lunes, 28 de febrero de 2011

Peces antediluvianos



A pesar de la orden perentoria de Yahvéh Elohim, Noé, hombre justo y cabal, fracasó en su intento de salvar una pareja de peces, que, pudiendo nadar con pericia bajo el agua, murieron sofocados sobre el piso impermeable del Arca.

Créditos foto: "El peatón en la Sierra Nevada del Cocuy", foto de Francisco Hernández

lunes, 21 de febrero de 2011

Buzón de correspondencia devuelta II – Carta a Berenice


Hay cartas que nunca se escribieron, cartas que nunca se enviaron y cartas que nunca llegaron. Hay asimismo cartas que nunca se leyeron, cartas ficticias con motivaciones reales y cartas reales con motivaciones ficticias, epístolas, en fin, que retornaron, después de un periplo por la imaginación afiebrada del peatón, al buzón de correspondencia devuelta.

Berenice:

No sé si alguna vez habrá notado mi presencia en el Café Pentágono. Con esta enorme humanidad que llevo encima como una coraza de rinoceronte es difícil pasar desapercibido; y no lo digo precisamente por mi buena figura, sino por el tamaño de mi perplejidad y el peso de mis dudas. Estoy más cercano a la brutalidad del oso que a los ademanes marciales y ridículos del maestro de ceremonias del circo. El hecho es que, como animal grande y sensitivo, me esfuerzo por estar intensamente vivo, de modo que me río con frecuencia y estruendo; y me enfado con vehemencia, aunque sin violencia ni rencor. De esta suerte, reúno en un solo cuerpo las culpas de la humanidad, pero también su inocencia. Y así es como las convido, sin pudor, a tomar café en el Pentágono, establecimiento que, como usted bien sabe, no es tan reservado y seguro como su homónimo del Estado de Virginia, al lado del río Potomac.

En cambio yo si percibí desde el principio su presencia sin mesura, su encantador semblante de mujer en sazón, ¡y qué sazón!. Usted entró una tarde al Pentágono para hacer una llamada telefónica, iluminando con sus ojos la estancia. El embolador, un tipo canijo y desmueletado que intentaba sacarle inútilmente brillo a mis botas de cuero graso adivinó la curiosidad en mi rostro y me dijo, sin necesidad de preguntarle, que su nombre es Berenice, la vendedora de unas rifas "muy" exclusivas. Yo me quedé contemplándola como a la Eva de Durero, ensayando una sonrisa en la mitad del cosmos, tratando de inventar una ocurrencia para halagarla, pero su resplandor me cegó como las luces plenas de un Transmilenio que se viene encima y entonces se cayeron de los anaqueles de mis recuerdos todas las Berenices: Berenice, reina de los Ptolomeos; Berenice, reina de los Cirenáicos y de los Seléucidas; Berenice, reina de los Egipcios; y pensé asimismo en otras dos Berenices, princesas judías, hijas de Herodes el Grande y de Herodes Agripa respectivamente, y no porque yo tuviera una cultura universal, sino porque me lo contó otra Berenice, una muchacha triste -no tan hermosa como usted-, que tocaba un violín rosado en los parques; y se me vino también a la memoria un cuento de Edgar Allan Poe que lleva por título “Berenice”; y recordé con candor infantil a Berenice, la primera mujer que ví desnuda en mi vida, bañándose a totumadas en el lavadero de una finca en San Antonio de Tena como una sirena de tierra templada, en fin, Berenice, nombre de origen macedonio que significa “portadora de la victoria” según me dijo un amigo muy culto, y entonces concluí que el suyo es un nombre predestinado para una mujer que vende billetes para rifas exclusivas en los cafés de la novena o para una gitana que dice la buena ventura.

