto por la geografía y el terror por la picota pública transcurría mi clase con el profesor Lizcano, en el  colegio Calasanz, hasta que  el maestro Próspero Pinedo –a quien contrató mi padre en buena hora para que yo no perdiera la materia y por ende el año- me regaló un libro de H.G. WELLS titulado “Breve Historia del Mundo”.

Aprendí en el libro de marras que “si nos representamos nuestra tierra como una pelotita de una pulgada de diámetro”, es decir como un huevo de codorniz, la luna vendría a ser como una alverja  ubicada a setenta y seis centímetros del huevo, y que, en consecuencia, el sol de mi modelo sucedáneo -utilizando la misma escala astronómica- sería un globo de tres metros de espesor, o sea, casi del tamaño de la esfera hueca de los motociclistas, acróbatas de la muerte, del circo Tihany que se plantaba junto al coliseo El Campín, a doscientos noventa y dos metros de distancia de la casa de Parodi, mi compañero de cuitas en el colegio, que vivía en el barrio Nicolás de Federman, como quien dice a tres cuadras –o seis tiros de piedra, en fin- del circo, asumiendo, en gracia de discusión, que nos estuviéramos comiendo la ensalada de huevo de codorniz con alverja en la cocina de su casa.

De ese tenor o algo parecido fue la nemotecnia que me ayudó a pasar el año, no obstante mi dificultad de comprensión de las grandes magnitudes. Pero es que la ciencia, creo yo, no sólo debe ponernos en contexto para saber de qué "totalidad" formamos parte, sino que también debe acercarse al mundo conocido del niño –un científico en ciernes- para cautivar desde allí su atención, como hace el libro de Wells que, al fin y al cabo, ya había puesto en 1901  “los primeros hombres en la luna”  merced a la Cavorita, esa sustancia anti-gravitatoria inventada por el Dr. Cavor a costillas del empobrecido Mr. Bedford. Pero ese es otro cuento.


martes, 13 de diciembre de 2011

Pequeñas narraciones intrascendentes XXI




LA ALMOJABANERA

¿Quién es esa mujer que repite cada día  el milagro de la multiplicación de los panes en una ínfima fracción del planeta?

Es Lola, la almojabanera, por buen nombre Dolores. Y a pesar de su gracia, el espíritu más alegre de toda la galería.

Con sus manos regordetas y tostadas, como almojábanas recién horneadas, acomoda en la precaria vitrina su mercancía.  Mientras me sirve un vaso de avena helada se le escapa un rizo cimarrón de la cofia. Ella se apresura a retirar de su frente el pelo montaraz con los nudillos de la otra mano y me obsequia, de ñapa,  una sonrisa.

La mujer, guapa, robusta y entrada en sazón, habla duro y madrea con ganas a los patanes de la plaza de mercado que la llaman solterona. Se pelea a gritos con la marchanta del líchigo por unos centímetros cuadrados de espacio, y con la muchacha de las flores por unos cuantos piropos manidos. Todo en ella es excesivo, hasta la belleza. 

Lola ha de tener en su cuartito de pensión –es una hipótesis- un reloj de cucú marca Jawaco heredado de su padre, y un canario.  Congruo patrimonio que  merece todo su cariño. Y acaso un fauno perdonavidas que la espera de vez en cuando para aplacar su ímpetu de amazona.

Es Lola, la almojabanera, por buen nombre Dolores. Y a pesar de su gracia, el espíritu más libre de toda la galería.

(Mujer, Escultura de Fernando Botero, Museo de Antioquia, Foto de H. Darío Gómez A.)

sábado, 10 de diciembre de 2011

Pequeñas narraciones intrascendentes XX


ARREBOL TAURINO

Son las cinco en punto de la tarde.

La Plaza de Toros de Santamaría tiene aforo completo. Un torero arremete con su espada contra el astado que bufa iracundo, como presintiendo el final del juego. Salta entonces un chisguete carmesí que se mimetiza en la arena, mientras el animal, ebrio de muerte, comienza a dar tumbos.

Una hermosa mujer del palco de sombra, toda vestida de grana, vocifera a rabiar: ¡Qué estocada tan preciosa, mataor!.

Y cae pesadamente el valiente miura, haciendo retumbar la tarde bogotana.

A eso es a lo que deben llamar: "estética de la muerte".

(Créditos foto: www.morguefile.com, Jetolla)

jueves, 1 de diciembre de 2011

Usos insólitos del Almanaque del Granjero



Quizá la fascinación que ejerce sobre  sus lectores el Almanaque del Granjero de Cuellar Editores se deba a la nota preliminar que, al rompe, en la primera página y con caracteres destacados en cursiva advierte a los destinatarios acerca del contenido y la variedad de usos, algunos insólitos, que se le pueden dar a esta entrañable publicación periódica. Dicho de otra manera, el almanaque en cuestión nos presenta de entrada un manifiesto sobre su utilidad indiscutible.

Estamos acostumbrados a los almanaques temporales que, como el de la muchacha de los cigarrillos Pielroja, va perdiendo sus pétalos a lo largo de un perenne otoño anual, hasta que el día 31 de diciembre es menester echar a la candela su cuerpo famélico.  Pero el Almanaque del Granjero es diferente. Está hecho para durar toda la vida, como su pariente bicentenario que lo inspiró, “The Old Farmer`s Almanac” de Yankee Publishing Inc. Y hablando de bicentenarios, ahora caigo en la cuenta de que nuestro almanaque vernáculo estará cumpliendo en el 2012 su vigésimo aniversario.

Acaso su “inmortalidad” esté dada precisamente por esa virtud que comparte con las navajas suizas, de servir para todo y aún más.  Veamos: 

“Contiene las fases de la luna, el santoral del año, los días de pesca, los eclipses, las noches para observar estrellas fugaces, las ferias, fiestas y demás eventos importantes para todo el territorio colombiano. Además encontrará artículos de gran utilidad para el quehacer diario, consejos prácticos, poesía, fábulas y miles de recetas que le ayudarán a llevar una vida más agradable y sana. De gran utilidad para sus viajes y safaris, excelente para aplastar zancudos y mosquitos, noble compañero en las noches de desvelo e incomparable como abanico en las calurosas tardes de verano, recursivo como tema de conversación en visitas y reuniones de todo tipo.”

Con esta minuta de usos indispensables que no se agota en la predicción -más o menos científica- del estado del tiempo, uno entiende por qué el Almanaque del Granjero se constituye en un verdadero sucedáneo “informático” para nuestros campesinos agobiados por las carencias y con dificultad de acceso a la tecnología. Por estos días en que la Internet nos permite -en cuestión de segundos- acercarnos al conocimiento humano, así sea de manera epidérmica, esta amable publicación luce ante los ojos de algunos incrédulos como un curioso anacronismo.  Pero no. El almanaque de marras es un compendio de información útil para el hombre del campo, editado en formato  apropiado para su bolsillo -sudoroso si se quiere-, y sin dependencia de baterías. Algo que el ciudadano cosmopolita no alcanza a comprender. Por lo demás, no creo que un perfumado corredor de bolsa se atreva a utilizar su I Pad para aplastar zancudos o como abanico en las calurosas tardes de verano. Esto último se afirma, claro está, sin ánimo de restarle mérito al I Pad.

Aclarado lo anterior, haré un breve recorrido por los temas que me han cautivado en varias ediciones del almanaque, a riesgo de excluir caprichosamente otros de igual o mayor encanto. ¿Quién no recuerda con alegría haber leído en el “Tesoro de la Juventud” ese capítulo alucinante  denominado “el libro de los por qué“  donde aprendimos, por ejemplo, acerca de la edad del hielo? Pues bien, en nuestro encomiable almanaque conviven sin concierto aparente, como en las “Etimologías” de San Isidoro de Sevilla, temas tan disímiles pero interesantes como los siguientes: el control de las malezas, los detalles poco conocidos de los animales, las fases de la luna -por supuesto-, el éxito y el fracaso, la tabla periódica, las leyes de Murphy, la prevención de plagas, las fábulas de Esopo, las virtudes del yogur, las mil y una noches,  microorganismos que limpian el agua, las tormentas eléctricas, el santoral católico, esa forma impetuosa de la alegría que llamamos risa, los eclipses, el día del campesino, la mermelada de mora, recetas de cocina, el cultivo del palmito, las notas notables, un crucigrama, el arte de conciliar el sueño, los amigos después de la muerte, en fin, decenas de cosas por el estilo, necesarias para sobrellevar dignamente esa carga indefinible -pero entrañable a pesar de todo- que llamamos existencia.

