viernes, 29 de julio de 2011

Pasaje redondo (cuento) pseudo odisea por entregas, (V) penúltima entrega




MAESTRO DEL REBUSQUE

"Viajamos para cambiar, no de lugar, sino de ideas"
Hipólito Taine


La mañana avanzaba con un sol inexorable que penetró nuestra ventana obligando a Uriel a restregarse los ojos.

- Pues si - continuó -,  ese trabajo de valet parking me duró sólo tres meses hasta que me pillaron abriendo el reloj de control horario, usted sabe, para ponchar más horas y cobrar over time.    Después de eso, como estaba sin trabajo y sin hablar ni jota de inglés, me fui un día a un hospital por Kendall Drive donde necesitaban gente para hacer experimentos médicos o farmacéuticos, qué sé yo.  El aviso de prensa decía que requerían personas con trastornos depresivos  de la personalidad para administrarles un medicamento experimental durante varios días de hospitalización,  y que recompensarían a los voluntarios a razón de ciento cincuenta dólares por día. Yo no sé qué será esa mierda de trastorno de la personalidad, pero si sé que vivo con depresión permanente por esta soledad tan hijuemadre y por la falta de mi familia. De modo que acudí a lo del aviso, me contrataron, conque estuve una semana hospitalizado como un zombi. Claro que  antes de dejarme tocar un pelo tuve la previsión de pedirle a la enfermera, una cubana hermosísima, que si me moría en el experimento vendiera mi cadáver a un escultor loco que por esos días tenía en Miami una exposición de cadáveres de Chinos embalsamados y que, hecho el negocio, le enviara la plata a mi mamá en Colombia, que no a mi esposa porque, para que otro disfrute la plata del difunto, tiempo sobra...

Uriel se refería seguramente a la exposición “Bodies” que tuve la oportunidad de conocer recién llegado a Miami en una galería de Sunset Street.  Pensé que su disposición testamentaria además de ser algo estrafalaria no hubiera tenido mucha acogida, pues el cuerpo seboso de Uriel no se prestaba para embalsamar tan apropiadamente como los cuerpos magros  de los orientales expuestos. Además, incluso después de muertos nuestros cuerpos tienen diferencias de clase, más aun si se trata de exposiciones artísticas o facultades de medicina:  están los de primera clase que son los de personas jóvenes con huesos fuertes y todas las piezas dentales en el cráneo y el maxilar; y los de segunda, o sea el resto. Es decir, como el de Uriel o incluso el mío.  En Colombia, sin embargo, el precio de los cadáveres es muy reducido. Si la vida vale poco, la muerte vale menos -“todo no vale nada, si el resto vale menos”, dice el poeta De Greiff-. Recuerdo que hace unos años el administrador de la morgue de una facultad de medicina en Barranquilla vendía  cadáveres a los estudiantes, a  cien dólares el "muñeco", cuerpos que preparaba para el aprendizaje anatómico de  manera macabra, como quiera que su mercancía  tenía el defecto de estar viva antes del proceso, de suerte que era menester  matarla primero a palos o pasarla a cuchillo, a elección del embalsamador.  Pero volvamos a Uriel. En efecto, su voluntad mortis causa respecto al propio cadáver resultaba harto candorosa.

- Sí, mano, en esas estuve también. No me morí por las dosis experimentales, pero  desde entonces sufro de hemorragias nasales, temblores  y dolores de cabeza que me atacan a mansalva por la noche; pero lo peor de todo, mano, es que sigo en la inmunda, igual de jodido.  Si, mano, lo triste del cuento es no tener con quien hablar.  Cómo le parece que un día estaba tan deprimido que le envié una carta al Padre Alberto. Si, el de la televisión. Por aquí la debo tener, aguarde tantico.

El hombre sacó de su billetera un recorte de periódico doblado y grasiento, al parecer de un diario local, que me obligó a leer en voz alta, como queriendo escuchar el eco de su yo interior:

“Padre Alberto:

Dejar el terruño es cosa muy triste, pero abandonarlo dejando mujer e hijos atrás es aún mas duro; es insoportable. Como verá soy un colombiano que tuvo que salir de su patria a buscar oportunidades, pero acá la soledad es  tan brava que mi corazón se marchitó obligándome a pecar, así que me junté con una muchacha cubana que es auxiliar de enfermería, a quién  aprendí  a querer honestamente. 