Mas cuando regresé de mis divagaciones usted ya había culminado su llamada, conque salió del establecimiento escoltada por las miradas trastornadas de todos los sujetos que ocupábamos las mesas sin oficio ni beneficio con una taza de café dilatada hasta el infinito, talvez esperando la fatalidad mientras escuchábamos sórdidos tangos que nos recordaban que “La juventud se fue...Yo ya no espero más...Mejor dejar perdidos los anhelos que no han sido y el vestido de percal”, y que, la pastora “se ha caído al pedregal de donde ya no volverá porque una estrella la llevó donde se va sin regresar”. Y yo le pedí sinceramente a Dios que no le fuera a pasar a usted lo de la pastora, porque aún tengo algo que decirle, no sé qué, pero ya se me ocurrirá el libreto; ¡qué va!. En realidad no se me ocurrirá nada, porque cuando llegue el momento, si es que llega, me pasará como al tiranuelo del cuento de Julio Cortazar, que no pudo decir nada para configurar su destino histórico retrospectivo, porque a duras penas balbuciré un piropo manido y destemplado que usted, preciosa Berenice, recibirá con desdén más que justificado, sin llegar a enterarse nunca de que cada vez que entra al Pentágono su altiva presencia nos regala un perfume de flores capaz de llenar el universo, y que sus formas generosamente contorneadas nos sugieren las rutas que perdieron a los navegantes alucinados del caribe. No sabrá tampoco que cuando circula con sus cadenciosas caderas entre las mesas, los clientes habituales del café, incluido un tío que sale cada diez minutos al zaguán para jugar con el humo de su cigarrillo “Pielroja”, sentimos un vértigo parecido al del trapecista que da el doble salto mortal en el vacío y que sólo recupera el aliento cuando puede asirse nuevamente al columpio salvador que lo regresa a la vida después de haber estado por un instante en el espacio muerto, en fin, cosas de índole parecida que permanecerán en mis labios a punto de salir cada vez que usted entra con el cielo puesto al Pentágono.

Su admirador,

H.D.G.A.

créditos foto: H. Darío Gómez A., "Sobre las nubes de la Sierra Nevada del Cocuy, 1,987"

jueves, 17 de febrero de 2011

Nostalgia por las librerías de antaño


(Librería Buchholz, años 60s., Bogotá, Colombia)

Sin más ni más se fueron apagando las luces de la sabiduría en Bogotá. Y como la cultura no tiene muchos dolientes en nuestra, dizque “Atenas” suramericana, pocos se percataron de la desaparición de las librerías emblemáticas de la ciudad. 

Vivimos en una ciudad relativamente joven, atacada con precocidad, como los lotófagos, por la enfermedad del olvido. Una urbe poseida por las contracciones nerviosas producidas por la incertidumbre y los juegos de azar –no en vano hay un casino en cada esquina-.  Pero librerías… quedan muy pocas.  Sobreviven  por fortuna la Central –fundada por el sabio austriaco, Hans Ungar, alma bendita-, la Mundial, de mi amiga, la señora Gaitán, la Lerner, Luvina, San Librario, Alejandría, Biblos, la Nacional, FCE y otras dos o tres. Muy pocas, en todo caso, para una ciudad de casi nueve millones de potenciales lectores. Y ni que hablar de los libreros: partió hace unos años don Hugo –el de la Lerner- para certificar la extinción de esa rara y deliciosa especie bogotana.

Yo no me imagino la desaparición de la librería “El Ateneo” en Buenos Aires o la “Porrúa” en ciudad de México -por citar sólo un par de ejemplos- sin escándalo general de sus ciudadanos, sean estos lectores o no.  En Bogotá, sin embargo, -me perdonarán el ritornelo- sin más ni más  se nos fueron apagando las luces de la sabiduría sin que nadie dijera nada.   

Y para acabar de ajustar nuestro patético estado del arte, la ciudad tiene por estos días sus entresijos al aire -por la cantidad de obras públicas que se adelantan sin concierto y a los trancazos-, como si fuera un cíclope agonizante tendido a los  pies de los cerros orientales. De esta triste suerte, valdría la pena que Bogotá siguiera el consejo del médico de don Quijote en el sentido de que: “por sí o por no, atendiese a la salud de su alma, porque la del cuerpo corría peligro”.