Merced al Almanaque del Granjero me enteré de que San Juan Probo es mi santo patrono; supe que el hombre  fracasado deja pasar su vida sin ideales en el camino del negativismo, y que el verdadero amigo es el que nos conduce por la senda del bien. Aprendí asimismo que los osos no pueden sufrir apendicitis por la sencilla razón de que no tienen apéndice.  Y  además descubrí lo más útil para mi condición de dandi vergonzante: aprendí cómo quitar el brillo delatador de la vejez de mis trajes de paño y cómo eliminar las marcas delatoras de los dobladillos.

Pero sobre todas las cosas, me conmueve el fino humor con que el señor Cuellar lleva del cabestro la línea editorial de su simpática publicación. Consciente de que la risa es más liberadora que la grandilocuencia, aburrida y estéril, el editor no tiene ningún reparo en dirigirse a sus lectores en los siguientes términos:

“Si usted es uno de los pocos parroquianos que se toma el trabajo de leer los prólogos o los editoriales de los libros, permítame felicitarlo y agradecerle tan noble gesto, que además de ser una muestra de respeto y agradecimiento al autor, es la confirmación de que estamos tratando con lectores inteligentes, y profundos, o que por el contrario no tienen nada que hacer y se encuentran en alto grado de aburrimiento o de angustia por formar parte del torrente de desempleados que engrosan las últimas cifras del DANE”

Y es justamente esa línea editorial la que generosamente me ha permitido cometer el presente escrito, que con seguridad merecerá un espacio al lado de las “lecturas de retrete” del amigo Álvaro Serrano,  para que el distinguido lector, una vez ojeado mi texto escatológico –no precisamente por su acepción espiritual-, proceda a arrancar la hoja para utilizarla como reemplazo del papel higiénico, agregándole así otro uso insólito al Almanaque del Granjero, que en próximas calendas estará llegando a los veinte años, como quedó dicho.

(Foto de Alejandro Gómez)

martes, 29 de noviembre de 2011

Pico y placa para los viejitos madrugadores


ENTRADA POLÍTICAMENTE INCORRECTA

Deberían implantar en Bogotá, de lunes a viernes, el pico y placa para los viejitos. Es decir, prohibir su circulación en las vías y establecimientos públicos (salvo en los parques, bibliotecas, iglesias y plazas donde no habría restricción) en las horas de mayor congestión, como quien dice, entre las seis y las nueve de la mañana; y entre las cinco de la tarde y las ocho de la noche.

Antes de ser sometido al linchamiento virtual por parte de los lectores que se sientan injustamente agredidos con mi modesta y acaso mezquina proposición (fascistoide sólo en teoría), debo aclarar que con cincuenta almanaques cumplidos no estoy lejos de convertirme en un respetable ciudadano de la tercera edad que con gusto se sometería a tal restricción, aplicable de acuerdo al número de la cédula. A los sesenta y cinco años de edad (y en condiciones de dignidad que infortunadamente no todos tienen) un ser humano está en su sagrado derecho de levantarse tarde para no sufrir el frío glacial de la madrugada bogotana, y de recogerse temprano para evitar el sereno pernicioso. Pero no. Todos nuestros queridos adultos mayores, vitales y saludables, son además ultra madrugadores. Tal vez sea un desapego instintivo al sueño por aquellos peligros inherentes a la cama, ya que, como sentenciaba Mark Twain: “muere mucha más gente en la cama que en cualquier parte”.

Lo cierto es que pudiendo hacer cómodamente sus diligencias, pongamos por caso, entre las diez de la mañana y las cuatro de la tarde, prefieren hacerlo a primera hora, de manera que siempre nos preceden en las filas de los bancos, se apañan los primeros turnos de las citas médicas en el seguro social, y agotan, antes de las seis y media de la mañana, todas las ofertas disponibles en los "madrugones" de los supermercados.

Yo mismo he sido víctima de su costumbre impenitente. Para mi bien, el bus que me lleva a la oficina los días sin carro pasa desocupado cerca de mi casa, conque me acomodo en la mejor butaca (o donde me quepan las piernas) y me dispongo a ojear la prensa con ese sutil abandono del lector hedonista. A las dos cuadras sube la primera oleada de estudiantes que ocupa con todos sus bártulos las sillas disponibles, incluso las azules especialmente dispuestas para los pasajeros con prioridad. Quizás para asegurar sus puestos hasta el destino final, los muchachos se sumergen en el autismo de sus audífonos, de modo que cuando comienzan a subir al bus las dulces abuelitas,  de a una por cuadra como en un rosario, evitan establecer contacto visual con ellas para no verse obligados a cederles el puesto (sin reato de conciencia por su falta de cortesía, salvo honrosas excepciones, hay que decirlo). De tal suerte, este ignoto ciudadano de a pie, más por principio moral que por gusto, se ve obligado a ceder su preciado puesto a una viejita o a un abuelo, renunciando además al placer infinito de la lectura. Y todo esto sucede antes de las siete de la mañana, cuando los jubilados debieran estar disfrutando de molicie seductora, como reza el poema, haciendo ejercicios de calistenia o a lo sumo, regando sus flores predilectas.

Por consiguiente, si nos atenemos a la medida ilusoria que propongo, los venerables adultos mayores que sean pillados en la calle antes de las nueve de la mañana, o después de las cinco de la tarde, serán conducidos por la autoridad competente a las bibliotecas, escuelas u hospitales, para que pasen el horario de restricción realizando trabajo social, ya sea como lectores, contando anécdotas, dando consejos (que son tan valiosos e importantes), ayudando a resolver crucigramas, recibiendo la alegría y los abrazos de los niños, consolando a los desesperanzados, o en últimas, renegando contra el gobierno, licencia que tienen bien ganada después de haber trabajado toda una vida para mantenerlo.

(Créditos foto: www.morguefile.com)

viernes, 25 de noviembre de 2011

El oficio ingrato de los caminantes


“La fama no es sino vano ruido y falsedad e impostura, que las más de las veces se gana sin mérito y se pierde sin culpa”
W. Shakespeare


De pocas personas ha huido tanto la fortuna como del caballero andante Lorenzo Boturini Benaduci. Hace unos días encontré en la biblioteca pública Virgilio Barco la biografía de tan ilustre errante, escrita por Giorgio Antei. Ojeando el libro -desde mi perspectiva de caminante inveterado-, no pude menos que solidarizarme con un personaje que recorrió, a física pata, gran parte de Europa occidental y otro tanto de México. En efecto, si nos dan las cuentas, este peregrino profesional caminó más de tres mil kilómetros (sin contar las traslaciones cotidianas), utilizando como único combustible su devoción por la Virgen María: ora de Madrid a Zaragoza para visitar el santuario de Nuestra Señora del Pilar, ora de Veracruz a Guadalupe siguiendo la pista de la Virgen Indígena, a cuya protección se había encomendado para que lo librase de una muerte segura en un aciago naufragio en la costa de Veracruz –en 1736-, como a su juicio, ciertamente lo libró. Y se le fue la vida a este buen caballero italiano intentando probar la historicidad de las apariciones de la virgen guadalupana que le hizo el milagro. Pero fue en vano, según algunos. Sin embargo, en el intento, investigó la cultura y el idioma de los habitantes prehispánicos de México, y conformó un “museo histórico” que llegó a tener un número importante de documentos náhuatl y piezas arqueológicas valiosísimas, convirtiéndose así en una suerte de protomartir de la etnografía mesoaméricana. Oficio ingrato que le valió la persecución, la cárcel y la expulsión de la Nueva España, no obstante el carácter piadoso de su empresa. Murió –en Madrid en 1755- este caminante ejemplar, sin un maravedí, y sin culminar su obra enciclopédica titulada: “Idea de una nueva historia general de la América Septentrional”.