El asunto es que un día llegué borracho a la casa y le pegué porque ella había invitado a unos compañeros de trabajo. A mí no me gusta que ningún hombre entre a la casa donde vivo con mi mujer. Entonces ella, ofendida, me echó de su casa.  Como yo no me quería ir, amenazó con denunciarme con la migra y ahí si que le pegué más duro.  Estoy arrepentido por haberla maltratado y quiero volver con ella; pero hace más de un mes no me aparezco por la casa pues me da miedo que cumpla su promesa. ¿Qué debo hacer, Padre Alberto?

Atentamente,

LLEVADO DEL BULTO”

He aquí la respuesta del Padre Alberto:

“Apreciado Amigo LLEVADO DEL BULTO:

No sé qué significará la expresión “llevado del Bulto”, mas por el contexto de tu carta imagino que te encuentras bastante deprimido. Y es natural, porque cargas  en tu espalda el bulto del pecado. Lo primero que debo aconsejarte es que termines inmediatamente con esa relación adúltera, porque estás  faltando gravemente contra el sexto mandamiento, y la lejanía de tu esposa legítima no es óbice para darle estricto cumplimiento. Lo segundo, es que ojalá tu arrepentimiento por haber maltratado a la muchacha cubana con la que convivías sea sincero y, en consecuencia, no  vuelvas a herir de palabra ni de obra a ninguna persona.  Finalmente, mi consejo más sabio es que no te aparezcas nunca más donde la muchacha en cuestión ya que, sin lugar a dudas, cumplirá su amenaza y te denunciará ante las autoridades de inmigración. Que Dios te bendiga, hijo.

Atentamente,

PADRE ALBERTO”

-       Y ante eso, ¿que hace uno, mano?, pues hacer de tripas corazón y echar p’adelante – dijo Uriel, y luego continuó. -  a mí no me convenció mucho la respuesta del padre Alberto, de manera que le pedí a un conocido que me pusiera en contacto con un  Santero.  ¿Usted sabe qué es eso?
-        Algo se -, le respondí. Y Uriel continuó.  
-       Acudí, pues,  donde el santero que resultó ser tío de la muchacha con la que vivía.  Él mencionó que mi Orishá predijo que yo me voy a morir en un año, así que el asunto de volver con la muchacha pasó a un segundo plano, y empezamos a trabajar en mi supervivencia, es decir, en cambiar mi sino fatal.  Tuve que ir hasta Homestead a comprar una gallina y llevársela al santero para el sacrificio ritual.  Muchos me previnieron contra la santería: que eso es cosa de herejes, que es pecado, que no sé que más. Pero yo pensé que, como dice el dicho:  “untado un dedo, cagada toda la mano”, o traducido a inglés maicero: “untated one finger, cagated the whole hand”, ¿me entiende?.  Sin embargo la vida tiene sus paradojas, y el tío de la muchacha que yo había maltratado terminó ayudándome a escapar de las autoridades de inmigración, ya que cierto día él tuvo  la visión de un operativo federal y me previno para que no regresara más al trabajo que yo tenía manejando un montacargas cerca al aeropuerto.  Efectivamente allí mismo hubo un operativo donde se llevaron a más de treinta personas en esos malditos buses verdes que, si son así de pérfidos cuando están biches, imagine cómo serán cuando maduren.  Ahora comprenderá porqué desde entonces no hago nada sin consultar a mi “Babalao”. Vea, es que la vida es muy dura. ¿Lo estoy aburriendo?, ¿no?, bueno, como le venía diciendo, a mi me ha tocado muy duro.  Yo he querido salir de Estados Unidos para ir a ver a mi familia en Colombia pero no me atrevo.   Cada vez es más difícil volver a entrar.   Mejor me quedo quieto. -   

Y en efecto, se quedó quieto y callado un buen rato.  No me atreví a interrumpir su  silencio.

