martes, 27 de marzo de 2012

Domingo de resurección...... del teatro

(Detalle de la fachada del Teatro Nacional de Panamá. Foto de H. Darío Gómez A.)

A PROPÓSITO DE LA SEMANA SANTA, TEATRERA, IBEROAMERICANA Y ALTERNATIVA EN BOGOTÁ

I
Un hombrecillo con la cara percudida entra en escena por la esquina sur occidental de la plaza de Bolivar blandiendo un botellón de plástico, cuyo contenido es tan desconocido como el color de sus harapos. Se detiene de golpe a mirar unas muchachas con pelucas rojas y nariz de tomate que promocionan el Festival Iberoamericano de Teatro. En seguida suelta una carcajada estruendosa: -“Salieron a rezar los payasos de Mc. Donald´s”, -grita, y se pone a bailar alrededor de las modelitos haciendo ademanes, como de bendiciones, ante sus miradas atónitas. Las muchachas corren aterradas a refugiarse detrás de unos policías que las reciben con sonrisas socarronas. Es un actor natural de la ciudad defendiendo su espacio vital.

II
A las once en punto de la mañana sale de la Catedral, cargado en hombros, Jesús resucitado precedido por la banda de guerra del Batallón Guardia Presidencial que interpreta Yellow Submarine, como sugiriendo sin saberlo, que nuestro Señor se encamina al reino de Pepperland, acaso para rescatarlo del ataque de los pérfidos Blue Meanies en lugar de dirigirse al reino de los cielos, como debiera. Así parece confirmarlo una bandera morada que portan dos feligreses de saco y corbata donde se lee: "El nazareno nos ampare y nos favorezca". De manera que no puede haber equivocación. Sin embargo, un sacerdote reprende al director de la banda por el herético desaguisado, de suerte que el confundido músico castrense ordena de inmediato a sus chiflamicas tocar música marcial, más acorde con las circunstancias divinas del escenario sagrado que se tiende, como un tapete de almas en pena al paso del altísimo.

III
No lejos de allí, en La Candelaria, se discute en el seno del Festival de Teatro Alternativo (evento simultáneo al Iberoamericano, aunque sin apoyo oficial ni privado), sobre el Teatro y la Política. Conviven de esta manera dos festivales y una celebración religiosa que, como las vidas paralelas de Plutarco, discurren en el mismo escenario como líneas que se miran con desconfianza pero sin llegarse a unir ni siquiera en el infinito: una glamorosa y diletante; otra dialéctica y contestataria; y una tercera distante y ajena.

IV
Y de pronto, del sombrero arrugado de un taumaturgo urbano, recalamos los bogotanos de a pié, perplejos ante la oferta teatral patrocinada por el Evangelio según San Mateo y la Poética de Aristóteles.

Ahí les dejo ese trompo en l`uña.

viernes, 16 de marzo de 2012

Pequeñas narraciones intrascendentes XXII


 

EL GUARDABARRERA DE LA 163

 

Realmente no se puede decir que en la sabana de Bogotá hay tren.  La flota en operación consiste en dos locomotoras a vapor y un autoferro que arrastra los vagones inefables del Turistren que viaja hasta Zipaquirá. También hay una locomotora diesel al servicio del tren de carga de las Acerías Paz del Río, en Boyacá.  El primero, esto es, el tren turístico, mantiene itinerarios regulares durante los fines de semana, pero el de carga parece un fantasma que se desliza como un condenado impredecible entre las brumas de la madrugada sabanera. Lo demás es nostalgia.  

 

Pero a decir verdad, da mucha rabia que nuestra clase política, roñosa y burocrática, haya abandonado un medio de transporte tan eficiente sólo para favorecer los intereses de sus socios, los transportadores por carretera.  Volveremos algún día sobre esto. Lo cierto es que así sean cuatro "cafeteras" que ruedan de vez en cuando sobre los rieles oxidados del ferrocarril del norte, es preciso mantener un ejército de custodios para gobernar los palenques de los pasos a nivel que cruzan la línea del altiplano cundiboyacense. Tal es el oficio del guardabarrera de la calle 163 con avenida novena.