Como no admirar a Boturini, cuya grandeza está justamente en su persistencia y determinación, más que en sus empresas aparentemente fallidas. ¡Así debería ser todo buen caminante! Por eso me causa algo de hilaridad la campaña mundial de una prestigiosa marca de whisky -la de Juanito Caminador- denominada walk with giants, que en su culto al éxito ensalza a una serie de personajes, como el multimillonario Richard Branson, el piloto de carreras Lewis Hamilton o el empresario colombiano Mario Hernández, gigantes en su ego, pero poco caminadores –creo yo-, pues, aparte del green de un campo de golf , no deben haber pisado sino el tapete de sus mansiones, clubes y oficinas, y el de sus lujosos automóviles.

Se me dirá que no llegaré muy lejos caminando junto a personajes “poco exitosos”. Aún así, me quedo con el caballero andante Lorenzo Boturini Benaduci, o con aquel caballero inglés que, con una devoción similar, según cuenta Julio Cortázar, recorrió en el siglo XVIII “la distancia que va de Londres a Edimburgo caminando hacia atrás y entonando himnos anabaptistas.” Caminantes que cuando vamos por las rutas del destino han de sernos modelo de dignidad y empeño.

Vale

(Créditos foto: el peatón en el Paso del Angel, Santa Sofía, Boyacá, Colombia. Foto de Adriana Gómez)

lunes, 21 de noviembre de 2011

La de los estudiantes, una lección de historia bien aprendida.



Los que marcharon eran cerca de veinte mil, según cuentan las noticias conocidas hasta hoy. Se organizaron para protestar contra las medidas oficiales que vulneraban su derecho al futuro. Su causa -digna y justa- fue respaldada por simpatizantes de otras ciudades que se les fueron uniendo en su destino hacia el centro de la capital. Mal abrigados, aguantaron frío y hambre. En sus mochilas sólo cargaban algunas raciones de agua, tabaco, panela y queso. Pero tenían como alimento principal su determinación. Y fue tal determinación la que desconcertó a las autoridades hasta el punto de obligarlas a ofrecer la derogación de las medidas rechazadas por los integrantes de la marcha -y sus compañeros de causa-.

Esto sucedió hace doscientos treinta años, en 1781, cuando los comuneros bajo el liderazgo de Berbeo marcharon desde el Socorro hacia la capital del Virreinato de la Nueva Granada en protesta contra las leyes injustas del régimen colonial, y en busca de reivindicaciones sociales. El gobierno representado a la sazón por el arzobispo Caballero y Góngora, lideró una comisión para detener a los comuneros en Zipaquirá, donde prometió el oro y el moro a los insurrectos con unas “capitulaciones” avaladas por la espada, la pólvora y los "santos" -al decir de Arciniegas-, a cambio de que suspendieran su destino hacia Santa Fe. Lo que sucedió después, o sea, el engaño a los comuneros por parte de las autoridades coloniales -que desconocieron las capitulaciones-, y el ajusticiamiento cruel de sus líderes entre ellos José Antonio Galán, es asunto conocido y olvidado. Mas no por los estudiantes que caminaron pacíficamente durante la semana pasada para manifestar su rechazo al pernicioso proyecto de ley de reforma universitaria propuesto por el Gobierno Nacional.

Por tal razón, quiero decir, bien aprendida la lección de historia, los estudiantes mantuvieron su decisión de no aceptar a priori la oferta del Presidente Santos -en el sentido de retirar del congreso el proyecto de reforma a la Ley 30 de 1992-, una vez éstos hubieran levantado el paro pacífico. La cosa debía ser al contrario, como por fortuna lo fue. Le corresponde ahora al Gobierno sentarse con la comunidad universitaria a diseñar el futuro de la educación superior, horro de mezquindad. Y a los estudiantes, seguir proponiendo con inteligencia, alegría y sin caer en la trampa del discurso violento; pero sobre todo, sin olvidar las lecciones que nos ha dado nuestra historia patria, que parece una madriguera, cundida como está de tanto conejo que nos han puesto.

Créditos Foto: Parque del "Country", Bogotá, 2010,  Foto de H. Darío Gómez A.

miércoles, 9 de noviembre de 2011

Sin brújula por los cafetines de la novena III (continuación)

Jeimy, una copera biónica (Final)


En aquel momento irrumpió en la estancia un vendedor ambulante. El hombrecillo, un jorobado con su cajón terciado (tal vez por el peso inveterado de la mercancía), identificó su objetivo con rapidez y se deslizó como una sombra hasta nuestra mesa, interrumpiendo la conversación: “chicles, cigarrillos, mentas…”

- Convidame unos chicles. –exigió la muchacha. Y luego me advirtió:
-Si querés fumar, tenés que salir a la calle.

Le respondí que no fumo, y procedí a comprarle una caja de chicles de hierbabuena. En seguida Jeimy retomó el hilo de nuestra conversación:

-¿o sea que vos preñaste a la peladita?
-No. Pero tampoco duramos mucho tiempo juntos. En realidad ni ella ni yo fuimos  consecuentes con lo que pensábamos y pregonábamos (como lo vaticinó mi padre). De modo que unos meses después ella retornó a la comodidad de su "burguesía decadente", y yo continué asumiendo las consecuencias de mis actos, es decir, echando a rodar la piedra de Sísifo. Pero esa es agua pasada y olvidada. –respondí.

Jeimy se levantó de la silla y me hizo una señal para indicarme que volvería en un instante. El sargento de infantería le había ordenado con las palmas y un movimiento de labios que atendiera el pedido de otra mesa. Mientras ella servía a la clientela me dije: "¡Caramba!, esta mujer aporreada por la vida, con cuarenta años encima y una hija de algo más de veinte (como inferí de su relato), aun conserva la belleza endémica de las mujeres caldenses. Es más", pensé, "tengo la certeza casi geométrica de que su elegancia  natural podría lucir sin escándalo en un té canasta de las damas de la Liga de la decencia".

Y así, entre idas, venidas e interrupciones producidas por las muecas y palmas del sargento-barman, Jeimy me contó que su padre le dio una zurra “que ni para qué te cuento” cuando supo que estaba embarazada. La echó de la casa y se la llevó a vivir a Pácora con una tía solterona y amargada que le hizo la vida imposible, hasta el punto que, cuando nació su hija, aceptó irse a vivir con un comerciante añoso de Supía con quien, si bien no fue feliz, al menos vivió tranquila durante unos años. Pero al hombre lo mataron en Caicedonia, y poco tiempo despues apareció dizque la esposa legítima para reclamar los bienes del difunto, asunto que despachó por la fuerza y con amenazas. Conque Jeimy, indefensa, tuvo que venirse con su hija para Bogotá, a duras penas con lo puesto.  Adiós Supía, adiós años de trabajo en balde...

La de Jeimy, como la de muchos colombianos abandonados por la fortuna, es la historia del desarraigo, de la exclusión y del despojo. Con todo, no se columbraba rencor en su relato. Mas bien  estoicismo y valentía. Porque, hay que decirlo: Jeimy es una guerrera, una mujer biónica como la Sommers de la televisión. No es cualquier cosa sobrevivir día a día al ambiente sórdido de un cafetín. No es nada fácil tener por oficio el consumo de licor y la lidia de borrachos que se pueden tornar violentos por un "quítame allá esas pajas".

-¿Y qué haces con los que se propasan contigo? –indagué.
- El atrevido que me irrespete, lleva del bulto. –me respondió señalando la bolsa que llevaba escondida en el seno. Yo intuí una navaja. Luego continuó:
-Claro está que una vez me salió uno “mariscal”. El tipo me cortó el brazo con una botella. – dijo mostrándome su antebrazo izquierdo. 
cuatro puntos de sutura. –enfatizó al acariciar con su mano derecha el tatuaje de la contienda. La contienda de los "tres centavos".

Y es que la puñalada o el botellazo son los accidentes de trabajo a que se exponen las coperas por razón de su oficio. De igual forma el alcoholismo es la enfermedad laboral que las aqueja. Aún así, no tienen ninguna protección de la seguridad social. Son un riesgo agravado para las aseguradoras. Por respeto no me atreví a preguntarle más acerca de ese tópico. Además era innecesario. A medida que avanzaba la tarde los efectos  del alcohol parecían más evidentes. De hecho yo no había consumido ni una copa, en tanto que la muchacha se había “bogado” la media de aguardiente mientras dejaba caer sus recuerdos sobre la mesa como en un pequeño otoño interior.

