lunes, 26 de septiembre de 2011

Toca indignarse para no morir de sed



(Humedal "La Conejera", Bogotá, foto de H. Darío Gómez A.)

De la basura de un lujoso restaurante de la Zona G -a manera de despensa sucedánea-, un desharrapado rescata una botella de agua “Evian”.  La levanta con desconfianza, la destapa, analiza su contenido con escrúpulo de bacteriólogo, aprueba con desgano el contenido misterioso y procede a escurrir en su boca las últimas gotas del líquido vital importado directamente de Francia. 

No muy lejos de allí, al nor-occidente, en la localidad de Suba, un niño se sumerge en las aguas fétidas de la laguna de “Juan Amarillo” para rescatar su balón de fútbol, como lo hicieran siglos atrás sus ancestros Muiscas en el lago sagrado de Tibabuyes para mayor gloria de sus almas. 

Y más al sur, donde se encañona el Bacatá, escabulléndose entre los bordes quebrados de la sabana en busca del río madre, los herederos de Bochica contemplamos impotentes la esmirriada cloaca del Salto del Tequendama: el río Bogotá.

Desde luego hay en otras latitudes cuadros más dramáticos que los expuestos arriba. Empero, estas imágenes inadmisibles debieran causarnos indignación a los bogotanos. ¿Alguna vez soñamos con algo parecido, y no digamos nuestras pesadillas apocalípticas?. No sé. Lo cierto es que esa turbia realidad que creíamos tan lejana, está ahora entre nosotros. Me refiero al agua contaminada destinada a formar el 75% de nuestros cuerpos para su congrua supervivencia, la misma que se lleva por delante a los niños con su mortal corriente diarreica. Aquella que calma la sed de nuestras almas recalentadas por el ánimo de lucro y el lujo consumista, así sea en mínimas y asépticas dosis embotelladas de “Perrier”.

Sin embargo, ¡quien lo creyera!, apenas 81 kilómetros aguas arriba de nuestra frenética ciudad, en el páramo de Guacheneque, donde aún se mimetiza la vida entre los frailejones -como un tesoro vulnerable y esquivo-, queda lo que queda del reino precario del agua que calma la sed de la capital, recurso indefenso puesto a merced de las manos sucias del desarrollo avaro e irresponsable y del progreso miope que no prefigura la suerte de las futuras generaciones. Por eso es necesario acatar las voces de alarma que  nos previenen sobre la destrucción del agua. Es preciso indignarse por el actual estado de cosas y tomar cartas en el asunto, como nos exhorta el sabio Stéphane Hessel;  pues como vamos, aún en nuestro país “inundado” de armas de fuego, es probable que muramos primero de sed o de enfermedad diarreica aguda -en el mejor de los casos-, que producto de una bala perdida.

jueves, 15 de septiembre de 2011

Los hombres serpiente



 (Paso del Ángel, Boyacá, foto de H. Darío Gómez A.)
Somos de la estirpe de la primera mujer.  Los invasores que ingresaron por el norte nos llamaron hombres-serpiente, pero entre los nuestros éramos conocidos como güechas adoradores del agua.  En efecto,  somos los protectores de las lagunas. Desde la cuna fuimos  criados para su adoración y servicio;  somos por virtud de nuestro origen, los  guardianes de la sustancia vital de nuestro pueblo.

Los guerreros  incoloros llegaron a la sabana durante el mes del crecimiento del maíz. Por esa época nos ocupábamos en nuestra ceremonia de correr la tierra[1]. Lamentablemente muy pronto y mediante la aplicación de abominables tormentos a  las mujeres -indefensas en nuestra ausencia-, los invasores  supieron del rito y se propusieron encontrar el santuario del agua. Empero, para su propia ruina, los extranjeros lograron realizar su objetivo.

