martes, 26 de junio de 2012

Perdido

 (Callejón del pasaje Hernández, Bogotá. Foto de H. Darío Gómez A.)

“Porque soy callejero, no te puedo querer…”
"Soy Callejero", canción en ritmo de salsa de Willie Rosario. Canta: Pupy Cantor


H. Darío Gómez A.

La calle tendió -coqueta- sus extremidades
y me indicó el camino sensual de su contingencia;
mis pies siguieron el trazo deleznable
de incógnitas pisadas precedentes
hasta el reino enervado del murmullo.
 

El horizonte abrió de golpe sus ventanas arreboladas
y se coló la noche en los sórdidos locales.
Detuve entonces mis pasos para contemplar el infinito
que se estrellaba, impotente,
contra el muro del callejón.
 

“Es el fin”, conjeturé perplejo, y regresé sobre mis huellas
para recuperar la mezquina compañía del tráfico noctámbulo,
acaso huyendo de un romance furtivo
con la eternidad.

martes, 19 de junio de 2012

Taller de refacción para espíritus estropeados



Mamá Sofía, mi abuela materna, cuyo nombre hacía honor a su sabiduría rica en sentido común, decía que los mejores negocios son la religión y los vicios. En ese orden. Hoy podríamos agregar a su lista de negocios redondos la salud y la educación. Pero es que la abuela (para su bien) no alcanzó a conocer las Aseguradoras de Salud (las fementidas EPS), ni tanta institución educativa de garaje que abre impunemente sus puertas a la juventud con esperanzas de formarse. Y aunque resulte paradójico, en mi patria los vicios al menos ayudan a financiar la salud y la educación pública. La religión no. Tal vez por eso resulta ser tan buen negocio. Desde que se aprobó la Ley de libertad de cultos (como reivindicación democrática de la Constitución de 1991, que celebro), se han fundado en Colombia cerca de mil quinientas nuevas iglesias cuyas denominaciones, en algunos casos, son francamente esotéricas. Yo mismo estuve tentado a fundar una, aprovechando la facilidad de palabra que algunos me achacan, así como la urgencia de mejorar mi situación financiera. Desistí del intento al adquirir conciencia de mis limitadas dotes histriónicas (soy patético) como pastor y porque además detesto las corbatas rosadas con pañuelos que les hacen juego. Pero sobre todo, renuncié a la idea al enterarme de que se adelanta en el Congreso de la República un proyecto de ley para penalizar el “constreñimiento religioso”, esto es, en plata blanca, ¡cárcel para los timadores! ya sean curas, pastores, imanes, hermanos, lamas, rabinos, chamanes o vendedores de aspiradoras. Bien se sabe que hoy por hoy muchas iglesias se mueven con sutileza entre las Sagradas Escrituras y el Código Penal.

Se me dirá que no todas las iglesias se fundaron para timar a sus fieles, y que la iglesia católica no puede seguir teniendo el monopolio del comercio espiritual (¿por aquello de las indulgencias?), en fin, cosas por el estilo; pero sábelo Dios que no me refiero a las iglesias históricas erigidas responsablemente para ofrecer sincero apoyo espiritual a sus fieles, sino a las sectas que pretenden esquilmar impunemente a sus seguidores, aprovechando su ánimo vulnerable. Yo supongo, para bien de la feligresía, que de ahora en adelante los líderes espirituales deberán transitar por los caminos de la fe como los seis príncipes hijos del rey Vimbosona que, según cuenta don Ramón Vinyes -el sabio Catalán-, “...para ir a Sakyamuni, dejaron en las manos del primer pasante sus sortijas… y sus ambiciones”.

Mas es lo cierto que desistí del negocio de almas al por mayor, y estoy pensando más bien en montar un pequeño taller de refacción para espíritus averiados, una suerte de primeros auxilios para el ánimo, de reparaciones menores para el alma antes de saltar al vacío. Mamá Sofía estaría de acuerdo conmigo en que hay espíritus que, como los zapatos gastados, aún resisten sus medias suelas y sus tapas para seguir caminando por el sendero del bien; puños y cuellos (de la camisa existencial) que se pueden voltear dignamente; medias para remallar, paños para tejer y agujeros que remendar todavía en este mundo consumista donde las cosas se fabrican para durar poco, como pasa con las relaciones. A mi juicio, existe la posibilidad real de “sanación” del espíritu a través de la palabra. Y no me refiero necesariamente a los textos hagiográficos o sagrados (que los hay extraordinarios, como el Eclesistés, ese libro existencialista), sino a cualquier texto que llegue a nuestra vida en el momento preciso. Siempre habrá algún libro -salvo de Paulo Coelho-, que nos diga algo novedoso y constructivo.