TIME IS MONEY

"El que no sale nunca de su tierra está lleno de prejuicios"
Carlo Goldoni

Aquí el tiempo  es oro, mano.  Día que no trabaje, día que no come. Una vez el pastor, sí, el pastor, no se ría, porque también estuve yendo a una iglesia cristiana. Una vez el pastor me dijo que la pobreza es un castigo de Dios a la pereza. De manera que la única forma de obtener la bendición financiera es trabajar mucho y diezmar oportunamente a la iglesia.   

      ¿diezmar?  - interrumpí.
      si, diezmar, ¿porqué la pregunta?
      no, por nada,  - respondí. - es que me sonó raro. - 

Efectivamente la palabra diezmar, que, por supuesto es castiza, me quedó sonando en el cerebro como algo parecido a mermar, claro está, desde el punto de vista del exiguo presupuesto de quién diezma.  Me avergoncé de mí mismo por estos pensamientos tan fútiles frente a la historia de vida de un sujeto, que, pese a su aspecto atrabiliario de chofer de bus bogotano, mostraba una inocencia cercana al desamparo.  El tipo me estaba abriendo su corazón, y yo, en cambio,  mostraba desinterés por su angustia y una curiosidad insana  por escuchar las caídas de este sujeto tan proclive a la fatalidad como un piloto de pruebas de la NASA. Me sentí entonces  como un   voyerista cínico que se solaza con las angustias ajenas. Sin embargo me quise justificar -sin lograrlo- diciéndome que no soy nadie para aconsejar a un insensato condenado irremediablemente a la ruina. Me resultaba más cómodo limitarme a observar  desde lejos su pequeña tragedia, como hacía aquel personaje de la “ventana indiscreta”, una película que realizó Alfred Hitchcock por allá en 1.954, si  mal no recuerdo.

Afuera continuaba el sol cumpliendo patrióticamente con su oficio de alumbrar la ciudad de las tiendas y de la felicidad sobre cuatro ruedas. Una  mujer como salida de un cuadro de Botticelli entró al establecimiento cargada de paquetes haciendo notar su belleza inalcanzable  y mostrando la cantidad  de cosas que el dinero puede comprar.  Pensé que Uriel haría algún comentario procáz acerca de la mujer en cuestión, pero se limitó a decir, señalándola:

-     vea, mano, con todo eso,  ¿quién no puede ser feliz?, pero para tener "eso" se necesita billete, se requieren hartas lechugas de a cien, y, claro, pagar el diezmo al pastor; pactar con él, como le dije antes; si no, pierde la bendición financiera. Para conseguirse una hembrita como esa toca “camellar” doce horas diarias durante cinco años, a siete dólares la hora…. Calcule…. Time is money.
-       Sí, el tiempo es oro, - dije, y siguiendo su razonamiento, agregué: - por eso  no es lícito usarlo para otra cosa que no sea producir más oro, que, a su vez,  como un Midas cronométrico, disuelve nuestras vidas en segmentos de a siete dólares la hora.
-       ¿Qué?, no le entiendo un culo, usted habla muy raro.  – me dijo.
-       No me haga caso,  la mayoría de las veces yo tampoco  me entiendo. -  contesté.
-       Pero levantar billete acá siendo ilegal no es tan fácil, mano, ni siquiera trabajando over time. Por eso es tan importante tener el social security.  Yo he intentado conseguirlo torcido,  pero eso es muy jodido.   Recién llegado a Miami traté con unos dominicanos malencarados que me recogieron en una camioneta sin ventanas, me  vendaron los ojos y me llevaron a pasear durante una hora, hasta que llegamos a una bodega  en ruinas donde me tomaron una foto para luego dejarme botado en Little Haiti, creo, en todo caso muy cerca de Liberty City.  Me quitaron quinientos dólares y me dijeron que ellos me entregarían la tarjeta del social después de tres días.  Hasta el sol de hoy, no los he vuelto a ver.  
-       Menos mal, -  le dije,-  que peligro tener trato con sujetos así. Agradezca que no le paso nada en Little Haiti.
-       Es cierto, mano, North Miami es otra cosa, -continuó Uriel, - los barrios por allá son lóbregos aún en los días soleados. Pareciera que en sus calles estuviera proscrita la alegría. No es como en Bay Side, Coconut Grove, Miami Beach, o Coral Gables donde no se admite la fealdad. Todo es aséptico y ordenado: la gente es bonita, no suda  y huele bien; tanto, que uno siente  algo de vergüenza al pasar  a su lado.  Es como si uno estuviera colado en el paraíso.
-       Colado en el paraíso… – Repetí.

