jueves, 17 de febrero de 2011

Nostalgia por las librerías de antaño


(Librería Buchholz, años 60s., Bogotá, Colombia)

Sin más ni más se fueron apagando las luces de la sabiduría en Bogotá. Y como la cultura no tiene muchos dolientes en nuestra, dizque “Atenas” suramericana, pocos se percataron de la desaparición de las librerías emblemáticas de la ciudad. 

Vivimos en una ciudad relativamente joven, atacada con precocidad, como los lotófagos, por la enfermedad del olvido. Una urbe poseida por las contracciones nerviosas producidas por la incertidumbre y los juegos de azar –no en vano hay un casino en cada esquina-.  Pero librerías… quedan muy pocas.  Sobreviven  por fortuna la Central –fundada por el sabio austriaco, Hans Ungar, alma bendita-, la Mundial, de mi amiga, la señora Gaitán, la Lerner, Luvina, San Librario, Alejandría, Biblos, la Nacional, FCE y otras dos o tres. Muy pocas, en todo caso, para una ciudad de casi nueve millones de potenciales lectores. Y ni que hablar de los libreros: partió hace unos años don Hugo –el de la Lerner- para certificar la extinción de esa rara y deliciosa especie bogotana.

Yo no me imagino la desaparición de la librería “El Ateneo” en Buenos Aires o la “Porrúa” en ciudad de México -por citar sólo un par de ejemplos- sin escándalo general de sus ciudadanos, sean estos lectores o no.  En Bogotá, sin embargo, -me perdonarán el ritornelo- sin más ni más  se nos fueron apagando las luces de la sabiduría sin que nadie dijera nada.   

Y para acabar de ajustar nuestro patético estado del arte, la ciudad tiene por estos días sus entresijos al aire -por la cantidad de obras públicas que se adelantan sin concierto y a los trancazos-, como si fuera un cíclope agonizante tendido a los  pies de los cerros orientales. De esta triste suerte, valdría la pena que Bogotá siguiera el consejo del médico de don Quijote en el sentido de que: “por sí o por no, atendiese a la salud de su alma, porque la del cuerpo corría peligro”.

En tal virtud, me atrevo a parafrasear al poeta Villón para preguntar:

Decidme,  ¿dónde, en que lugar se oculta la librería Gran Colombia con sus tertulias proverbiales?
¿dónde yace la Casa del libro, y dónde  la Buchholz, la más encantadora de todas?
¿dónde se esconde la Contemporánea, cautivando a qué lectores?, 
ella, que  brillaba cerca de mi casa y me sedujo con sus volúmenes. -su recuerdo aún me llega cuando camino por el Lago-.  
¿Pero dónde están las librerías de antaño?
¿Dónde habita el Tercer Mundo, librería cosmopolita, por cuya estratégica ubicación sus dueños, según dicen, vendieron el local de la calle diecisiete para establecer un elegante Café?
 ¿Y dónde – diga usted – está la librería siglo XX, que se negó a entrar al presente siglo, arrojando su cuerpo exangüe a las aguas subterráneas del río San Francisco?
¿Pero dónde están las librerías de antaño? 

Otro tanto se lleva el viento……

créditos foto: Zentralarchiv Staatliche Museen Zu Berlín

6 comentarios:

  1. Buen dia

    Con permiso

    Don dario, pido excusas por no haber podido pasar antes por aqui, pero estoy mas colgado de tiempo que salchichon de tienda...

    Le comento que lei la entrada anterior y me gusto mucho en realidad. Tenia ese estilo costumbrista colombiano que yo tanto he querido aprender a escribir, pero no me sale...Lo mismo me pasa con el cigarrillo. Es un verdugo que me esta llevando a la tumba....

    De esta entrada, totalmente de acuerdo, y yo tambien, totalmente culpable. Hace años, empece a aramar una biblioteca y me emocionaba mucho encontrar en una libreria (De lujo o donde venden libros de segunda en el centro, me daba igual) Un ejemplar raro de algun autor. Un libro dificil de encontrar, era como un sagrado tesoro que yo compraba con celeridad, y creo que se me notaba porque me los cobraban re-caros los sinverguenzas, pero era genial. Despues lei muchisimo, pero de repente te aparece internet con descargas en pdf de lo que se te de la gana. Deje de comprar libros, peor aun, deje de leerlos.