Sucedió, pues, que veníamos de las montañas de Pasca trayendo el metal  comerciado con los bravos Sutagaos  por  sal y otros géneros - que sería utilizado para agradar a la diosa Sie en nuestras abluciones sagradas-,  cuando al llegar al valle de Ebaque nos topamos con la avanzada de la hueste  invasora.  Serían unos cincuenta hombres a pié y veinte más erguidos sobre unas bestias descomunales que infundían miedo.  Al principio ¡ay! creímos que los extraños venían en paz  para acompañarnos en la adoración a la diosa del agua; pero después, cuando escupieron fuego y esgrimieron sus lanzas amenazadoras, comprendimos que en realidad querían apoderarse de nuestra carga ritual, quizá para halagar ellos mismos a sus dioses por cuenta nuestra. Les gritamos que no era prudente ofender a la diosa Sie con sus actos bélicos e impíos, pero ellos no comprendieron o no quisieron escuchar -que para el caso lo mismo da- y continuaron el ataque.  Ante  la inminencia de la batalla, y encontrándonos prácticamente inermes –nuestras hondas y macanas no hacían mella en sus fuertes corazas-, urdimos un plan de contingencia que consistía en hacerles creer nuestra rendición, de suerte que mediante señas les indicamos que nos siguieran hasta la laguna sagrada para que pudieran recoger a su antojo  las enormes existencias del metal sagrado. Una vez entre los juncos,  nos arrastramos sobre el lecho lacustre convirtiéndonos en reptiles vengadores según estaba previsto desde el principio de los tiempos. Los  profanadores que nos siguieron con la ingenuidad que produce la codicia,  fueron  estrangulados sin piedad por nuestros anillos constrictores, para ser conducidos luego hasta el seno de la diosa Sie  donde bullía  su cólera implacable.

Sólo unos cuantos impíos se salvaron del castigo huyendo aterrorizados al ver a sus compañeros convertidos en víctimas propiciatorias de nuestro rito. Fueron  ellos quienes nos llamaron desde entonces: hombres-serpiente.

Después de aquel aciago acontecimiento, permanecimos ocultos en  el fondo de la laguna durante muchos años hasta que los impíos y aún los naturales conversos  - que por temor a su nuevo dios trinitario perdieron la sagrada costumbre del  baño -  se olvidaron  de nosotros.

Sin embargo, de vez en cuando emergemos del agua para arrastrar hasta su fondo  misterioso uno que otro cristiano incauto que servirá de alimento a la venganza sagrada  de nuestra amada  diosa  Sie.



[1] Ritual de los primitivos chibchas descrito por  Rodríguez Freyle en “El Carnero”, y que consistía en recorrer las lagunas del altiplano cundiboyacense como peregrinación  para purificar el espíritu mediante las abluciones sagradas en honor a la diosa del agua, “Sie”.

lunes, 12 de septiembre de 2011

"Trueque a la plaza en Ingativá"


“cambio mi vida por lámparas viejas,
o por la escala de Jacob, o por su plato de lentejas...
...la cambio por un romance, la cambio por un soneto;
por once gatos de Angora,
por una copla, por una saeta,
por un cantar;
por una baraja incompleta;
por una faca, por una pipa, por una sambuca... “

León de Greiff


En Colombia se acuñó hace más de treinta años el concepto de “nuevos ricos” para referirse a una clase emergente que pelechó a la sombra del narcotráfico y la corrupción. Hoy, sin embargo, como consecuencia del desempleo rampante, y ante la ausencia de políticas gubernativas de apoyo al emprendimiento o al empleo formal y digno, se ha ido desvaneciendo la clase media para dar paso a otra clase social conocida como  “nuevos pobres”. O pobres vergonzantes, como llamaba mi abuela a las personas acomodadas que caían en desgracia financiera de un momento a otro, de suerte que debían acudir a familiares y amigos para solicitar su apoyo en las aulagas, ya fuera de manera desinteresada o aún a cambio de los bienes adquiridos en mejores épocas. Lo cierto  es que merced a las dificultades económicas, muchas personas han perdido capacidad dineraria para el consumo formal, y como si fuera poco, tampoco tienen acceso al crédito.  Esta situación ha obligado a muchos bogotanos a pensar en el trueque como una estrategia de supervivencia digna.  Al menos esa es la intención de algunos ciudadanos de Engativá que respondieron el sábado 27 de agosto de 2011 a la convocatoria del Comité de Productividad de esa localidad.