Desde luego  nunca me había hecho esa reflexión, menos aun cuando había tenido la oportunidad de conocer esos lugares como turista con alguna capacidad de gasto.  Entonces sentí más que nunca el peso de mi condición de individuo de clase acomodada pero vergonzante, obligado por las circunstancias a convertirme en trabajador raso, y a desempeñar labores que, a la luz de mis estúpidos prejuicios de clase, son para “otra clase de gente”.   A continuación Uriel sentenció:

– Yo creo que mi futuro está en Canadá, mano, acá ya cumplí mi ciclo, ¿sabe?, no tengo social security ni licencia de conducir. En cualquier momento me para un officer y hasta luego, "mortus est" el guache, como decía el padre Numael de Floridablanca.  Si, mano, yo también sé palabras raras como usted, no vaya a creer que porque el indio es pobre la maleta es de hojas.  Vea, mano, en verdad estoy cansado de hacer equilibrio en la cuerda floja.  Mas temprano que tarde me iré a Canadá para seguir luchando.-   

El hombre se volvió a quedar callado mirando fijamente el vaso de cartón encerado sobre la mesa. Después me preguntó con incredulidad justificada:

-       entonces, que, rolo, ¿nos vemos mañana a las cinco de la mañana en el “Winn Dixie” para lo de la limpieza?
-       seeemmm, - le respondí a secas.  

Uriel se levantó de la mesa, agarró otra manotada de bolsitas  de salsa  "pico de gallo" que metió luego en su chaqueta, y salió del establecimiento silbando una melodía irreconocible, tal vez una guaracha.  Instintivamente volví a palpar el bolsillo del pantalón para verificar la presencia de mi pasaje de regreso y del pasaporte con la I-94.  Me sentí estúpido llevando conmigo tales documentos, corriendo el riesgo innecesario de extraviarlos o echarlos a perder.  Era como si me resistiera a  cortar el cordón umbilical que me unía a una madre, desnaturalizada, si se quiere, pero madre al fin y al cabo.

(continuará en la próxima entrega, que será la final)

Créditos foto: Daveo, www.morguefile.com

lunes, 25 de julio de 2011

Los puntos susp......versivos


En el reino de las líneas, los puntos eran vistos con desconfianza. Y era natural, pues las líneas, siempre organizadas como una sucesión continua, grave y trascendente de puntos en una sola dirección inexorable no podían tolerar que existiesen puntos fuera de control. De manera que en la patria lineal, los diferentes puntos de vista eran inaceptables, ya que pecaban contra la homogeneidad y perfección de las líneas de conducta. Otro tanto sucedía con los puntos de reunión que eran considerados subversivos, más aún cuando se pasaban de la raya, (que es de la misma estirpe de la línea, sólo que con funciones policivas para delimitar las propiedades, las fronteras y los comportamientos inapropiados). Tampoco era lícito coincidir en algunos puntos con los puntos excluidos del debate; y estaban proscritos los puntos de fuga, a los que se aplicaba con frecuencia la ley del mismo nombre.

Se trazaban lineamientos para fijar el destino inmutable de los puntos que renunciaban a su individualidad para someterse a la seguridad y estabilidad que les brindaba la línea del establecimiento, de modo que estaba expresamente prohibido poner los puntos sobre las íes o ir directamente al punto. Entretanto se amaestraban los puntos suspensivos para que aprendieran a juntarse estrechamente en la misma dirección hasta formar una línea sin discernimiento; y a todo aquel que no accediera, le ponían punto final.

