lunes, 27 de febrero de 2012

Circo sin nombre



Conocí el circo cuando cumplí diez años.  No digo “a la tierna edad de diez años”, porque entonces había fallecido mi madre  y yo era un mocoso insoportable, endurecido por la orfandad prematura atizada por la rigidez castrense de mi padre. De tierno no tenía sino el pellejo. Lo cierto es que el “Tihany” , así se llamaba el circo, estableció su campamento de tres pistas  (con su aviso luminoso como de casino de Las Vegas)  en un baldío de la carrera séptima con calle veinticuatro, en el barrio Las Nieves de Bogotá, donde todavía subsiste un estacionamiento que los domingos se convierte en el “mercado de pulgas de San Alejo”.  

Tengo la impresión de que no fue un espectáculo extraordinario para mi alma infantil,  ya que sólo me quedaron recuerdos caliginosos de bailarinas con trajes diminutos y penachos multicolores, y de unos payasos que realizaban su número en un pequeño auto convertible con un telón de fondo donde proyectaban una película que simulaba una persecución, como el remedo de una película de Buster Keaton, mientras ellos salían y entraban con torpeza del vehículo, reemplazando alternativamente al conductor  (dueño de una enorme nariz de tomate y con zapatones verdes) que huía a brincos por la pista llevando en su mano enguantada el aro rosado del volante. Eso es todo lo que me qued'o grabado . En cualquier caso, nunca olvidé el nombre del circo: “Tihany”.

Porque los circos, aún los más humildes, deben tener un nombre si quieren  permanecer en la memoria del público alucinado.  Coincido con el poeta Edmond Jabés en que para existir se necesita primero ser nombrado.  Así, los circos que acampan como gitanos en los ejidos de los pueblos tienen nombres que encienden la curiosidad de los  niños: “Gran Circo de Tuerquita y  Cepillín”, “Circo Mágico del  Taumaturgo Baltasar”. Otros inventan nombres menos rimbombantes pero que evocan candorosamente la fama de los más exitosos:  “Circo de los hermanos Guasca”.

Pero en las afueras de la ciudad de Bucaramanga hay un circo sin nombre.  Está enclavado en el fondo de un barranco que se descuelga de uno de los dedos de la meseta (parecida a una mano) que sostiene la ciudad. Es como si en lugar de brillar con sus luces de fantasía para atraer a los parroquianos quisiera pasar desapercibido al abrigo de los estoraques, esos gigantes de piedra rojiza semejantes a guerreros de terracota, esculpidos por el rigor de los tiempos.  Quizá se atornilló en ese terreno para no irse jamás, como el circo sempiterno de la ciudad itinerante de Italo Calvino que permanece estático en su solar mientras las caravanas de camiones cargan con los edificios públicos, las plazas, las escuelas, los bancos, los centros comerciales, las fábricas y las viviendas de la urbe rodante, para irse del lugar hasta la siguiente temporada. O acaso es un circo fantasma, que, como un perro viejo, sólo busca un lugar para echarse a descansar después de dibujar un circulo imaginario con su cuerpo.

Desde el taxi que me conduce al aeropuerto  por las circunvoluciones de la calle sesenta y cinco veo el circo sin nombre pasar. Digo mal. Él me ve pasar por la carretera con esa dejadez  de paisano  extraviado por el sopor.  Yo intuyo, indiscreto,  a través de las líneas blancas y azules de la carpa,  al domador que cepilla con nostalgia el pelamen de la fiera moribunda, y prefiguro a la mujer barbuda consintiendo al contorsionista que se hace un ovillo en su regazo.  Entonces me estremece una rara sensación de ternura.

(Créditos foto: de cat eye, www.flickr.com)

lunes, 20 de febrero de 2012

Malecón



Me gusta la palabra malecón. Malecón huele a pescado, a puerto, a gaviota presa de la brisa decembrina, a salitre, en fin, a mar. O a río, cómo no. Pero ese es otro malecón. Algo metafísico quizá, pues debemos hacer un acto de fe para imaginar desde la ribera la inmensidad de su desembocadura en el mar.

Cuando pronuncio la palabra malecón, yo, que nací en tierra fría, lejos del mar, me estremezco como un adolescente que acude a una cita furtiva con su amada; sí, allí mismo, en el malecón.

