martes, 29 de noviembre de 2011

Pico y placa para los viejitos madrugadores


ENTRADA POLÍTICAMENTE INCORRECTA

Deberían implantar en Bogotá, de lunes a viernes, el pico y placa para los viejitos. Es decir, prohibir su circulación en las vías y establecimientos públicos (salvo en los parques, bibliotecas, iglesias y plazas donde no habría restricción) en las horas de mayor congestión, como quien dice, entre las seis y las nueve de la mañana; y entre las cinco de la tarde y las ocho de la noche.

Antes de ser sometido al linchamiento virtual por parte de los lectores que se sientan injustamente agredidos con mi modesta y acaso mezquina proposición (fascistoide sólo en teoría), debo aclarar que con cincuenta almanaques cumplidos no estoy lejos de convertirme en un respetable ciudadano de la tercera edad que con gusto se sometería a tal restricción, aplicable de acuerdo al número de la cédula. A los sesenta y cinco años de edad (y en condiciones de dignidad que infortunadamente no todos tienen) un ser humano está en su sagrado derecho de levantarse tarde para no sufrir el frío glacial de la madrugada bogotana, y de recogerse temprano para evitar el sereno pernicioso. Pero no. Todos nuestros queridos adultos mayores, vitales y saludables, son además ultra madrugadores. Tal vez sea un desapego instintivo al sueño por aquellos peligros inherentes a la cama, ya que, como sentenciaba Mark Twain: “muere mucha más gente en la cama que en cualquier parte”.

Lo cierto es que pudiendo hacer cómodamente sus diligencias, pongamos por caso, entre las diez de la mañana y las cuatro de la tarde, prefieren hacerlo a primera hora, de manera que siempre nos preceden en las filas de los bancos, se apañan los primeros turnos de las citas médicas en el seguro social, y agotan, antes de las seis y media de la mañana, todas las ofertas disponibles en los "madrugones" de los supermercados.

Yo mismo he sido víctima de su costumbre impenitente. Para mi bien, el bus que me lleva a la oficina los días sin carro pasa desocupado cerca de mi casa, conque me acomodo en la mejor butaca (o donde me quepan las piernas) y me dispongo a ojear la prensa con ese sutil abandono del lector hedonista. A las dos cuadras sube la primera oleada de estudiantes que ocupa con todos sus bártulos las sillas disponibles, incluso las azules especialmente dispuestas para los pasajeros con prioridad. Quizás para asegurar sus puestos hasta el destino final, los muchachos se sumergen en el autismo de sus audífonos, de modo que cuando comienzan a subir al bus las dulces abuelitas,  de a una por cuadra como en un rosario, evitan establecer contacto visual con ellas para no verse obligados a cederles el puesto (sin reato de conciencia por su falta de cortesía, salvo honrosas excepciones, hay que decirlo). De tal suerte, este ignoto ciudadano de a pie, más por principio moral que por gusto, se ve obligado a ceder su preciado puesto a una viejita o a un abuelo, renunciando además al placer infinito de la lectura. Y todo esto sucede antes de las siete de la mañana, cuando los jubilados debieran estar disfrutando de molicie seductora, como reza el poema, haciendo ejercicios de calistenia o a lo sumo, regando sus flores predilectas.

Por consiguiente, si nos atenemos a la medida ilusoria que propongo, los venerables adultos mayores que sean pillados en la calle antes de las nueve de la mañana, o después de las cinco de la tarde, serán conducidos por la autoridad competente a las bibliotecas, escuelas u hospitales, para que pasen el horario de restricción realizando trabajo social, ya sea como lectores, contando anécdotas, dando consejos (que son tan valiosos e importantes), ayudando a resolver crucigramas, recibiendo la alegría y los abrazos de los niños, consolando a los desesperanzados, o en últimas, renegando contra el gobierno, licencia que tienen bien ganada después de haber trabajado toda una vida para mantenerlo.

