jueves, 29 de diciembre de 2011

La esperanza de todos los días



Mi condición de librepensador no me impide conjeturar que Dios, en su infinita bondad, y consciente de nuestra triste condición de mortales, nos envía ángeles de esperanza todos los días. En cualquier caso, no los concibo como los íconos de la imaginería católica. No los veo enfundados en trajes de batalla y armados con espadas vengadoras como los representa, pongamos por caso, Gregorio Vásquez de Arce y Ceballos, nuestro artista barroco de la colonia, en sus pinturas; o con trompetas apocalípticas que claman justicia y anuncian el fin de los tiempos. Tampoco me los figuro volando asexuados por los cuatro puntos cardinales del planeta, o haciendo guardia con sus ejércitos de arcángeles, principados, potestades, virtudes y dominaciones. No.

Los ángeles a que me refiero son los niños y las niñas –y me perdonarán el símil tan manido- que pueblan nuestra tierra “agobiada y doliente”. No en vano la esperanza cristiana está representada en la inocencia de un infante.

Porque las niñas y las niños sacan lo mejor de nuestra esencia, nos convierten en mejores seres humanos –salvo las abominables excepciones de maltrato y explotación en todas sus formas que conocemos o desconocemos o no queremos ver -. Ellos nos extraen la ternura del fondo del alma con el tirabuzón de su pureza. Su alegría  innata saca a pasear con frecuencia a nuestra esquiva felicidad. Los niños –y las niñas, por supuesto- se convierten entonces en nuestra única razón de ser y estar en el mundo.

Con todo, el escepticismo connatural a mi condición de librepensador tampoco me cohíbe discurrir que nosotros, adultos insensatos, soberbios y tontainas -con algunas felices excepciones, claro está-, les devolvemos el favor pretendiendo amaestarlos a nuestra absurda imagen y terrible semejanza.  Les transfundimos nuestros odios inveterados con la leche que se toman, y los alimentamos con la sopa de nuestros prejuicios hasta que sin darnos cuenta, convertimos a nuestros ángeles en adultos.

Dios, sin embargo, un poco irresponsable, a mi modo de ver, pero siempre generoso y consciente de nuestra triste condición de mortales, nos sigue enviando ángeles de esperanza todos los días.

(Créditos Foto: "Mis ángeles anfibios")

martes, 27 de diciembre de 2011

En la costa dispensan la alegría al granel y sin fórmula médica


El peatón cuenta que…

En la costa dispensan la alegría a granel y sin fórmula médica. Y no me refiero al PROZAC que recetan los psiquiatras a los melancólicos que han extraviado en alguna gaveta de su cerebro el expediente que contiene el sentido de la existencia. No. Hago referencia a una bola de millo aglutinada con panela derretida (melaza) y aderezo de coco, golosina exquisita que preparan las hermosas palenqueras del caribe colombiano para comerciar en los parques, calles y playas de sus ciudades adoptivas.


Pero es sabido por el Eclesiastés que “la alegría no es una sola”. De suerte que ellas venden “Alegrías” –en plural y con mayúscula- que acomodan con pericia de malabarista en una enorme batea que viaja, ingrávida, sobre sus cabezas cadenciosas.

Tuvo que ser un poeta, un genio de la publicidad vernácula quien bautizó con un nombre tan feliz estas delicias que no requieren propaganda costosa. Su nombre es -en sí mismo- un estado del alma que garantiza la calidad de tan encantador alimento espiritual y gastronómico.

¿Quién no añora tener una alegría, así sea la más pequeña?

Las hay, además, de todos los tamaños: diminutas para los conformistas, surrealistas para los soñadores, grandotas para los ambiciosos -que son como los glotones que no se contentan con una sola-, en fin, melifluas para las muchachas enamoradas o inalcanzables –escondidas en lo más profundo de la batea- para los pesimistas.

Imposible resistirse al pregón metafísico de: ¡Las Alegrías, compren las Alegríaaasss….a dos por miiiiiil….!

¿En qué otro lugar del planeta procuran la alegría a domicilio?

Quizá sea por ello que a pesar de las catástrofes “naturales” que nos castigan sin clemencia, la violencia que nos asuela desde antiguo y la corrupción rampante que agobia a nuestro sufrido pueblo, Colombia es, según la encuesta del “Happy Planet Index” (HPI), el segundo país más feliz del mundo, superado tan solo por unas islas edénicas del pacífico sur donde seguramente las alegrías, silvestres, caen de las palmeras aporreando a sus envidiables habitantes con dosis infinitas de felicidad.