Palabra versátil, esta de malecón: sinuosa como la costa que pretende imitar con su alma de adoquín; larga en hectómetros, decámetros, o kilómetros, qué mas da. Pero corta, sin embargo, como la dicha. Paralela al abismo insondable de las aguas; triste cuando mira a los que se van. Malecón me suena a pañuelo blanco, a bienvenida, a terraplén, a muralla candorosa contra el tsunami, a muchacha broncínea y fresca, a pescador, a helado de sorbete, a pasión…

Con todo, a los habitantes de Bogotá la hidrografía –en componenda con la orografía- nos birló la posibilidad de probar la miel salada que rezuma la palabra malecón.  Nuestro río, ya cadáver, discurre hacia el poniente alejado y vergonzante, cargando -sin culpa- nuestro hedor.

Bogotá no tiene tren, ni tranvía, ni río, ni malecón. ¡Ay!, ciudad mía, yo te he declarado mil veces y una vez mi amor. Obra en el expediente prueba documental del hecho en cuestión. Mas hoy te quiero un poquito menos porque me negaste la palabra malecón. Mañana, sin embargo, volveré a quererte  igual.


(Créditos: Malecón del río de Oro, Girón, Santander, Colombia. Fotos de H. Darío Gómez A.)

martes, 14 de febrero de 2012

Ciudadanos del mundo II



Con ocasión de la publicación del post que escribí hace unas semanas titulado “Ciudadanos del Mundo”, una querida lectora me reclamó reivindicar con mayor vehemencia las virtudes que adornan  a los colombianos de bien -que somos la inmensa mayoría-, frente a las infamantes generalizaciones que nos muestran ante el mundo como narcotraficantes violentos.

Sin embargo, creo yo, las virtudes de los ciudadanos de bien no son muy diferentes en Bogotá que en Hanoi, Amberes, la Patagonia o Kampala. En Tallín, como en Miami, la Habana o Ciudad Bolivar, a orillas del gran Orinoco, hay hombres, y por supuesto mujeres, cuyas pequeñas historias de vida son generosas en conductas dignas de imitar. Se podría escribir un libro sobre la naturaleza humana con sólo entrar en las cocinas de los pueblos pequeños, arrellanarse en los sillones de los gerentes de los bancos o esculcar en los talleres de talabartería de los barrios marginales de las grandes ciudades. Nuestras pertenencias son más locuaces que sus dueños. Sería interesante poder interpretar el lenguaje de las cosas para entender los motivos que mueven a sus poseedores: ora la avaricia mezquina, ora la creación generosa.

Pero aunque no soy quien para juzgar las virtudes, se reconocerlas. Hace unos años  -me perdonarán el ejemplo tan coloquial, mas no perderé tiempo ni credibilidad citando filántropos de cartón piedra o inversionistas de capital en quienes creo aún menos- conocí a un paisano que tenía por oficio la ornamentación en metal, pero los fines de semana hacía por encargo videos caseros de bautizos y matrimonios en los barrios populares. Este buen hombre me decía –con candorosa socarronería- que su trabajo subsidiario consistía en inmortalizar el paraíso de papel festón alquilado por horas en un salón comunal. Se me ocurre que un ciudadano que filma a destajo la dicha para que sus protagonistas puedan prolongarla hasta el infinito reproduciéndola en su humilde cuartito de pensión, tiene que ser -insisto en ello- una persona de bien. Y así cunden los ejemplos, como el de la muchacha que tararea baladas mientras vende en la calle el diario de la tarde, o el hombre que silba al tiempo que escarba con cuidado para rescatar  de nuestra basura las botellas de vino ya escanciado, las cajas de cartón que alojaban nuestras pertenencias sin estrenar y las letras de los periódicos ya leídos, qué sé yo...

(Créditos foto: Jazz al Parque, Bogotá, 2010, foto de H. Darío Gómez A.)

lunes, 13 de febrero de 2012

Violinista en el tejado y un perro




A Marc Chagall, y su pintura: “Violinista verde”

¿A qué desolado gueto llevó Eolo las notas verdes de tu violín?
¿Acaso lograste ensartar sus acordes etéreos en la cola de un cometa?

No sé. Pero es seguro que sobre el tejado volaron más lejos los colores del alma,
para derretir la nieve de Vitebsk con tu música de fiesta.