Al notar la botella vacía, la muchacha me ofreció el casco de naranja que restaba y me preguntó si iba a pedir otra media de aguardiente. Le dije que no. Entonces comprendí, por su mirada, que también se había terminado nuestra conversación a destajo. Extendió su mano para despedirse y me dio un fuerte apretón que yo recibí conmovido. Me invadió una rara sensación de ternura.

 -Adiós, Jeimy, mujer biónica. -le dije. Ella volvió a sonreir, esta vez sin desdén.

Aparte de unas cuantas referencias marginales, Jeimy nunca habló de su hija. Acaso quería proteger su tesoro más preciado de la  mezquindad de un entorno laboral enrarecido. Y aún diría más: tengo para mí que Jeimy no es el verdadero nombre de mi acompañante circunstancial. Quizá los únicos seres con derecho a pronunciar su nombre de pila son sus allegados en la intimidad del hogar. Porque el nombre propio determina nuestra existencia. Y Jeimy, como sus colegas de cafetín, no está dispuesta a entregar su nombre verdadero para que sea envilecido en la boca mentirosa de sujetos desconocidos a cambio de unos cuantos pesos. Por lo demás, creo que la historia que me contó es cierta.

En cualquier caso, lo que parece seguro es que Jeimy es una verdadera “mujer biónica”. Al igual que Jaime Sommers, la heroína interpretada por la bella Lindsay Wagner en la serie de los setentas, nuestra copera ha de tener un oído biónico para escuchar con paciencia las experiencias, desencuentros y soledades de sus clientes. Debe estar dotada de un brazo  ídem para defenderse de los patanes; y unas piernas ultra rápidas para huir, cuando sea necesario, de los peligros inherentes a su trabajo insalubre e ingrato.

 Créditos foto: www.flickr.com, CatPats

jueves, 3 de noviembre de 2011

Sin brújula por los cafetines de la novena II (continuación)


Jeimy

En el “Gran París”, un cafetín de la novena con calle quince, atiende una copera que lleva por buen nombre, Jeimy. Es una rubia natural, llamativa -como lo requiere su oficio-, de unos cuarenta años de edad, rostro amable aunque cansado, y marcado acento paisa.

Yo entré al establecimiento de marras un viernes por la tarde con el ánimo de realizar trabajo de campo –como suelen llamar los etnógrafos a su dolce far niente-, para documentar una serie de historias sobre los cafetines que subsisten en el centro de Bogotá. Jeimy se acercó para tomar mi pedido esgrimiendo una sonrisa franca. “Un tinto”, le dije; entonces ella se dirigió a la barra, desembolsó una ficha de la carterita escondida en el seno y se la entregó al barman. El hombre procedió enseguida a servir el tinto. En Colombia, Ecuador y Venezuela le decimos tinto a la infusión de café negro; en el resto del mundo el tinto es un vino, pero eso no importa mucho para la historia -me dije-. Luego me reí de mi inveterada tendencia a la digresión. Sin dilación alguna la mujer me extendió la taza con un movimiento gracioso de su mano cuidada con primor, tal vez por una manicura.

- ¿Cómo te llamas?, -inquirí.
- Jeimy.
- Ah, como Jaime Sommers, la mujer biónica.

Ella sonrió con desdén y al instante comprendí lo estúpido de mi comentario, tanto mas cuanto que yo mismo he sido víctima de babosadas similares por el hecho de llamarme Darío Gómez. Sí, como el “rey del despecho”. La invité a sentarse en mi mesa para conversar un rato, pero ella me advirtió que eso sólo sería posible si consumía al menos media botella de aguardiente o ron, o si la invitaba a una copa. “De allí ha de venir el nombre de copera”, concluí lo obvio. Así que pedí media de Antioqueño.

El “Gran París”  es un local oblongo ubicado en el segundo piso de un edificio roñoso al cual se accede por una escalera angosta y empinada de veintidos gradas. En su interior hay tres filas de mesas acomodadas torpemente a lo largo de la estancia, como un pelotón de infantería bajo la férula de un sargento obeso y peluqueado al rape, quizá el dueño del negocio, que, además de barman, cumple la función de ordenar a las muchachas -sentadas perezosamente en las sillas de la barra, como colegialas en recreo- que se levanten para atender a la clientela. El sujeto en cuestión parece un director de orquesta que organiza el caos reinante con gestos graciosos y movimientos de cabeza. Detrás de la barra, ubicada al fondo, hay una greca enorme y broncínea sobre la cual posa sus garras un águila real envuelta en la niebla de una ebullición permanente. Alineadas en angostos anaqueles pegados a la pared, posan las botellas vacías de licores importados, en compañía de una colección multicolor de latas de cerveza que le imprimen un ambiente cosmopolita al lugar. Debajo de la estantería hay un espejo opacado por el tiempo, cuya refracción no alcanza a duplicar con fidelidad la sordidez del establecimiento. Sobre la barra descansan dos parlantes de alta potencia -acaso los objetos mas modernos del lugar- que no se cansan de emitir tangos, boleros, rancheras y canciones de despecho. Con todo, aun queda espacio en la barra para una horrorosa calabaza de plástico adornada con flores de papel anaranjadas y negras que anuncian de manera sombría la celebración del día de las brujas. El promedio de edad de la clientela está por los cincuenta y cinco años, de modo que los asiduos son en su mayoría pensionados en busca de compañía femenina, aunque sea a título precario. Sujetos con necesidad de que alguien los escuche así sea con cargo a una copa de brandy.

Jeimy regresó con la media de aguardiente, un plato con naranja cortada en cuñas, dos vasos pequeños y dos sodas. Luego se sentó a mi lado.

- ¿y vos cuánto medís?. -Me preguntó
- la cédula dice 1.88 de estatura, pero supongo que crecí un par de centímetros más después de los dieciocho.
- Pura estatura de basquetbolista. -Observó.

Entonces le conté que, en efecto, jugué baloncesto en el colegio, en la liga juvenil de Bogotá y luego en la universidad. Ahora sólo practico los miércoles por la noche y los domingos en la mañana, si no llueve.

- o sea que sos basquetbolista de verano. -me dijo con socarronería. Luego agregó orgullosa: -Yo también jugué básquet en el colegio.

Y así debió ser, porque Jeimy conserva el cuerpo espigado y armonioso de las muchachas de tierra caliente, muy propicio para el deporte.

- ¿en cuál colegio? –Insistí.
- en la Institución Educativa Isaza de la Victoria, Caldas.
- Yo estuve una vez en la Victoria, como a los 17 años de edad. Recuerdo que el calor era insoportable. –le dije para mostrar mayor interés.

Y entonces se me vino a la memoria un pasaje de “Pedro Páramo” donde se dice que Comala es un pueblo tan caliente, que cuando la gente de allí muere y se va para el infierno, el alma regresa por su cobija. La “Victoria” es mas caliente que Comala, pensé. Y es que ese municipio caldense está asentado en el fondo de un valle enclavado en el cañón del río la Miel, donde no corre la brisa para mitigar el bochorno. Allá todo es caliente, hasta la situación de orden público. Sin embargo su gente es cordial, generosa y dicharachera, como suelen ser los miembros de la estirpe antioqueña.

- mi profesor de educación física creía que yo tenía méritos para jugar en la selección femenina de Caldas. Era muy rápida en las descolgadas y buena para echar canastas de media distancia. –continuó Jeimy con su reminiscencia deportiva.

De golpe el rostro adusto de la mujer se tornó juvenil, como si los recuerdos de hace veinticinco años le hubieran insuflado frescura. Me contó que no pudo continuar en la escuela porque quedó embarazada a los dieciséis. Adiós Instituto Educativo Isaza, adiós selección femenina de baloncesto de Caldas……. Nos quedamos un rato en silencio. Pero en un cafetín está prohibido el silencio. Hay que sacar todo afuera, sobre todo los recuerdos que ayudan a limpiar el alma. Ella sirvió las dos copas de aguardiente y brindamos por el baloncesto.

En contraprestación a su confesión no pedida, le conté que mi papá me rumbó de la casa a los diez y nueve años, cuando me volé con una muchacha de diez y siete. Yo cursaba cuarto semestre de ciencias políticas en la Universidad de los Andes y tenía ideas libertarias que mi padre no estaba dispuesto a financiar, pues él, con mucho sentido común, consideraba que si yo quería continuar en esa línea, debía renunciar a las mieles de la “burguesía decadente”, mientras llegaba el nuevo orden social que pregonaba. “Debes ser consecuente con lo que piensas, con lo que dices y con lo que haces. Y, claro está, debes asumir las consecuencias de tus actos y pagar por ellos.” Eso, o algo parecido recuerdo que me dijo mi padre.

