viernes, 28 de enero de 2011

La ley de los números grandes




"El secreto del éxito es la honestidad. Si puedes evitarla, está hecho". Groucho Marx

No soy bueno para los números. Y atribuyo tal falencia a mis profesores del colegio, que, con su pedagogía de la férula, insuflaron  en mi mente el terror por las matemáticas. Tarde llegó a mis manos ese maravilloso libro denominado “El hombre que calculaba”, una suerte de “mil y una noches” de las operaciones aritméticas.  De haberlo encontrado en mi época escolar, otro gallo cantaría.

El hecho es que soy poco versado en el asunto, pero tengo el suficiente sentido común  para entender que los banqueros son amantes de los números grandes. Eso es evidente, como quiera que también son grandes sus rebaños. Y ni que decir tengo de sus impúdicas utilidades.  De manera que para administrar eficientemente tal abundancia, ellos aplican la que he dado en llamar –teorizando sin ningún fundamento- “Ley de los números grandes”, que no debe confundirse con la “Ley de los grandes números”, aplicable al estudio de la probabilidad, muy útil en los sistemas aleatorios de las Compañías de Seguros. Digamos que en este caso el orden de los factores si altera el producto.

¿Y en qué consiste la fementida Ley de los números grandes? Para responder a esta pregunta me remito a las recientes declaraciones de la presidenta de la Asociación Bancaria, quien afirmó con su acostumbrado tono soñoliento que en Colombia existen más de dieciocho millones de ciudadanos “bancarizados”. Lo anterior quiere decir que el cuarenta por ciento de los colombianos está vinculado a la banca, ya sea mediante  una cuenta corriente o una de ahorros.  Y no necesariamente por su propia voluntad, pues hasta la población desplazada víctima del conflicto está recibiendo las “ayudas” del estado a través de tarjetas débito emitidas por los bancos. Lo mismo pasa con los trabajadores que se ven obligados por sus empleadores a constituir onerosas cuentas de nómina para recibir sus salarios.  Ahora bien, es conocido que en Colombia los bancos cobran a sus clientes hasta por la sonrisa, y es allí donde radica la rentabilidad de la Ley de los números grandes, sin perjuicio de las tasas de interés que, como sabemos, son de las más altas del mundo, amén de  los pequeños “ajustes al peso”, las equivocaciones “de buena fe”, y los servicios cobrados pero no prestados, que merecen capítulo aparte.  

Como no soy bueno para los números, no alcanzo a calcular las ganancias que reciben los bancos por los millones de transacciones –muchas de ellas innecesarias- que obligan a realizar a sus clientes cautivos, merced a la Ley de los números grandes. Pero intuyo que son muchas, y sin causa. Bien lo dice el Eclesiastés: todo tiene una ley, pero esa ley no podemos comprenderla. También dice el hagiógrafo que “las riquezas no dan la felicidad, sino que quitan la paz.”. Y nosotros, los ciudadanos de a pie, sabemos que es perecedera la alegría que producen las cosas materiales. Sin embargo los banqueros, que son más prácticos que religiosos, se dedican tranquilamente a la usura sin hacer mucho caso a las sagradas escrituras.

Como ya habrán descubierto a estas alturas queridos peatones, mi Ley de los números grandes es un verdadero disparate. Una ficción tan absurda como la triste realidad que nos rodea. Pero esa Ley es de la misma estirpe de la Ley del embudo y de la Ley del más fuerte, y los banqueros lo saben. Ya tienen cautivos a dieciocho millones de colombianos, y vienen por más. De modo que no se dejen adormecer por el tono abúlico de la señora presidenta de ASOBANCARIA. Los banqueros son muy despiertos.

