jueves, 21 de julio de 2011

Pasaje redondo (cuento) pseudo odisea por entregas, (IV) cuarta entrega


MALABARISTA

"Los viajes son los viajeros. Lo que vemos no es lo que vemos sino lo que somos"
F. Pessoa

Pero no, maestro, -continuó diciendo Uriel con rencor: -a diferencia suya, a mí me tocó entrar por la puerta falsa, por la frontera con México, y viera los malabares que he tenido que hacer para mantenerme en la cuerda floja. Cuando llegué a Miami, el primer trabajo que tuve fue de Valet Parking en un Club de Yates. Entré a reemplazar a un man que se enfermó, y por la urgencia que tenían de llenar la vacante no me pidieron el social security. Hubo suerte en ese tiro... Eso si era una dicha ver la cantidad de carros lujosos que uno tenía que manejar. Tuve entre mis manos callosas de plomero Jaguares, Maseratis, Ferraris, Bentleys, Rolls royces, si mano, Rolls royce, como lo oye, una vez manejé uno modelo “Phantom” de un millón de dólares, que no es precisamente una tina de baño. Mejor dicho, ese carro valía más que el presupuesto anual de Floridablanca, mi pueblo; que tal…, y encima el hijuemadre dueño del carro ese me dio sólo un dólar. ¡Un dólar de tip!, ¿se imagina?. ¡que hijuetip!. Ahí están pintados esos avaros de porquería que se sientan a comerciar sus armas y sus drogas durante el almuerzo, por el que pagan quinientos dólares sin chistar, y se imaginan que uno se alimenta sólo con el humo de sus habanos …… mal rayo los parta. Pero no todo fue malo en ese trabajo, mano, allí también se veían hembras muy lindas, y yo con esta pinta de latin lover… les picaba el ojo y tal, hasta que alguna zorra de esas me echó al agua con el manager, y entonces me cambiaron de puerta. Pues sí, mano, resultó que yo no era tan pinta como pensaba, y me pasó lo mismo que a Jon Voight en Midnight Cowboy, esa película sobre dos tipos llevados del bulto en New York que la pasaron muy mal, ¿se acuerda?, ¿no?, bueno, problema suyo. Pero en todo caso, así, bajito, medio gordito y todo como me ve, me levanté una cuchibarbie rebuena, mano. Llegó en un BMW convertible a Morton`s, en Brickell Avenue, donde yo hacía valet parking. Tenía un escote delicioso y una minifalda que me enseñó, al bajarse del carro, todo lo que es posible conocer bajo el sol. Cuando ella vio la cara de idiota que yo debía tener, me entregó las llaves y me picó el ojo con una sonrisita socarrona que me hizo sentir como un adolescente. Esa mujer era la antología universal de la carne, usted sabe …… –

Su discurso fluía como un torrente de savia y hiel, como una tormenta de hormonas y rencor que me hizo recordar uno de esos párrafos irreverentes de Charles Bukowsky. Mientras escuchaba su descripción de la mujer, (a la que sin duda despreciaba y deseaba al mismo tiempo), imaginaba su aroma de hembra espléndida, adornada con esa voluptuosidad imperfecta de fruta en sazón que tienen las cuarentonas y dueña de la belleza sosegada que sólo dan los años vividos con holgura.

- Si, me imagino – dije en tono despistado.
- ¿No se va a comer los nachos?, - preguntó Uriel - entonces démelos, porque mi caso es de hambre -agregó anticipándose a mi contestación.
- Y el mío de sed, - le respondí.
- Pues cómprese una soda, yo lo convidé no más que a los nachos.
- Sí, está bien, compraré una Sprite, y usted, ¿quiere tomar algo?
- Otra Sprite, regalado recibo hasta un purgante -sentenció el hombre.

(continuará en la próxima entrada)

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créditos foto: Columbia 114, www.morguefile.com

1 comentario:

  1. Interesante y muy bien contada la narración de la odisea norteamericana, pero muy fragmentada (en muchas entregas). Acaba de una vez de contarla, para que no nos dejes a tus lectores en ascuas.

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