martes, 17 de enero de 2012

Breve historia de un libro breve



Hace cinco años prometí no volver a comprar libros. Al menos hasta que haya leído los que hibernan impunemente en mi biblioteca, muchos de ellos, debo confesarlo, sin haber sido ni siquiera ojeados. Desde entonces sólo he roto mi promesa un par de veces. Claro está que los ejemplares que me incitaron a pecar bien valen la condena.  Pero esa es otra historia.

Ayer, sin embargo, volví a faltar a mi juramento.  No me remuerde la conciencia por el gasto incurrido –el libro me costó apenas mil pesos-, sino por la morosidad en las lecturas pendientes y la falta de espacio en los anaqueles. Para que se formen una idea, mil pesitos en Colombia son una bicoca que sólo alcanza para tomarse un café negro en la panadería del barrio o para comprar una empanada con relleno de dudosa procedencia. Con todo, no lo adquirí por barato sino porque me llamó la atención que el vendedor tuviera entre su venerable mugre un libro de Stanislaw Lem, un autor polaco de ciencia ficción que quise leer en la adolescencia y no pude.

En el pasaje peatonal de la Avenida Jiménez con octava de Bogotá se planta de lunes a viernes, a partir de las cuatro de la tarde, un sujeto que extiende en el piso una lona donde esparce sin concierto su carga de libros que cabe en una tula enorme, como la de los marinos que se embarcan con destino a ultramar para nunca regresar. Eso es, hagan de cuenta, un “agache" de San Victorino. Sabrán disculpar la expresión tan coloquial y acaso incorrecta; mas si dijera, por ejemplo: “imaginad un tenderete del centro de la ciudad”, sonaría bastante cursi. En Latinoamérica no utilizamos la segunda persona plural en su forma arcaica y respetuosa como lo hacen en la madre patria. Las circunstancias nos han vuelto algo ariscos. Por estos lares nos tratamos de usted”, sin que tal deferencia implique distancia. Me tendrán que perdonar asimismo que me vaya por las ramas. Tal vez sea porque no tengo mucho qué contar.  La vida de un abogado experto en seguridad social es más bien aburrida. No obstante, me interesa mucho la naturaleza humana, de manera que he aguzado con el tiempo mi capacidad de observación.

Refería que en el pasaje de la avenida Jiménez con octava se para un comerciante de libros viejos y los vende a mil, cualquiera que uno escoja. Mejor dicho, el que uno se agache y escoja del piso. De allí la expresión coloquial “agache” para significar: “puesto de venta al por menor ubicado al aire libre”. ¡Y vuelve el burro al trigo! Soy tautológico con frecuencia. Lo cierto es que siempre que voy al centro paso por allí con la esperanza de encontrar algo interesante entre tanta basura. Pero sólo hay códigos derogados, monografías caducas, revistas del Círculo de Lectores, textos desactualizados de contabilidad, biografías de ilustres desconocidos, manuales de Cobol -háganme el favor-, el nuevo testamento versión Reina-Valera que regalan en los hoteles, libros de lujo de Enver Hoxha, el ex dictador de Albania -qué tal-, revistas de corte y confección, en fin, todo a mil.  Y aunque no compro nada, me dedico a observar los clientes del librero-basurero de marras.  Son generalmente pensionados o desempleados, sujetos taciturnos que entran a los cafetines para apurarse un tinto -sin apuro-, esperando que salga la resolución de la pensión, la mesada esquiva o el empleo prometido por el político de turno; losmismos que hablan pestes del gobierno –con toda la razón-, plantean negocios chimbos y miran con lascivia a las muchachas oficinistas que caminan por la acera.

Un viernes por la tarde vi a un tipo comprar en el “agache” un libro verde de la editorial TEMIS. Luego se dirigió al Café San Moritz y se sentó a ojearlo. Era una edición de bolsillo del código penal colombiano de 1936, que rigió hasta 1980. De estirpe positivista  –y un tanto fascista-, este código estaba inspirado en las teorías de Enrico Ferri, criminalista italiano que partía del supuesto, acaso derivado de la pseudociencia de la frenología, del delincuente nato con personalidad antisocial y por consiguiente proclive al delito. De otra parte, el código citado establecía en favor del varón el “conyugicidio por honor” como causal de atenuación punitiva cuando se cometía dicho crimen “en estado de ira e intenso dolor”. Tal medida, sin embargo, no era aplicable en beneficio de la mujer. ¡Qué ironía! No sé que utilidad pudo sacarle este buen hombre al libraco. Quizás pensó -al leer tan peregrina normativa-, que si al llegar al hogar sorprendía a su mujer con otro tío, sería lícito asesinarla en nombre de su honor mancillado. Aunque eso es hilar muy delgado.

Y hablaba del libro que le compré al hombre del “agache”. Rompí, pues, mi promesa de no comprar libros y adquirí por mil pesos el de Stanislaw Lem que lleva por título “Un valor imaginario”. Se trata de una selección de prólogos –irónicos y fantásticos- a libros inexistentes publicados en un futuro incierto. Como todos los libros de su género, el de Lem, inventor de la “prologología” -ciencia que debe ser afín a la “averiguática” concebida por el maestro Roberto Cadavid Misas- , tiene como filones temáticos la paradoja y el sinsentido que gobiernan la raza humana. Así por ejemplo, el autor se inventa un prólogo a la literatura “bítica” (término probablemente derivado de bit, acrónimo de binary digit), entendida, según el, como aquella cuyo autor no ha sido el hombre. Descartados también los textos sagrados dictados directamente por Dios y transcritos por los hagiógrafos, nos queda, entonces, la literatura escrita por las máquinas.  