-fijate la coincidencia; ambos jugábamos basquet en el colegio y a vos también te rumbaron de la casa. -concluyó Jeimy.
-si, como en las vidas paralelas de Plutarco. -comenté distraído.
-¿Plutarco?, ¿y luego cuántas vidas tuvo ese señor para aguantarse un nombre tan feo?
-Muchas, pero no eran de él.

(CONTINUARÁ EN LA PRÓXIMA ENTRADA)
 https://www.blogger.com/blogger.g?blogID=8497142508413500286#editor/target=post;postID=8728723013244276683;onPublishedMenu=posts;onClosedMenu=posts;postNum=119;src=postname

lunes, 31 de octubre de 2011

Justa Panamericana vs justa electoral




Los domingos suelo practicar baloncesto entre las diez de la mañana y las doce del día. Acto seguido, me doy un baño reparador y luego echo en la cama mis sufridos huesos para que descansen de su pesada carga (110 kilos) de grasa, músculos, nervios, arterias, órganos y tendones. En momentos como ese comprendo en toda su profundidad las palabras de Groucho Marx -citando a Harpo el jueves o a Chico el martes-, cuando afirma que: “No vale la pena hacer nada que no puedas hacer en la cama”

Pero ayer hubo elecciones regionales en Colombia, es decir, comicios para escoger  a 32 gobernadores, 1.103 alcaldes, incluido el del Distrito Capital, y no sé cuantos diputados y concejales que habrán de darnos ejemplo de probidad y servicio -perdonen la ironía pero me atraganto si no la digo-. De modo que madrugué a votar con la certeza de que mis candidatos no iban a ganar, justamente por ser competentes, bien intencionados, horros de codicia y ajenos a las maquinarias electorales. Con todo, ejercí mi obligación democrática para ganarme el derecho a criticar al mal gobierno. Así las cosas, luego de un baño reparador, eché en la cama mis huesos estoicos para que descansaran de su pesada carga (50 años) de ilusiones -no todas fallidas-, luchas -no todas perdidas- y perplejidades -que aún no me abandonan-.

Ante la ausencia de algo mejor que hacer, encendí el televisor para ver la última jornada de los Juegos Panamericanos de Guadalajara mientras se cerraban las elecciones.  Pero me atrapó la justa deportiva panamericana y olvidé por completo la “justa” electoral, que de justa no tiene sino el nombre, ya que, salvo dignísimas excepciones, quienes elijen son los que escrutan y no los que votan.

El hecho es que pude sentir, así fuera desde la humilde ventana de mi televisor, el aire puro que se respira en las competencias deportivas, donde no caben las marrullerías. Aquellos que tienen trato cercano conmigo saben que me estremezco con suma facilidad. De esta suerte, me emocioné casi hasta el llanto con las victorias deportivas de mis compatriotas, mujeres y hombres  valientes (24 medallas de oro, 25 de plata, 35 de bronce), cuyos esfuerzos nos granjearon un honroso sexto lugar en la justa -esta sí justa-  panamericana de Guadalajara 2011.

Se me dirá que un sexto lugar -entre cuarenta y dos- no es gran cosa; pero si se tiene en cuenta que nuestros deportistas vienen de un lugar con cuatro millones de desplazados por la violencia, donde el cincuenta por ciento de sus compatriotas están  por debajo de la línea de pobreza, un país con el más alto índice de desigualdad (0,58 Gini) después de Angola y Haití, y un esmirriado apoyo  oficial al deporte -la mayoría del presupuesto se va en la corrupción- entre otras lindezas, comprenderán que sus logros valen por cien.

Confieso que se me escapó un lagrimón al ver flotar ingrávido y elegante a un gimnasta de 17 años que se llama Jossimar Calvo y es de Cúcuta, una ciudad donde la gente es adusta pero cordial y muy trabajadora, y donde corre un río que se llama el Pamplonita, cuyas brisas refrescan a sus habitantes, uno de los cuales, de apellido Irwin, le compuso un bambuco en agradecimiento. Dios mío, pensé. Este muchacho -casi un niño-, compatriota mío y campeón panamericano, desafía no sólo la gravedad terrestre, sino también la gravedad de nuestra situación económica y social. Y lo mismo pasa -continué mi reflexión- con nuestros pesistas, medallistas de oro, que tienen que cargar el peso adicional de la falta de oportunidades. De allí el llanto de emoción, orgullo y valentía de la guapa samaria Mercedes Pérez cuando le colgaron el oro. Valoré todavía mas el triunfo de nuestras atletas de 400 mts, con y sin obstáculos, y salto triple, que se ganaron el oro aún teniendo en contra el viento de la corrupción de muchos de nuestros dirigentes deportivos. No recuerdo si fue Yenifer Padilla,  María Oliveros o Catherine Ibargüen quien dijo que el deporte nos permite soñar. Bien pudo ser cualquiera de estas tres hermosas deportistas, porque esa es una verdad de a puño que ellas refrendan día a día con su trabajo. Y así las patinadoras, y los ciclistas, y el campeón de bolos, y la pequeña gigante Mariana Pajón que vuela en bicicross, y los tenistas, y nuestro campeón de squash, en fin, toda esa constelación de colombianas y colombianos dignos de mostrar.

A riesgo de ser tildado de patriotero o sensiblero, confieso que a pesar de no ser adicto a los símbolos patrios mancillados por nuestros politiqueros, nunca me sonó tan nítido el himno nacional como en las premiaciones de nuestros deportistas. Nunca me pareció tan cálida la bandera tricolor como cuando se la pusieron de ruana nuestras campeonas y campeones para sentir el abrazo del terruño en los momentos de gloria.

Los triunfos de nuestros deportistas se extienden, por supuesto, a sus compañeros que no alcanzaron medallas, a sus entrenadores y a sus familiares que participaron activamente en sus esfuerzos y sacrificios, logros que obtuvieron no precisamente por el apoyo infrecuente de los directivos del deporte colombiano. Los ciudadanos de a pie les agradecemos sinceramente la alegría inmarcesible que nos brindaron. Ojalá que los burócratas del deporte les cumplan con lo prometido, si es que no están muy ocupados escrutando los votos de sus patrones.   

créditos foto: crisgomez1, www.flickr.com

martes, 25 de octubre de 2011

El venezolano


(A propósito del remoto y absurdo conflicto entre colombianos y venezolanos, tema que de vez en cuando ventilan los medios a falta de peores noticias)

¨Nadie más adecuado que un Venezolano para prologar un libro de amor a Colombia……En estos desquiciados tiempos los periódicos suelen hablar con malvada ligereza de una posible guerra entre Venezuela y Colombia…… Nunca, repito, tendrá lugar esa pelea fratricida que los consorcios petroleros y los fabricantes de armas apetecen…¨
Miguel Otero Silva, Caracas, 1.975

A los diez años de edad todo en la vida nos resulta extraordinario. Una ciudad desconocida, el tipo nuevo de la clase, los vecinos recién llegados, o bien un nuevo amigo; mas aún si es extranjero. Durante las vacaciones de mitad de año del 72 conocí a Alonso en el barrio La Magdalena de Bogotá, donde yo vivía. Era un niño de mi edad, mirada apacible y acento musical. En los columpios del parque Brasil nos observamos con desconfianza, pero luego nos integramos igual que gatos callejeros, merced a esa facultad automática que tienen los niños para crear lazos y que luego se pierde con la edad, como nos pasa con el pelo. Me intrigó su hablar cadencioso, así que le pregunté acerca de su origen. El me respondió que era venezolano, de una tierra desconocida, como dice el paseo vallenato de Carlos Huertas. Paseo vallenato -vallenato con v y no con b- es un delicioso ritmo  del caribe colombiano y no un periplo con el hijo de una ballena, valga la aclaración. ¡Otra vez mis digresiones!

El hecho es que aunque fuimos amigos inseparables durante las vacaciones, no tuvimos necesidad de saber nuestros nombres: yo lo llamaba simplemente, venezolano; y el me decía, colombiano, a secas. 

