martes, 31 de enero de 2012

Inventario del día de San Valentín



Cero tolerancia
Una mansión
Dos mucamas
Tres autos
Cuatro divorcios
Cinco cirugías
Cuatro psiquiatras
Tres amantes
Dos abogados
Una soledad infinita
Cero ilusión

(Créditos foto: cactus en el Jardín Botánico de Medellín. Foto de Alejandro Gómez Bedoya)

miércoles, 25 de enero de 2012

Ciudadanos del mundo

 
Para nuestro mal,  ha calado en el ámbito mundial el estereotipo del colombiano considerado como un sujeto violento que trafica drogas. Somos víctimas del facilismo torpe e irresponsable de algunos medios de comunicación internacionales y de no pocas autoridades extranjeras que reducen su ignorancia a esquemas: colombiano = narcotraficante. Lo demás es sangre, como las morcillas.  Y aunque en algunos casos esto es cierto -sería más torpe aún desconocer que padecemos una violencia inveterada producto de la injusticia social y la corrupción rampante-, también lo es que la gran mayoría de los colombianos somos gente decente, inteligente, honesta, trabajadora y con un estoicismo a prueba de balas -esto último se dice literalmente-.
Nos hemos cansado de repetir la misma retahíla de que por estas latitudes no todo es droga y violencia, sino que por acá se habla muy bien el castellano, tenemos dos mares, conservamos todavía muchos animalitos silvestres, hay bonitos paisajes, en fin, que en nuestro terruño pelecha el mejor café del mundo y se cría uno que otro futbolista destacado. De manera que cuando en los aeropuertos, fronteras y ciudades del extranjero nos hacen los mismos comentarios manidos sobre la calidad de la cocaína colombiana, ya no nos molestamos en responder y sonreímos con ironía condescendiente.
Sea como fuere, nos cierran las puertas de muchas fronteras y nos niegan con frecuencia las visas para entrar a Norteamérica o a Europa, así sea para pisar sus territorios por unas horas en tránsito obligado hacia otros países que nos quieren bien.  Por eso se dice -no sin razón- que somos una nueva raza de parias en el mundo.
Ahora bien, he recibido con regocijo -pasado por agua- la noticia inane de que gracias a la gestión diplomática de nuestro Ministerio de Relaciones Exteriores, los colombianos podemos visitar hoy sin visa el doble de países que hace una década. Según el despacho noticioso de la Cancillería, han abierto sus puertas a los colombianos países tales como Burkina Faso, Burundí, Cabo Verde, Comoras, Kenia, Madagascar, Malí, Mozambique, Yibuti, Tanzania, Togo, Uganda y Zambia en el continente africano, y Honduras en Centroamérica. A mí me complace mucho que podamos visitar fácilmente países que comparten con nosotros las aulagas y los problemas sociales –San Pedro Sula, en Honduras, por ejemplo, es la ciudad más violenta e insegura del mundo según las últimas encuestas-, y yo personalmente me solidarizo con todos ellos, pero, aunque quisiera conocer tan hermosos países, considero insensato invertir en pasajes y alojamientos costosos para asumir los mismos riesgos que padezco en mi tierra sin pagar un peso. Con todo, cabe destacar que también Rusia y Turquía nos han abierto sus fronteras, así toque sacar la visa Schengen para poder hacer escala en cualquier nación europea en nuestro destino al antiguo país de los soviets o a la puerta de Asia, como quiera que no existen vuelos directos de Bogotá a Moscú o a Estambul.
Loable, sin embargo, el esfuerzo de nuestra diplomacia vernácula para convertirnos a los colombianos en “ciudadanos del mundo”.


(Créditos foto: parque del "Country", Bogotá, Colombia. Foto de H. Darío Gómez A.)

lunes, 23 de enero de 2012

El hombre de la represa




Nadie sabía con exactitud desde cuando trabajaba el hombre para la represa. Se sabía, eso sí, que era el dependiente más antiguo, que vivía, literalmente, pegado a su puesto de trabajo, y que sus funciones eran totalmente desconocidas. Con el correr del tiempo la represa evolucionó en magnitud y tecnología, pero ninguna administración se preocupó por conocer la naturaleza de su oficio. Los otros trabajadores lo llamaban con sorna, “el activo fijo”, tal vez porque se habían acostumbrado a verlo como parte del mobiliario. Y es que, ciertamente, el hombre permanecía en su puesto concentrado e inmóvil; se diría que en estado letárgico de no ser por la rigidez de su expresión.