 

Al pie de la caseta amarilla y azul que guarece al funcionario vial de los rigores del clima hay un anuncio mesiánico de la extinta empresa Ferrovías de Colombia (fue liquidada en 2007) donde se lee: “Vuelve el tren”. Y a falta de algo mejor que hacer, el guardabarrera de la calle 163 cultiva en el solar  de  doce metros cuadrados donde se erige la caseta, un pequeño jardín de geranios blancos y rojos embutidos en tarros de galletas Noel, a manera de altar para mantener viva la ilusión por el regreso del tren, que, como el Salvador anticipado por los profetas, nos librará de la inmovilidad inveterada que nos agobia.

 

El tren nunca volverá (ojalá me equivoque), mas la esperanza es lo que cuenta.

(Créditos foto: de Supersakolin, www.flickr.com)

lunes, 12 de marzo de 2012

Soneto de la mujer que mira un buque zarpar

(Puerto de Cartagena, Colombia. Foto de OmarD, www.flickr.com)

(Por H. Darío Gómez A.)


Eterno viajero de cabotaje


Atracaste a salvo en mi ensenada,


Tu buque ancló pacífico en la rada


Merced a mi abrigo del bravo oleaje.




No estaba yo para extraviar tu viaje,


Ni aun  para dilatar tu partida,


Pero me empeñé en orientar tu vida


Hacia los confines de mi paraje.




Mas, tu destino estaba en otro puerto


Y con fácil billete de regreso


Dejaste al partir mi corazón yerto.




¡Oh dulce melancolía de tu ausencia!


Dolor por saber tu recuerdo muerto.


¡El olvido es de la soledad esencia!

jueves, 8 de marzo de 2012

MUJER CON MAYÚSCULA

8 de marzo

Mujer:
Dadora de vida que no se agota en el alumbramiento de la esperanza, sino que sigue dando vida toda la vida, y amor, y belleza, y sabiduría, y ciencia, y rebeldía, y valor, y sentido...

Mujer:
Acaso la razón más valedera para levantarse todos los días a enfrentar con entereza el absurdo.

Gracias, mujer.

(Créditos foto: Una de las razones de mi vida. Foto de H. Darío Gómez A.)

lunes, 5 de marzo de 2012

Pregón del peatón

 

Conviene que todos sepan, señoras y señores, lo que piensa el peatón:

Los sujetos que van en coche, como otrora los de a caballo,

llevan candorosamente su estatus a cuestas

como el cangrejo ermitaño arrastra en la arena su vivienda de nácar.

Y cargan su pesado bulto de aquí para allá, y de allá para acá, ¡ay, hombe!,

pero ellos creen que no hacen sino rodar.

Llevan pegada la cuota del carro

como una piel de lagarto, insensible al placer de caminar.

Vienen contaminados con la malasangre del atasco y la peste del semáforo,

pero aún así exhiben con orgullo una bata de doctor que abraza la silla,

o el casco de ingeniero que protege la retaguardia del automotor.

Aman con ternura su posesión, aunque condenen sus huesos al duro catre,

más eso no importa, pues los entresijos del sueño no se ven.

Y encomiendan su estatus a la calcomanía del rosario de María santísima o al signo del pez,

según convenga al modelo del auto o de la confesión.

Pero no le perdonan la vida al peatón: el carro es para echarlo encima del bípedo implume. No faltaba más.

Porque a los peatones se nos envidia la movilidad,

esa libertad etérea que transita ligera paralela al asfalto

y bucea graciosa entre las piedras estáticas del río embotellado.

Nos envidian por sorbernos la lluvia y, si se quiere,

también el esmog.