Pero estaban también los puntos de encuentro a donde acudían clandestinamente los puntos de apoyo que eran los más puntuales y solidarios; las que estaban en su punto, y las más dulces que estaban a punto de caramelo. Llegaban de uno en uno y a veces de dos en dos puntos: acudían asimismo los puntos de merengue, los más delicados; y también los puntos de partida de la mano de los puntos de referencia, los más orientados; y el punto y coma, coma que coma, alias el gordo, por más señas. Y eran tantos los puntos reunidos desordenadamente, a tal punto que, punto por punto, formaron una pelota gigante con la que metieron un gol en el rectángulo perfecto, inmutable, grave y trascendente formado por las líneas de acción, que al final no pudieron atajar una avanzada tan puntual.

Créditos de la foto: www.morguefile.com


Nota: Tuve la oportunidad de escuchar hace poco, en boca de un cuentero, un excelente relato llamado PUNTOS & CIA. del escritor J. Castaño, escrito hacia 1.987 según refirió el narrador. Sorprendentemente, el mío, escrito mucho después que el de Castaño (que yo desconocía completamente), tiene algunas (muy pocas) coincidencias con el de aquel, aunque los enfoques de los dos cuentos son completamente diferentes. Pero es que el tema de los puntos se presta para un encantador juego de palabras, que ambos encontramos en diferentes filones: el mío por el lado de las líneas de conducta; el de aquel, por el lado de la industria de los puntos.

jueves, 21 de julio de 2011

Pasaje redondo (cuento) pseudo odisea por entregas, (IV) cuarta entrega


MALABARISTA

"Los viajes son los viajeros. Lo que vemos no es lo que vemos sino lo que somos"
F. Pessoa

Pero no, maestro, -continuó diciendo Uriel con rencor: -a diferencia suya, a mí me tocó entrar por la puerta falsa, por la frontera con México, y viera los malabares que he tenido que hacer para mantenerme en la cuerda floja. Cuando llegué a Miami, el primer trabajo que tuve fue de Valet Parking en un Club de Yates. Entré a reemplazar a un man que se enfermó, y por la urgencia que tenían de llenar la vacante no me pidieron el social security. Hubo suerte en ese tiro... Eso si era una dicha ver la cantidad de carros lujosos que uno tenía que manejar. Tuve entre mis manos callosas de plomero Jaguares, Maseratis, Ferraris, Bentleys, Rolls royces, si mano, Rolls royce, como lo oye, una vez manejé uno modelo “Phantom” de un millón de dólares, que no es precisamente una tina de baño. Mejor dicho, ese carro valía más que el presupuesto anual de Floridablanca, mi pueblo; que tal…, y encima el hijuemadre dueño del carro ese me dio sólo un dólar. ¡Un dólar de tip!, ¿se imagina?. ¡que hijuetip!. Ahí están pintados esos avaros de porquería que se sientan a comerciar sus armas y sus drogas durante el almuerzo, por el que pagan quinientos dólares sin chistar, y se imaginan que uno se alimenta sólo con el humo de sus habanos …… mal rayo los parta. Pero no todo fue malo en ese trabajo, mano, allí también se veían hembras muy lindas, y yo con esta pinta de latin lover… les picaba el ojo y tal, hasta que alguna zorra de esas me echó al agua con el manager, y entonces me cambiaron de puerta. Pues sí, mano, resultó que yo no era tan pinta como pensaba, y me pasó lo mismo que a Jon Voight en Midnight Cowboy, esa película sobre dos tipos llevados del bulto en New York que la pasaron muy mal, ¿se acuerda?, ¿no?, bueno, problema suyo. Pero en todo caso, así, bajito, medio gordito y todo como me ve, me levanté una cuchibarbie rebuena, mano. Llegó en un BMW convertible a Morton`s, en Brickell Avenue, donde yo hacía valet parking. Tenía un escote delicioso y una minifalda que me enseñó, al bajarse del carro, todo lo que es posible conocer bajo el sol. Cuando ella vio la cara de idiota que yo debía tener, me entregó las llaves y me picó el ojo con una sonrisita socarrona que me hizo sentir como un adolescente. Esa mujer era la antología universal de la carne, usted sabe …… –