Así había sobrevivido a muchas administraciones, hasta que llegó un nuevo gerente, eficiente como una guillotina, quien preguntó por las funciones del hombre. Como nadie le supo responder, y además consideraba indigna de su cargo la molestia de preguntarle directamente al hombre, ordenó su destitución inmediata.

Al hombre le llegó una carta escueta, impersonal y fría, como suelen ser este tipo de misivas, en la cual le informaban acerca de la destitución y retiro inmediato de su puesto de trabajo habida cuenta de la inutilidad de sus funciones. El hombre leyó la comunicación, y en su rostro inmemorial se iluminó por primera vez la expresión del descanso. 

-¡Al fin! – dijo el hombre con una voz como salida del fondo de las aguas quietas, pero no dijo más. 

Entonces recordó la orden impartida por un ingeniero, desde los tiempos de la construcción de la represa, que le imponía tapar con su dedo índice, hasta nueva orden, una pequeña grieta del dique. Y esa nueva orden por fin había llegado.

El hombre y su dedo índice izquierdo -era zurdo- se retiraron del puesto de trabajo con la satisfacción del deber cumplido. Por la pequeña grieta descubierta se asomó primero un hilo de agua, luego se dibujó en el dique una gran cicatriz por la que se coló un enorme chorro ávido de libertad, y finalmente se vino encima toda el agua de la represa llevándose consigo el dique y el moderno edificio que alojaba las oficinas administrativas, entre ellas las del gerente, que al final del día no tuvo tiempo de conocer la naturaleza del trabajo del hombre.

(Créditos fotos: Soul meets body, www.flickr.com y www.morguefile.com)

martes, 17 de enero de 2012

Breve historia de un libro breve



Hace cinco años prometí no volver a comprar libros. Al menos hasta que haya leído los que hibernan impunemente en mi biblioteca, muchos de ellos, debo confesarlo, sin haber sido ni siquiera ojeados. Desde entonces sólo he roto mi promesa un par de veces. Claro está que los ejemplares que me incitaron a pecar bien valen la condena.  Pero esa es otra historia.

Ayer, sin embargo, volví a faltar a mi juramento.  No me remuerde la conciencia por el gasto incurrido –el libro me costó apenas mil pesos-, sino por la morosidad en las lecturas pendientes y la falta de espacio en los anaqueles. Para que se formen una idea, mil pesitos en Colombia son una bicoca que sólo alcanza para tomarse un café negro en la panadería del barrio o para comprar una empanada con relleno de dudosa procedencia. Con todo, no lo adquirí por barato sino porque me llamó la atención que el vendedor tuviera entre su venerable mugre un libro de Stanislaw Lem, un autor polaco de ciencia ficción que quise leer en la adolescencia y no pude.

En el pasaje peatonal de la Avenida Jiménez con octava de Bogotá se planta de lunes a viernes, a partir de las cuatro de la tarde, un sujeto que extiende en el piso una lona donde esparce sin concierto su carga de libros que cabe en una tula enorme, como la de los marinos que se embarcan con destino a ultramar para nunca regresar. Eso es, hagan de cuenta, un “agache" de San Victorino. Sabrán disculpar la expresión tan coloquial y acaso incorrecta; mas si dijera, por ejemplo: “imaginad un tenderete del centro de la ciudad”, sonaría bastante cursi. En Latinoamérica no utilizamos la segunda persona plural en su forma arcaica y respetuosa como lo hacen en la madre patria. Las circunstancias nos han vuelto algo ariscos. Por estos lares nos tratamos de usted”, sin que tal deferencia implique distancia. Me tendrán que perdonar asimismo que me vaya por las ramas. Tal vez sea porque no tengo mucho qué contar.  La vida de un abogado experto en seguridad social es más bien aburrida. No obstante, me interesa mucho la naturaleza humana, de manera que he aguzado con el tiempo mi capacidad de observación.

Refería que en el pasaje de la avenida Jiménez con octava se para un comerciante de libros viejos y los vende a mil, cualquiera que uno escoja. Mejor dicho, el que uno se agache y escoja del piso. De allí la expresión coloquial “agache” para significar: “puesto de venta al por menor ubicado al aire libre”. ¡Y vuelve el burro al trigo! Soy tautológico con frecuencia. Lo cierto es que siempre que voy al centro paso por allí con la esperanza de encontrar algo interesante entre tanta basura. Pero sólo hay códigos derogados, monografías caducas, revistas del Círculo de Lectores, textos desactualizados de contabilidad, biografías de ilustres desconocidos, manuales de Cobol -háganme el favor-, el nuevo testamento versión Reina-Valera que regalan en los hoteles, libros de lujo de Enver Hoxha, el ex dictador de Albania -qué tal-, revistas de corte y confección, en fin, todo a mil.  Y aunque no compro nada, me dedico a observar los clientes del librero-basurero de marras.  Son generalmente pensionados o desempleados, sujetos taciturnos que entran a los cafetines para apurarse un tinto -sin apuro-, esperando que salga la resolución de la pensión, la mesada esquiva o el empleo prometido por el político de turno; losmismos que hablan pestes del gobierno –con toda la razón-, plantean negocios chimbos y miran con lascivia a las muchachas oficinistas que caminan por la acera.