(Créditos foto: www.morguefile.com)

viernes, 25 de noviembre de 2011

El oficio ingrato de los caminantes


“La fama no es sino vano ruido y falsedad e impostura, que las más de las veces se gana sin mérito y se pierde sin culpa”
W. Shakespeare


De pocas personas ha huido tanto la fortuna como del caballero andante Lorenzo Boturini Benaduci. Hace unos días encontré en la biblioteca pública Virgilio Barco la biografía de tan ilustre errante, escrita por Giorgio Antei. Ojeando el libro -desde mi perspectiva de caminante inveterado-, no pude menos que solidarizarme con un personaje que recorrió, a física pata, gran parte de Europa occidental y otro tanto de México. En efecto, si nos dan las cuentas, este peregrino profesional caminó más de tres mil kilómetros (sin contar las traslaciones cotidianas), utilizando como único combustible su devoción por la Virgen María: ora de Madrid a Zaragoza para visitar el santuario de Nuestra Señora del Pilar, ora de Veracruz a Guadalupe siguiendo la pista de la Virgen Indígena, a cuya protección se había encomendado para que lo librase de una muerte segura en un aciago naufragio en la costa de Veracruz –en 1736-, como a su juicio, ciertamente lo libró. Y se le fue la vida a este buen caballero italiano intentando probar la historicidad de las apariciones de la virgen guadalupana que le hizo el milagro. Pero fue en vano, según algunos. Sin embargo, en el intento, investigó la cultura y el idioma de los habitantes prehispánicos de México, y conformó un “museo histórico” que llegó a tener un número importante de documentos náhuatl y piezas arqueológicas valiosísimas, convirtiéndose así en una suerte de protomartir de la etnografía mesoaméricana. Oficio ingrato que le valió la persecución, la cárcel y la expulsión de la Nueva España, no obstante el carácter piadoso de su empresa. Murió –en Madrid en 1755- este caminante ejemplar, sin un maravedí, y sin culminar su obra enciclopédica titulada: “Idea de una nueva historia general de la América Septentrional”.

Como no admirar a Boturini, cuya grandeza está justamente en su persistencia y determinación, más que en sus empresas aparentemente fallidas. ¡Así debería ser todo buen caminante! Por eso me causa algo de hilaridad la campaña mundial de una prestigiosa marca de whisky -la de Juanito Caminador- denominada walk with giants, que en su culto al éxito ensalza a una serie de personajes, como el multimillonario Richard Branson, el piloto de carreras Lewis Hamilton o el empresario colombiano Mario Hernández, gigantes en su ego, pero poco caminadores –creo yo-, pues, aparte del green de un campo de golf , no deben haber pisado sino el tapete de sus mansiones, clubes y oficinas, y el de sus lujosos automóviles.

Se me dirá que no llegaré muy lejos caminando junto a personajes “poco exitosos”. Aún así, me quedo con el caballero andante Lorenzo Boturini Benaduci, o con aquel caballero inglés que, con una devoción similar, según cuenta Julio Cortázar, recorrió en el siglo XVIII “la distancia que va de Londres a Edimburgo caminando hacia atrás y entonando himnos anabaptistas.” Caminantes que cuando vamos por las rutas del destino han de sernos modelo de dignidad y empeño.

Vale

(Créditos foto: el peatón en el Paso del Angel, Santa Sofía, Boyacá, Colombia. Foto de Adriana Gómez)

lunes, 21 de noviembre de 2011

La de los estudiantes, una lección de historia bien aprendida.



Los que marcharon eran cerca de veinte mil, según cuentan las noticias conocidas hasta hoy. Se organizaron para protestar contra las medidas oficiales que vulneraban su derecho al futuro. Su causa -digna y justa- fue respaldada por simpatizantes de otras ciudades que se les fueron uniendo en su destino hacia el centro de la capital. Mal abrigados, aguantaron frío y hambre. En sus mochilas sólo cargaban algunas raciones de agua, tabaco, panela y queso. Pero tenían como alimento principal su determinación. Y fue tal determinación la que desconcertó a las autoridades hasta el punto de obligarlas a ofrecer la derogación de las medidas rechazadas por los integrantes de la marcha -y sus compañeros de causa-.