Su discurso fluía como un torrente de savia y hiel, como una tormenta de hormonas y rencor que me hizo recordar uno de esos párrafos irreverentes de Charles Bukowsky. Mientras escuchaba su descripción de la mujer, (a la que sin duda despreciaba y deseaba al mismo tiempo), imaginaba su aroma de hembra espléndida, adornada con esa voluptuosidad imperfecta de fruta en sazón que tienen las cuarentonas y dueña de la belleza sosegada que sólo dan los años vividos con holgura.

- Si, me imagino – dije en tono despistado.
- ¿No se va a comer los nachos?, - preguntó Uriel - entonces démelos, porque mi caso es de hambre -agregó anticipándose a mi contestación.
- Y el mío de sed, - le respondí.
- Pues cómprese una soda, yo lo convidé no más que a los nachos.
- Sí, está bien, compraré una Sprite, y usted, ¿quiere tomar algo?
- Otra Sprite, regalado recibo hasta un purgante -sentenció el hombre.

(continuará en la próxima entrada)

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créditos foto: Columbia 114, www.morguefile.com

miércoles, 13 de julio de 2011

Pequeñas narraciones intrascendentes XVII

CAJÓN COMUNITARIO



El peatón cuenta que…

Se preguntaba por estos días el maestro Lisandro Duque (El Espectador, Domingo 9 de julio de 2011), si los ataúdes de los difuntos destinados a la cremación son realmente sometidos al fuego junto con sus contenidos inertes, o si por el contrario son reciclados antes del horno por los funerarios, asegurando así una ganancia adicional. Su cuestionamiento tanatológico me trajo a la memoria la propuesta políticamente incorrecta de mi abuela Graciela Velásquez, quien pocos días antes de su muerte prematura, a la tierna edad de noventa y cuatro años, propuso comprar un solo ataúd reutilizable por toda la familia en trance de viajar al otro toldo, habida cuenta de la “maduración” del riesgo de muerte –aunque ella no lo mencionó en términos estadístico-actuariales, claro está- de los Velásquez, de los Gómez, de los Mejías y de los Peláez nacidos con anterioridad a 1.920, muy próximos a seguirla; y en consideración a un gasto suntuario destinado inútilmente a las llamas, cuya efímera “vida útil” se prolonga, a lo sumo, por setenta y dos horas comprendidas entre la velación del pasajero temporal, sus honras fúnebres y el horno. Y es que mamá Lelita, contaba mi padre, como buena matrona antioqueña, siempre fue muy práctica, previsora y ahorrativa, de modo que el único de sus hijos que estrenó ropa de niño, aparte de mi tía Liliam, fue mi tío Hernando, el mayor, quedando mi papá -por buen nombre Héctor- y mi tío Octavio, supeditados a heredar los “chiros” arremangados del más grande de los varones. Se entiende, entonces, la naturaleza utilitaria y prosaica, si se quiere, de su idea, más todavía cuando ha subido desmesuradamente el costo de la vida –que valoramos tan poco, sin embargo- y de la muerte.

Lo que parece seguro es que la propuesta indecorosa de mamá Lelita, hecha in artículo mortis, no cayó bien entre sus parientes sobrevivientes, no tanto por su falta de sensatez, como por el hecho, acaso macabro, de que nadie hubiera querido hacerse cargo de guardar en su casa el cajón comunitario hasta que fuera requerido por el siguiente “viajero” de la familia en turno a la eternidad.

