martes, 29 de marzo de 2011

Cientouno (101)


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Ciento uno es un número impar que sugiere infinitud y un tanto más. Al igual que las “mil y una noches” arabes que Borges propone como la adición de la unidad al infinito.  Tan desmesurada magnitud me recuerda el grito de batalla del guardián espacial de la película Toy Story, Buzz Lightyear: "Hacia el infinito y más allá." En todo caso, a mi juicio, pasar de cien es mucha gracia, ya sea en años -de buena o mala vida-, o en número de entradas de un blog.

Y he llegado -quien lo creyera- al cabo de un año exacto del nacimiento de este blog, a la entrada número ciento uno. Acaso mi persistencia en mantenerlo vivo -con gran esfuerzo- sea su único mérito.

El maestro Baldomero Sanín Cano sostenía que el hombre escribe libros de viajes para liberarse de la atracción terrestre. Y en efecto, al hacer el balance de los mejores libros que se han escrito, uno cae en la cuenta de que todos son libros de viajes.

Yo no soy un escritor, claro está. Pero sí un peatón inveterado e impenitente que ha encontrado en el blog la posibilidad de liberarse de “la atracción terrestre” de que hablaba el sabio educador, y echar a andar por los caminos del ciberespacio, horro de gravedad telúrica, para contar su “rollo” en las entradas -posts-, que son como las fondas del camino. Porque los peatones siempre tendremos algo que contar en los recodos de la existencia.

A lo largo –y ancho- de un año he cosechado veintidós seguidores de pata al suelo –que Dios guarde siempre-, amén de siete mil peatones que han visitado mi blog, entre ellos algunos “patirajados” de lugares tan remotos como Eslovenia, China o Rusia. No es poca cosa haber sobrevivido a la creación del monstruo.

De modo que “La pata al suelo” existe gracias a ustedes; y es precisamente por ustedes, mis queridos amigos, que vale la brega seguir trasegando por las autopistas de la información. Dios los bendiga.

Créditos fotos: 100, Angelo Greco www.flickr.com; el peatón, foto tomada por Adriana Gómez

jueves, 24 de marzo de 2011

Buzón de correspondencia devuelta IV



Hay cartas que nunca se escribieron, cartas que nunca se enviaron y cartas que nunca llegaron. Hay asimismo cartas que nunca se leyeron, cartas ficticias con motivaciones reales y cartas reales con motivaciones ficticias, epístolas, en fin, que retornaron, después de un periplo por la imaginación afiebrada del peatón, al buzón de correspondencia devuelta.


"Abierta a golpes de la mano mía, 
tengo en la plenitud de la montaña 
una faja de tierra labrantía, 
y levantada al fondo, mi cabaña". 
León Safir

AVALÚO CATASTRAL POR LAS NUBES

Señor Director del Catastro:

He recibido con algo de estupor el avalúo catastral de mi único bien terrenal: un pedazo de tierra. Aunque la mía no es labrantía -está poblada de bosque nativo-, ni queda en las imponentes montañas de Antioquia, como la del bardo popular, si tengo en la hermosa orografía boyacense un trozo de planeta oculto bajo un manto de niebla. Es un predio esquivo y pudoroso que no se deja ver de los satélites voyeristas, ni fotografiar de los aviones indiscretos del Instituto Geográfico "Agustín Codazzi". De modo que mi parcela inmensurable –no por grande sino por arisca- figura en los mapas del catastro nacional simplemente como “nubes”, lírica denominación con la que los cartógrafos oficiales resolvieron bautizar sus formas vagas. Tal vez por eso los funcionarios municipales de Saboyá tuvieron a bien fijar el avalúo catastral de mi predio, paradójicamente, “por las nubes”; es decir, a precio de éter, en fin, lo tasaron por una bicoca. Con resignación descubrí, entonces, que he atesorado muy poca cosa en este mundo, aunque debo aclarar que mi concepto de propiedad difiere del suyo: la tierra no me pertenece; yo le pertenezco a ella.