En un interesante artículo sobre el trueque contemporáneo en Argentina, Bárbara Rossmeissi escribió lo siguiente: La filosofía del trueque se basa en la reinvención del mercado que funciona de manera paralela a la economía normal, no persiguiendo, sin embargo, los valores de ella. No se caracteriza por el lucro y la especulación sino quiere establecer un modelo económico más humano a través de los principios de solidaridad, confianza y reciprocidad.”

Quizá los primeros vecinos de la localidad décima de Bogotá que practicaron el trueque fueron los Muiscas de "Ingativá" que intercambiaban  panes de sal y mantas de algodón, por oro y frutas de tierra caliente con los Panches -bravos guerreros del suroeste- en el mercado fronterizo de Pasca, mucho antes de que Adam Smith apareciera con su “libre competencia” a complicarlo todo.  A diferencia del economista escocés, nuestros ancestros sabaneros no hubieran concebido que el egoismo de los particulares,  guiado por la “mano invisible del mercado lograría, a la larga, el bienestar general". De hecho, nuestros aborígenes no conocían el concepto de propiedad privada. Sus casas no tenían seguridad. Era innecesaria, porque como relata el cronista Palafox y Mendoza, citado por Arciniegas: ”… en sus tierras, donde no hay sino indios, no tienen más cerradura en sus puertas que la que basta a defenderlas de las fieras, porque entre ellos no hay ladrones, ni qué hurtar, y viven en una santa ley, sencilla y como era la de la naturaleza””.

No obstante, los europeos que llegaron al Nuevo Mundo lograron imponer, "a la larga", las teorías aconómicas de Smith, que, si bien propiciaron el bienestar en otras latitudes, en la nuestra no hicieron más que fomentar la exclusión y la precarización de los derechos sociales. Hoy en día hasta el acceso a la salud obedece a la lógica del mercado que regula con su “mano invisible” los derechos fundamentales de los ciudadanos.

El hecho es que en la mañana de un sábado soleado de agosto me encontraba sentado y expectante bajo una carpa de la plaza de mercado del barrio Boyacá Real, en compañía de veinte asistentes al taller del trueque.  Don Alberto Ariza, el tallerista, pertenece al Comité de Productividad Local. Es un sociólogo maduro y muy amable, al que le caben en la cabeza los indicadores macroeconómicos de su localidad.  Engativá ocupa el noveno lugar en extensión territorial, tiene el 11% de la población total de Bogotá y es además muy productiva, ya que contribuye con el 12.5% del PIB de la ciudad. Sin embargo, según el estudio realizado por la Casa de Control Social en 2009 (Plan de Desarrollo Económico, Social Localidad 10, 2009-2012), Engativá tiene una de las mayores tasas de desempleo de la ciudad: 13,5%.  Una paradoja.

Para explicarnos el cuento del trueque, don Alberto nos entregó dos cartulinas: una verde y otra amarilla. Nos pidió escribir en la verde un bien o servicio que tuviéramos para intercambiar, y al respaldo tocaba poner el valor que, a nuestro juicio, pudiera tener la mercancía objeto del intercambio. En la amarilla, de otra parte,  había que consignar los bienes o servicios que estuviéramos necesitando. Así las cosas, escribí en mi cartulina verde lo siguiente: “consulta de abogado experto en seguridad social”; y al respaldo: $45.000.  En la amarilla me limité a garabatear: “alimentos”. Realizado lo anterior, y con el fin de mejorar nuestro entendimiento del asunto, don Alberto nos reiteró que todos somos a la vez productores y consumidores de bienes; es decir, "prosumidores". Con tal advertencia se iniciaron los encuentros del trueque.

Mi primer contacto fue con doña Gloria Restrepo, una dama antioqueña que elabora estupendos adornos en bisutería fina.