Un viernes por la tarde vi a un tipo comprar en el “agache” un libro verde de la editorial TEMIS. Luego se dirigió al Café San Moritz y se sentó a ojearlo. Era una edición de bolsillo del código penal colombiano de 1936, que rigió hasta 1980. De estirpe positivista  –y un tanto fascista-, este código estaba inspirado en las teorías de Enrico Ferri, criminalista italiano que partía del supuesto, acaso derivado de la pseudociencia de la frenología, del delincuente nato con personalidad antisocial y por consiguiente proclive al delito. De otra parte, el código citado establecía en favor del varón el “conyugicidio por honor” como causal de atenuación punitiva cuando se cometía dicho crimen “en estado de ira e intenso dolor”. Tal medida, sin embargo, no era aplicable en beneficio de la mujer. ¡Qué ironía! No sé que utilidad pudo sacarle este buen hombre al libraco. Quizás pensó -al leer tan peregrina normativa-, que si al llegar al hogar sorprendía a su mujer con otro tío, sería lícito asesinarla en nombre de su honor mancillado. Aunque eso es hilar muy delgado.

Y hablaba del libro que le compré al hombre del “agache”. Rompí, pues, mi promesa de no comprar libros y adquirí por mil pesos el de Stanislaw Lem que lleva por título “Un valor imaginario”. Se trata de una selección de prólogos –irónicos y fantásticos- a libros inexistentes publicados en un futuro incierto. Como todos los libros de su género, el de Lem, inventor de la “prologología” -ciencia que debe ser afín a la “averiguática” concebida por el maestro Roberto Cadavid Misas- , tiene como filones temáticos la paradoja y el sinsentido que gobiernan la raza humana. Así por ejemplo, el autor se inventa un prólogo a la literatura “bítica” (término probablemente derivado de bit, acrónimo de binary digit), entendida, según el, como aquella cuyo autor no ha sido el hombre. Descartados también los textos sagrados dictados directamente por Dios y transcritos por los hagiógrafos, nos queda, entonces, la literatura escrita por las máquinas.  

Aunque en pleno siglo XXI el asunto no parece muy novedoso –los computadores de hoy escriben prácticamente por su cuenta, y además corrigen lo que a su juicio son errores nuestros-, se debe considerar que el libro en cuestión fue escrito en 1973. He allí su mérito como material de ciencia ficción. Ahora bien, debo aclarar que la presente entrada de blog no es una reseña bibliográfica ni mucho menos.  La crítica literaria excede, con mucho, las capacidades limitadas de un peatón.  Se trata simplemente de contar las pequeñas cosas que ocurren en torno a la adquisición pecaminosa de un libro:  la observación, los vendedores callejeros, los pensionados, los desempleados, los cafetines de la Jiménez con novena, la naturaleza del ser humano, las muchachas que pasan por la acera, la esperanza, la frustración, las ilusiones perdidas, qué sé yo, los pretextos para escribir un post. La vida de un abogado, creo haberlo dicho, es carente de motivos para la literatura, salvo que se trate de martingalas para timar a viudas vulnerables y huérfanos indefensos. Pero al respecto ya se ha escrito mal que bien lo suficiente.

El libro adquirido en el “agache” es de la Editorial Bruguera de Barcelona –infortunadamente desaparecida- que editaba libros estupendos a buen precio.  También editaba, por encargo de la Compañía Nacional de Chocolates, el álbum de Historia Natural de las chocolatinas Jet, quizá el referente más dulce de la infancia de los colombianos nacidos en los años sesentas del siglo pasado.  Hago el comentario porque al interior del libro encontré  por coincidencia una lámina del álbum  -la calavera del Homo Sapiens- que todavía conserva el sempiterno aroma del cacao.  ¡Un milagro de la memoria olfativa!



