jueves, 26 de mayo de 2011

Los árboles de Bogotá: Tejido vegetal para nuestra ruana verde



“De verde te amo más, con el vestido
que se parece al campo cuando llueve…”
Carlos Castro Saavedra, “Vestida como el Campo”

En uno de sus admirables escritos titulado “No maten a los árboles”,  el poeta Carlos Castro Saavedra -siempre vivo en nuestra memoria-,  nos invita a cuidar los árboles. Y siguiendo su consejo verde, he agarrado la maña de abrazarlos. No contento con eso, también los beso, les hablo, y me acojo a su  protección. Tal costumbre me ha significado la mala voluntad de algunos perros, pero sobre todo de sus dueñas, que miran con recelo mi comportamiento en los parques.

De un tiempo para acá siento que tengo aliento vegetal, y cada vez que me baño, me encuentro nuevos brotes de hojas  en la ingle y en las axilas. El médico del Seguro Social, entre ignorante y escéptico, me ha recomendado consultar a un ingeniero forestal, porque dice que mi  enfermedad no está cubierta por el plan de beneficios.

¡Ya estoy divagando de nuevo!. Pero ustedes, mis colegas de pata al suelo, acostumbrados a mis digresiones sin sentido, me sabrán perdonar.

Mas es lo cierto que para nuestra dicha, Bogotá ha sido bendecida  con muchos árboles.  Aunque no los apreciemos, ellos están siempre firmes a nuestro servicio para hacernos  la vida más amable. Son el tejido de la ruana verde que nos protege a los bogotanos del frío y  la demencia. Nos  brindan generosamente  la sombra y colorean el paisaje.


Hace unos quince años, como inusitado acto de amor por la naturaleza,  el DAMA -hoy Secretaría Distrital del Ambiente- patrocinó una publicación sobre los árboles de Bogotá.  Se trata de un lírico -no muy científico- inventario con fotografías en blanco y negro y hermosas ilustraciones hechas por arquitectos amantes de los árboles.  Conservo ese libro con aprecio, pues ha sido mi guía de campo para el reconocimiento, in situ, de nuestro patrimonio forestal durante mis caminatas bogotanas. Que yo sepa, no hay otros.  Creo que les debemos a nuestros árboles capitalinos más libros, ojala  con fotografías en color y descripciones científicas e históricas, con su ubicación en la ciudad junto a sus nombres comunes y, claro está, impresos en papel reciclado para no herir su memoria vegetal con nuevas e infames talas. 

De manera que, como homenaje a mis árboles bogotanos predilectos, hago la siguiente selección personal:

¥    Una hermosa palma de cera -árbol nacional de Colombia, para más señas- de más de veinticinco metros de altura, ubicada en la calle setenta y dos con carrera séptima,  -rodeada por pedantes edificios financieros que la miran con lascivia-, cuya elegancia, esbeltez y belleza me recuerdan a la negra del poeta X-504. Aquí se las presento: “Mi negra es alta y esbelta, muy lucida y bien plantada, su cuello es tan largo que anda su cabeza por el aire. El donaire de mi negra no cabe en ninguna parte”. ¡Imposible no enamorarse uno de ellas!. De la negra y de la palma de cera. Más todavía cuando nos evocan la calidez del trópico en este frío páramo.  Hay otras palmas de cera en la carrera séptima con calle noventa y tres, en un lujoso conjunto residencial al lado del parque del Chicó, en el Jardín Botánico, cómo no, en el parque de la Independencia y algunas más regadas por la ciudad. Pero me gusta esta por solitaria, por su  estoicismo y dignidad.
¥    Un entrañable árbol de yarumo plantado en el antejardín de mi casa paterna de la carrera 13 A con calle 109, cuyas hojas encumbradas parecen un muestrario  de paraguas abiertos.
¥    El enorme cedro del parque de Usaquén que, por su imponencia, inspiró a quienes bautizaron con su nombre al barrio ubicado en esa localidad donde, paradójicamente,  se talaron muchos cedros y cedritos para levantar tanto edificio feo que cunde por allá. Con frecuencia visito al cedro de Usaquén para recoger del suelo algunas flores de palo que generosamente me regala.
¥    Los robles,  por gigantes, fuertes y generosos, parecidos a un abuelo sabio y protector.
¥    Los papiros del antejardín de la señora Yoheta, al frente de la casa de mi padre,  cuyo elaborado conjunto armoniza con dos grandes Sauces llorones que nos hacían sentir que navegábamos por el delta del río Nilo.
¥    Los cerezos, los brevos y los papayuelos del jardín de mi casa, que le dieron de comer a mi infancia.
¥    Y los  sietecueros, y los alisos, y las araucarias, y los cauchos sabaneros, y los nogales, y  los alcaparros, y los encenillos y los pimientos, y las acacias, y los pinos,  y las palmas fénix, y los gaques, y los cucharos,  y el trompeto, y el arboloco, por loco; y aun los eucaliptos de la avenida Pepe Sierra que se tragaron las calles, pero nos dieron a cambio su aroma;  y los urapanes del Park Way aunque nos hagan zancadilla con sus enormes raíces.