Son de piedras semipreciosas y material quirúrgico -me aclaró con vehemencia, como para que no me equivocara.

Me gustó un collar  de piedras negras que doña Gloria tasó en sesenta mil pesos; esto es, quince mil más que mis honorarios por consulta profesional de abogado experto en seguridad social. Infortunadamente no le interesaron mis servicios ya que ella forma parte de la red de control social de Engativá, y con toda seguridad allá saben más del tema que el suscrito. No hubo trueque.

El segundo intento fue con doña Margarita Godoy, otra dama muy elegante y bonita que me ofreció sus servicios para acompañar adultos mayores o niños con limitaciones de salud. Eso en cuanto a servicios. En cuanto a bienes, disponía de una papaya para intercambiar.

-Esta vale tres mil pesos -me dijo con desparpajo mostrando su fruta en sazón, y se echó a reír con ganas.

Tenía doña Margarita una consulta que hacer acerca de un derecho de petición a una EPS (aseguradora) para acceder a un servicio de salud que le fue negado de manera injusta.  Yo le dije que con mucho gusto absolvería su consulta pero que, por mi parte, aún no requería sus servicios de compañía, ya que apenas tengo medio siglo de edad y me encuentro en buen estado de salud (eso creo). De modo que acepté la papaya como contraprestación, aunque eran diferentes nuestras unidades de medida.

-       He allí uno de los elementos esenciales del trueque: la unidad de medida. –nos aclaró don Alberto Ariza.

Según entendí, es preciso acordar primero la unidad de medida para que pueda avanzar la transacción. Así por ejemplo,  si estimo mis honorarios en cuarenta y cinco mil pesos, y la papaya vale tres mil (y, pongamos por caso, la unidad de medida escogida para la transacción coincide con el valor de la papaya), entonces doña Gloría  debía pagar mis honorarios con quince papayas. Pero ella sólo tenía una y así lo acepté. Además, ¿que haría yo con tantas?, ¿dar más papaya?. El punto, sin embargo, es que en nuestra transacción primó el valor de uso sobre el valor de cambio. Estuvo ausente de nuestro negocio la utilidad fría y calculadora del señor Smith; ganó la solidaridad.

Finalmente me reuní con doña Rosaura, una tierna viejecita que atendió mi discurso de venta de servicios como quien oye llover.  Ella no sabía para que sirve un abogado experto en seguridad social. Bien mirado el asunto, yo tampoco lo sé.  Pero ese es otro problema. Preguntada doña Rosaura si tenía algo para intercambiar, esbozó una sonrisa tímida, como de colegiala,  y me dijo que no tenía nada que dar.

-¡cómo que nada!, doña Rosaura, si toda su experiencia y sabiduría acumuladas  son valiosísimas. Es mucho lo que tiene para dar. – la apremié.

-puedo darle un consejo. – me respondió al fin la buena señora.

-imposible dar un bien más valioso, doña Rosaura. -le respondí emocionado y le dí un abrazo.

¿Y cuánto vale un consejo? Vale lo que cuesta una vida si aquel sirvió para salvarla; o lo que vale una empresa librada de la quiebra inminente por un dictamen oportuno (justamente para eso están los Consejos de Administración). Sólo Dios sabe cuánto vale un buen consejo. Pero sucede que en nuestra sociedad de tecnócratas adolescentes la experiencia venerable de los ancianos no es tenida en cuenta, de modo que con frecuencia estos “yuppies” caen al abismo con todo el peso de su soberbia.

Hubo esa mañana muchos ejercicios de intercambio: clases de sistemas por cursos de pintura; bufandas de lana por arepas de quinua; lechugas orgánicas por pulseras de fantasía, experiencias, en fin,  que por supuesto no bastaron para lograr una comprensión total de esa economía alternativa (tampoco era el objetivo del taller). Sin embargo se logró la adhesión de muchos ciudadanos de Engativá a la causa del trueque.  Un buen principio. Una esperanza para los ciudadanos excluidos del comercio formal y para las víctimas de los bancos gobernados por la usura y el lucro a costa de la ruina del prójimo.