Y he allí que hasta el perro canijo aprobó tu maroma de violinista
sin reprochar tus zapatos dispares,
como único testigo de la esperanza.

lunes, 6 de febrero de 2012

"Blogorrea"



Los lunes, muy temprano, me pongo al día en la lectura de los comentarios que los ilustres visitantes dejan en mi entrada (post) semanal. Yo aprecio esa cortesía en lo que vale, porque me cuesta mucho trabajo poner en blanco y negro las ideas que se me ocurren durante la semana para compartir con ustedes. Es una tarea que requiere bastante “oficio” -como dicen los entendidos-, más todavía para aquellos que, como yo, no vienen con el chip de la retórica incorporado de fábrica. Y el blog, como la huerta casera, debe ser regado permanentemente con el agua fresca de la palabra para que no muera.

Con todo, es enorme la cantidad de blogueros que existe -y subsiste- en el ciberespacio, y yo admiro su persistencia así como su capacidad para escribir tópicos interesantes. Noam Chomsky prefiguró hace años las posibilidades infinitas de la Internet como herramienta -buena o mala dependiendo del uso que se le dé- para compartir el conocimiento y la información. A mi modo de ver,  el blog arroja hasta la fecha un balance positivo, como quiera que se ha convertido en un sucedáneo masivo de la tertulia de cafetín, o del “five o´clock tea” de las damas, donde se compartía el comentario ingenuo -o maligno- sobre los temas de actualidad, el chascarrillo, el gusto por la ciencia, el arte, la culinaria, el cine, qué sé yo,  la música, o la afición por las letras. ¿Quién no soñó alguna vez con tener, ya no digamos seis contertulios, sino quinientos mil lectores de sus experiencias como ferroviario, en menos de dos años? El blog lo ha hecho posible.

Porque todos los fulanos y fulanas de tal, a despecho de quienes se creen los dueños de los temas importantes, tenemos algo que decir. En cualquier caso, yo celebro que haya cientos de miles de blogs en el mundo, así no traten de aspectos “graves y trascendentes”. Compartir con otros las cuitas, las experiencias y aún las banalidades puede ser liberador. ¡Viva la catarsis, muera el PROZAC!

De aquí vino a resultar que algunos profesionales de la palabra escrita, tal vez molestos por el hecho de que ciudadanos comunes y corrientes puedan cautivar algunos lectores, sacaron a la palestra un nuevo término para designar de manera peyorativa la persistencia de los blogueros aficionados: blogorrea.  Con este socorrido y horroroso neologismo -si cabe el término- han querido insultar el flujo más o menos constante de entradas, es decir, la locuacidad necesaria para mantener vivo un blog. Como si todas las entradas no “especializadas” fueran carentes de belleza o de significado. ¡Qué infortunada generalización!

Yo soy seguidor de muchos blogs, en su mayoría espléndidos,  otros quizás no tanto, pero todos desbordantes de sensibilidad. Todos con un mensaje que enriquece la historia total del ser humano sobre esta tierra con la que pronto vamos a acabar. Todos con experiencias de vida que conmueven al lector: “a mí me pasó lo mismo que a usted”, comenta en un blog mexicano un caballero de Pereira. “Yo también ví esa telenovela en el setenta y cuatro”, escribe en otro una señora de Santiago de Chile. “Todos los hombres terminan por engañarla a una”, sentencia una dama en Nueva Loja al leer un blog salvadoreño. “hermoso tu poema, ¡cómo no se me ocurrió a mí primero!”, se duele un ciudadano de Calgary. En fin, la poesía no es patrimonio exclusivo de los vates consagrados. La buena prosa también campea en los blogs de los ciudadanos de a pie.

Y en cambio las veleidades de algunos escritores reconocidos ocupan hoy sus blogs, en el mismo lugar donde otrora  pacían sus buenas letras. Así por ejemplo, se ventila por estos días en varios de ellos la trifulca por un premio de “Vida y Obra”, cuyo tratamiento nos recuerda la alcurnia de una pelea de marchantas en la galería, pero sin su encanto natural.  Uno que otro escritor de oficio, sin embargo, habla de blogorrea en el ciberespacio. Por mi parte reivindico el blog como instrumento de democratización de la palabra sin ínfulas, de la charla sin pretensiones intelectuales, esto es, de la blogorrea simple y llana, así suene escatológico el asunto.

Los puntos susp......versivos

En el reino de las líneas, los puntos eran vistos con desconfianza. Y era natural, pues las líneas, siempre organizadas como un...