Así las cosas, con el ánimo de ser propositivo y no aparecer ante ustedes como un resentido sin ideas, me permito invitarlos a ejercer pacíficamente el derecho a la “desobediencia civil”, o mejor, a la  “desobediencia financiera”- si se me permite el término- para contrarrestar los efectos perniciosos de la mencionada Ley, así:

  • En lo posible no tenga su dinero en el banco.  Guárdelo mejor en el dobladillo de las cortinas de su cuarto, o debajo del colchón si la imaginación no le da para más. Si entran los ladrones a su casa, es preferible que se lo roben ellos –a lo mejor lo necesitan más que usted-  a que se lo esquilme el banco.  Si no está muy seguro de este consejo, recuerde entonces la máxima de Bertolt Brecht según la cual es más criminal el que funda un banco que el que lo asalta.
  • Cuando salga a la calle nunca  pague con tarjetas de crédito o débito.  Cancele en efectivo lo que se va a comer, a poner, a mirar, o a tomar.  Es mejor tener billetes en el bolsillo para que cuando lo atraquen –no se llame a engaño, en Bogotá algún día lo van a atracar-  tenga con qué negociar su vida.  Sólo así podrá usted discernir la paradoja planteada por Ambrose Bierce respecto del viajante asaltado por un bandolero, que debe decidir entre la bolsa o la vida: si escoge la bolsa, no podrá disfrutarla sin la vida; y si escoge la vida,  será una vida muy triste sin la bolsa y además será una vida inútil que no le sirvió ni para salvar la bolsa.
  • No compre en los grandes supermercados. Cómprele mejor al tendero de la esquina que no maltrata a sus proveedores y no obliga a sus trabajadores a mendigar el sueldo con las “propinas voluntarias” de sus clientes.  Además el vecino de la esquina le fía. Busque también los mercados campesinos y los grupos de comercio justo.
  • Vuelva al trueque: cambie un curso de esperanto por unas carpetas en macramé,  la calzada de una muela por un repuesto para la olla “express”, media libra de azúcar por un beso dulce de la vecina, una clase de matemáticas por un kilo de moras, una consulta médica por una torta de ahuyama de la abuela, una mochila por una ruana, un sombrero por un balón o un memorial por una invitación a almorzar. Saque de su vida al dinero plástico.

Quién quita que con muchas transacciones solidarias, justas y extrabancarias le cambiemos a la Ley de los números grandes ese tufillo de avaricia, por aire limpio para respirar.

créditos foto: Performance de Alejandro Gómez 

viernes, 14 de enero de 2011

Agradecimiento necesario



Los seres humanos somos desagradecidos por naturaleza. En el mejor de los casos recordamos -de vez en cuando- dar gracias a Dios, o al prójimo en su nombre, por los favores recibidos. En cambio olvidamos con frecuencia  agradecer a los demás seres vivos, y aun a los objetos inertes, las  pequeñas alegrías que nos suscitan  desinteresadamente para mejorar nuestra existencia. Desde luego hay unos pocos congéneres que reconocen el bienestar que nos proporcionan las cosas por su valor de uso, sin  tener en cuenta su valor de cambio. El tuerto López entre ellos: este vate cartagenero se tomó el trabajo de manifestar en uno de sus poemas, el cariño por sus zapatos viejos. Los demás, insisto, somos naturalmente desagradecidos.

Yo, por ejemplo, le debo agradecimiento especial a una mata de uchuva que brotó “espontáneamente” en mi antejardín. Acaso un pájaro frutero transportó la semilla en su pico goloso, o llegó camuflada en un cajón de moras de castilla, de aquellas que cultiva con amor la señora Inés Elvira en Saboya –mora, amor, dulce anagrama-.   La planta en cuestión creció oculta bajo las ruedas delanteras de nuestro carro -que permanece ocioso durante cinco días a la semana, pues abominamos conducir en la ciudad-, de manera que cuando reparamos en ella, ya había fructificado. Eso, hace cerca de un año. Desde entonces la matica nos brindaba permanentemente sus frutillas  amarillas, dulces, ácidas y deliciosas, ya fuera para la mermelada, para las ensaladas o bien para acompañar un trago de aguardiente. 