En tal virtud, me atrevo a parafrasear al poeta Villón para preguntar:

Decidme,  ¿dónde, en que lugar se oculta la librería Gran Colombia con sus tertulias proverbiales?
¿dónde yace la Casa del libro, y dónde  la Buchholz, la más encantadora de todas?
¿dónde se esconde la Contemporánea, cautivando a qué lectores?, 
ella, que  brillaba cerca de mi casa y me sedujo con sus volúmenes. -su recuerdo aún me llega cuando camino por el Lago-.  
¿Pero dónde están las librerías de antaño?
¿Dónde habita el Tercer Mundo, librería cosmopolita, por cuya estratégica ubicación sus dueños, según dicen, vendieron el local de la calle diecisiete para establecer un elegante Café?
 ¿Y dónde – diga usted – está la librería siglo XX, que se negó a entrar al presente siglo, arrojando su cuerpo exangüe a las aguas subterráneas del río San Francisco?
¿Pero dónde están las librerías de antaño? 

Otro tanto se lleva el viento……

créditos foto: Zentralarchiv Staatliche Museen Zu Berlín

lunes, 14 de febrero de 2011

Recetario del rebusque IX


Como estamos en las postrimerías de esta quincena y ando escaso de blanca, le propuse a doña Anita escribir en mi blog una nota gastronómica acerca de su restaurante, a cambio de un “corrientazo”.  Doña Anita, mujer del campo, curtida por las aulagas y curada de los malos negocios, me respondió:

-Doctor –así me dice ella candorosamente-, yo no sé de que trata su “blok”, y usted puede escribir allí lo que le dé la real provocación, pero si quiere almorzar a cambio de trabajo, entonces mejor ayúdeme a repartir estos volantes en la plaza de mercado.

El punto, sin embargo, es que no soy  bueno para el “marketing”, y carezco de vocación de hombre-anuncio o de payaso con megáfono, para promocionar almuerzos ejecutivos en la galería. De manera que decliné la contrapropuesta de doña Anita.  Pero ya entrado en gastos, resolví  escribir la presente crítica gastronómica, de balde.

Gastronomía de alpargata

“Que ayunen los santos que no tienen tripas”. Adagio popular

En Usaquén hay una manzana, en la manzana hay un mercado, y detrás del mercado hay un restaurante sin ínfulas:  “La cocina de doña Anita”.   Desde tiempo inmemorial -mi memoria es precaria- su dueña vende las mejores costillas de cerdo del sector, que sus clientes habituales adobamos con pulgaradas de sal, ají chivato y limón.  Le echamos mano con gusto a la carne intercostal en contravía de los mandatos de la urbanidad de Carreño. Esa dicha gastronómica sólo pasa con algo de nepente autóctono, también conocido como ”refajo”, bebida preparada con dos partes de cerveza, una de “colombiana”, otra de “pony malta” y un trago de aguardiente, generalmente servida en bacinilla de metal esmaltado para consumo comunal.  Al levantarse de la mesa, uno se siente como el pavo de navidad, pesado y adormecido, caminando inocente al patíbulo, a las dos en punto de la tarde.

Evidentemente no es un lugar hecho para el glamour  que está vigente en la zona “U” de Usaquén. Pero resulta impensable hablar de  fritanga gourmet -eso es un oxímoron-,  o de un cuchuco de trigo con espinazo de marrano servido al estilo, aséptico si se quiere, pero algo triste, de Leo Espinosa.  Además, el cuchuco de trigo es a la cocina vernácula, lo que la sopa de cebolla es a la gastronomía francesa: un plato de origen campesino,  sin alcurnia -por demás innecesaria-, es decir, una delicia sencilla.  Como dice la patrona: “el cuchuco lleva trigo, lleva espinazo, lleva haba, lleva criolla, lleva papa, lleva arveja, lleva ajo,  lleva junca,  lleva fríjol, lleva repollo y lleva cilantro”.  Lleva también mucho tiempo digerirlo, agregamos nosotros.