(Créditos foto: de amarulero, www.flickr.com)

viernes, 23 de diciembre de 2011

Imprecación



Durante el verano el sol recalentará tus broncíneas entrañas sin la esperanza  de un amigo copudo y sombrío que mitigue tu incendio interior. Querrás gritar  por un sorbo de agua pero tu boca metálica no podrá musitar la súplica.

Colúmbidos impenitentes dejarán sus ofrendas húmedas sobre las cuencas vacías de tus ojos, chorreará su materia esotérica sobre el rictus grave y trascendente de tu dignidad  de prócer.

Al llegar el invierno la lluvia  no aplacará tu sed, pues el agua resbalará por tu rostro sin quedarse, sin que puedas sacar la lengua para atrapar unas gotas de vida.

Y tendrás que soportar durante las gélidas noches las evacuaciones corporales de los vagos. Tullido por el frío  no podrás hacerles el quite. Los grafitos envilecerán la piedra que sostiene tu rancio abolengo, y treparán abyectos roedores hasta tus barbas profusas, que serán escenario de sus acrobacias inverosímiles.

¡Cruel tormento para quien  quiso inmortalizarse con beneméritas obras!

Mas de vez en cuando, muy de vez en cuando, vendrán  a visitarte los descendientes de quienes te condenaron al castigo eterno de la rigidez.

Pondrán una corona florida a tus pies, dirán unas palabras manidas y luego se  marcharán  con la certeza estulta de haberte hecho un bien.

(Busto en el Parque del Brasil, Bogotá. Foto de H. Darío Gómez A.)

martes, 20 de diciembre de 2011

La ciencia de contar la ciencia

(Foto de Alejandro Gómez B.)


Bien se sabe por los textos de astronomía que eso que llamamos  tierra es una pelota medio desinflada en los polos que gira alrededor del sol a una distancia media de ciento cincuenta millones de kilómetros y que alrededor  suyo gira, a su vez, un pequeño satélite, la luna,  a la que los perros ladran con tozudez digna de mejor causa creyendo –los pobres- que es un enorme queso gruyere  suspendido en el cosmos a una distancia media de trescientos setenta y cinco mil kilómetros.

Todo eso está muy bien cuando se tiene el libro de geografía abierto. Pero cuando toca recitar la lección en el tablero, un sujeto desmemoriado como yo, empieza a padecer erisipela, transpira profusamente y no acierta sino a emitir sonidos inarticulados parecidos a los de una oca.

Así, entre mi gusto por la geografía y el terror por la picota pública transcurría mi clase con el profesor Lizcano, en el  colegio Calasanz, hasta que  el maestro Próspero Pinedo –a quien contrató mi padre en buena hora para que yo no perdiera la materia y por ende el año- me regaló un libro de H.G. WELLS titulado “Breve Historia del Mundo”.

Aprendí en el libro de marras que “si nos representamos nuestra tierra como una pelotita de una pulgada de diámetro”, es decir como un huevo de codorniz, la luna vendría a ser como una alverja  ubicada a setenta y seis centímetros del huevo, y que, en consecuencia, el sol de mi modelo sucedáneo -utilizando la misma escala astronómica- sería un globo de tres metros de espesor, o sea, casi del tamaño de la esfera hueca de los motociclistas, acróbatas de la muerte, del circo Tihany que se plantaba junto al coliseo El Campín, a doscientos noventa y dos metros de distancia de la casa de Parodi, mi compañero de cuitas en el colegio, que vivía en el barrio Nicolás de Federman, como quien dice a tres cuadras –o seis tiros de piedra, en fin- del circo, asumiendo, en gracia de discusión, que nos estuviéramos comiendo la ensalada de huevo de codorniz con alverja en la cocina de su casa.

De ese tenor o algo parecido fue la nemotecnia que me ayudó a pasar el año, no obstante mi dificultad de comprensión de las grandes magnitudes. Pero es que la ciencia, creo yo, no sólo debe ponernos en contexto para saber de qué "totalidad" formamos parte, sino que también debe acercarse al mundo conocido del niño –un científico en ciernes- para cautivar desde allí su atención, como hace el libro de Wells que, al fin y al cabo, ya había puesto en 1901  “los primeros hombres en la luna”  merced a la Cavorita, esa sustancia anti-gravitatoria inventada por el Dr. Cavor a costillas del empobrecido Mr. Bedford. Pero ese es otro cuento.


martes, 13 de diciembre de 2011

Pequeñas narraciones intrascendentes XXI




LA ALMOJABANERA

¿Quién es esa mujer que repite cada día  el milagro de la multiplicación de los panes en una ínfima fracción del planeta?