A todos ellos agradezco su verde presencia.


Créditos foto: Palma de Cera, Diego Morales, www.flickr.com

miércoles, 18 de mayo de 2011

Pequeñas narraciones intrascendentes XVI


                                       Bandada de vencejos. Foto de H. Darío Gómez A.

El peatón cuenta que...

“Hace pocos minutos un hombre perdió la vida en el barrio Babilonia en Usaquén cuando se lanzó desde una torre de telecomunicaciones” (hay imágenes en vivo de los momentos previos y posteriores al hecho)

CITYTV, Mayo 16 de 2011

FATALIDAD


"Un suicidio no es un suceso ordenado con música de fondo".  William Saroyan

¿Qué aflicción tan arraigada  terminó por entregar al trepador de torres a la soledad del vacío? No era la primera vez (afirmaron los vecinos) que el "pelao" se encaramaba a una torre de comunicaciones de veinte metros de altura para coquetearle a la muerte. Pero si la última. ¿Fue, acaso, la noviecita que se fugó con su “parcero”?, ¿el desempleo inveterado e indigno?, ¿la ausencia de oportunidades?, ¿la falta de esperanza?, ¿el no futuro?, ¿todo esto junto?. Nunca lo sabremos.

Lo cierto es que la tragedia íntima del muchacho se convirtió en un  asunto mediático. Quizá los periodistas judiciales saben por experiencia que el lunes es el día del suicidio (como sostenía Felipe González Toledo), y por eso estuvieron prestos a cubrirlo. Merced a esa diligencia de los medios, miles  de televidentes asistimos al drama telefónico que precedió a la caída.  Una teniente de la policía se comunicó por celular con el suicida para convencerlo de abandonar su empeño insensato, invocando a su santa madre y a Dios, nuestro señor. Mas el mensaje de aliento  de la joven oficial no llegó claro (qué ironía) a pesar de que su destinatario estaba en la cima de una torre de telecomunicaciones. Y es que los recados del alma llegan por otras vías, generalmente esquivas a la tecnología celular. 

Tuvieron los medios de comunicación la decencia de no mostrar el desenlace fatal, pero sí el llanto legítimo de la teniente de la policía, cuyas palabras de esperanza en esta vida disparatada fueron en vano. Me dolió la absurda muerte del muchacho, y me conmovió asimismo la tristeza (y sensación de impotencia) de la oficial, que, por su oficio de lidiar con el orden público (piensa uno), estaría acostumbrada a tratar con la parca. 

Me enterneció, insisto, su defensa vehemente de la vida en medio del horror que vive nuestra atribulada patria. Ojalá que el fallido trepador de torres haya encontrado la salida que buscaba en las alturas; pero sobre todo, que alguien haya acogido con generosidad y ternura su angustiada esencia, antes de su encuentro traumático con el pavimento.

sábado, 14 de mayo de 2011

Buzón de correspondencia devuelta V

"Vieja Havana", Casco antiguo de Panamá. Foto de H. Darío Gómez

Hay cartas que nunca se escribieron, cartas que nunca se enviaron y cartas que nunca llegaron. Hay asimismo cartas que nunca se leyeron, cartas ficticias con motivaciones reales y cartas reales con motivaciones ficticias, epístolas, en fin, que retornaron, después de un periplo por la imaginación afiebrada del peatón, al buzón de correspondencia devuelta.