– ¿A qué hora nos vemos mañana, venezolano? - le preguntaba yo; 
-- como a las diez, en el parque, colombiano, - respondía Alonso. 
Vale. - convenía yo

Supe que el venezolano se llamaba Alonso Morante y que era de Barquisimeto un día que lo invité a almorzar a mi casa -casi al final de las vacaciones- cuando mis hermanas, dignas encargadas de la inteligencia hogareña, sometieron al pobre extranjero a un interrogatorio  al mejor estilo de la agencia de seguridad del Estado. Me enteré por el mismo expediente que se hospedaba en la casa de una tía solterona cerca del Park way, y que era único hijo. Es decir, nada importante cuando sólo se trataba de jugar y callejear.

Por esa época estaba reciente el diferendo limítrofe con el vecino país por las islas de Los Monjes, ubicadas entre la península de la Guajira en Colombia y el Golfo de Coquivacoa en Venezuela; de modo que circulaba en el ambiente el infundio de una eventual contienda entre los dos países hermanos. Alonso y yo, que no sabíamos nada acerca de la guerra -aparte de lo visto en las películas que pasaban en la televisión-, jugábamos a “darnos bala” desde nuestras trincheras invisibles, con tan mala puntería que nunca acertábamos a matarnos. Pero eso de la guerra cansaba mucho, y como al final ninguno de los dos quería morir primero, resultaba muy aburridor el juego. De manera que nos íbamos a la “Gata golosa” a tomar gaseosa.  

Hoy sabemos que es improbable una estúpida guerra fratricida. Pero entonces, en la óptica de nuestro candor infantil creíamos que algún día, cuando fuéramos mayores, tendríamos que enfrentarnos en la predestinada conflagración. De esta suerte nos comprometimos a que, cuando estuviéramos frente a frente en el campo de batalla -que nos imaginábamos en el puente internacional que une a Villa del Rosario de Cúcuta con San Antonio del Táchira-, ambos utilizaríamos balas de mentiras, como las de nuestro juego del parque Brasil.

Alonso Morante debe ser hoy un prestigioso hombre de negocios en Barquisimeto, o un gran artista, o un médico, o un afamado ingeniero, o un vago como el suscrito, qué sé yo. Eso sí, espero por su bien que no haya escogido la carrera de las armas, porque el uso de balas de mentiras arruinaría su reputación, o al menos mermaría peligrosamente su expectativa de vida por más arriscado que fuera. Sin embargo estoy seguro de que si algún día la soberbia de nuestros gobernantes -o candidatos a serlo- nos conduce a una guerra infame, Alonso y yo honraremos nuestro compromiso. Porque, al fin y al cabo, es menos aburrido ir a tomar gaseosa en la tienda del barrio con los amigos, que andar por ahí como insensatos echándose plomo con los vecinos. Cosas de niños.

(Foto: Alejo, tomada por H. Darío Gómez A.)

martes, 18 de octubre de 2011

Electojáfora jitanral

(Parque del Country, Bogotá. Foto de H. Darío Gómez A.)

Por: H. Darío Gómez A.

(A propósito de la próxima jornada electoral en las regiones)

Vayan a cotar en voro
por el cabo prondidato;
que mor ví gote hasta el pato
pa` alcaner un buen telde.

No voperdicien su desto
catableciendo a los rescos;
no belijan a reellacos
o su seto vorá en balde.

(Traducción libre del esperanto arcaico vociferado en las tierras boreales del trópico austral)

JITANJÁFORA ELECTORAL

Vayan a votar en coro
por el probo candidato;
que por mí vote hasta el gato
pa´tener un buen alcalde.

No desperdicien su voto
restableciendo a los cacos;
no reelijan a bellacos
o su voto será en balde.

viernes, 14 de octubre de 2011

Realización de saldos


Por H. Darío Gómez A.

Hoy subasto mis posesiones ilusorias en pública almoneda.

Vendo, si es que todavía la conservo, una enciclopedia autista con profusas definiciones sobre todo, e inútiles certezas sobre nada.

Negocio, si alguien quiere comprarlo, el terror atrapado en las páginas de la historia patria, y la oscuridad que lleva encima como eterna noche boreal.

Liquido igualmente mis discos de jazz: tóquenlos si los van a comprar. Y si los compran, tóquenlos si los van a transfundir a los sentidos; o, si no, no.

Regalo un telescopio con pocas constelaciones vistas, y un par de mujeres atrapadas para siempre en su lente atormentada por la cercanía imposible.

Despacho, con provechosa pérdida, un colchón relleno de cansancio y espuma como mis proyectos inconclusos.

Realizo asimismo otras pertenencias intangibles, igual que los sueños:
poemas enredados en los textos mancillados de un devocionario, candorosas imitaciones de Chagall imaginadas con crayones, fotos de carné con falsa dedicatoria: “esta copia para tu billetera; el original para tu corazón”

En fin, ferio efectos de poca monta, cosas fuera del comercio, boberías difíciles de vender, aun con provechosa pérdida.

lunes, 3 de octubre de 2011

“ANIMOSUCCIÓN”

(Escultura de Botero en el Museo de Antioquia, foto de H. Darío Gómez)

En reciente publicación restringida al honorable cuerpo médico, el Doctor Elías Foncelet ha expresado temerarias declaraciones tendientes a desvirtuar los beneficios terapéuticos y estéticos de la “liposucción” en el tratamiento de la obesidad. Es más, se ha atrevido a calificar de anodino tal procedimiento que, en su concepto, sólo contribuye a la producción masiva de estrías y frustraciones. El problema de la gordura, asegura, no está en los tejidos adiposos, sino en las células del alma. Basado en los principios de la medicina hipocrática, especula que si los átomos del alma son redondos y lisos como afirmaba Demócrito, -hipótesis que dice haber confirmado-, tales atributos propician una reacción en cadena cuando alguno de los cuatro humores del cuerpo humano – sangre, flema, bilis negra y amarilla- resulta estimulado por la acción de sentimientos de amor, odio, soberbia o perfidia según el temperamento de cada individuo. En buen romance, la teoría del Doctor Foncelet quiere significar que no es la cantidad de calorías consumidas por un sujeto la que determina su gordura, sino la reacción de las células del alma a los diferentes estímulos externos, según su temperamento humoral.

Piénsese por ejemplo en un peatón de tipo sanguíneo que es agredido injustamente por un conductor de bus urbano. El sujeto en cuestión se hincha inmediatamente de la ira, enrojeciendo como un buñuelo en aceite hirviente. -Nótese que hemos utilizado deliberadamente la figura del buñuelo que, para el caso, tiene una alta concentración de calorías, pero no tiene nada que ver con el aumento de volumen del sujeto del ejemplo-.

Los flemáticos por su naturaleza fría y calculadora son menos proclives a la gordura, pero con dosis suficientes de ironía y desdén pueden inflarse hasta unos niveles inconcebibles.

Finalmente está el individuo de temperamento bilioso, es decir, de mala leche. A esta especie pertenecen los sujetos envidiosos, los pérfidos y los traidores. Suelen entregarse estos individuos a rumiar sus envidias, traiciones y deseos de venganza como si para tal efecto tuvieran, como las vacas, cuatro estómagos. Esta actitud les produce un excesivo aumento en el tamaño abdominal, sin perjuicio, claro está, de los pavorosos castigos que les aguardan en el abismo.

Dentro de este contexto, la terapéutica indicada por el Doctor Foncelet para el tratamiento de la obesidad, consiste en la remoción de las células del alma, verdaderas causantes de la gordura insana y antiestética que tanto mortifica al doliente. Tal procedimiento, que Foncelet ha dado en llamar “animosucción”, tiene la virtud de liberar al paciente de las células innecesarias para el cuerpo, con los siguientes beneficios colaterales:

• Insensibilidad total, eliminando de tajo las reacciones sanguíneas, biliares y flemáticas a los estímulos humorales, que siempre derivan en la indeseable hinchazón del cuerpo.
• Alivio definitivo de los remordimientos, así como de los sentimientos innecesarios de compasión y asco.
• Supresión de las dependencias amorosas o afectivas que debilitan al sujeto volviéndolo falible, permeable y altamente vulnerable.

Previendo el posible espionaje científico de las transnacionales farmacéuticas, el Doctor Foncelet no ha querido presentar aún al honorable cuerpo médico los detalles de su procedimiento, actitud un tanto candorosa si se tiene en cuenta que los mercaderes de la salud descubrieron desde hace más de un rato el secreto para suprimir el alma, expediente que hasta ahora solo han aplicado a su propia conveniencia.