Esto sucedió hace doscientos treinta años, en 1781, cuando los comuneros bajo el liderazgo de Berbeo marcharon desde el Socorro hacia la capital del Virreinato de la Nueva Granada en protesta contra las leyes injustas del régimen colonial, y en busca de reivindicaciones sociales. El gobierno representado a la sazón por el arzobispo Caballero y Góngora, lideró una comisión para detener a los comuneros en Zipaquirá, donde prometió el oro y el moro a los insurrectos con unas “capitulaciones” avaladas por la espada, la pólvora y los "santos" -al decir de Arciniegas-, a cambio de que suspendieran su destino hacia Santa Fe. Lo que sucedió después, o sea, el engaño a los comuneros por parte de las autoridades coloniales -que desconocieron las capitulaciones-, y el ajusticiamiento cruel de sus líderes entre ellos José Antonio Galán, es asunto conocido y olvidado. Mas no por los estudiantes que caminaron pacíficamente durante la semana pasada para manifestar su rechazo al pernicioso proyecto de ley de reforma universitaria propuesto por el Gobierno Nacional.

Por tal razón, quiero decir, bien aprendida la lección de historia, los estudiantes mantuvieron su decisión de no aceptar a priori la oferta del Presidente Santos -en el sentido de retirar del congreso el proyecto de reforma a la Ley 30 de 1992-, una vez éstos hubieran levantado el paro pacífico. La cosa debía ser al contrario, como por fortuna lo fue. Le corresponde ahora al Gobierno sentarse con la comunidad universitaria a diseñar el futuro de la educación superior, horro de mezquindad. Y a los estudiantes, seguir proponiendo con inteligencia, alegría y sin caer en la trampa del discurso violento; pero sobre todo, sin olvidar las lecciones que nos ha dado nuestra historia patria, que parece una madriguera, cundida como está de tanto conejo que nos han puesto.

Créditos Foto: Parque del "Country", Bogotá, 2010,  Foto de H. Darío Gómez A.

miércoles, 9 de noviembre de 2011

Sin brújula por los cafetines de la novena III (continuación)

Jeimy, una copera biónica (Final)


En aquel momento irrumpió en la estancia un vendedor ambulante. El hombrecillo, un jorobado con su cajón terciado (tal vez por el peso inveterado de la mercancía), identificó su objetivo con rapidez y se deslizó como una sombra hasta nuestra mesa, interrumpiendo la conversación: “chicles, cigarrillos, mentas…”

- Convidame unos chicles. –exigió la muchacha. Y luego me advirtió:
-Si querés fumar, tenés que salir a la calle.

Le respondí que no fumo, y procedí a comprarle una caja de chicles de hierbabuena. En seguida Jeimy retomó el hilo de nuestra conversación:

-¿o sea que vos preñaste a la peladita?
-No. Pero tampoco duramos mucho tiempo juntos. En realidad ni ella ni yo fuimos  consecuentes con lo que pensábamos y pregonábamos (como lo vaticinó mi padre). De modo que unos meses después ella retornó a la comodidad de su "burguesía decadente", y yo continué asumiendo las consecuencias de mis actos, es decir, echando a rodar la piedra de Sísifo. Pero esa es agua pasada y olvidada. –respondí.

Jeimy se levantó de la silla y me hizo una señal para indicarme que volvería en un instante. El sargento de infantería le había ordenado con las palmas y un movimiento de labios que atendiera el pedido de otra mesa. Mientras ella servía a la clientela me dije: "¡Caramba!, esta mujer aporreada por la vida, con cuarenta años encima y una hija de algo más de veinte (como inferí de su relato), aun conserva la belleza endémica de las mujeres caldenses. Es más", pensé, "tengo la certeza casi geométrica de que su elegancia  natural podría lucir sin escándalo en un té canasta de las damas de la Liga de la decencia".