Es cierto que los peatones nos derretimos un poco con el sol,

se sabe que se nos evaporan las ilusiones con frecuencia

y se nos gastan los pies contra el pavimento; pero,

aunque nos cueste la vida, ¿Cómo vamos a renunciar a esa felicidad tan pedestre?

(Créditos foto: "Mi pie izquierdo", foto de H. Darío Gómez A.)

viernes, 2 de marzo de 2012

Gracias muchachos, gracias profe Pékerman



Se encendió la llama de la esperanza

Yo no sé de fútbol, así como tampoco sé de vinos. Mas, ¿quién dijo que para disfrutarlos había que ser técnico abstruso o enólogo pedante?

Aclarado lo anterior, paso a reiterarle mi amor a la selección Colombia. Y a opinar de fútbol así sea sin fundamento. No sé si logremos clasificar al mundial de Brasil 2014, qué más da. Pero los hinchas vernáculos -a costa de sueños fallidos- hemos desarrollado una fidelidad, digamos estoica, que va más allá de los resultados y los galardones. Hablo, por supuesto, de la afición de corazón puro, la que se congrega religiosamente a predicar el evangelio de la esfera pecosa, pongamos por caso, en el barrio Pescaíto de Santa Marta o en el Olaya en Bogotá, para citar sólo un par de ejemplos. De modo que disfrutamos a rabiar con los destellos de buen fútbol que con alguna frecuencia nos regala el equipo nacional, al que adoramos con amor de madre, es decir, no porque sea bueno sino porque es nacido de nuestra entraña.

Y antenoche, en Miami, frente a la digna representación de Mexico, nuestros muchachos nos brindaron un bocado de fútbol exquisito. Una vez despercudidos del incisivo ataque de los aztecas durante los primeros minutos del partido -que si no culminó con un gol en contra fue gracias a la agilidad felina del portero Ospina-, los nuestros comenzaron a deleitarnos con un juego expedito, ofensivo -como no acostumbraba la selección del Bolillo Gómez-, más libre, ligero, que resultó premiado con el estupendo tanto de Falcao García a los treinta y cinco minutos del primer tiempo, gol impecable del tigre -así lo llaman- que, agazapado entre los defensores contrarios, salió de la manigua para cobrar la presa con un rebote mortal. Pero a los doce minutos del segundo tiempo la dicha fue completa.  James Rodríguez, un jovencito de veinte años que pareciera tener implantado un GPS en su cerebro -como el insuperable Gerson en el mundial del setenta, o el magnífico Pibe Valderrama en su mejor época-, le procuró un pase de precisión al marcador de punta Pablo Armero quien, a su vez, le entregó de manera impecable el balón a Juan Guillermo Cuadrado para que pateara con el alma el preciosísimo gol que fue como una cataplasma para el espíritu de millones de colombianos que olvidamos por un instante las aulagas y fuimos realmente felices. Yo me salí de la piyama con el grito de goooooooollllllll que despertó a mi amada cónyuge -pobrecita-, y me costó un adormecido pellizco de su parte. Pero valió el dulce dolor.

Fue como si el profesor Pékerman les hubiera  desatado las alas a estos muchachos que, a pesar de sus talentos, estaban condenados a los grilletes de una defensa medrosa en tiempos del innombrable.  Un buen comienzo. Nos falta, ahora, liberarnos de la trasnochada "dirigencia" deportiva que nos agobia desde antiguo con su mezquindad impenitente.

Todo esto pasó un bisiesto 29 de febrero. Lo cierto es que el jueves primero de marzo los colombianos amanecimos con una arruga menos en el ceño de nuestra fruncida cara. Y eso, profe Pékerman, desquita hasta el último centavo de su salario bien ganado. Gracias muchachos, gracias profe Pékerman.

(Foto de Alejandro Gómez B.)

Héroes insospechados y clandestinos

“Los infinitos héroes desconocidos valen tanto como los héroes más grandes de la historia.” Walt Whitman Irene & Cia. Una muchac...