Sin embargo, para su mal, la plantita creció hasta convertirse en un arbusto que le restaba espacio al automóvil familiar,  conque  tocó decidir entre  la mata de uchuva y el carro.  Yo tomé partido por la uchuva, pero a mi pesar, salió a relucir el valor de cambio del auto, y se afirmó con sensatez que en la calle se lo podían robar, amén de otros argumentos de carácter patrimonial que pesaron más que las campanitas protectoras de las frutillas. 

El  jardinero que viene mensualmente a cortar el pasto se encargó de llevar a cabo la ejecución extrajudicial del arbolito, cuyo único delito fue el de ser un inmigrante ilegal. Pero al igual que el cazador del cuento de Blancanieves, el  jardinero se compadeció de la uchuva, y plantó un piecito de la mata en otro lugar del antejardín. Y ahí estoy yo esperando a ver si pelecha de nuevo. Ojalá que así sea. 

Ustedes me perdonarán, queridos peatones, que les cuente estos asuntos tan triviales mientras el mundo está que se derrumba. Pero esa matica de uchuva fue un poema de ternura y generosidad entre tanta realidad prosaica y terrible. 

créditos foto: www.flikr.com

martes, 11 de enero de 2011

Acerca de mis otras mujeres amadas



He aprovechado estos días de asueto para conocer mejor a mis mujeres amadas. Admito que son muchas y que no se limitan al ámbito familiar obvio y predecible.  Aclaro asimismo que no es una afirmación  presuntuosa del macho alfa que llevo adentro, aunque, por qué no decirlo, yo también tengo lo mío -no me dejaré amilanar por sus risitas socarronas-. Resulta una deliciosa ironía que un sujeto tímido y poco experimentado como yo, goce de la compañía de tantas mujeres. Excluidas, de tal suerte, esposa, hija, tía y hermanas, confieso haberme encerrado a solas con mis amantes para practicar con ellas algo que no había hecho nunca: escucharlas detenidamente.  La experiencia fue enriquecedora, pues hasta entonces sus voces solo habían llegado a mis oídos como una encantadora música de fondo, pero nada más.  De hecho, en algunos casos –muy pocos- me importaba más apreciar la orquesta, que la voz de la “muchacha”, escuchada con desgaire. En rigor, se me puede atribuir algo de frivolidad, pero en tratándose de orquestas como las de Rafael de Paz, Luis Arcaráz o  la Sonora Matancera, era comprensible mi preferencia.  Ahora bien,  no debemos olvidar que, como dice el adagio popular -lo sé muy bien-, “cuando de las mujeres hables, acuérdate de tu madre”.  De esta suerte, debo aceptar que cuando me senté a escucharlas con verdadera atención, sin la distracción de sus carátulas retocadas -e incluso acartonadas-, me llegaron al alma sus palabras, así fueran, en la mayoría de los casos, prestadas. Y aunque tengo fama de solitario profesional y de huraño impenitente, he descubierto que soy bueno para escuchar a las mujeres.

He aquí mi lista de mujeres amadas y escuchadas a solas, y sin fingido interés, durante estos días dedicados impúdicamente a la tagarnia:

Toña la negra, “canta”
Carmen Delia Dipini, “no es venganza”
María Luisa Landín, “amor perdido”
Carmencita Pernett, Ven ven ven" (con la orquesta de Rafael de Paz)
Blanca Rosa Gil, “odio gitano”
Myrta Silva, “que corto es el amor”
Virginia López, “ya la pagarás”
La Lupe, “sin fe”
Olga Guillot, “la noche de anoche”
Patricia González, “amor robado”
Omara Portuondo, “piensa en mí”
Amparo Montes, “guitarra guajira”
Julita Ross, “no me escribas”
Carmenza Duque, “soy lo prohibido”
Soledad Bravo, “la tirana”
Rosario, “sabor, sabor”
Las hermanas Márquez, “parampampam”
Ethel Ennis, “love for sale”
Blossom Dearie, "tea for two"
Ella Fitzgerald, "Mack the knife"