Se preguntarán a quién pertenecía el libro antes de encontrarlo arrumado en un basural. Era de una tal Caya Camacho. Así está escrito con tinta fucsia y letra de colegiala en la primera página, con una fecha escrita a continuación: enero de 1983. Tengo la impresión de que su nombre de pila es Claudia. Conocí a una Claudia a quien llamábamos Caya con cariño.  Era una niña de rizos negros  y cachetes encendidos que se encaramaba en los árboles con más agilidad que nosotros, los chicos malos de la cuadra.  Quizás por envidia de su habilidad felina para trepar, los del barrio decían con sorna que Caya era marimacha. Falso. Tenía esa niña las manos más delicadas que pueda recordar, y su boca era como un botón de rosa a punto de reventar. Y Caya tenía, además, el álbum de  Historia Natural de las chocolatinas Jet. No estoy sugiriendo que la antigua dueña del libro fuera la misma Caya. No. Eso sería un disparate. Es sólo que el libro me evoca su dulce recuerdo.

Y esta es la breve, insustancial e intrascendente historia de un libro rescatado del fango por un peatón impenitente.  No es el mejor libro de Stanislaw Lem, hay que aceptarlo, pero vale por el recuerdo de la infancia, por la evocación de la belleza que nos permite afrontar con esperanza el absurdo. 
(Créditos foto: Carátula libro de S. Lem de H. Darío Gómez A. y Álbum de chocolatinas Jet, cortesía de www.haylibros.com)

lunes, 16 de enero de 2012

Optimismo



Nadie se llame a engaño: “no hay almuerzo gratis” (aseguran los economistas),
y el hombre es lobo del hombre como reza el necio precepto;
pero lo importante no es la ley sino sus herméticas excepciones,
sus exiguas confirmaciones reducidas a pequeñas gotas de esperanza
por el autoclave manchesteriano.

Ocurren a veces incidentes generosos que no corresponden al azar,
ni a la gazmoña caridad del poderoso
y he aquí que uno se reconcilia con la raza de los bípedos "pensantes"
cuando presencia una mano extendida al condenado
o cuando escucha la voz prestada sin interés a quien le negaron el crédito de sus palabras;
uno se conmueve, qué sé yo, con los proyectos para colorear los mapas del despojo,
no con la hemoglobina de sus hijos, sino con pinturas de maíz y secreciones nutritivas de ganado manso
para mitigar su angustia inveterada.

Planta exótica es la solidaridad, pero hermosa cuando  florece.

Entonces se trasluce en el horizonte un arrebol
que conjetura la Arcadia extraviada en las antípodas del “progreso”.
Y a las dieciocho horas pasa por fin el colectivo saciado de humanidad,
con rumbo opuesto al resplandor de la tarde. 

(créditos foto: el peatón en la Sierra Nevada del Cocuy, Boyacá, Colombia. Foto de Francisco Hernández)

miércoles, 11 de enero de 2012

Viejo no, muy usado



Según el DANE, entidad –desacreditada- que lleva las estadísticas oficiales en mi patria, la esperanza de vida de un Colombiano es de 74 años. Con cincuenta cumplidos, y haciendo un acto de fe, concluyo que ya he transitado las dos terceras partes de esa cosa abstrusa, refractaria al entendimiento, a veces cruel pero siempre estimulante -a la manera de un tiovivo- que llaman vida.

Desprovisto de su componente espiritual, el ser humano sigue siendo una máquina maravillosa –pero máquina al fin- que se desgasta con el uso. Creo con el poeta Castro Saavedra que nos vamos gastando contra la ropa. Pienso que el sol  nos va secando los fluidos energéticos, y la fricción permanente contra el viento va erosionando los componentes  positivos y negativos de nuestros átomos. Todavía más cuando se es un caminante impenitente e inveterado como el suscrito, que anda por ahí expuesto a las inclemencias del clima.

Por tal razón aproveché estos días de asueto para acudir al examen médico preventivo de los cincuenta años.  Eso es algo así como la revisión técnico mecánica de un auto -previa a la “chatarrización” o “repotenciación”, según el caso-, cuando este ha llegado a los quinientos mil kilómetros.

Lo cierto es que el doctor Jiménez, uno de esos médicos a la antigua que aún se toma el trabajo –y el tiempo-  de hacer un buen examen clínico, después de analizar las pruebas diagnósticas ordenadas con anterioridad, determinó que tengo el chasis ligeramente torcido, algunos –muy leves-problemas en la compresión del motor a causa del sobrepeso, y la latonería en regular estado por mi irresponsable exposición a los elementos. Lo que en términos menos automotrices quiere decir que tengo el hombro derecho un poco caído a causa de una escoliosis –pero ese ya es problema de mi sastre-, hipertensión arterial y manchas en la piel. Por fortuna para mí, de donde el cuerpo forma horqueta para abajo –como decía el viejo Lucas Caballero- no tengo ningún problema, y todo me funciona a la perfección.