Y así, entre idas, venidas e interrupciones producidas por las muecas y palmas del sargento-barman, Jeimy me contó que su padre le dio una zurra “que ni para qué te cuento” cuando supo que estaba embarazada. La echó de la casa y se la llevó a vivir a Pácora con una tía solterona y amargada que le hizo la vida imposible, hasta el punto que, cuando nació su hija, aceptó irse a vivir con un comerciante añoso de Supía con quien, si bien no fue feliz, al menos vivió tranquila durante unos años. Pero al hombre lo mataron en Caicedonia, y poco tiempo despues apareció dizque la esposa legítima para reclamar los bienes del difunto, asunto que despachó por la fuerza y con amenazas. Conque Jeimy, indefensa, tuvo que venirse con su hija para Bogotá, a duras penas con lo puesto.  Adiós Supía, adiós años de trabajo en balde...

La de Jeimy, como la de muchos colombianos abandonados por la fortuna, es la historia del desarraigo, de la exclusión y del despojo. Con todo, no se columbraba rencor en su relato. Mas bien  estoicismo y valentía. Porque, hay que decirlo: Jeimy es una guerrera, una mujer biónica como la Sommers de la televisión. No es cualquier cosa sobrevivir día a día al ambiente sórdido de un cafetín. No es nada fácil tener por oficio el consumo de licor y la lidia de borrachos que se pueden tornar violentos por un "quítame allá esas pajas".

-¿Y qué haces con los que se propasan contigo? –indagué.
- El atrevido que me irrespete, lleva del bulto. –me respondió señalando la bolsa que llevaba escondida en el seno. Yo intuí una navaja. Luego continuó:
-Claro está que una vez me salió uno “mariscal”. El tipo me cortó el brazo con una botella. – dijo mostrándome su antebrazo izquierdo. 
cuatro puntos de sutura. –enfatizó al acariciar con su mano derecha el tatuaje de la contienda. La contienda de los "tres centavos".

Y es que la puñalada o el botellazo son los accidentes de trabajo a que se exponen las coperas por razón de su oficio. De igual forma el alcoholismo es la enfermedad laboral que las aqueja. Aún así, no tienen ninguna protección de la seguridad social. Son un riesgo agravado para las aseguradoras. Por respeto no me atreví a preguntarle más acerca de ese tópico. Además era innecesario. A medida que avanzaba la tarde los efectos  del alcohol parecían más evidentes. De hecho yo no había consumido ni una copa, en tanto que la muchacha se había “bogado” la media de aguardiente mientras dejaba caer sus recuerdos sobre la mesa como en un pequeño otoño interior.

Al notar la botella vacía, la muchacha me ofreció el casco de naranja que restaba y me preguntó si iba a pedir otra media de aguardiente. Le dije que no. Entonces comprendí, por su mirada, que también se había terminado nuestra conversación a destajo. Extendió su mano para despedirse y me dio un fuerte apretón que yo recibí conmovido. Me invadió una rara sensación de ternura.

 -Adiós, Jeimy, mujer biónica. -le dije. Ella volvió a sonreir, esta vez sin desdén.

Aparte de unas cuantas referencias marginales, Jeimy nunca habló de su hija. Acaso quería proteger su tesoro más preciado de la  mezquindad de un entorno laboral enrarecido. Y aún diría más: tengo para mí que Jeimy no es el verdadero nombre de mi acompañante circunstancial. Quizá los únicos seres con derecho a pronunciar su nombre de pila son sus allegados en la intimidad del hogar. Porque el nombre propio determina nuestra existencia. Y Jeimy, como sus colegas de cafetín, no está dispuesta a entregar su nombre verdadero para que sea envilecido en la boca mentirosa de sujetos desconocidos a cambio de unos cuantos pesos. Por lo demás, creo que la historia que me contó es cierta.