Sin embargo, hay en mi quimérica posesión valores ocultos que no saben ver los avaluadores del tesoro, pero que existen a pesar de su miopía metálica. A falta de luz eléctrica, tengo en mi fundo un criadero de luciérnagas que desde lejos parecen un puñado de diamantes sobre el terciopelo de la noche. No obstante, el banco consideró que mi rebaño de linternas voladoras no era garantía suficiente para un préstamo. Pero esto es apenas natural, ya que entre el sector financiero y el suscrito existe una inveterada e irreconciliable enemistad. A falta de acueducto, tengo en la montaña un hilo de plata custodiado por un ejército de alisos, gaques y robles que he venido reclutando con paciencia de estratega, porque adquirí el bosque, no para especular con su
madera, sino para abrazar a los árboles como aconseja el poeta Carlos Castro
Saavedra. A falta de teléfono, tengo en la montaña una pared de roca que me responde cuando le hablo; no es muy original su discurso pero, ¡ay!, eso no
importa, ya que el silencio resalta aún más su belleza bucólica, como sucede con algunas mujeres. La televisión no me hace falta. Por las ventanas de mi casa se asoman a diario el sol y la luna, y con frecuencia algunos de mis adorables vecinos, quiero decir: ardillas retrecheras, pájaros
de colores, insectos rastreros y voladores, uno que otro armadillo y en general, criaturas de Dios que yo procuro defender de las escopetas nerviosas de algunos insensatos.

Habría que meterse en el corazón de sus “dueños” para conocer el verdadero valor de la tierra, no como posesión, sino como simbiosis.  Tocaría, acaso, sondear sus entresijos para descubrir los frutos del amor que los une a pesar de la contrarreforma agraria que los violentos han impuesto a sangre y fuego.  Pero a juzgar por las pérfidas matemáticas financieras, esas pequeñeces no suelen sumar en las cuentas oficiales para efectos de expropiar, o al momento de indemnizar a las víctimas del despojo.

Sin embargo, para mi corazón, ese terruño –que no me pertenece, sino al que pertenezco, como ya dije- tiene un valor infinito, difícil de tasar para efectos del impuesto al patrimonio o del autoavalúo predial. Ahí le dejo ese trompo en l`uña, señor director del Catastro.

Atentamente,

Juan Crisóstomo Gómez

Foto de H. Darío Gómez A. Finca "Domus Angeli", Saboyá, Boyacá

miércoles, 16 de marzo de 2011

Reconciliación

Doña Ku es una hermosa dama mexicana -en cuerpo y alma- que se ha dedicado a compartir la esperanza en el ciberespacio a través de sus buenas letras.  De otra parte, algunos visitantes de este humilde espacio consideran que el humor de mis escritos es con frecuencia negro o pesimista; aunque, haciendo una autocrítica retrospectiva, debo conceder a mi favor que en la mayoría de las entradas publicadas subyace la esperanza. Pero esa esperanza, acaso más valiosa, del que está al borde del abismo y que, pese a la adversidad, no renuncia a su empeño ni a sus sueños; del que asume con valentía su lucha contra el absurdo allí donde otros abdicaron al privilegio de ser humanos. De esa estirpe de esperanzados es doña Ku. Si bien mi entrañable amiga mexicana -individualmente considerada- no está hoy al borde del abismo, si ha tenido a lo largo de su vida experiencias difíciles que no lograron minar su esforzada determinación. De allí emana la autoridad de su mensaje de esperanza y reconciliación -que me permito transcribir más adelante- cuya vigencia es indiscutible, ya que la vida en la Tierra –incluida la raza humana, es evidente- está al borde del abismo por la avaricia, insensatez, miopía y falta de solidaridad de unos cuantos países y corporaciones transnacionales, sin que nuestra responsabilidad individual sea menor, por la abulia, ignorancia y desinterés que nos caracterizan, frente a lo universal y verdaderamente importante. ¡Y después no digan que no se les dijo!




“¡RECONCILIÉMONOS!

Desde aquí, desde mi casa, La casa de doña Ku, hago un llamado a todos a la RECONCILIACIÓN.

Es necesario que desde cada casa, cada institución, cada iglesia, cada centro de estudios, se luche por abolir la VIOLENCIA y EL ODIO.

No es posible que, aparte de que el mundo se esté cayendo a pedazos, todavía nos estemos matando entre nosotros.