Créditos foto: H. Darío Gómez

martes, 6 de septiembre de 2011

Pequeñas narraciones intrascendentes XIX


¡Tanta alharaca por unas migajas!

El peatón cuenta que......


Pocos maridajes tan afortunados en la vida como el ponqué “Ramo” con leche. Si acaso se le acercan -y eso de lejos- la mogolla chicharrona con “Pony malta”, o el buñuelo con kumis. Quizá sean los recuerdos de la infancia que idealizan ciertas golosinas, pero lo cierto es que no cambiaría, pongamos por caso, un roscón caliente con gaseosa en la puerta de una panadería por un filete de congrio a las finas hierbas con vino blanco en “La mar”. ¡Ah!, pero el ponqué Ramo con leche…

Debo confesar que tengo gustos que resultan harto extraños a mi edad. Los viernes por la noche me gusta llegar a la casa, enfundarme en la cama para releer mi colección de cuentos de Tintín, provisto de un vaso de leche y un ponqué Ramo. No me canso de admirar los  dibujos perfectos de Hergé  donde el nivel de detalle de los objetos, sobre todo de los automóviles, es alucinante. ¿Qué me dicen del Buick Super 1.949 rojo conducido por el Doctor Müller -el maloso- en “Tintín en el país del oro negro“?. Extraordinario. Es como si levitara poderoso e ingrávido sobre el desierto. 

Otra maravilla para los sentidos es el ponqué “Ramo”, como quedó dicho. La tajada debe ser perfecta, consistente, sin que se desmorone al más leve contacto con la leche como sucede, por ejemplo, con las burdas imitaciones del “Éxito”.

El caso es que nadie -en mi casa- osa interrumpir esa licencia, esa pequeña satisfacción sensual que no dura más de media hora. Deferencia que me he ganado merced a mi escasa proclividad a otros excesos.

No obstante, el viernes pasado ocurrió una contingencia que afectó negativamente mi rito lácteo y banal. Sucedió esto: consciente de que se habían agotado mis existencias de ponqué Ramo, tuve la previsión de comprar dos unidades antes de abordar el Transmilenio con rumbo a la casa. Los adquirí en una tienda cercana a la oficina donde el dependiente, conocedor de mi “ponqueramodependencia”, me despachó los más frescos.

Sabido es que al finalizar la tarde resulta imposible viajar sentado en cualquier transporte urbano masivo. Sin embargo -eran las seis y cuarto-, aún estaba a tiempo para tomar el primer expreso de la noche que no viene tan lleno. De tal suerte, me apresté para ingresar entre el primer grupo de pasajeros de la estación y ganar así el nicho del bus donde se ubican los cochecitos de los bebés, espacio que está ni mandado hacer para contener mi enorme humanidad junto con su delicadísima carga de golosinas. Gané, en efecto, el nicho, y me acomodé de tal manera que la talega quedó a salvo de los apretones. Estaba satisfecho al saber mi tesoro indemne, porque como ya dije, no concibo un ponqué desmoronado. En tal circunstancia se echaría a perder, quedando útil sólo para alimento de los copetones que visitan mi antejardín. Reconozco que soy rígido en este sentido y un poco obsesivo, si se quiere. Cuando hago las compras en el supermercado, siempre le entrego al empacador los ponqués en último lugar, y le pido que no me los envuelva con los demás productos para evitar que se conviertan en harina al contacto con su dureza o su peso excesivo. Soy así, ¡qué le vamos a hacer!.

