martes, 25 de octubre de 2011

El venezolano


(A propósito del remoto y absurdo conflicto entre colombianos y venezolanos, tema que de vez en cuando ventilan los medios a falta de peores noticias)

¨Nadie más adecuado que un Venezolano para prologar un libro de amor a Colombia……En estos desquiciados tiempos los periódicos suelen hablar con malvada ligereza de una posible guerra entre Venezuela y Colombia…… Nunca, repito, tendrá lugar esa pelea fratricida que los consorcios petroleros y los fabricantes de armas apetecen…¨
Miguel Otero Silva, Caracas, 1.975

A los diez años de edad todo en la vida nos resulta extraordinario. Una ciudad desconocida, el tipo nuevo de la clase, los vecinos recién llegados, o bien un nuevo amigo; mas aún si es extranjero. Durante las vacaciones de mitad de año del 72 conocí a Alonso en el barrio La Magdalena de Bogotá, donde yo vivía. Era un niño de mi edad, mirada apacible y acento musical. En los columpios del parque Brasil nos observamos con desconfianza, pero luego nos integramos igual que gatos callejeros, merced a esa facultad automática que tienen los niños para crear lazos y que luego se pierde con la edad, como nos pasa con el pelo. Me intrigó su hablar cadencioso, así que le pregunté acerca de su origen. El me respondió que era venezolano, de una tierra desconocida, como dice el paseo vallenato de Carlos Huertas. Paseo vallenato -vallenato con v y no con b- es un delicioso ritmo  del caribe colombiano y no un periplo con el hijo de una ballena, valga la aclaración. ¡Otra vez mis digresiones!

El hecho es que aunque fuimos amigos inseparables durante las vacaciones, no tuvimos necesidad de saber nuestros nombres: yo lo llamaba simplemente, venezolano; y el me decía, colombiano, a secas. 

– ¿A qué hora nos vemos mañana, venezolano? - le preguntaba yo; 
-- como a las diez, en el parque, colombiano, - respondía Alonso. 
Vale. - convenía yo

Supe que el venezolano se llamaba Alonso Morante y que era de Barquisimeto un día que lo invité a almorzar a mi casa -casi al final de las vacaciones- cuando mis hermanas, dignas encargadas de la inteligencia hogareña, sometieron al pobre extranjero a un interrogatorio  al mejor estilo de la agencia de seguridad del Estado. Me enteré por el mismo expediente que se hospedaba en la casa de una tía solterona cerca del Park way, y que era único hijo. Es decir, nada importante cuando sólo se trataba de jugar y callejear.

Por esa época estaba reciente el diferendo limítrofe con el vecino país por las islas de Los Monjes, ubicadas entre la península de la Guajira en Colombia y el Golfo de Coquivacoa en Venezuela; de modo que circulaba en el ambiente el infundio de una eventual contienda entre los dos países hermanos. Alonso y yo, que no sabíamos nada acerca de la guerra -aparte de lo visto en las películas que pasaban en la televisión-, jugábamos a “darnos bala” desde nuestras trincheras invisibles, con tan mala puntería que nunca acertábamos a matarnos. Pero eso de la guerra cansaba mucho, y como al final ninguno de los dos quería morir primero, resultaba muy aburridor el juego. De manera que nos íbamos a la “Gata golosa” a tomar gaseosa.  

Hoy sabemos que es improbable una estúpida guerra fratricida. Pero entonces, en la óptica de nuestro candor infantil creíamos que algún día, cuando fuéramos mayores, tendríamos que enfrentarnos en la predestinada conflagración. De esta suerte nos comprometimos a que, cuando estuviéramos frente a frente en el campo de batalla -que nos imaginábamos en el puente internacional que une a Villa del Rosario de Cúcuta con San Antonio del Táchira-, ambos utilizaríamos balas de mentiras, como las de nuestro juego del parque Brasil.

Alonso Morante debe ser hoy un prestigioso hombre de negocios en Barquisimeto, o un gran artista, o un médico, o un afamado ingeniero, o un vago como el suscrito, qué sé yo. Eso sí, espero por su bien que no haya escogido la carrera de las armas, porque el uso de balas de mentiras arruinaría su reputación, o al menos mermaría peligrosamente su expectativa de vida por más arriscado que fuera. Sin embargo estoy seguro de que si algún día la soberbia de nuestros gobernantes -o candidatos a serlo- nos conduce a una guerra infame, Alonso y yo honraremos nuestro compromiso. Porque, al fin y al cabo, es menos aburrido ir a tomar gaseosa en la tienda del barrio con los amigos, que andar por ahí como insensatos echándose plomo con los vecinos. Cosas de niños.

(Foto: Alejo, tomada por H. Darío Gómez A.)

9 comentarios:

  1. Famosas palabras....divide y vencerás.

    Divide a América y mantenla bajo tu bota ......

    En nosotros esta el saber hermanarnos y demostrarles que somos autopensantes!!!!!!!

    Cariños

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  2. Darío: ¡Mira como son las cosas!, yo pensaba que tanto colombianos, como venezolanos eran casi un mismo pueblo por su cercanía geográfica, y ahora me entero que hasta podrían picarles la cola para que se peleen. Porque eso es lo que hacen los que venden armas (¿quienes serán?, por acá dicen que algunas se vinieron de "casualidad" de lo E.U), sacan a colación "diferencias irreconciliables" y ¡a darle que es mole de olla!
    Ojalá que tanto unos como otros, cierren los ojos y se tapen las orejas, pues es una muy, pero muy mala idea, ya tenemos bastantes guerritas por todo el mundo.
    Con el cariño de tu tía: Doña Ku

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  3. es tan poderoso el poder de las armas, el dinero y el terror, que muchos podemos sucumbir, pero aun así un recuerdo como el tuyo no se olvida, ojala Morante algun día lea este escrito...
    te abrazo querido Peaton

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  4. Abu, tía Ku, en efecto colombianos y venezolanos constituimos el mismo pueblo. Todo nos une. La historia, la idiosincracia, la cultura. Pero como ustedes dicen, los poderosos están siempre interesados en dividir, en extender cortinas de humo de nacionalismos estúpidos para poder apañarse el erario público y favorecer a sus áulicos

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  5. Recibo tu caluroso abrazo, Amalia. Como tu dices, sería un extraordinario regalo de la vida encontrar a Morantes después de 39 años.

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  6. Chéveres sus recuerdos del barrio La Magdalena en Teusaquillo. Me hizo acordar que por ahí vivía el abuelo del alcalde Moreno, hoy encarcelado. Por otro lado, de acuerdo con los comentaristas. La guerra es el mejor negocio de los malditos fabricantes de armas.

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  7. Si señor, Danilo. En efecto a una cuadra del parque y por ende de mi casa queda la casa de "mi General Rojas" y de la "Nena", madre de nuestro alcalde fallido.

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  8. Darío, las fronteras son una convención artificial para separar a los pueblos hermanos, como decía la canción que cantaba Soledad Bravo en los setentas. "Entre tu pueblo y mi pueblo hay un punto y una raya.......para que tu hambre y la mía estén siempre separadas..."

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  9. Tu lo has dicho, Dolores. Los pueblos hermanos están por encima de las barreras convencionales.

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