Los medios de comunicación transmiten a diario escenas de violencia sin límite: disparos de miles de armas y gente cayendo herida o muerta. Bombas poderosas que acaban con edificios enteros; muerte, muerte, muerte y destrucción por doquier. Y en pequeña escala (pero no menos mortífera), teleseries donde se trasmite odio, envidia y desmedidas ansias de poder, incitación a las drogas por medio de sutiles anuncios, incitación a desechar a los feos y empoderar a los bellos, en dar paso a lo que tienen y detener a los que carecen de medios económicos.

Es necesario cambiar nuestra mentalidad, de ponerle un alto a tanta insensatez. Si queremos, lo podemos hacer, tenemos que poner el ejemplo siendo tolerantes y no discriminando, desechando la violencia, trasmitiendo a los nuestros AMOR y siendo PACIFICADORES.

Si nos amamos, amaremos también a la naturaleza, pues el desamor que le hemos mostrado, es una de la principales causas por las que están sucediendo todas estas catástrofes que está sufriendo la tierra.

Es tiempo de dolernos de nuestros semejantes y de la naturaleza, de demostrar que somos seres humanos, no fieras hambrientas de poder, creo sinceramente que es la única manera de detener la hecatombe. Pero si esto no fuera posible, al menos tendríamos la dicha de ver una humanidad reconciliada.”
DK

 Foto de H. Darío Gómez A. Paisaje de Boyacá, Paso del Angel, feb 2011

lunes, 14 de marzo de 2011

Guía zurda de Bogotá XI



El Café San Moritz: con setenta años y gozando de cabal salud

(2.007)

Sólo Dios sabe como fui a parar a ese nostálgico lugar. Acaso fue por una azarosa desviación en mi rumbo habitual hacia las librerías de viejo del centro. Lo cierto es que merced a una apremiante necesidad fisiológica me apercibí de que, el Café “San Moritz”, fundado por un alemán en 1.937, está cumpliendo setenta años. Pese a que, como dicen sus clientes habituales, “una gran ventaja del San Moritz es que el servicio sanitario para aguas menores es gratis”, a uno siempre le da pena usarlo sin consumir nada. Conque después de aliviar mi apuro pedí un café excelente, de esos que sólo una cafetera italiana de la mitad del siglo veinte puede preparar.

Pero antes de continuar con la crónica, es menester hacer una precisión geográfica: el Café “San Moritz” no queda en los Alpes Suizos. Está ubicado en la calle diez y seis, ganando ya la carrera octava de nuestra querida Bogotá, entre sórdida y bohemia. No está rodeado de tiendas exclusivas tipo Versace, Bulgari o Cartier, como la ciudad helvética que le prestó su nombre, pero si de libreros veteranos que hubieran inspirado al maestro Nietzsche cuando pasó algunos años de su vida en el Saint Moritz original.

Es preciso cruzar un zaguán para entrar al café. Se diría que más que un zaguán es un túnel del tiempo: uno entra, digamos, un diez de septiembre de 2007, y al cruzarlo se encuentra parado cincuenta años atrás. Las sillas, las mesas y los cuadros nos dan indicios del paso inclemente de Saturno. Sin embargo la cafetera ¡ese dragón domado! sigue teniendo la imponencia del tablero de mandos de un Chevrolet Bel Air modelo 57. Presiden la estancia un retrato del Caudillo del Pueblo (Jorge Eliécer Gaitán), otro de la Diosa Temis y el escudo oficial del café con una fecha inscrita -1937- que seguramente su buen fundador europeo mandó diseñar para descreste de la clientela más exclusiva de otros tiempos. Todo lo anterior aderezado con un gran espejo rectangular que duplica las penas y alegrías de los concurrentes.

Pero lo mejor del café San Moritz -y lo que determina la calidad de su clientela- es la música. Allí sólo hay espacio para el bolero, la música porteña -que no se limita al tango, sino que incluye milonga, fox trot y vals-, una que otra balada y, claro está, algunas rancheras selectas.

Ciertamente ya no se reúnen en sus aposentos los políticos e intelectuales de otras épocas, pero aun se escuchan en sus mesas conversaciones inteligentes y diatribas al gobierno de turno. Se ven allí –todavía- algunos hombres taciturnos al mejor estilo de Rick Blaine -el de “Casablanca”, interpretado por Humphrey Bogart-, y cantantes de ocasión. Las mujeres son más bien escasas, pero eso no parece importar mucho en este espacio propicio para la dialéctica aficionada.