 
BLUES A DESTIEMPO (1.985)
¡Ah!
ese blues…
esa copa sin apurar
esa sonrisa fugaz
y esa falta de resolución.

¡Ah!
esta  lóbrega efigie del deseo
esta carta tuya a medio leer
este recuerdo caliginoso
y esta falta de inspiración.

Lo que no te dije
cuando era tiempo,
lo que no te escribo
cuando aún hay tiempo,
ya estaba dicho en ese blues
a destiempo.

¡Ah!
en ese blues…

jueves, 5 de mayo de 2011

Guía zurda de Bogotá XIII

Biblioteca Virgilio Barco, Bogotá, foto de Diana Cats, www.flickr.com
Y ahora, las Bibliotecas

”Retirado en la paz de estos desiertos, con pocos pero doctos libros juntos, vivo en conversación con los difuntos, y escucho con mis ojos a los muertos”
Francisco de Quevedo

Aunque no consideré prudente referirme a las bibliotecas de Bogotá, pues ya otros han escrito al respecto y además ellas no necesitan áulicos -menos aún, torpes como yo-, siento que les debo un escrito, ya que me han dado en que pensar y soñar sin pedirme contraprestación, aparte de la pequeña suma de cinco mil pesos que por una sola vez invertí en un carné que me da acceso irrestricto al universo, y donde aparezco con barbas como si no fuera yo el de la foto, sino otro sujeto, más amable, que empresta los libros por mí. Así que no puedo dejar esa generosidad sin reconocimiento. Pero también les escribo a las bibliotecas por amor, por necesidad espiritual y, en últimas, porque me da la regalada gana.

En Bogotá existe algo que se denomina “Biblored”, y consiste en un sistema de bibliotecas públicas -mayores, locales y de barrio-, articulado con otras de entidades privadas vinculadas a la cultura. Este sistema encomiable nos ha acercado a los bogotanos a los libros, pero sobre todo, nos ha familiarizado con el patrimonio público concebido como “lo que conviene a todos y nos dignifica”, acogiendo la hermosa definición del profesor José Bernardo Toro.

Una de estas bibliotecas es la de Colsubsidio de Usaquén, ubicada en el quinto piso de un edificio levantado en el costado occidental de la carrera séptima con calle ciento veintitres. La biblioteca en cuestión es atendida por una bibliotecaria pelirroja que ilumina con su sonrisa toda la estancia. Su alegría natural contagia el ánimo de los lectores, y, al igual que los comerciantes turcos de la calle de las Enfermeras(1), una vez se entra en su establecimiento, es imposible salir sin comprar algo. Desde luego en la biblioteca de Usaquén no venden ropa como en el ejemplo que cito, sino que prestan libros, fomentan la imaginación y propician la sabiduría. De modo que si por alguna razón no está disponible la antología de poesía francesa anhelada, por sugerencia de la muchacha pelirroja uno termina llevando, qué sé yo, una interesante selección de escritos del poeta Vidales y, de ñapa, un recetario vegetariano. A eso le llamo yo hacer promoción de lectura.

Por eso es importante que en todas las bibliotecas de Bogotá haya bibliotecarias pelirrojas o peliverdes, o bien pelirayadas, o listadas de anaranjado y azul si se quiere, o atigradas, es igual; pero eso sí, que tengan la misma alegría de la muchacha de Usaquén, que, con su sonrisa y buena disposición, atrae a los lectores igual que una botella destapada de gaseosa atrae a las abejas golosas a la hora del recreo.

(1)La calle de las Enfermeras está ubicada en la carrera novena con calle once, barrio la Candelaria

No fue hurto agravado, fue un rapto de amor

Redacción El Espectador, 7 de diciembre de 2017 "En Melbourne, Australia, un sujeto ingresó a un local de venta de juguetes sex...