Veamos la carta de servicios de mi “TALLER DE REFACCIÓN PARA ESPÍRITUS ESTROPEADOS”:


SE PONEN MEDIAS SUELAS A LOS CORAZONES GASTADOS ¿De qué lado se gastan los corazones?

SE PONEN TAPAS AL CALZADO DEL ESPÍRITU para impedir que se nos suba al corazón la húmeda soledad.

SE VOLTEAN LOS PUÑOS Y LOS CUELLOS A LAS CAMISAS DE LA ESPERANZA La desesperanza roe y deshilacha la tela frágil de nuestra esperanza.

SE REMALLAN MEDIAS PERSISTENTES La persistencia es la malla que protege los sueños del absurdo y del sin sentido.

SE TEJE EL PAÑO DEL ALMA con cicatrices de filigrana invisible para heridas sin restañar.

SE REMIENDAN AGUJEROS Para que no se escape el sentido de la existencia, para que no se nos cuele el horror.

En casos severos se recomienda acudir al psiquiatra, al cura, al imán, al pastor, al hermano, al rabino, al lama o al chamán. Remisión sin compromiso.



créditos foto: de abuela www.flickr.com

jueves, 14 de junio de 2012

A pesar del horror subsiste la belleza



(Aguila pescadora. Foto de Rafael Gómez Bedoya)


Una amiga muy querida sostiene que frente al panorama desolador de los derechos humanos ella se cuida mucho, cuando escribe en su blog acerca de las historias de vida y testimonios, de no caer en las trampas de la cursilería y la nostalgia. Como si la indignación o la crítica ácida a nuestro absurdo estado de cosas fueran la única forma de exorcizar los espíritus malignos de la violencia o de proporcionar algo de catarsis a nuestro desequilibrio emocional causado por tanta barbarie. Parece que creyera, como  los personajes de Turgueniev, que este mundo ya no tiene solución y que la culpa es de otros irresponsables que ya lo habían echado todo a perder antes de poder hacer algo para evitarlo.

Yo le digo -a riesgo de equivocarme- que antes bien, el reconocimiento de la belleza, su recuerdo, es decir, la cursilería y la nostalgia, nos libran en muchas ocasiones de caer en las trampas del nihilismo y la desesperanza. Pero no es fácil, lo sé. Las malas noticias tienen plena cobertura mediática en tanto que los milagros cotidianos de la solidaridad y la ternura, así como los amaneceres arrebolados, pasan desapercibidos. Podría decirse acaso que las buenas noticias carecen de jefes de prensa. La tragedia, en cambio, cuenta con los mejores.

De manera que nos despertamos con la noticia del violador que empaló a Rosa Elvira Cely en el Parque Nacional -la violencia contra las mujeres es una práctica inveterada-, almorzamos con los atentados contra líderes -muchas de ellas mujeres, cómo no- de los procesos de restitución de tierras arrebatadas a sangre y fuego por los violentos de todas las pelambres, y nos acostamos con la crónica de un estudiante muerto a botellazos, posiblemente a manos de sus compañeros de estudio. Ciertamente no es fácil reconocer la belleza que subyace oculta entre tanta porquería.

Me ocurre con frecuencia que debo hacer un inventario de personas, seres vivos, paisajes, situaciones y cosas hermosas para no caer en la depresión, de suerte que repaso mi álbum de recortes y de fotos callejeras para recuperar la esperanza y reafirmar mi voluntad de agente de cambio.  Veo, por ejemplo, un recorte de prensa –escueto, casi imperceptible- con el testimonio valiente de María Cecilia Mosquera ante el Congreso de la República, donde relata la masacre de Segovia en 1998  -ochenta y cuatro muertos quemados-, cuando perdió a su familia y fue gravemente herida por un atentado del ELN contra el oleoducto de Machuca, y a pesar de todo le quedaron arrestos para exigir del Estado –muchas veces sordo y autista- la reparación de las víctimas sobrevivientes, porque, como dice ella: “todavía tengo ganas de salir adelante a pesar de la tragedia de toda mi familia”. Y es que María Cecilia vive hoy para dignificar la memoria de sus hijos y de su esposo. En su intimidad -especulo- les habla, comparte con ellos sus sueños, los mima y los consiente; quizás les consulta sus planes para el futuro, ese que la demencia terrorista les negó. Probablemente, frente al espejo, cuando se acicala, le consulta –coqueta- a la memoria de su marido si está linda. ¡Y claro que lo está! Si es la belleza misma.