En cualquier caso, lo que parece seguro es que Jeimy es una verdadera “mujer biónica”. Al igual que Jaime Sommers, la heroína interpretada por la bella Lindsay Wagner en la serie de los setentas, nuestra copera ha de tener un oído biónico para escuchar con paciencia las experiencias, desencuentros y soledades de sus clientes. Debe estar dotada de un brazo  ídem para defenderse de los patanes; y unas piernas ultra rápidas para huir, cuando sea necesario, de los peligros inherentes a su trabajo insalubre e ingrato.

 Créditos foto: www.flickr.com, CatPats

jueves, 3 de noviembre de 2011

Sin brújula por los cafetines de la novena II (continuación)


Jeimy

En el “Gran París”, un cafetín de la novena con calle quince, atiende una copera que lleva por buen nombre, Jeimy. Es una rubia natural, llamativa -como lo requiere su oficio-, de unos cuarenta años de edad, rostro amable aunque cansado, y marcado acento paisa.

Yo entré al establecimiento de marras un viernes por la tarde con el ánimo de realizar trabajo de campo –como suelen llamar los etnógrafos a su dolce far niente-, para documentar una serie de historias sobre los cafetines que subsisten en el centro de Bogotá. Jeimy se acercó para tomar mi pedido esgrimiendo una sonrisa franca. “Un tinto”, le dije; entonces ella se dirigió a la barra, desembolsó una ficha de la carterita escondida en el seno y se la entregó al barman. El hombre procedió enseguida a servir el tinto. En Colombia, Ecuador y Venezuela le decimos tinto a la infusión de café negro; en el resto del mundo el tinto es un vino, pero eso no importa mucho para la historia -me dije-. Luego me reí de mi inveterada tendencia a la digresión. Sin dilación alguna la mujer me extendió la taza con un movimiento gracioso de su mano cuidada con primor, tal vez por una manicura.

- ¿Cómo te llamas?, -inquirí.
- Jeimy.
- Ah, como Jaime Sommers, la mujer biónica.

Ella sonrió con desdén y al instante comprendí lo estúpido de mi comentario, tanto mas cuanto que yo mismo he sido víctima de babosadas similares por el hecho de llamarme Darío Gómez. Sí, como el “rey del despecho”. La invité a sentarse en mi mesa para conversar un rato, pero ella me advirtió que eso sólo sería posible si consumía al menos media botella de aguardiente o ron, o si la invitaba a una copa. “De allí ha de venir el nombre de copera”, concluí lo obvio. Así que pedí media de Antioqueño.

El “Gran París”  es un local oblongo ubicado en el segundo piso de un edificio roñoso al cual se accede por una escalera angosta y empinada de veintidos gradas. En su interior hay tres filas de mesas acomodadas torpemente a lo largo de la estancia, como un pelotón de infantería bajo la férula de un sargento obeso y peluqueado al rape, quizá el dueño del negocio, que, además de barman, cumple la función de ordenar a las muchachas -sentadas perezosamente en las sillas de la barra, como colegialas en recreo- que se levanten para atender a la clientela. El sujeto en cuestión parece un director de orquesta que organiza el caos reinante con gestos graciosos y movimientos de cabeza. Detrás de la barra, ubicada al fondo, hay una greca enorme y broncínea sobre la cual posa sus garras un águila real envuelta en la niebla de una ebullición permanente. Alineadas en angostos anaqueles pegados a la pared, posan las botellas vacías de licores importados, en compañía de una colección multicolor de latas de cerveza que le imprimen un ambiente cosmopolita al lugar. Debajo de la estantería hay un espejo opacado por el tiempo, cuya refracción no alcanza a duplicar con fidelidad la sordidez del establecimiento. Sobre la barra descansan dos parlantes de alta potencia -acaso los objetos mas modernos del lugar- que no se cansan de emitir tangos, boleros, rancheras y canciones de despecho. Con todo, aun queda espacio en la barra para una horrorosa calabaza de plástico adornada con flores de papel anaranjadas y negras que anuncian de manera sombría la celebración del día de las brujas. El promedio de edad de la clientela está por los cincuenta y cinco años, de modo que los asiduos son en su mayoría pensionados en busca de compañía femenina, aunque sea a título precario. Sujetos con necesidad de que alguien los escuche así sea con cargo a una copa de brandy.