De modo que las buenas maneras en la mesa no cunden en la “cocina de doña Anita” -sans façon dirían los franceses-. Allí, con frecuencia, los cubiertos son reemplazados por las físicas uñas, y el palillo en la boca al final del round contra las costillas del caribajito  es una sutil condecoración al triunfo de las muelas sobre la carne. Hay en ese entrañable lugar una franca e innegociable insistencia en el mal gusto. Es  cuestión de principios. Uno come, qué sé yo, acompañado de una botella  con espantosas flores de plástico, azules, rosadas y amarillas; y la mesa está servida sobre un mantel prensado con un vidrio roto que generalmente cobra el atrevimiento del contacto físico rasgando las mangas de la camisa.  No falta el almanaque de taller con la foto de una muchacha voluptuosa y semidesnuda que nos recuerda que la carne es débil, pero muy sabrosa.

Al finalizar la jornada gastronómica uno se debe acercar a “la caja”, donde la patrona ha puesto una advertencia para que ningún cliente se equivoque: “El que fía no está, y el que está no fía” . Y es que doña Anita sólo recibe efectivo, pues desconfía -con razón- de los  plásticos expedidos por los bancos y del papel moneda de curso forzoso emitido por Sodexho pass y otras yerbas.

Pero esos detalles no sólo se le perdonan a la “cocina de doña Anita”, sino que constituyen, a mi juicio, la esencia del mejor restaurante de Usaquén.

martes, 8 de febrero de 2011

Pequeñas narraciones intrascendentes XIV

El peatón cuenta que…


No hay nada más frío que un lunes bogotano al anochecer. Y a la entrada del supermercado, una muchacha menuda en traje de colombina ofrece degustaciones de café. La blusa vaporosa y la minifalda innecesaria exponen su piel trémula a la noche glacial. Aun así le alcanza el ánimo para regalarme una sonrisa franca, como respuesta a mi saludo exento de lujuria.

-¿por qué no te pones un saco? –le pregunto.
-no me dejan, es por el uniforme. –me responde tiritando.
-entonces toma un café de la degustación para que te calientes. –le aconsejo.
-no está permitido. –me dice con su voz de seda.
-hazte más adentro, alejada del sereno. –le insisto.
-este es mi sitio asignado; de aquí no me puedo mover. –me aclara con otra sonrisa, esta vez más dulce.
-¿qué clase de empleo es ese que somete a una niña a la inclemencia de los elementos, a la patanería de los administradores  y a la lascivia de los cafres? –me pregunto.
-el que me tocó aceptar. –responde la muchacha encogiendo los hombros desnudos que prefiguran sus brazos amoratados por el frío.

¡qué vaina, carajo!

foto de H. Darío Gómez A. Sierra Nevada del Cocuy 1,987

martes, 1 de febrero de 2011

Buzón de correspondencia devuelta




Hay cartas que nunca  se escribieron,  cartas que nunca se enviaron y cartas que nunca llegaron. Hay asimismo cartas que nunca se leyeron, cartas ficticias con motivaciones reales y cartas reales con motivaciones ficticias, epístolas, en fin, que regresaron, después de un periplo por la  imaginación afiebrada del peatón, al buzón de correspondencia devuelta.

“La experiencia de muchos años en la crónica de éste género me dice que el lunes es el día del suicidio.”  Felipe González Toledo

Esta carta fue encontrada en el bolsillo  del uniforme camuflado de un  soldado  mutilado, que, estando en terapia de rehabilitación y sin mediar aviso, intentó pegarse un tiro.

“Mi teniente Soler:

Ayer en el circo supe que la amaba.  Disculpe que sea tan directo. Pero usted es mujer antes que oficial. En otras circunstancias no me habría atrevido a escribirle estas letras, y menos aún a decírselas, no tanto por temor a  la sanción por irrespeto a un superior, como por miedo a destrozar el último jirón que me resta de la víscera cardíaca. Mas ya nada importa. Al fin y al cabo, como reza mi historia clínica, soy un esquizoide lánguido e inestable. Y la locura, como el amor, justifican la insensatez.