No es clara la relación de causalidad entre la terapéutica planteada por Foncelet y el adelgazamiento del paciente. Además, resulta poco consistente su teoría de las “reacciones humorales”. Sin embargo, con la supresión de las células del alma, el sujeto queda totalmente insensible aún a la vergüenza de padecer una obesidad indecente, efecto que al fin y al cabo, si no era el esperado, en todo caso le resultará útil.

lunes, 26 de septiembre de 2011

Toca indignarse para no morir de sed



(Humedal "La Conejera", Bogotá, foto de H. Darío Gómez A.)

De la basura de un lujoso restaurante de la Zona G -a manera de despensa sucedánea-, un desharrapado rescata una botella de agua “Evian”.  La levanta con desconfianza, la destapa, analiza su contenido con escrúpulo de bacteriólogo, aprueba con desgano el contenido misterioso y procede a escurrir en su boca las últimas gotas del líquido vital importado directamente de Francia. 

No muy lejos de allí, al nor-occidente, en la localidad de Suba, un niño se sumerge en las aguas fétidas de la laguna de “Juan Amarillo” para rescatar su balón de fútbol, como lo hicieran siglos atrás sus ancestros Muiscas en el lago sagrado de Tibabuyes para mayor gloria de sus almas. 

Y más al sur, donde se encañona el Bacatá, escabulléndose entre los bordes quebrados de la sabana en busca del río madre, los herederos de Bochica contemplamos impotentes la esmirriada cloaca del Salto del Tequendama: el río Bogotá.

Desde luego hay en otras latitudes cuadros más dramáticos que los expuestos arriba. Empero, estas imágenes inadmisibles debieran causarnos indignación a los bogotanos. ¿Alguna vez soñamos con algo parecido, y no digamos nuestras pesadillas apocalípticas?. No sé. Lo cierto es que esa turbia realidad que creíamos tan lejana, está ahora entre nosotros. Me refiero al agua contaminada destinada a formar el 75% de nuestros cuerpos para su congrua supervivencia, la misma que se lleva por delante a los niños con su mortal corriente diarreica. Aquella que calma la sed de nuestras almas recalentadas por el ánimo de lucro y el lujo consumista, así sea en mínimas y asépticas dosis embotelladas de “Perrier”.

Sin embargo, ¡quien lo creyera!, apenas 81 kilómetros aguas arriba de nuestra frenética ciudad, en el páramo de Guacheneque, donde aún se mimetiza la vida entre los frailejones -como un tesoro vulnerable y esquivo-, queda lo que queda del reino precario del agua que calma la sed de la capital, recurso indefenso puesto a merced de las manos sucias del desarrollo avaro e irresponsable y del progreso miope que no prefigura la suerte de las futuras generaciones. Por eso es necesario acatar las voces de alarma que  nos previenen sobre la destrucción del agua. Es preciso indignarse por el actual estado de cosas y tomar cartas en el asunto, como nos exhorta el sabio Stéphane Hessel;  pues como vamos, aún en nuestro país “inundado” de armas de fuego, es probable que muramos primero de sed o de enfermedad diarreica aguda -en el mejor de los casos-, que producto de una bala perdida.

jueves, 15 de septiembre de 2011

Los hombres serpiente



 (Paso del Ángel, Boyacá, foto de H. Darío Gómez A.)
Somos de la estirpe de la primera mujer.  Los invasores que ingresaron por el norte nos llamaron hombres-serpiente, pero entre los nuestros éramos conocidos como güechas adoradores del agua.  En efecto,  somos los protectores de las lagunas. Desde la cuna fuimos  criados para su adoración y servicio;  somos por virtud de nuestro origen, los  guardianes de la sustancia vital de nuestro pueblo.

Los guerreros  incoloros llegaron a la sabana durante el mes del crecimiento del maíz. Por esa época nos ocupábamos en nuestra ceremonia de correr la tierra[1]. Lamentablemente muy pronto y mediante la aplicación de abominables tormentos a  las mujeres -indefensas en nuestra ausencia-, los invasores  supieron del rito y se propusieron encontrar el santuario del agua. Empero, para su propia ruina, los extranjeros lograron realizar su objetivo.

Sucedió, pues, que veníamos de las montañas de Pasca trayendo el metal  comerciado con los bravos Sutagaos  por  sal y otros géneros - que sería utilizado para agradar a la diosa Sie en nuestras abluciones sagradas-,  cuando al llegar al valle de Ebaque nos topamos con la avanzada de la hueste  invasora.  Serían unos cincuenta hombres a pié y veinte más erguidos sobre unas bestias descomunales que infundían miedo.  Al principio ¡ay! creímos que los extraños venían en paz  para acompañarnos en la adoración a la diosa del agua; pero después, cuando escupieron fuego y esgrimieron sus lanzas amenazadoras, comprendimos que en realidad querían apoderarse de nuestra carga ritual, quizá para halagar ellos mismos a sus dioses por cuenta nuestra. Les gritamos que no era prudente ofender a la diosa Sie con sus actos bélicos e impíos, pero ellos no comprendieron o no quisieron escuchar -que para el caso lo mismo da- y continuaron el ataque.  Ante  la inminencia de la batalla, y encontrándonos prácticamente inermes –nuestras hondas y macanas no hacían mella en sus fuertes corazas-, urdimos un plan de contingencia que consistía en hacerles creer nuestra rendición, de suerte que mediante señas les indicamos que nos siguieran hasta la laguna sagrada para que pudieran recoger a su antojo  las enormes existencias del metal sagrado. Una vez entre los juncos,  nos arrastramos sobre el lecho lacustre convirtiéndonos en reptiles vengadores según estaba previsto desde el principio de los tiempos. Los  profanadores que nos siguieron con la ingenuidad que produce la codicia,  fueron  estrangulados sin piedad por nuestros anillos constrictores, para ser conducidos luego hasta el seno de la diosa Sie  donde bullía  su cólera implacable.

Sólo unos cuantos impíos se salvaron del castigo huyendo aterrorizados al ver a sus compañeros convertidos en víctimas propiciatorias de nuestro rito. Fueron  ellos quienes nos llamaron desde entonces: hombres-serpiente.

Después de aquel aciago acontecimiento, permanecimos ocultos en  el fondo de la laguna durante muchos años hasta que los impíos y aún los naturales conversos  - que por temor a su nuevo dios trinitario perdieron la sagrada costumbre del  baño -  se olvidaron  de nosotros.

Sin embargo, de vez en cuando emergemos del agua para arrastrar hasta su fondo  misterioso uno que otro cristiano incauto que servirá de alimento a la venganza sagrada  de nuestra amada  diosa  Sie.



[1] Ritual de los primitivos chibchas descrito por  Rodríguez Freyle en “El Carnero”, y que consistía en recorrer las lagunas del altiplano cundiboyacense como peregrinación  para purificar el espíritu mediante las abluciones sagradas en honor a la diosa del agua, “Sie”.

lunes, 12 de septiembre de 2011

"Trueque a la plaza en Ingativá"


“cambio mi vida por lámparas viejas,
o por la escala de Jacob, o por su plato de lentejas...
...la cambio por un romance, la cambio por un soneto;
por once gatos de Angora,
por una copla, por una saeta,
por un cantar;
por una baraja incompleta;
por una faca, por una pipa, por una sambuca... “

León de Greiff


En Colombia se acuñó hace más de treinta años el concepto de “nuevos ricos” para referirse a una clase emergente que pelechó a la sombra del narcotráfico y la corrupción. Hoy, sin embargo, como consecuencia del desempleo rampante, y ante la ausencia de políticas gubernativas de apoyo al emprendimiento o al empleo formal y digno, se ha ido desvaneciendo la clase media para dar paso a otra clase social conocida como  “nuevos pobres”. O pobres vergonzantes, como llamaba mi abuela a las personas acomodadas que caían en desgracia financiera de un momento a otro, de suerte que debían acudir a familiares y amigos para solicitar su apoyo en las aulagas, ya fuera de manera desinteresada o aún a cambio de los bienes adquiridos en mejores épocas. Lo cierto  es que merced a las dificultades económicas, muchas personas han perdido capacidad dineraria para el consumo formal, y como si fuera poco, tampoco tienen acceso al crédito.  Esta situación ha obligado a muchos bogotanos a pensar en el trueque como una estrategia de supervivencia digna.  Al menos esa es la intención de algunos ciudadanos de Engativá que respondieron el sábado 27 de agosto de 2011 a la convocatoria del Comité de Productividad de esa localidad.

