martes, 31 de julio de 2012

Pequeñas narraciones intrascendentes XXVII

El negro, dueño del son



El peatón cuenta que………

A las doce del día el centro de Bogotá luce más hermoso. Y no es precisamente por la luz cenital, ya que durante las temporadas de lluvia capitalina el sol brilla únicamente por su ausencia -frase manida pero acertada en este caso-. Quizá sea la gente. A esa hora comienzan a florecer las puertas de los edificios públicos y de los bancos con las muchachas que salen ruidosamente a comer.  Incluso el funcionario -grave y trascendente- suaviza su semblante a esa hora, tornándolo más humano. Pero ante la ausencia del sol, el calor del trópico va por cuenta del negro, dueño del son.

Sentado en un costado del Museo del Oro, en el Parque Santander, el dueño del son golpea el adoquín con un palo de escoba, haciendo música con el delicioso ritmo que le brota de las entrañas. 

¡Cómo toca la clave el negro, dueño del son!,
¡Cómo tararea la guaracha ese negro, dueño del son!
A 2.600 metros de altura, lejos del mar, toca y canta el dueño del son.
No tiene camisa ese negro, pero es el dueño del son.
Y perdió la luz de sus ojos el negro, pero es el dueño del son.
Oído ciertamente no le falta al negro, porque es el dueño del son. 
¡Y qué espíritu insondable tiene ese negro, dueño del son!
Le huye la fortuna, pero sigue siendo el dueño del son.
Y no pide nada a cambio el negro. Sólo toca y canta su son.
No tiene motivos para reír ese negro, pero es la alegría misma y la comparte con largueza con los transeúntes, porque es el dueño del son.
¡Qué negro más grande es el dueño del son!
¡Qué negro más digno es el dueño del son!
¡Qué negro más generoso es el dueño del son!
Viene y va sin aviso, como la brisa caribeña, el negro dueño del son.
¡Dios te guarde siempre, negro bendito, por compartirnos tu son!

(Foto de F. Hernández. "El peatón haciendo su mejor esfuerzo con los cueros ante la mirada incrédula de doña Inés)

miércoles, 25 de julio de 2012

Pequeñas narraciones intrascendentes XXVI

(Créditos foto: www.flickr.com, ag2078)

CRÓNICA ENTRE ROJA Y ROSA PERRUNA


El peatón cuenta que......


En la esquina sur occidental de la plaza de Los Mártires, muy cerca de la truculenta calle del “Bronx”, yace sin vida un habitante de la calle. Una puñalada trapera, dicen. Nada nuevo por esos lares. Un muerto más sin importancia –estamos acostumbrados-. El asunto no daría ni para una  escueta nota en la crónica roja de la tarde si no es porque un presente se opone con vehemencia al levantamiento del cadáver.  Muestra su malacara y pela los colmillos impidiendo a los forenses ejecutar la diligencia judicial. Tiene que intervenir la policía para neutralizar al opositor, pero su ferocidad intimida a los agentes. Se ven obligados a pedir refuerzos. ¿Quién se iba a imaginar que un caso de rutina se fuera a complicar por algo tan “banal”?.  Sin embargo en un descuido de la "fiera" -aprovechando que está haciéndole el quite a los policías que intentan atraparla-, los funcionarios  se alzan con el cuerpo del desharrapado y lo meten en la camioneta de la morgue. Arrancan. Son apenas tres cuadras hasta el Instituto de Medicina legal -en la calle séptima con carrera doce-. La "fiera" se percata del secuestro de su amo y echa a correr detrás del vehículo oficial. Casi lo alcanza, pero al llegar a su destino, ingresa pronto al edificio gubernativo y cierran el portón en el hocico del animal. La "fiera" jadeante  aúlla, impotente, rasguñando el portón infranqueable. De su hocico escurre la espuma de la angustia, se escapa el vaho del dolor. Nadie se atreve a controlarla. Es una perra sarnosa y desgreñada cuya fidelidad a prueba de balas conmueve, sin embargo, a los policías curtidos por la rudeza del sector. A esas alturas, llegan los refuerzos de la perrera distrital que reducen, con mucho esfuerzo, al can enloquecido.  El juicio es sumario. La perra resulta condenada a muerte por obstrucción de la justicia e irrespeto a la ley. Pero todos sabemos que la ejecutarán, por exceso de amor, en los oscuros calabozos de la infamia.  Su yerto dueño será enterrado como NN en una fosa común después de la necropsia. ¿Pero quién necesita epitafio si en vida gozó de una amistad inmarcesible?

jueves, 19 de julio de 2012

Pequeñas narraciones intrascendentes XXV



Apósito de ternura

El peatón cuenta que......