Durante los últimos seis meses mi vida -o lo que me dejaron de ella- ha sido pasto de médicos, fisiatras, enfermeras, trabajadores sociales, psicólogos y psiquiatras que intentan, con la mejor voluntad, recomponer los pedazos del cuerpo y del alma que un maldito día salieron a volar por cuenta de una mina antipersonal. Y todo por defender a la patria, una señora que no conozco y que tampoco ha venido a visitarme al hospital. A no ser que la patria sea una de esas damas encopetadas que vienen a entregarnos regalos y hacerse fotografías con nosotros en navidad. Pero no creo. Jaramillo dice que la patria es un periódico de Manizales. Patiño sostiene en cambio que la patria, como el escudo, el himno  y la bandera, son páginas inertes de los textos de escolares  que nadie sabe interpretar.  Ambos coinciden, sin embargo, en que la patria es sólo un papel. ¡Que no los oiga mi sargento!

El hecho es que desde hace tiempo el personal del hospital viene y me pregunta, me lleva y me trae, me sondea, me ausculta, me sube y me baja, me inyecta, me diagnostica y me aconseja. Pero sólo usted, mi teniente, sólo usted me toca con sus dedos turgentes como gajos de mandarina; sólo usted  me roza con su epidermis de canela fresca. Sólo usted estimula y ejercita mis miembros mutilados con sus manos tiernas pero vigorosas como palmas de cera del Quindío. Hermosa profesión la suya mi teniente. No debería llamarse fisioterapia sino “caricioterapia”,  “abrazoterapia” o algo por el estilo. Por eso mi ilusión de cada día está puesta en nuestra cita con el sentido del tacto.

Y ayer domingo, cuando nos llevaron al circo de los "Hermanos Gasca" usted estaba más bonita que nunca, mi teniente. A pesar del camuflado y la bata, yo había adivinado desde antes  la sutileza de sus redondeces. Pero ayer, al verla con su traje azul celeste pude contemplar en todo su esplendor la belleza de los astros que la adornan.  Soy cursi, mi teniente,  y no tengo remedio. Era soñador antes de prestar el servicio militar.

Usted se sentó a mi lado en la primera fila y en seguida aparecieron, como por arte de birlibirloque, los acróbatas del trapecio. Eran dos hombres de blanco y una muchacha  menuda con un vestido brillante y diminuto, parecido al empaque de un caramelo de menta.  La  niña se lanzó al vacío y dejó a merced del suelo la fragilidad de sus sueños. Yo cerré los ojos dando un grito de espanto. Entonces sentí su aroma de hembra espléndida y la firmeza de su mano apretando la mía. Tranquilo, me dijo.   Yo supe entonces que la amaba, mi teniente. Cuando abrí de nuevo los ojos, la muchacha del trapecio sonreía nerviosa ante el público expectante, como quien ha vuelto indemne a la vida despues de haberse asomado por un instante al infinito.

Hoy lunes me ha informado mi capitán que pronto me darán de alta. Eso quiere decir que no  volveré a verla, mi teniente. Muy probablemente me atenderá en el futuro otra fisioterapeuta en  un dispensario de sanidad más cercano a mi domicilio.  Ayer, cuando usted tomó mi mano, sentí que me rescataba de mi salto al vacío. Hoy me dicen que debo saltar a mi nueva vida amputada sin contar con sus brazos para que me acojan al otro lado del trapecio. Y yo no veo por ninguna parte una red protectora. Mejor acabo con el fragmento de vida que me han dejado después del horror, y que sin usted no vale la pena.  Perdóneme, Amanda, no fui su mejor paciente. Adiós.”