De allí vino a resultar que, sin saberlo, mamá Lelita fue gestora y "protomartir" de la idea de las Agencias de Viajes "todo incluido" hacia el destino sin retorno, que hoy conocemos como servicios exequiales “prepagados”. Pero ¡ay!, sutil paradoja, se murió sin poderlos utilizar.

créditos foto: Don Brutalli, www.flickr.com

lunes, 11 de julio de 2011

Pasaje redondo (cuento) pseudo odisea por entregas (III) tercera entrega


OFICIOS VARIOS

“Yo, Beremundo el lelo, surqué todas las rutas y probé todos los mesteres”
León de Greiff (Relato de Beremundo)

Haciendo gala de su instinto protector, mi hermana ya tenía previsto un trabajo para mí. Un conocido de su empleo le había comentado que otro compañero sabía de alguien que necesitaba ayuda para hacer la limpieza de un gran almacén. De suerte que el jueves siguiente, a las cinco de la mañana, acudí por recomendación suya a un supermercado Winn Dixie cercano a Coconut Grove, para realizar labores de aseo. Sin que su intención fuera esa, mi hermana me introdujo en la abúlica experiencia de mirar desde otra perspectiva las grandes tiendas que antes sólo conocía como consumidor. Me presenté a la asistente del gerente, quien me indicó, prácticamente sin mirarme, el sitio donde se encontraban mis útiles de trabajo. Entonces caí en la cuenta de que estaba aterrizando en el verdadero sueño americano. Comprendí sin mayor desconcierto que comenzaba a bucear en el extraño decurso de mi destino.

Con el escobillón que me entregó la muchacha, a manera de nombramiento oficial, comencé a remover la basura de los pasillos. El trapo se deslizaba suavemente entre los estantes de vinos californianos, giraba con fluidez hacia los enlatados de salmón canadiense, zigzagueaba peligrosamente entre las torres de babel hechas con cajas de cereal, se atrevía bajo las neveras repletas de embutidos de Oscar Mayer, y pescaba allí los envases vacíos de los productos que consumen sin pagar los ladrones de poca monta; es decir, algunos de los clientes regulares del almacén. La experiencia higiénica con los baños no mejoró mucho mi percepción del empleo. Sin embargo, al culminar mi labor, ¡qué ironía!, tuve la grata sensación que produce el trabajo bien hecho, y esa rara tranquilidad que se experimenta cuando no se lleva a casa la preocupación por el informe pendiente a la Junta Directiva o el balance que no cuadra.

Como a las ocho y media de la mañana llegó el sujeto que tenía el contrato del aseo y que, en rigor, haría el trabajo conmigo.

– ¿ya terminó? – me preguntó escuetamente. - Tiene que aprender a trabajar más rápido - continuó.

El personaje resultó ser un santandereano rústico, mal vestido y con cara de no haber dormido en varios días.

– Pero se suponía que el trabajo debíamos hacerlo entre los dos – le repliqué sin ocultar mi molestia.

Al verme así, el sujeto cambió el tono, y conciliador me dijo en su pintoresco spanglish:

– Si, mano, perdóneme, pero es que estaba en mi otro partaim haciendo deliveries y ni siquiera he desayunado. Pero tranquilo, no se preocupe que este negocio del aseo es fácil; toca que se esfuerce sólo cuando lo miran las cámaras del supermarket. Primero barre con calma, después lava el piso con la máquina a media marcha, para hacer más tiempo, y finaliza con los baños. No se afane, pues yo tengo conversada a la asistente del manager, que fue novia mía, de modo que usted sólo tiene que ponchar la entrada, después yo llego, poncho la salida y listo. Son cuatro horas que sirven para algo. Time is money-

Así conocí a Uriel. El hombre respondía a la tipología lombrosiana del timador nato. Baja estatura, obesidad moderada, protuberancia en la frente, pómulos salientes, tic nervioso, en fin, todo un personaje digno de estudio socio patológico.

- Venga, lo invito a desayunar, - me dijo.

Acepté la invitación como desagravio, así que entramos a Taco Bell para comer algo. Mientras devorábamos unos nachos con salsa picante él continuó:

- Usted no tiene manos de trabajador; usted como que es un señorito venido a menos ¿verdad?, y para completar, tiene cara de colombiano, de puro rolo bien educado, eso se nota a leguas.

El hombre se levantó, agarró un vaso de cartón encerado que alguien había dejado en la mesa de al lado, y se sirvió una gaseosa del dispensador. Luego tomó una manotada de salsas, un pitillo, volvió a sentarse y me preguntó:

- Y entonces que, mano, es compatriota mío, ¿si o no?