Los meseros de blusa azul sustituyeron hace más de un rato a las muchachas vaporosas, mas su cordialidad desinteresada compensa en algo lo irreemplazable. Ellos conocen por su nombre a la mayoría de los clientes, así como sus preferencias en materia musical y etílica. Suficiente deferencia para una clientela poco exigente. Por eso el café “San Moritz” no está condenado a morir como creen algunos, y seguirá viviendo muchos años para solaz de los bohemios del centro de Bogotá, chapados a la antigua, todavía más cuando el presente año está cumpliendo apenas setenta años de edad, como vine a caer en la cuenta, merced a esa circunstancia tan prosaica que mencioné al principio y gracias a que, como se dice por ahí, “en el San Moritz, las orinadas son gratis”.

miércoles, 9 de marzo de 2011

Buzón de correspondencia devuelta III


“No hiléis memorias tristes
en este aposento oscuro
que cual gusano de seda
morireis en el capullo.”

Góngora, 1.582

Hay cartas que nunca se escribieron, cartas que nunca se enviaron y cartas que nunca llegaron. Hay asimismo cartas que nunca se leyeron, cartas ficticias con motivaciones reales y cartas reales con motivaciones ficticias, epístolas, en fin, que retornaron, después de un periplo por la imaginación afiebrada del peatón, al buzón de correspondencia devuelta.

Don Casimiro:

Salvo mejor cuenta de su memoria, usted y yo coincidimos hace cinco años en un hotelito para viajeros de la ciudad de Barranquilla. Yo regresaba a mi habitación al final de un día caluroso y frustrante -después de haberme estrellado inutilmente contra las paredes impenetrables de la burocracia local-, cuando usted me abordó en el pasillo del tercer piso. Eran casi las nueve de la noche, y por supuesto me sorprendió su insólita presencia, más aún al mencionar que me estaba esperando desde hacía un buen rato. Dado que yo no lo conocía, me pregunté qué asunto tan apremiante podría tener usted conmigo para imponerse tal molestia. Me dijo que necesitaba pedirme un favor, pero que antes era necesario darme a conocer su circunstancia. Se presentó como Casimiro Tamayo, mencionó que era diabético e insulinodependiente, y acto seguido comenzó a relatarme intimidades de su historia clínica, como si yo fuera un pariente cercano y no un perfecto desconocido. Me contó que hacía unos meses había convulsionado mientras dormía, despertando luego en la unidad de cuidados intensivos de un hospital. Refirió también, que de no haber estado su esposa al lado suyo para asistirlo y pedir ayuda médica oportuna, no me estaría contando el cuento. Me confesó asimismo que después del incidente su médico le había prohibido viajar sin la compañía de una persona idónea.

El favor en cuestión, consistía en que yo dejara entreabierta la puerta de mi habitación –ubicada frente a la suya al final del pasillo-, y usted a su vez haría lo propio, para que, en caso de sufrir un coma diabético durante el sueño, yo alcanzara a escuchar sus convulsiones y pudiera solicitar ayuda especializada con urgencia. Me aclaró igualmente que, para mi tranquilidad, usted tenía controlada su dosis de insulina, de modo que no le pasaría nada durante la noche y, en tal virtud, el asunto se limitaba a una previsión exagerada de su médico. Yo acepté brindarle la ayuda que me pedía, pues su semblante de anciano venerable me hizo descartar una posible treta que pudiese poner en peligro mi integridad. Aunque nunca se sabe… No obstante, dejé entrabierta mi puerta con la cadenilla de seguridad puesta, como candorosa e inútil medida de precaución.

Desde luego usted no convulsionó esa noche; es más, ni siquiera emitió un ronquido. Los únicos ruidos que provenían de su habitación consistían en el chirrido de su cama cada vez que -conjeturaba yo- usted cambiaba de posición mientras dormía. En cambio yo no pude reposar durante esa noche. Soy celoso con mis compromisos, de manera que no me habría perdonado si algo le hubiera sucedido a causa de mi incumplimiento. No me malinterprete; no es un reclamo. Al contrario, le agradezco la oportunidad de esa vigilia contractual que fue tan propicia para la reflexión.

