viernes, 27 de abril de 2012

Con todo el rigor científico


 (créditos foto: de Jorge Lizana, www.flickr.com)
"Lo que se necesita no es voluntad de creer, sino el deseo de averiguar, que es exactamente lo contrario" Bertrand Russell.

Nos llamaban científicos. Sin embargo éramos tan solo agnósticos con una enorme curiosidad científica. En nuestras mentes  alojábamos inconfesables anhelos  de creer en Dios, pero nuestro rigor científico sólo nos permitía tal posibilidad, previa demostración  basada en la evidencia.     Para satisfacer nuestro deseo vehemente, acometimos un estudio comparado de algunas religiones,  encontrando que los ángeles son comunes a varias de ellas. Creímos conveniente acercarnos al conocimiento de Dios a través de tales seres, considerados por los creyentes como espíritus celestes, criados por el mismo Dios para su ministerio. 

Para tal efecto, solíamos capturar ángeles que luego eran  cuidadosamente estudiados y clasificados en nuestro laboratorio.  Procedíamos de la siguiente manera: escogíamos al espécimen teniendo en cuenta la mayor o menor dificultad en su captura. Desde luego  los ángeles de la guarda resultaban presas relativamente fáciles.  Los primeros en caer eran los más veteranos,  circunstancia lógica si se tiene en cuenta que   después de guardarle la espalda a unos sujetos por más de setenta años, los especimenes en cuestión ya se encontraban suficientemente cansados.    Una vez identificado el prójimo que considerábamos adecuado,  uno de los nuestros se  atravesaba entre él y su ángel de la guarda, mientras que los otros capturaban al espíritu celestial con una red elaborada especialmente para tal menester. Lamentablemente este procedimiento tenía un desagradable efecto colateral. Concretamente, el antiguo portador del ángel, ya sin su protección, caía aparatosamente a una alcantarilla sin tapa, era arrollado por un autobús o resultaba siendo víctima de una bala perdida. Digamos que eran los costos marginales de nuestro aprendizaje científico. Claro está que con dicha práctica  llegamos a tener en nuestro "angelario"  centenares de ángeles, arcángeles, dominaciones, poderes, principados, querubines, serafines, tronos y virtudes. En nuestro haber tuvimos ángeles de dos, cuatro y hasta seis pares de alas, siempre uniformes, algunas muy delicadas, tal vez hechas de polvo de estrellas, ya que se deshacían en arco iris multicolores cuando intentábamos  pegarlas con alfileres a nuestro álbum. Pero todo fue en vano.

Nunca pudimos demostrar la existencia de Dios,  ni logramos encontrar eso que llaman, paz en el alma; pero en cambio llegamos a tener la colección de ángeles más grande del orbe.  Sobra decir que nuestra organización se disolvió  sin pena ni gloria. Supe que algunos camaradas abrazaron,  sin fe,  diferentes confesiones y sectas, otros fundaron prósperas iglesias y  los demás se diluyeron en la sopa espesa de la rutina.

Con todo, tengo la impresión de que algunos han vuelto a las andanzas. El aumento en las estadísticas de muerte accidental así lo sugiere.

No fue hurto agravado, fue un rapto de amor

Redacción El Espectador, 7 de diciembre de 2017 "En Melbourne, Australia, un sujeto ingresó a un local de venta de juguetes sex...