Yo asentí. El tipo continuó comiendo, y mientras lo hacía, me hablaba sin darse cuenta de que la salsa del bocado le chorreaba por la comisura de los labios. O tal vez se daba cuenta pero no le importaba. O quizás lo hacía deliberadamente para fastidiarme, intuyendo que me molestaba su forma de comer.

- Acá si va a sufrir harto señorito……, ¿cómo me dijo que se llama?
- No le he dicho todavía mi nombre. Me llamo Daniel Anzola – Contesté con rabia acumulada.
- Pues mano Daniel, acá si va a tener que trabajar en lo que sea. Hasta ahora le ha tocado fácil, se nota que llegó en avión, con visa de turista y pasaje de regreso, conque si se aburre, se devuelve a Colombia y listo. Así cualquiera, doctorcito.

(continuará en la próxima entrada) 

créditos foto: by Ronnieb, www.morguefile.com

miércoles, 6 de julio de 2011

Pasaje redondo (cuento) pseudo odisea por entregas, (II) segunda entrega



EL ARRIBO
"La cuestión es moverse..."
R:L: Stevenson

Como nadie vino a recogerme al aeropuerto y además andaba escaso de dinero, compartí el taxi con una mujer joven, quizá panameña, que también se dirigía al Doral. Había oscurecido y llovía una barbaridad. Durante el trayecto permanecimos en silencio, mirando como discurría la “Dolphin expressway” bajo una cortina psicodélica de gotas iluminadas por los faros del taxi. No me atreví  a establecer una conversación frívola con la muchacha, pues noté que soportaba sobre sus hombros una carga dolorosa, de la cual no pudo librarse con el viaje. Sin embargo, contrariando mi principio rector de no inmiscuirme en asuntos ajenos le dije, por decir algo, que el tiempo siempre se encarga de corregir los errores del azar. Ella  simplemente me devolvió una sonrisa entre confusa y triste.

No es cierto que el emigrante viaje ligero de equipaje. Va por el mundo con su matalotaje de recuerdos, alegrías, angustias y esperanzas que van a recalar en las playas evanescentes de la incertidumbre. Pensé entonces que resultaba paradójica nuestra entrada al "paraíso" donde, según dicen, ingresan las almas en trance de recibir la felicidad eterna.  Instintivamente palpé mis bolsillos para  constatar la presencia de mi pasaje de regreso. 

Miami no es una ciudad concebida para los peatones.  Tampoco para los temperamentos reflexivos.   Es una hembra sin párpados, extendida en su inmensidad sin prominencias, siempre dispuesta a dejarse poseer por sus habitantes que la llenan con murmullos de motores y de ruedas que producen vértigo a los espíritus elementales. 

Conque al llegar al destino de la muchacha, dividimos la cuenta excesiva de cincuenta dólares, despaché el taxi, e hice mi último tramo a pié.  Caminé algo más de dos millas por Doral Boulevard hasta la casa de mi hermana, cuya ruta conocía, arrastrando mi equipaje bajo una lluvia insulsa que me empapó hasta los tuétanos.  Al llegar, me senté en el pretil de su domicilio a esperar.  Mientras rumiaba la húmeda vigilia vino a mi memoria, no sé por qué, una historia leída de niño en la revista Billiken sobre Alvar Núñez Cabeza de Vaca,  explorador de la Florida, quien perdió a muchos de sus hombres en las fauces de los cocodrilos que se crían en el clima insalubre de los pantanos.  Medio dormido imaginé a los desgraciados impotentes, devorados en la espesura de los everglades. Cuando llegó mi hermana,  las ilustraciones de la Billiken se diluyeron en mi mente, como borradas por la lluvia, y su abrazo insustancial de bienvenida me recordó la levedad del ser.

(continuará en la próxima entrada)

créditos foto: by Piutus, IMG_1207, www.morguefile.com

El canario que descubrió que los trinos en twitter eran lo suyo

(Créditos foto: www.flickr.com) “A la abeja semejante, para que cause placer, el epigrama ha de ser pequeño, ágil, pica...