Boca arriba en mi cama, mientras escuchaba como chirriaban los fierros de su lecho, me preguntaba, y perdóneme la franqueza: ¿le temía usted tanto a la muerte como para humillarse contándole sus intimidades a un extraño?; ¿acaso usted, sin decírlo, pensaba como la Madre Teresa, que la vida es un deber y debía cumplirlo a toda costa?; ¿qué motivo tan fuerte indujo a un hombre anciano y enfermo como usted a viajar solo, poniendo en peligro su vida, dejándola a merced de un sujeto ignoto que podría aprovechar su vulnerabilidad manifiesta, pongamos por caso, para asesinarlo y robar sus pertenencias impunemente?; ¿qué negocio tan importante e inaplazable debía despachar en Barranquilla en tales circunstancias?.

Después comencé a discurrir sobre mi vida. Sin que se lo propusiera, usted me obligó a realizar un retiro espiritual forzoso, un balance consolidado de mi existencia con corte a las cinco de la mañana de un día indeterminado de marzo de 2006. Y es que una habitación de hotel para viajantes de comercio y funcionarios de mediano calibre se asemeja a la celda de un cartujo: una cama limpia, la mesita de noche con lámpara, el escritorio con su silla, y un baño higiénico y bien dispuesto son suficientes para imprimirle a la estancia un ambiente conventual. Ciertamente un televisor no se asimila a un crucifijo; pero algo va de Pedro a Pablo.

Lo cierto es que me adentré en mis recuerdos, como en una galería de sombras que fueron apareciendo en sucesión cronológica: la señorita Lucila pegándome con su férula en la palma de la mano izquierda para arrancarme de raíz el lado siniestro; una flota de carritos de “matchbox”; mi madre con un tanque de oxígeno y una transfusión diaria de sangre; sor Rosario, la monja más hermosa del universo, que cuidaba a mi madre en las noches y de quien me enamoré a los nueve años; un taxi yendo a Buenaventura para conocer el mar; llorando hacia el colegio; la bicicleta azul de mi hermano -que me dejé robar estúpidamente-; el aroma de una lámina del album de chocolatinas "Jet" escondida en las páginas de un libro; un perro chandoso que me esperaba a la salida del colegio; “el Principito” de Saint-Exuperí; mi encuentro con Camus, el espíritu más grande que he conocido; Dostoievski, Kafka, Rulfo, Kundera, Homero, León Felipe, Borges, Monsivais, Italo Calvino, Dante, la Biblia, Cervantes, Arreola, Germán Espinosa, el poeta Vidales, Shakespeare, León de Greiff, Cortázar, X-504; el cigarrillo “pielroja”, el jazz en el cuarto de estudio, el basquetbol; quinto de bachillerato perdido para siempre, el adoctrinamiento clandestino, Marx y los hermanos ídem, el amor imposible, la lucha por el cambio de estructuras, la causa perdida, mis poemas secretos sometidos a la rima traidora, el sueño enjaulado como un jaguar, el equilibrio en el espacio detenido, el cartón inútil de letrado, otra vez el amor, mi muchacha eterna, el empleo de ocho a seis, el corazón en vilo, la bendición de los hijos, el aleteo esquivo de la fortuna, la casa y el carro, la vaca y la beca; la ilusión del bosque infinito y esa costumbre inveterada de abrazar los árboles; el rostro de mi padre cuando me miro al espejo y el mío cuando veo a mis hijos, en fin, la vida en un relámpago de insomnio.

Amaneció, y el globo terráqueo continuó con su tozuda manía de girar sobre sí mismo. Al igual que usted. Cuando a las seis de la mañana me asomé a su habitación para verificar su estado de salud, estaba cerrada la puerta, pero alcancé a escuchar el ruido de la ducha; un buen indicio. Suspiré con tranquilidad. Ambos habíamos sobrevivido: usted a la “pelona” y yo a su encargo vital. Sólo Dios sabe que me alegré sinceramente por su integridad. Tengo la impresión de que usted también sobrevivió a esa misión tan importante que lo llevó a Barranquilla contra todo pronóstico. Habría sido muy injusto que usted no hubiera logrado su objetivo, cualquiera que fuera.

No era más lo que tenía que decirle, don Casimiro, conque me despido con mis mejores votos porque mejore su estado de salud, si es que aún habita este vecindario tan contaminado.