Vale

domingo, 2 de enero de 2011

Nada como el porro colombiano



Eso comentaba yo hace unos días en el “Salón Málaga” de Medellín mientras disfrutaba  con unos amigos una cerveza helada, escuchando la interpretación de ese aire musical colombiano a cargo de un versátil dúo de teclado y guitarra. Una turista española me interpeló para aclararme, muy convencida ella, que el porro californiano es mucho mejor. Ofendido por la ignorancia atrevida de la muchacha en cuanto a nuestro género musical, le insistí en que el porro -como la cumbia-, sólo puede ser colombiano, si bien tiene grandes intérpretes en otros países latinoamericanos. Entonces la españolita se excusó diciéndome que ella se refería a otra cosa. Yo  también me sentí avergonzado por mi defensa tan vehemente del porro equivocado, de modo que le ofrecí disculpas, aduciendo torpemente -peor la disculpa que la culpa- que yo de marihuana sé más bien poco.

Pero revisemos el origen de esta confusión tan trivial:

El error, creo yo, provino de mi comentario, como quiera que sobraba el adjetivo “colombiano”, ya que, como se afirmó anteriormente, el porro es colombiano por antonomasia. Sin embargo, llama la atención que el diccionario de la RAE no traiga en ninguna de sus acepciones de porro, la de: Ritmo festivo del Caribe colombiano, de origen indígena y africano, vinculado a la cultura del Sinú. Y en cambio si trae en su tercera acepción la de: cigarrillo liado, de marihuana, o de hachís mezclado con tabaco”. Comprensible, entonces, la afirmación de la jovencita -que sus razones tendría para ponderar el porro californiano-, y el equivocado era yo, pues de esos porros no conozco, no por mi virtud cardinal de la templanza, que la tengo escasa -debo confesar que me gusta el aguardiente antioqueño-, sino porque nunca me la ofrecieron, y ahora, a las puertas del medio siglo de vida, no voy a empezar a fumarla.

¡Ah! pero el porro sabaneo ...... ese si es una delicia para los oídos, un elíxir para alegrar el alma y un resorte que pone en movimiento hasta las caderas de un tullido. El porro puede ser “tapao” o “palitiao”, o bien fusionado con la cumbia, con la salsa dura y con el jazz, como esa  descarga magistral denominada “Mondongo” -diez minutos de sabor-, compuesta, si no estoy mal, por Francisco Paredes e interpretada por los “Corraleros de Majagual”. No en vano las tierras Sinuanas, y en general las playas de  nuestro Caribe, han exportado grandes jazzistas iniciados en los sabrosos rítmos costeños, como  Justo Almario, Jorge E. Fadul, Julio Arnedo (el padre), Joe Madrid, Armando Manrique (Manricura) y Gabriel Rondón, entre muchos otros músicos del litoral atlántico. En fin, podría extenderme en prosa profana e inútil citando piezas como el pájaro picón, quiero amanecer, golfo de Morrosquillo -de don Pedro Laza y sus Pelayeros-, mi cafetal, don Eliseo o el vaquero. Mas es lo cierto que la música, como el amor,  no están para ser definidos, sino para disfrutarlos con el corazón y los sentidos. De modo que comparto con mis queridos colegas peatones un porro que me gusta mucho: "La vaca vieja" de Clímaco Sarmiento, pieza musical interpretada por la orquesta venezolana Billos Caracas boys. Canta Cheo García.

Así las cosas, teniendo en cuenta que en la “Torre de Babel” hispanoamericana, uno nunca sabe si pisa culebra o pisa bejuco, aclaro, para que nadie se llame a engaño, que NO HAY NADA COMO EL PORRO, a secas.


Héroes insospechados y clandestinos

“Los infinitos héroes desconocidos valen tanto como los héroes más grandes de la historia.” Walt Whitman Irene & Cia. Una muchac...