viernes, 8 de abril de 2011

Londoño y la Orquesta Filarmónica de Bogotá



“El infierno está lleno de aficionados a la música”

George Bernard Shaw

Mi amigo, el maestro Fabio Londoño, es desde hace varios años un destacado músico integrante de la Orquesta Filarmónica de Bogotá, cuyo talento como arreglista e intérprete de la flauta contribuyó, estoy seguro,  a que dicha institución ganara un Grammy -galardón que nos llena de orgullo a los bogotanos-.  Pero en el salón de clases él era simplemente, Londoño Ramírez Fabio Alberto, un niño magro y tranquilo, con su pupitre ubicado al lado izquierdo de un tal Gómez Ahumada Héctor Darío, muchachito pecoso y desabrido.  De los compañeros del colegio podremos olvidar los nombres, pero nunca sus apellidos, ni su cara, ni su forma de caminar o de agarrar el lápiz.  

Londoño era, pues, mi vecino de pupitre en el séptimo grado del Calasanz, cuando el colegio quedaba en el barrio de  “la Castellana”, y donde éramos formados en la piedad y las letras”.  No habría en esto nada digno de contar, salvo nuestra afición por la geografía. Ciertamente no éramos los más fuertes, ni los más rápidos, tampoco sabíamos jugar fútbol, lo  que constituye la mayor muestra de ineptitud social en un colegio de varones.  De modo que practicábamos la geografía.  Durante algunos recreos, así no estuviera lloviendo, nos quedábamos en el salón de clases compitiendo en conocimientos sobre las capitales de los países del mundo.  Ahora que lo pienso, tal expediente era nuestro mecanismo de defensa contra la marginación escolar. Fabio siempre fue mejor que yo en Geografía -él era aplicado- y en las otras materias, claro está; pero es del orbe y sus ciudades que estoy hablando, tópico al que no le he perdido el gusto después de 37 años.  Londoño era muy bueno en eso de las capitales, porque, además,  tenía el Almanaque Mundial del año con toda la información actualizada. 

Mientras él memorizaba las capitales, yo jugaba a viajar a través de las fotografías e ilustraciones del texto de Geografía.  Me imaginaba cruzando en patines la Avenida 9 de Julio de Buenos Aires, la más ancha del mundo según decía el libro; o caminando de noche por el borde del puente interminable sobre el río Danubio que une  las ciudades de Buda y Pest, igual que el puente sobre el Magdalena conecta a Girardot con Flandes[1], conjeturaba yo. Y continuaba mis reflexiones "geopolíticas" bregando entender al profesor Lizcano, el grande[2], cuando decía que "el río une y la montaña separa"; porque, pensaba yo, si no hay puente ni embarcaciones robustas, entonces un río ancho y caudaloso separa los pueblos ribereños que se miran con desconfianza; en tanto que la montaña une dos valles, igual que un amasijo de papel marché -que simula una cordillera- une los dos pedazos de la cartulina rota del mapa escolar en relieve. En esas me la pasaba, de manera que cuando llegaba el momento del concurso, y Londoño me preguntaba por la capital de Mongolia, yo a duras penas había llegado con mis patines imaginarios hasta el obelisco ubicado en la mitad de la Avenida 9 de Julio, conque sólo acertaba a balbucir disparates. Él, en cambio, contestaba sin vacilar la capital de un país africano que,  guiado por mis ojos cerrados, yo señalaba en el mapa con el índice de mi mano izquierda: “Liberia, capital Monrovia.

Londoño era infalible y juicioso, como sigue siéndolo ahora. Por eso está donde está, y sin duda sus conocimientos geográficos le habrán sido útiles en sus giras filarmónicas por el mundo.  Sin embargo yo, fiel a mi formación calasancia, no tanto en la piedad como en las letras, sigo perdido en los libros vadeando ríos, esquivando meandros, cruzando valles, asomándome a los acantilados, vagando por penínsulas y golfos, ascendiendo cumbres, o acaso cortando caminos; y lo peor, sin seguro contra accidentes geográficos; pero eso sí, con los ojos bien abiertos, y los oídos dispuestos a distinguir la flauta de mi amigo Londoño, cuando asisto algunos sábados al Auditorio León de Greiff de la Universidad Nacional para disfrutar los conciertos de nuestra querida Orquesta Filarmónica de Bogotá.


[1] El municipio Tolimense, es evidente, pues el otro, el condado de Bélgica,  produjo pintores flamencos mientras que en el nuestro se preparan inmejorables viudos de pescado.  Aclaración innecesaria que tocaba hacer por puro nacionalismo trasnochado.
[2] Porque estaba también el otro Lizcano, el chico, su hermano para más señas, que dictaba aritmética y geometría, y era una mierda.

Creditos foto: Orquesta Filarmónica de Bogotá, www.flickr.com

5 comentarios:

  1. ¡ay, Darío!, que lindas reminiscencias de la infancia. Tu amigo Londoño también debería de estar orgulloso de haber tenido un compañerito de pupitre en la escuela, artista y soñador como tú.

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  2. Darío: Encuentro un tanto extraño que, los chicos que generalmente destacan en algún arte, por lo general fueron retaídos y no se les daba el tener muchos amigos.
    En mi caso, fui retraída y solitaria, pero de gratis, porque no destaqué en nada, ¡que cosas!
    Me parece fantástico que hayas tenido un condicípulo tan talentoso, ojalá sigas teniendo contacto con él, es muy especial tener amigos así.
    Yo tengo uno, es mi sobrino y se llama Darío:Doña Ku

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  3. Dolores, había otro más soñador que nosotros. Era un tal Duque, que hacía origami con sus manos escondidas bajo el pupitre, en plena clase. Creo que hoy es artista plástico.

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  4. Tía Ku:

    Es cierto lo que dices.

    En cuanto a tí se refiere, pues "de gratis", nada. Mira no más la cantidad de seguidores de las más altas calidades intelectuales y artísticas que siguen tu blog. Y no precisamente por tu falta de talento.

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  5. Jajajaja, soy una mañosa, creo que te lo dije sólo para que me dijeras cosas halagüeñas.
    Esta tu tía ¡tiene unos trucos!, ¿quieres mi autógrafo?

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