Soldado Oquendo


El incidente, por fortuna, no causó daños que lamentar. El arma se disparó antes de lo previsto, impactando en el techo del pabellón. El soldado fue rápidamente controlado y luego sedado.  Al despertar, encontró en sus manos la siguiente nota:

“Soldado Oquendo:

 Si de algo le sirve, para mí, usted y yo somos frutos valiosos de esa señora a la que usted llama patria. Cuente con mis manos vigorosas como palmas de cera del Quindío para recibirlo al otro lado del trapecio. Ah, y recuerde que la palma de cera es nuestro árbol nacional.”

Teniente Amanda Soler


BONUS TRACK

"Señor Secretario de Movilidad:


Ayer jueves, “día oficial sin carro”, aproveché la oportunidad para echar quimba y plantearme mientras caminaba, como los peripatéticos, varios interrogantes acerca del transporte público de Bogotá. He aquí algunos de ellos:


¿Cuál es el poder de la mafia del transporte público que ha intimidado a nuestros alcaldes durante los últimos cuarenta años, obligándolos a plegarse a sus intereses mezquinos por encima del bien común?


¿Por qué razón tenemos que soportar los usuarios del transporte urbano la agresión permanente de los conductores con sus excesos de velocidad, sobrecupos, guerra del centavo, paradas en la mitad de la calzada para recoger y dejar pasajeros, poniendo en peligro nuestras vidas?

¿Por qué el irrespeto de tales conductores a las normas de tránsito,  y dueños de buses que permiten operarlos en pésimo estado de mantenimiento e higiene que atentan contra la integridad de las personas, sin que las autoridades tomen cartas en el asunto?


¿Por qué pagan tan mal a los conductores, que a su vez son víctimas de la avaricia de los empresarios?


¿Por qué razón las entidades de control no han propiciado un debate de cara a los usuarios, donde se nos diga cómo es el negocio de los transportadores privados con el Transmilenio, que a su vez presta un servicio tan precario?


¿Es verdad que los Bogotanos pagamos con nuestros impuestos el mantenimiento de las vías, portales, estaciones, vigilancia, etc, del Transmilenio, y que los zares del transporte, dueños de las empresas que operan los articulados, se quedan con las ganancias del pasaje, -bastante caro- que nos cobran?


¿Por qué razón en Bogotá, el Transmilenio no tiene tarifas preferenciales para estudiantes, viajeros frecuentes y adultos mayores, como si las tiene el metro de Medellín?.


Seguramente nadie le pondrá bolas a los cuestionamientos de este ciudadano de a pie, cuyo único patrimonio son sus juanetes. Pero alguien tiene que hacerlos, y aunque no sirva de nada, yo vocifero y me quejo ante las pobres muchachas de las taquillas -que no tienen la culpa del mal servicio-, y mi grito inocuo es como una cataplasma para aliviar temporalmente los dolores de la frustración.


Uno escucha con atisbos de incredulidad -aunque en este país ya nada nos sorprende- a los empresarios del transporte, exigiendo a las autoridades la condonación de las multas por infracciones de tránsito, como requisito para prestar el servicio público esencial al que están obligados; y entonces uno comprende, ya sin asombro, que en este país las relaciones entre los poderosos y el Estado se basan en la extorsión: yo te elijo si me das el contrato, yo sapeo si me pagan, yo digo donde está el alijo si me rebajan la pena, yo saco el bus a trabajar si no me cobran la multa por irrespetar el semáforo en rojo que le costó la vida a la niña, en fin, perlas por el estilo.


Hay entre los zares del transporte público más de un avivato en el sentido que indicó alguna vez Alberto LLeras Camargo: “Es un tío que resuelve todos sus problemas e invita a los demás a resolverlos por medios que están apenas al borde de la ley, y en ocasiones por debajo de la ley penal, pero en un sitio que no es fácil de descubrir”. Con tíos así, creo que es mejor seguir echando quimba, a pesar de los juanetes."


Juan Crisóstomo Gómez





créditos foto: de Korgan www.flickr.com

Héroes insospechados y clandestinos

“Los infinitos héroes desconocidos valen tanto como los héroes más grandes de la historia.” Walt Whitman Irene & Cia. Una muchac...