lunes, 11 de julio de 2011

Pasaje redondo (cuento) pseudo odisea por entregas (III) tercera entrega


OFICIOS VARIOS

“Yo, Beremundo el lelo, surqué todas las rutas y probé todos los mesteres”
León de Greiff (Relato de Beremundo)

Haciendo gala de su instinto protector, mi hermana ya tenía previsto un trabajo para mí. Un conocido de su empleo le había comentado que otro compañero sabía de alguien que necesitaba ayuda para hacer la limpieza de un gran almacén. De suerte que el jueves siguiente, a las cinco de la mañana, acudí por recomendación suya a un supermercado Winn Dixie cercano a Coconut Grove, para realizar labores de aseo. Sin que su intención fuera esa, mi hermana me introdujo en la abúlica experiencia de mirar desde otra perspectiva las grandes tiendas que antes sólo conocía como consumidor. Me presenté a la asistente del gerente, quien me indicó, prácticamente sin mirarme, el sitio donde se encontraban mis útiles de trabajo. Entonces caí en la cuenta de que estaba aterrizando en el verdadero sueño americano. Comprendí sin mayor desconcierto que comenzaba a bucear en el extraño decurso de mi destino.

Con el escobillón que me entregó la muchacha, a manera de nombramiento oficial, comencé a remover la basura de los pasillos. El trapo se deslizaba suavemente entre los estantes de vinos californianos, giraba con fluidez hacia los enlatados de salmón canadiense, zigzagueaba peligrosamente entre las torres de babel hechas con cajas de cereal, se atrevía bajo las neveras repletas de embutidos de Oscar Mayer, y pescaba allí los envases vacíos de los productos que consumen sin pagar los ladrones de poca monta; es decir, algunos de los clientes regulares del almacén. La experiencia higiénica con los baños no mejoró mucho mi percepción del empleo. Sin embargo, al culminar mi labor, ¡qué ironía!, tuve la grata sensación que produce el trabajo bien hecho, y esa rara tranquilidad que se experimenta cuando no se lleva a casa la preocupación por el informe pendiente a la Junta Directiva o el balance que no cuadra.

Como a las ocho y media de la mañana llegó el sujeto que tenía el contrato del aseo y que, en rigor, haría el trabajo conmigo.

– ¿ya terminó? – me preguntó escuetamente. - Tiene que aprender a trabajar más rápido - continuó.

El personaje resultó ser un santandereano rústico, mal vestido y con cara de no haber dormido en varios días.

– Pero se suponía que el trabajo debíamos hacerlo entre los dos – le repliqué sin ocultar mi molestia.

Al verme así, el sujeto cambió el tono, y conciliador me dijo en su pintoresco spanglish:

– Si, mano, perdóneme, pero es que estaba en mi otro partaim haciendo deliveries y ni siquiera he desayunado. Pero tranquilo, no se preocupe que este negocio del aseo es fácil; toca que se esfuerce sólo cuando lo miran las cámaras del supermarket. Primero barre con calma, después lava el piso con la máquina a media marcha, para hacer más tiempo, y finaliza con los baños. No se afane, pues yo tengo conversada a la asistente del manager, que fue novia mía, de modo que usted sólo tiene que ponchar la entrada, después yo llego, poncho la salida y listo. Son cuatro horas que sirven para algo. Time is money-

Así conocí a Uriel. El hombre respondía a la tipología lombrosiana del timador nato. Baja estatura, obesidad moderada, protuberancia en la frente, pómulos salientes, tic nervioso, en fin, todo un personaje digno de estudio socio patológico.

- Venga, lo invito a desayunar, - me dijo.

Acepté la invitación como desagravio, así que entramos a Taco Bell para comer algo. Mientras devorábamos unos nachos con salsa picante él continuó:

- Usted no tiene manos de trabajador; usted como que es un señorito venido a menos ¿verdad?, y para completar, tiene cara de colombiano, de puro rolo bien educado, eso se nota a leguas.

El hombre se levantó, agarró un vaso de cartón encerado que alguien había dejado en la mesa de al lado, y se sirvió una gaseosa del dispensador. Luego tomó una manotada de salsas, un pitillo, volvió a sentarse y me preguntó:

- Y entonces que, mano, es compatriota mío, ¿si o no?

Yo asentí. El tipo continuó comiendo, y mientras lo hacía, me hablaba sin darse cuenta de que la salsa del bocado le chorreaba por la comisura de los labios. O tal vez se daba cuenta pero no le importaba. O quizás lo hacía deliberadamente para fastidiarme, intuyendo que me molestaba su forma de comer.

- Acá si va a sufrir harto señorito……, ¿cómo me dijo que se llama?
- No le he dicho todavía mi nombre. Me llamo Daniel Anzola – Contesté con rabia acumulada.
- Pues mano Daniel, acá si va a tener que trabajar en lo que sea. Hasta ahora le ha tocado fácil, se nota que llegó en avión, con visa de turista y pasaje de regreso, conque si se aburre, se devuelve a Colombia y listo. Así cualquiera, doctorcito.

(continuará en la próxima entrada) 

créditos foto: by Ronnieb, www.morguefile.com

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