En un interesante artículo sobre el trueque contemporáneo en Argentina, Bárbara Rossmeissi escribió lo siguiente: La filosofía del trueque se basa en la reinvención del mercado que funciona de manera paralela a la economía normal, no persiguiendo, sin embargo, los valores de ella. No se caracteriza por el lucro y la especulación sino quiere establecer un modelo económico más humano a través de los principios de solidaridad, confianza y reciprocidad.”

Quizá los primeros vecinos de la localidad décima de Bogotá que practicaron el trueque fueron los Muiscas de "Ingativá" que intercambiaban  panes de sal y mantas de algodón, por oro y frutas de tierra caliente con los Panches -bravos guerreros del suroeste- en el mercado fronterizo de Pasca, mucho antes de que Adam Smith apareciera con su “libre competencia” a complicarlo todo.  A diferencia del economista escocés, nuestros ancestros sabaneros no hubieran concebido que el egoismo de los particulares,  guiado por la “mano invisible del mercado lograría, a la larga, el bienestar general". De hecho, nuestros aborígenes no conocían el concepto de propiedad privada. Sus casas no tenían seguridad. Era innecesaria, porque como relata el cronista Palafox y Mendoza, citado por Arciniegas: ”… en sus tierras, donde no hay sino indios, no tienen más cerradura en sus puertas que la que basta a defenderlas de las fieras, porque entre ellos no hay ladrones, ni qué hurtar, y viven en una santa ley, sencilla y como era la de la naturaleza””.

No obstante, los europeos que llegaron al Nuevo Mundo lograron imponer, "a la larga", las teorías aconómicas de Smith, que, si bien propiciaron el bienestar en otras latitudes, en la nuestra no hicieron más que fomentar la exclusión y la precarización de los derechos sociales. Hoy en día hasta el acceso a la salud obedece a la lógica del mercado que regula con su “mano invisible” los derechos fundamentales de los ciudadanos.

El hecho es que en la mañana de un sábado soleado de agosto me encontraba sentado y expectante bajo una carpa de la plaza de mercado del barrio Boyacá Real, en compañía de veinte asistentes al taller del trueque.  Don Alberto Ariza, el tallerista, pertenece al Comité de Productividad Local. Es un sociólogo maduro y muy amable, al que le caben en la cabeza los indicadores macroeconómicos de su localidad.  Engativá ocupa el noveno lugar en extensión territorial, tiene el 11% de la población total de Bogotá y es además muy productiva, ya que contribuye con el 12.5% del PIB de la ciudad. Sin embargo, según el estudio realizado por la Casa de Control Social en 2009 (Plan de Desarrollo Económico, Social Localidad 10, 2009-2012), Engativá tiene una de las mayores tasas de desempleo de la ciudad: 13,5%.  Una paradoja.

Para explicarnos el cuento del trueque, don Alberto nos entregó dos cartulinas: una verde y otra amarilla. Nos pidió escribir en la verde un bien o servicio que tuviéramos para intercambiar, y al respaldo tocaba poner el valor que, a nuestro juicio, pudiera tener la mercancía objeto del intercambio. En la amarilla, de otra parte,  había que consignar los bienes o servicios que estuviéramos necesitando. Así las cosas, escribí en mi cartulina verde lo siguiente: “consulta de abogado experto en seguridad social”; y al respaldo: $45.000.  En la amarilla me limité a garabatear: “alimentos”. Realizado lo anterior, y con el fin de mejorar nuestro entendimiento del asunto, don Alberto nos reiteró que todos somos a la vez productores y consumidores de bienes; es decir, "prosumidores". Con tal advertencia se iniciaron los encuentros del trueque.

Mi primer contacto fue con doña Gloria Restrepo, una dama antioqueña que elabora estupendos adornos en bisutería fina.

Son de piedras semipreciosas y material quirúrgico -me aclaró con vehemencia, como para que no me equivocara.

Me gustó un collar  de piedras negras que doña Gloria tasó en sesenta mil pesos; esto es, quince mil más que mis honorarios por consulta profesional de abogado experto en seguridad social. Infortunadamente no le interesaron mis servicios ya que ella forma parte de la red de control social de Engativá, y con toda seguridad allá saben más del tema que el suscrito. No hubo trueque.

El segundo intento fue con doña Margarita Godoy, otra dama muy elegante y bonita que me ofreció sus servicios para acompañar adultos mayores o niños con limitaciones de salud. Eso en cuanto a servicios. En cuanto a bienes, disponía de una papaya para intercambiar.

-Esta vale tres mil pesos -me dijo con desparpajo mostrando su fruta en sazón, y se echó a reír con ganas.

Tenía doña Margarita una consulta que hacer acerca de un derecho de petición a una EPS (aseguradora) para acceder a un servicio de salud que le fue negado de manera injusta.  Yo le dije que con mucho gusto absolvería su consulta pero que, por mi parte, aún no requería sus servicios de compañía, ya que apenas tengo medio siglo de edad y me encuentro en buen estado de salud (eso creo). De modo que acepté la papaya como contraprestación, aunque eran diferentes nuestras unidades de medida.

-       He allí uno de los elementos esenciales del trueque: la unidad de medida. –nos aclaró don Alberto Ariza.

Según entendí, es preciso acordar primero la unidad de medida para que pueda avanzar la transacción. Así por ejemplo,  si estimo mis honorarios en cuarenta y cinco mil pesos, y la papaya vale tres mil (y, pongamos por caso, la unidad de medida escogida para la transacción coincide con el valor de la papaya), entonces doña Gloría  debía pagar mis honorarios con quince papayas. Pero ella sólo tenía una y así lo acepté. Además, ¿que haría yo con tantas?, ¿dar más papaya?. El punto, sin embargo, es que en nuestra transacción primó el valor de uso sobre el valor de cambio. Estuvo ausente de nuestro negocio la utilidad fría y calculadora del señor Smith; ganó la solidaridad.

Finalmente me reuní con doña Rosaura, una tierna viejecita que atendió mi discurso de venta de servicios como quien oye llover.  Ella no sabía para que sirve un abogado experto en seguridad social. Bien mirado el asunto, yo tampoco lo sé.  Pero ese es otro problema. Preguntada doña Rosaura si tenía algo para intercambiar, esbozó una sonrisa tímida, como de colegiala,  y me dijo que no tenía nada que dar.

-¡cómo que nada!, doña Rosaura, si toda su experiencia y sabiduría acumuladas  son valiosísimas. Es mucho lo que tiene para dar. – la apremié.

-puedo darle un consejo. – me respondió al fin la buena señora.

-imposible dar un bien más valioso, doña Rosaura. -le respondí emocionado y le dí un abrazo.

¿Y cuánto vale un consejo? Vale lo que cuesta una vida si aquel sirvió para salvarla; o lo que vale una empresa librada de la quiebra inminente por un dictamen oportuno (justamente para eso están los Consejos de Administración). Sólo Dios sabe cuánto vale un buen consejo. Pero sucede que en nuestra sociedad de tecnócratas adolescentes la experiencia venerable de los ancianos no es tenida en cuenta, de modo que con frecuencia estos “yuppies” caen al abismo con todo el peso de su soberbia.

Hubo esa mañana muchos ejercicios de intercambio: clases de sistemas por cursos de pintura; bufandas de lana por arepas de quinua; lechugas orgánicas por pulseras de fantasía, experiencias, en fin,  que por supuesto no bastaron para lograr una comprensión total de esa economía alternativa (tampoco era el objetivo del taller). Sin embargo se logró la adhesión de muchos ciudadanos de Engativá a la causa del trueque.  Un buen principio. Una esperanza para los ciudadanos excluidos del comercio formal y para las víctimas de los bancos gobernados por la usura y el lucro a costa de la ruina del prójimo.

Créditos foto: H. Darío Gómez

Héroes insospechados y clandestinos

“Los infinitos héroes desconocidos valen tanto como los héroes más grandes de la historia.” Walt Whitman Irene & Cia. Una muchac...