Jeimy regresó con la media de aguardiente, un plato con naranja cortada en cuñas, dos vasos pequeños y dos sodas. Luego se sentó a mi lado.

- ¿y vos cuánto medís?. -Me preguntó
- la cédula dice 1.88 de estatura, pero supongo que crecí un par de centímetros más después de los dieciocho.
- Pura estatura de basquetbolista. -Observó.

Entonces le conté que, en efecto, jugué baloncesto en el colegio, en la liga juvenil de Bogotá y luego en la universidad. Ahora sólo practico los miércoles por la noche y los domingos en la mañana, si no llueve.

- o sea que sos basquetbolista de verano. -me dijo con socarronería. Luego agregó orgullosa: -Yo también jugué básquet en el colegio.

Y así debió ser, porque Jeimy conserva el cuerpo espigado y armonioso de las muchachas de tierra caliente, muy propicio para el deporte.

- ¿en cuál colegio? –Insistí.
- en la Institución Educativa Isaza de la Victoria, Caldas.
- Yo estuve una vez en la Victoria, como a los 17 años de edad. Recuerdo que el calor era insoportable. –le dije para mostrar mayor interés.

Y entonces se me vino a la memoria un pasaje de “Pedro Páramo” donde se dice que Comala es un pueblo tan caliente, que cuando la gente de allí muere y se va para el infierno, el alma regresa por su cobija. La “Victoria” es mas caliente que Comala, pensé. Y es que ese municipio caldense está asentado en el fondo de un valle enclavado en el cañón del río la Miel, donde no corre la brisa para mitigar el bochorno. Allá todo es caliente, hasta la situación de orden público. Sin embargo su gente es cordial, generosa y dicharachera, como suelen ser los miembros de la estirpe antioqueña.

- mi profesor de educación física creía que yo tenía méritos para jugar en la selección femenina de Caldas. Era muy rápida en las descolgadas y buena para echar canastas de media distancia. –continuó Jeimy con su reminiscencia deportiva.

De golpe el rostro adusto de la mujer se tornó juvenil, como si los recuerdos de hace veinticinco años le hubieran insuflado frescura. Me contó que no pudo continuar en la escuela porque quedó embarazada a los dieciséis. Adiós Instituto Educativo Isaza, adiós selección femenina de baloncesto de Caldas……. Nos quedamos un rato en silencio. Pero en un cafetín está prohibido el silencio. Hay que sacar todo afuera, sobre todo los recuerdos que ayudan a limpiar el alma. Ella sirvió las dos copas de aguardiente y brindamos por el baloncesto.

En contraprestación a su confesión no pedida, le conté que mi papá me rumbó de la casa a los diez y nueve años, cuando me volé con una muchacha de diez y siete. Yo cursaba cuarto semestre de ciencias políticas en la Universidad de los Andes y tenía ideas libertarias que mi padre no estaba dispuesto a financiar, pues él, con mucho sentido común, consideraba que si yo quería continuar en esa línea, debía renunciar a las mieles de la “burguesía decadente”, mientras llegaba el nuevo orden social que pregonaba. “Debes ser consecuente con lo que piensas, con lo que dices y con lo que haces. Y, claro está, debes asumir las consecuencias de tus actos y pagar por ellos.” Eso, o algo parecido recuerdo que me dijo mi padre.

-fijate la coincidencia; ambos jugábamos basquet en el colegio y a vos también te rumbaron de la casa. -concluyó Jeimy.
-si, como en las vidas paralelas de Plutarco. -comenté distraído.
-¿Plutarco?, ¿y luego cuántas vidas tuvo ese señor para aguantarse un nombre tan feo?
-Muchas, pero no eran de él.

(CONTINUARÁ EN LA PRÓXIMA ENTRADA)
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