Después de escuchar con estoicismo al doctor Jiménez, le pregunté si esos achaques se deben a que me estoy volviendo viejo.

 -Viejo no; pero si muy usado. –sentenció el galeno.

Y entonces me dio por pensar en el uso que le he dado a mi vida.  Concluí que, en efecto,  hasta la fecha el uso ha sido intenso. Bueno o malo, no lo sé, pero si me consta que ha sido exento de avaricia, como pasa con esos "pichirilos" que ruedan dignamente por las calles conducidos con orgullo por sus dueños agradecidos. Ahora bien, a riesgo de teorizar sin fundamento, creo que dependiendo del material en que hayamos sido fabricados, el uso que hagamos de la vida nos convertirá en mejores o peores seres humanos. Yo, aunque muy usado, todavía no sé de qué material estoy hecho. El tiempo y las circunstancias lo dirán.

(Créditos foto: El peatón en el museo de "Otraparte". Foto de Alejandro Gómez)

martes, 3 de enero de 2012

“Promesa de dar” gato por liebre



En tres días llegarán oficialmente los Reyes Magos.  Y que yo sepa, no hay indicios de que traigan consigo la mitad de la fortuna de Bill Gates y su socio Warren Buffet, que, en momento aciago, prometieron junto a otros multimillonarios donar para obras de beneficio común. Ese dinerillo, mal contado, asciende a la suma de cincuenta mil millones de dólares.  Es decir, lo suficiente para garantizar, por ejemplo, el servicio integral de salud de veinte millones de seres humanos pobres durante diez años.

De eso hace ya dieciocho meses, y a la fecha no hemos sabido que los magnates que se regodearon hasta la saciedad con su campaña mentirosa, The Giving Pledge, hayan soltado un dólar.

Descreído como soy, confío más en los tres Reyes Magos que en los magnates en cuestión. Y eso que no sabemos cuántos magos eran en realidad,  si eran reyes o timadores. Tampoco se conocen sus verdaderos nombres, ya que el evangelio de Mateo no los menciona. Melchor, Gaspar y Baltasar parecen ser más bien sus alias.  Con todo, creo más en ellos que en alias Gates y alias Buffet, como quedó dicho. Ese par como que nos metieron gato por liebre. Y aún diría más: ni siquiera nos dieron el gato. Nos "pusieron conejo", como decimos en Colombia cuando hemos sido víctimas de un engaño.

Ahora bien, partiendo del hecho, acaso  esotérico, de que mi relación con  los Reyes Magos ha estado signada por la frustración, mi adorada hija se empeñó en reconciliarme con los viajeros de oriente, prometiéndome conseguir el regalo que yo quisiera, “cualquiera que fuera”. Pero mis caprichos no se procuran en Amazon.com, sino, en el mejor de los casos, en los “agaches” de los mercados de pulgas.  El hecho es que le pedí una réplica a escala de un autobus londinense rojo (el "routemaster"), de preferencia metálico y hecho en Inglaterra, como uno que tuve en la infancia y se perdió para siempre.  Aprovechando sus vacaciones de la Universidad, mi hija visitó varias ciudades de los Estados Unidos, indagó en centros comerciales especializados y recomendó a sus amigos y conocidos mi encargo banal, pero sin éxito.  Después de casi dos años sin cejar en su empeño -su determinación es a prueba de fuego-, mi nena viajó unos días a San Francisco para visitar a una prima que se encontraba estudiando inglés, alojada a la sazón en la casa de una adorable pareja de esposos de mediana edad radicados en esa ciudad. Y he allí que el dueño de la casa tenía en su biblioteca el autobus anhelado. Ella le contó al buen hombre el intríngulis de mi encargo a los Reyes Magos, e incluso -como buena lectora que es- hizo una lírica comparación de mi capricho con la rosa de invierno del cuento popular de la "bella y la bestia", de suerte que, como era de esperarse, este caballero  amabilísimo -a quien Dios guarde- se lo obsequió, conmovido, para que lo hiciera llegar  a mis manos (hay foto del portento).


Resultó, pues,  que mi hija encontró -sin buscarlo- a uno de esos magos que, a juzgar por su estampa, se parece más a san Nicolás que a un beduino. Mucho más efectivo, en todo caso, que los malhadados Gates y Buffet en quienes confío más bien poco.

(créditos fotos: No.1 full de reyes, de www.morguefile.com; No.2 san Nicolas y esposa, de Angela Gómez)

Los puntos susp......versivos

En el reino de las líneas, los puntos eran vistos con desconfianza. Y era natural, pues las líneas, siempre organizadas como un...