Pero volvamos al  Transmilenio. Me encontraba a mis anchas en el articulado, y estando a menos de media hora de la casa, ya me figuraba disfrutando ese manjar arrellanado en mi cama. Imaginé la leche escalando con lascivia las moléculas impolutas del ponqué exquisitamente horneado, y esa deliciosa impresión de ternura sempiterna en el paladar que sólo se consigue con una torta de tres leches bien hecha. Una fiesta de los sentidos. Mas todo sueño tiene su duro despertar, de manera que me espabilé cuando una dulce anciana que estaba sentada en la silla azul, al lado de mi refugio, se ofreció a llevarme el paquete.  Le dije que no, que muchas gracias, que así estaba bien, pero la viejecita insistió tanto, que me dio pena defraudar su necesidad de sentirse útil entre tanto trabajador cansado por la dura faena diaria.

Le entregué a regañadientes mis ponqués. Ella puso la talega en el regazo, lo cual me infundió algo de tranquilidad. Rodábamos por la avenida Caracas a la altura de Chapinero cuando el articulado frenó intempestivamente, de modo que la bolsa plástica se deslizó por la falda de la señora hasta quedar suspendida en la caída de sus piernas. Menos mal ella la tenía bien asida por las orejas. Suspiré. Con todo, mi alivio fue momentáneo porque la bolsa que colgaba entre las rodillas de la ancianita y el bastidor que separa el nicho -de las sillas azules-, comenzó a golpear el armazón con cada movimiento del vehículo. En este momento del viaje ya estaba  sudando por la ansiedad.

Hice un primer inventario de las pérdidas: a juzgar por el aspecto de la bolsa, era probable que uno de los ponqués, quizá el de chocolate, se hubiera estropeado en un 50%. Se trataba de una avería simple, aunque el riesgo era “inminente” -por utilizar la jerga técnica de los transportadores-. Sin embargo, todavía era posible salvar el resto de la carga.  De suerte que le pedí a mi “auxiliadora” el paquete -que en mala hora le encomendé-, haciendo una pequeña reverencia de agradecimiento. No obstante la mujer se negó con tozudez, aduciendo:

-       Pero señor, si aún no se puede bajar; este expreso sólo se detiene en “Alcalá”. Tranquilo que la bolsa no me estorba. Yo se la sigo llevando. - agregó contundente.

No fui capaz de insistir . Soy ante todo un caballero. Empero, la dama debió notar la inquietud en mi semblante porque de inmediato devolvió el paquete a su regazo y en seguida me miró. Yo aprobé su prevención con una sonrisa. Pensé -con más candor que sentido común- que si continuaban así las cosas no habría que temer otra circunstancia que pusiera en peligro mi preciada mercancía.

Pero en la estación de “Los Héroes” el vehículo hizo un giro inesperado que empujó a una muchacha que estaba de pie junto a la anciana, con tan mala suerte que la jovencita en cuestión fue a parar sobre las piernas de esta. Consideré que había llegado el fin. Sin embargo la viejita, haciendo gala de buenos reflejos, había alcanzado a hacerle el quite poniendo a salvo mi bolsa. La alzó victoriosa para mostrármela. Suspiré de nuevo.

Fui un tonto al pensar que allí acabarían las tribulaciones de mi viaje tan accidentado. Sucedió,  pues, que faltando unas cuadras para llegar a mi estación de destino –yo estaba satisfecho con mi salvamento-, la muchacha de marras reacomodó su mochila, que acaso le estorbaba mucho, conque la protectora de mi tesoro, muy acomedida, no tuvo ningún problema en recibirle el morral y descargarlo con todo su peso sobre mis ponqués, machacando hasta la última migaja.

Al llegar a la parada de Alcalá le recibí a la señora la talega macilenta en que había convertido mi encargo. Agradecí sinceramente su buena voluntad, y salí del bus sin atreverme a mirar el contenido.

Luego me senté en una banca del parque, junto a la estación, abrí con estoicismo los empaques y esparcí en el piso, para deleite de los pájaros, las moléculas de ponqué Ramo que nunca serían acariciadas por la leche tibia en mi paladar.

 créditos foto: de Elecktrampa, www.flickr.com

Los puntos susp......versivos

En el reino de las líneas, los puntos eran vistos con desconfianza. Y era natural, pues las líneas, siempre organizadas como un...