Atentamente,

Juan Crisóstomo Gómez

(foto de H.Darío Gómez A.)

lunes, 7 de marzo de 2011

Todo por ellas, nada sin ellas


Para todas ellas. (8 de marzo)


¿Que fueron la causa
de nuestra expulsión del paraíso?,
lo dudo.
¿Que somos apenas
una extensión de su vientre frutal?,
estoy seguro.

Difícil hallar en el mundo
tanta generosidad,
mayor inteligencia,
inminente poder,
paradójica vulnerabilidad,
insuperable hermosura.

Ellas se trajeron el edén
puesto encima el día del desalojo.
Y también el abismo, por si acaso.
Pero nosotros, miopes inveterados y estultos,
continuamos buscando entre las sombras
la Arcadia perdida.

Foto de H. Darío Gómez, septiembre de 2010

viernes, 4 de marzo de 2011

Sin brújula por los cafetines de la novena


Bogotá está ubicada 2.600 metros más cerca de las estrellas según reza el eslogan de las guías turísticas. Treinta escalones más abajo está el subfondo: en el sótano de la bolera de San Francisco y en los bajos de los cafetines cercanos a la Avenida Jiménez con novena que constituyen el ágora de nuestro subsuelo.

Sobre estos últimos vale la pena mencionar que son, a mi juicio, herederos de los establecimientos “non sanctos” de la primera mitad del siglo pasado. En efecto, muy cerca de allí, en la carrera octava entre calles once y doce quedaba la “calle de Florián”, sitio de perdición que inspiró a más de un vate de cafetín, -generalmente estudiante de provincia-, para escribir sonetos cursis como el que aparece más adelante, cuyo autor original desconozco, pero que recitó mi pariente y amigo Rodrigo Peláez en una reunión familiar –ambos estábamos a la sazón con más de un aguardiente encima-, y he intentado reconstruir en mi memoria nada confiable.

En circunstancias como la mencionada, cobra sentido la máxima que sostiene que “la creación literaria es una mezcla de olvidos y recuerdos”. Yo sólo alcancé a registrar en la sesera que el poema -escuchado entre sueños y media noche, aparentemente de un payanés- relata la historia de un sujeto perdido en la calle de Florián que se encuentra con una muchacha del lugar -a quien le manifiesta hallarse perdido- y ella le responde con sorna que se encuentra en la "misma" circunstancia. Yo no acaté a copiar el texto, y como es probable que pasen varios años antes de reunirme nuevamente con Rodrigo, resolví escribir este soneto a partir de mis recuerdos, utilizando, eso si, la estructura de versos endecasílabos en dos cuartetos y dos tercetos con todo y sus rimas, como mandan los cánones, así:


Perdido en Florián


Caminando por la calle de Florián
sin darme cuenta me encontré perdido.
A preguntar me asomé a un bar florido,
cómo llegar a mi casa sin afán.


Una doncella me atendió en el zaguán,
henchidos sus pechos a mi pedido;
me dijo, señor, si usted se ha perdido,
yo hace más de un rato me perdí en Florián.


Flor perfumada que mostró su brillo
en la mitad de la noche ruidosa;
quiso el albur fuera mi lazarillo,


esa muchacha, dulce, vanidosa.
Ya no me afana llegar al castillo,
prefiero su compañía peligrosa.


Y es que en los cafetines de la novena aún existen las coperas, especie en peligro de extinción que fue descrita por el insuperable cronista Felipe González Toledo. Estas muchachas, al igual que los curas, son psiquiatras de pobres. Pero ellas, a diferencia de los confesores, lo escuchan a uno a cambio de una copa, sin juzgamiento, ni imposición de penitencias irredimibles.

La Gran Española, el Gran París, el Pentágono, Don Pepe, el Viejo Alemán, son apenas unos avisos grandilocuentes y de mal gusto que nadie se detiene a mirar. Los peatones “de bien”, las personas graves y trascendentes que circulan camino a la Cámara de Comercio, pasan frente a los zaguanes sin respirar el aliento tibio de los locales, mezcla de flores mustias, cigarrillo y café. Nadie se imagina que en el seno de esas grutas adormecidas también palpita la ternura. Pero esa es otra historia que iremos desgranando como una mazorca, en futuras entregas.

El canario que descubrió que los trinos en twitter eran lo suyo

(Créditos foto: www.flickr.com) “A la abeja semejante, para que cause placer, el epigrama ha de ser pequeño, ágil, pica...