Aunque en pleno siglo XXI el asunto no parece muy novedoso –los computadores de hoy escriben prácticamente por su cuenta, y además corrigen lo que a su juicio son errores nuestros-, se debe considerar que el libro en cuestión fue escrito en 1973. He allí su mérito como material de ciencia ficción. Ahora bien, debo aclarar que la presente entrada de blog no es una reseña bibliográfica ni mucho menos.  La crítica literaria excede, con mucho, las capacidades limitadas de un peatón.  Se trata simplemente de contar las pequeñas cosas que ocurren en torno a la adquisición pecaminosa de un libro:  la observación, los vendedores callejeros, los pensionados, los desempleados, los cafetines de la Jiménez con novena, la naturaleza del ser humano, las muchachas que pasan por la acera, la esperanza, la frustración, las ilusiones perdidas, qué sé yo, los pretextos para escribir un post. La vida de un abogado, creo haberlo dicho, es carente de motivos para la literatura, salvo que se trate de martingalas para timar a viudas vulnerables y huérfanos indefensos. Pero al respecto ya se ha escrito mal que bien lo suficiente.

El libro adquirido en el “agache” es de la Editorial Bruguera de Barcelona –infortunadamente desaparecida- que editaba libros estupendos a buen precio.  También editaba, por encargo de la Compañía Nacional de Chocolates, el álbum de Historia Natural de las chocolatinas Jet, quizá el referente más dulce de la infancia de los colombianos nacidos en los años sesentas del siglo pasado.  Hago el comentario porque al interior del libro encontré  por coincidencia una lámina del álbum  -la calavera del Homo Sapiens- que todavía conserva el sempiterno aroma del cacao.  ¡Un milagro de la memoria olfativa!



Se preguntarán a quién pertenecía el libro antes de encontrarlo arrumado en un basural. Era de una tal Caya Camacho. Así está escrito con tinta fucsia y letra de colegiala en la primera página, con una fecha escrita a continuación: enero de 1983. Tengo la impresión de que su nombre de pila es Claudia. Conocí a una Claudia a quien llamábamos Caya con cariño.  Era una niña de rizos negros  y cachetes encendidos que se encaramaba en los árboles con más agilidad que nosotros, los chicos malos de la cuadra.  Quizás por envidia de su habilidad felina para trepar, los del barrio decían con sorna que Caya era marimacha. Falso. Tenía esa niña las manos más delicadas que pueda recordar, y su boca era como un botón de rosa a punto de reventar. Y Caya tenía, además, el álbum de  Historia Natural de las chocolatinas Jet. No estoy sugiriendo que la antigua dueña del libro fuera la misma Caya. No. Eso sería un disparate. Es sólo que el libro me evoca su dulce recuerdo.

Y esta es la breve, insustancial e intrascendente historia de un libro rescatado del fango por un peatón impenitente.  No es el mejor libro de Stanislaw Lem, hay que aceptarlo, pero vale por el recuerdo de la infancia, por la evocación de la belleza que nos permite afrontar con esperanza el absurdo. 
(Créditos foto: Carátula libro de S. Lem de H. Darío Gómez A. y Álbum de chocolatinas Jet, cortesía de www.haylibros.com)

2 comentarios:

  1. ¡Uy Darío, "El indio alegre y le das maracas"! (es un dicho de por acá, para decir que incentivas a una persona a quién le gusta el tema)También decimos:"Me das en mi mero mole".
    El caso es que el tema es de los preferidos de tu tía Ku.
    Yo,a diferencia de don Darío, leo cuanto libro compro o me regalan. En lo que me parezco a ti, es en que ya no sé ni donde poner tantos libros.
    Lo bueno es que convertí un viejo mueble en librero. Al qué,ingeniosamente, puse de cabeza. Y que hoy contiene algunos libros que tenía en las gavetas de la cocina, el comedor y hasta en el botiquín del baño.
    Aquí casi han desaparecido los libros usados. Con suerte encuentras algún establecimiento que sobrevive a duras penas. Cuyo dueño por lo general es un viejecito, con una vestimenta tan vieja como él y que se lleva la mano la oreja para poder entender el nombre del libro que buscas.
    Los que proliferan, son los "libros pirata", que por supuesto son copias de los originales (ya sabes que la necesidad aviva el ingenio)
    No me gusta comprar en dichos puestos, que por lo general ponen en la calle,aunque sean mucho más baratos, por respeto a los escritores.
    Lo bueno es que mis hijos y mis amigos, saben que si me quieren regalar, siempre son bienvenidos los libros.
    Así las cosas, en el año que acaba de pasar, creo haber leído o releído (porque cuando no tengo libros nuevos,le rasco a los que están detrás de los libreros) unos cincuenta libros.
    Pocos, teniendo en cuenta que me había prometido leer dos por mes.
    El más reciente, ya lo sabes, es el libro de tu paisano Juan Gabriel Vázquez, que ya casi termino.
    Te saluda, la tía Ku

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    1. Tienes muy claro eso de que la lectura es una de las formas de la dicha. Y yo comparto ese gusto contigo y lo practico permanentemente, aunque, a diferencia tuya, yo soy desorganizado con mis lecturas. De allí ese matalotaje disparatado que escribo.

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