Es Lola, la almojabanera, por buen nombre Dolores. Y a pesar de su gracia, el espíritu más alegre de toda la galería.

Con sus manos regordetas y tostadas, como almojábanas recién horneadas, acomoda en la precaria vitrina su mercancía.  Mientras me sirve un vaso de avena helada se le escapa un rizo cimarrón de la cofia. Ella se apresura a retirar de su frente el pelo montaraz con los nudillos de la otra mano y me obsequia, de ñapa,  una sonrisa.

La mujer, guapa, robusta y entrada en sazón, habla duro y madrea con ganas a los patanes de la plaza de mercado que la llaman solterona. Se pelea a gritos con la marchanta del líchigo por unos centímetros cuadrados de espacio, y con la muchacha de las flores por unos cuantos piropos manidos. Todo en ella es excesivo, hasta la belleza. 

Lola ha de tener en su cuartito de pensión –es una hipótesis- un reloj de cucú marca Jawaco heredado de su padre, y un canario.  Congruo patrimonio que  merece todo su cariño. Y acaso un fauno perdonavidas que la espera de vez en cuando para aplacar su ímpetu de amazona.

Es Lola, la almojabanera, por buen nombre Dolores. Y a pesar de su gracia, el espíritu más libre de toda la galería.

(Mujer, Escultura de Fernando Botero, Museo de Antioquia, Foto de H. Darío Gómez A.)

sábado, 10 de diciembre de 2011

Pequeñas narraciones intrascendentes XX


ARREBOL TAURINO

Son las cinco en punto de la tarde.

La Plaza de Toros de Santamaría tiene aforo completo. Un torero arremete con su espada contra el astado que bufa iracundo, como presintiendo el final del juego. Salta entonces un chisguete carmesí que se mimetiza en la arena, mientras el animal, ebrio de muerte, comienza a dar tumbos.

Una hermosa mujer del palco de sombra, toda vestida de grana, vocifera a rabiar: ¡Qué estocada tan preciosa, mataor!.

Y cae pesadamente el valiente miura, haciendo retumbar la tarde bogotana.

A eso es a lo que deben llamar: "estética de la muerte".

(Créditos foto: www.morguefile.com, Jetolla)

jueves, 1 de diciembre de 2011

Usos insólitos del Almanaque del Granjero



Quizá la fascinación que ejerce sobre  sus lectores el Almanaque del Granjero de Cuellar Editores se deba a la nota preliminar que, al rompe, en la primera página y con caracteres destacados en cursiva advierte a los destinatarios acerca del contenido y la variedad de usos, algunos insólitos, que se le pueden dar a esta entrañable publicación periódica. Dicho de otra manera, el almanaque en cuestión nos presenta de entrada un manifiesto sobre su utilidad indiscutible.

Estamos acostumbrados a los almanaques temporales que, como el de la muchacha de los cigarrillos Pielroja, va perdiendo sus pétalos a lo largo de un perenne otoño anual, hasta que el día 31 de diciembre es menester echar a la candela su cuerpo famélico.  Pero el Almanaque del Granjero es diferente. Está hecho para durar toda la vida, como su pariente bicentenario que lo inspiró, “The Old Farmer`s Almanac” de Yankee Publishing Inc. Y hablando de bicentenarios, ahora caigo en la cuenta de que nuestro almanaque vernáculo estará cumpliendo en el 2012 su vigésimo aniversario.

Acaso su “inmortalidad” esté dada precisamente por esa virtud que comparte con las navajas suizas, de servir para todo y aún más.  Veamos: 

“Contiene las fases de la luna, el santoral del año, los días de pesca, los eclipses, las noches para observar estrellas fugaces, las ferias, fiestas y demás eventos importantes para todo el territorio colombiano. Además encontrará artículos de gran utilidad para el quehacer diario, consejos prácticos, poesía, fábulas y miles de recetas que le ayudarán a llevar una vida más agradable y sana. De gran utilidad para sus viajes y safaris, excelente para aplastar zancudos y mosquitos, noble compañero en las noches de desvelo e incomparable como abanico en las calurosas tardes de verano, recursivo como tema de conversación en visitas y reuniones de todo tipo.”