    Ya no me gusta leer libros don dario. Desde que empece mi risoria carrera de "escribidor" No me gusta leer libros de otras personas, porque siento que cada vez que leo algo, se me van perdiendo mis ideas, es como si las absorvieran. Por eso no leo. No me gusta que mis letras se revuelvan con las letras de escritores de verdad. Es algo inconsiente hasta cierto punto, pero me pasa. Y me siento tremendamente culpable. Alguna vez le dije a alguien que yo ya no leia libros, que ahora los escribia, y eso es mentira, mis libros no son libros... la realidad es que yo no soy escritor y nunca lo sere. Soy mas un "EXPRESADOR" y aunque esa palabra no existe, eso soy, o sea que mi obra tampoco existe en realidad, y yo, probablemente, tampoco...

    UN SALUDO

    STAROSTA
    (UN PRODUCTO DE SU IMAGINACION)

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  2. Darío: De todos lo temas que puedas tocar, este es uno de mis favoritos.
    Te diré que Alejandra, la chica que me ayuda con el quehacer de la casa, me mira a veces con un gesto de resignación, cuando encuentra libros hasta en los gabinetes de la cocina, porque la verdad ya no sé ni donde ponerlos.
    "Mi sueño es mandar a hacer un gran librero", le digo a Alejandra "y ¿para qué?, si hasta ese lo llenaría de libros y al rato tampoco tendría donde ponerlos", me dice con cierta lógica.¨
    Pero que le voy a hacer, si leo desde que tuve la fortuna de aprender a hacerlo.
    En mi juventud,encontraba librerías de "nuevo" y librerías de "usado" y entraba a ellas a hojear los libros, aunque no tuviera con que comprarlos. Me pasaba horas leyendo, hasta que mi madre, que sabía donde encontrarme, llegaba a sacarme de una oreja, mientras se disculpaba con el viejo dueño de la librería, que sabiendo mi afición, se hacía el que no notaba que ya me había devorado por lo menos media docena de libros.
    Ahí me saboree a Stefan Swey, a Dostoyewky a Kipling y a muchos más, hasta leí libros que no entendía, cómo a Kafka, Marx o León Uris.
    Hoy ya no es lo mismo, como tú dices, se han acabado las librerías, esta alma incomprendida contempla con tristeza que ya no existe mucha facilidad para adquirir un libro, ni de "nuevo" y mucho meno de "usado".
    El único lugar accesible es Sanborn's, un restaurante, perfumería, pastelería, farmacia y librería. Pero los libros son caros y esta pobre jubilada, tiene que hacer sacrificios para comprarse uno de vez en cuando. Esos si, mis hijos no batallan para darme mis regalitos de cumple, día de las madres o navidad.
    Lloro por la pésima educación de mi país y de muchos otros países tercermundistas, que por el hecho de serlo, piensan que no tenemos derecho a la cultura.
    Saludos cariñosos sobrino: Doña Ku

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  3. Cierto. Las librerías tienen un encanto especial. De hecho, junto con las bibliotecas son los únicos lugares que extraño de las grandes ciudades.

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  4. Starosta, gracias por su visita. Los folios, el papel, los libros en general, tienen un olor especial, una textura, un encanto indescriptible, no sólo por su contenido, sino por su estructura de objeto material, que nos fascina a los de las generaciones "anteinternetianas". Pero yo entiendo que no son los únicos adminículos objeto de lectura. Usted lo dice, la internet, el PDF, el cine, la naturaleza, la vida misma debe ser leída con ojos alucinados y creo que eso es lo que ud. hace con talento. Aleje el peso innecesario de la culpa en ese sentido y disfrute su cuento.

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  5. Tía Ku:

    Doña Inés del alma mía me tiene amenazado con una quemazón de libros cada vez que asustada se los encuentra debajo de la cama o saltan de los cojines de la sala para sacarle la lengua. Por ahora creo que nunca será capáz de hacerlo. Pero quien sabe...

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  6. Dolores:

    En las misceláneas de los pueblitos he encontrado algunos de mis tesoros bibliográficos. Es cuestión de saber esculcar. Pero en tu caso, muy seguramente agotaste en una sola visita todo el material disponible. Ha de ser el costo de vivir en el paraíso.

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