María Cecilia, como otras valientes mujeres víctimas del conflicto que hoy lideran a riesgo de sus vidas procesos de reparación y restitución de tierras, es una  hermosísima flor de esperanza que brota del fango de la iniquidad, para colorear la vida y aromar el futuro. Una flor para María Cecilia, dadora de vida que representa la belleza integral de su género.

martes, 12 de junio de 2012

Crónica gráfica de un picadito en la playa

LOS LOCALES 
De pie, izquierda a derecha: Eduatdito (Eduardito), Datwin (Darwin) y Abbaro (Alvaro, con el balón). Abajo, acurrucado: Abbedtico (Albertico, o Muñeco, para su mamá y para los amigos).


LOS VISITANTES ("CACHACOS", ASÍ NOS LLAMAN A LOS DEL INTERIOR)
De izquierda a derecha: Alejo y el "Gotdo" (el gordo, o sea yo)



INCIDENCIAS DEL PARTIDO
No obstante las gambetas de Alejo y merced al lastre de mi juego deplorable, los locales nos volvieron "ropa de trabajo"

UN "GOTDITO" (GORDITO) PARA CADA EQUIPO... PARA EQUILIBRAR
De izquierda a derecha: Darío (un verdadero "tronco") y Abbarito (Alvarito, el mejor de su equipo, un mago con el balón, hagan de cuenta un "Pibe" Valderrama en ciernes)


MAS INCIDENCIAS DEL "PICADITO"


DOÑA ROSARIO, LA MADRINA DE LOS LOCALES (GANADORES DEL BALÓN DE ORO)
De derecha a izquierda: doña Rosario, don Tulio y el suscrito


DOÑA INÉS "DEL ALMA MÍA", LA JEFA DE LOS CACHACOS
Además de ser la madre de mi Alejo y patrona del suscrito.
Detrás de cámaras los fotógrafos oficiales del evento: Estefanía, mi nuera y mi Rafa.
(Fotos de Estefanía Segura, Rafael Gómez, Alejandro Gómez y H. Darío Gómez. Playa de "La Boquilla, Cartagena de Indias, Colombia)

lunes, 4 de junio de 2012

¡No corra que es peor!



("Habitante de la calle" en el Pasaje Hernández, Bogotá. Foto de H. Darío Gómez A.)

"El que mucho se apura bien poco dura" del Refranero Colombiano del maestro Acuña.


“No corra que es peor”, me apremiaba con sabiduría mi abuela cada vez que salía llorando como alma que lleva el "muán" de los infiernos, después de haberme caído de un árbol o rodado por la escalera de mi casa. “No corra al salir”, reza asimismo la advertencia de las autoridades para la evacuación de lugares con afluencia de público.

Y un consejo así merece tenerse en cuenta para la existencia, más aún en estos tiempos tan “cronométricos”, como diría Julio Cortázar en sus instrucciones para darle cuerda al reloj.  Vivimos con afán, navegamos en esa sustancia espesa que es la vida en función del tiempo que nunca nos alcanza; de manera que debemos comprar minutos -así sea para llamar a un celular- en el quiosco de la esquina.

Por eso insto al ciudadano de a pie: no corra que es peor. No le vaya a pasar lo que a don Lácides Chaparroso,  varón grave y trascendente que tenía por costumbre adelantar su reloj despertador quince minutos para levantarse antes de tiempo y llegar, según él, con quince minutos de antelación a todos sus compromisos. Mas no acató el buen hombre que al adelantar su agenda desafiando a Cronos, todas las citas se le anticiparon, incluida la que tenía con la parca. De esta suerte, se murió Chaparroso quince minutos antes de lo que estaba escrito, esto es, a las doce menos cuarto de la noche de navidad.  Y como corolario de su eficiente anticipo temporal, don Lácides no alcanzó a comer natilla, convirtiéndose así en el primer hombre que se murió la víspera - en contravía del adagio popular-, como quien dice, sin haber disfrutado la cena.

De modo que no corra que es peor. No vaya a salirse del mundo por agarrar la curva a cien.  No tome el atajo peligroso ni cruce la calle con la luz amarilla como un insensato. Camine tranquilamente hacia el trabajo; no se muera –y esto se dice en sentido literal- por arribar antes de lo previsto a esa cita inaplazable -la única que no da espera es otra, ya lo sabemos-, tómese su tiempo para retornar a casa y abandónese más bien a la contemplación de las vitrinas. Quizá pueda encontrar allí esa corbata que lucirá -quién sabe- el día de su matrimonio; o  una muchacha  que le haga juego con la corbata de marras; o la suculenta empanada, en fin, que lo está esperando para celebrar el festín de la gula. Quién quita que con tal desperdicio de tiempo usted logre engañar a la “pelona” que anda por ahí engordando con los minutos de los ahorradores cronométricos de la estirpe del señor Chaparroso.

Guía zurda de Cartagena de Indias

(Plazoleta Benkos Biohó en la Matuna, Cartagena de Indias. Foto de El Universal) (el peatón haciendo una foto por encargo, Cartage...