Con esta minuta de usos indispensables que no se agota en la predicción -más o menos científica- del estado del tiempo, uno entiende por qué el Almanaque del Granjero se constituye en un verdadero sucedáneo “informático” para nuestros campesinos agobiados por las carencias y con dificultad de acceso a la tecnología. Por estos días en que la Internet nos permite -en cuestión de segundos- acercarnos al conocimiento humano, así sea de manera epidérmica, esta amable publicación luce ante los ojos de algunos incrédulos como un curioso anacronismo.  Pero no. El almanaque de marras es un compendio de información útil para el hombre del campo, editado en formato  apropiado para su bolsillo -sudoroso si se quiere-, y sin dependencia de baterías. Algo que el ciudadano cosmopolita no alcanza a comprender. Por lo demás, no creo que un perfumado corredor de bolsa se atreva a utilizar su I Pad para aplastar zancudos o como abanico en las calurosas tardes de verano. Esto último se afirma, claro está, sin ánimo de restarle mérito al I Pad.

Aclarado lo anterior, haré un breve recorrido por los temas que me han cautivado en varias ediciones del almanaque, a riesgo de excluir caprichosamente otros de igual o mayor encanto. ¿Quién no recuerda con alegría haber leído en el “Tesoro de la Juventud” ese capítulo alucinante  denominado “el libro de los por qué“  donde aprendimos, por ejemplo, acerca de la edad del hielo? Pues bien, en nuestro encomiable almanaque conviven sin concierto aparente, como en las “Etimologías” de San Isidoro de Sevilla, temas tan disímiles pero interesantes como los siguientes: el control de las malezas, los detalles poco conocidos de los animales, las fases de la luna -por supuesto-, el éxito y el fracaso, la tabla periódica, las leyes de Murphy, la prevención de plagas, las fábulas de Esopo, las virtudes del yogur, las mil y una noches,  microorganismos que limpian el agua, las tormentas eléctricas, el santoral católico, esa forma impetuosa de la alegría que llamamos risa, los eclipses, el día del campesino, la mermelada de mora, recetas de cocina, el cultivo del palmito, las notas notables, un crucigrama, el arte de conciliar el sueño, los amigos después de la muerte, en fin, decenas de cosas por el estilo, necesarias para sobrellevar dignamente esa carga indefinible -pero entrañable a pesar de todo- que llamamos existencia.

Merced al Almanaque del Granjero me enteré de que San Juan Probo es mi santo patrono; supe que el hombre  fracasado deja pasar su vida sin ideales en el camino del negativismo, y que el verdadero amigo es el que nos conduce por la senda del bien. Aprendí asimismo que los osos no pueden sufrir apendicitis por la sencilla razón de que no tienen apéndice.  Y  además descubrí lo más útil para mi condición de dandi vergonzante: aprendí cómo quitar el brillo delatador de la vejez de mis trajes de paño y cómo eliminar las marcas delatoras de los dobladillos.

Pero sobre todas las cosas, me conmueve el fino humor con que el señor Cuellar lleva del cabestro la línea editorial de su simpática publicación. Consciente de que la risa es más liberadora que la grandilocuencia, aburrida y estéril, el editor no tiene ningún reparo en dirigirse a sus lectores en los siguientes términos:

“Si usted es uno de los pocos parroquianos que se toma el trabajo de leer los prólogos o los editoriales de los libros, permítame felicitarlo y agradecerle tan noble gesto, que además de ser una muestra de respeto y agradecimiento al autor, es la confirmación de que estamos tratando con lectores inteligentes, y profundos, o que por el contrario no tienen nada que hacer y se encuentran en alto grado de aburrimiento o de angustia por formar parte del torrente de desempleados que engrosan las últimas cifras del DANE”

Y es justamente esa línea editorial la que generosamente me ha permitido cometer el presente escrito, que con seguridad merecerá un espacio al lado de las “lecturas de retrete” del amigo Álvaro Serrano,  para que el distinguido lector, una vez ojeado mi texto escatológico –no precisamente por su acepción espiritual-, proceda a arrancar la hoja para utilizarla como reemplazo del papel higiénico, agregándole así otro uso insólito al Almanaque del Granjero, que en próximas calendas estará llegando a los veinte años, como quedó dicho.

(Foto de Alejandro Gómez)

Los puntos susp......versivos

En el reino de las líneas, los puntos eran vistos con desconfianza. Y era natural, pues las líneas, siempre organizadas como un...