Tenemos a veces la sensación de que el mundo está por desmoronarse, y que solo hace falta una gota para que se reviente la represa que contiene todos los males que nos agobian. Eso pasa generalmente los lunes a las seis de la tarde, mientras aguardamos estoicamente -bajo la lluvia pertinaz- el bus que nunca pasa.

En ese instante no queda más que abandonarnos a la inútil espera, y rumiar en silencio nuestra mala leche pasada por agua. No es tanto la lluvia, sino la impresión metafísica de impotencia y desamparo ante la adversidad lo que nos corroe el alma. De pronto aparece una muchacha con su pequeño hijo cargado en un canguro, y se acomoda en la banca del paradero. Todos la contemplamos con ternura, al tiempo que le abrimos campo a su encantadora presencia. ¿Es María Auxiliadora con el niño Jesús coronado en sus brazos la que viene en nuestra ayuda? No. Es una jovencita de rostro broncíneo, donde se asoma -a pesar del frío- una sonrisa dispar pero infinita que le arranca espasmos de emoción y alegría a su retoño. No es la Virgen santísima, eso está claro; ni es milagrosa, es evidente. Y sin embargo nos regala con sus carantoñas la tibieza del vientre materno, que nos hace olvidar el tedio de la tarde glacial. Entonces los transeúntes apeñuscados en el paradero nos miramos unos a otros, para encontrar con asombro las sonrisas que la muchacha dejó pegadas –como apósitos de ternura- en nuestras caras de lunes lluvioso.

(Créditos foto: Maternidad en el Hospital J.J. Aguirre, Chile. Foto de: good girl, www.flickr.com)

viernes, 13 de julio de 2012

Iindicaciones para combatir el silencio



Me regalaron un smartphone con sistema touch y no sé que hacer.  Me embromaron. Demasiadas opciones tecnológicas para un hombre premoderno resistente al cambio, más cercano al silencio escaso de lo cotidiano que al ruido frenético del vértigo. De hecho concibo el teléfono sólo para hacer y recibir llamadas de emergencia: “estoy demorado por el atasco, mi amor”; “no olvides comprar la leche”; “¿otra vez en la librería, es que allá te pagan, buen hombre?”; “ya voy llegando, patrona”; “te dejo la llave de la casa donde ya sabes”; "si, señora"; en fin, cosas por el estilo.

Lo cierto es que el manual de instrucciones del celular -abstruso para mí- se asemeja a una combinación de formas de lucha contra el silencio. El operador al menos debería reivindicar francamente su apología del ruido con una carta de bienvenida, que, a mi juicio, podría ser algo como esto:

Apreciado usuario: recuerde que al final siempre estará el silencio esperándolo. ¡Y no es poca cosa! Lo obligará a reflexionar. Para evitarlo, deberá tener a mano un iPhone o en su defecto (si ud. es chichipato) un Blackberry que le resultará útil para combatir el silencio. Empecemos por el timbre: habrá de ser, en lo posible, evocador. Que tal el aullido de loba en celo de Shakira, o bien un grito vallenato del tipo: ¡ay, hombe, güepajé!; la canción “nadie es eterno en el mundo” del rey del despecho también podría ser, más aún para los melancólicos que tienen el alma hecha jirones. El mundo está en crisis; hay falta de identidad y problemas de comunicación. El mutismo y la contemplación que, allende el mar son inclusive una virtud, para nuestro entorno constituyen un molesto sonido de fondo. Por eso toca pertenecer al grupo de elegidos de alguien. Y no se alude precisamente a las doce tribus que forman el pueblo elegido de Jehová, sino a un club más exclusivo, más al alcance de la mano si se quiere: el de los elegidos del celular. Cuando el silencio acecha y se prefiere el eco inarticulado del mundo a la paz que propicia el discernimiento, se la puede contrarrestar con una llamada. Bastará con un touch, evitando eso sí marcar por equivocación la sucesión matemática de Fibonacci, a riesgo de establecer comunicación con la eternidad. En el interludio, mientras se logra la comunicación, es importante que haya música de espera, pues el silencio se desliza como una presencia gaseosa y oscura que lo cunde todo. Hay infinidad de melodías que podrá bajar a través del MP3 de su celular: desde el Claro de luna de Beethoven, hasta Pachito eché de Alex Tovar. Y al finalizar la llamada siempre habrá la posibilidad de alejar el silencio activando la función de reproducción de música que, como por arte de birlibirloque, despachará al infierno la mudez sin temor de zaherir los oídos con la nada. No olvide nunca sus baterías de repuesto, ya que la ausencia de energía es aliada eficaz del silencio. Y si todo lo anterior falla, y si la soledad asedia, no se preocupe, compre algo de conversación en un quiosco. Se vende por minutos, usted lo sabe. Pero si aún así es insuficiente, o si nadie le contesta, entonces llame al 123 y denuncie que el ruido está en peligro, que el silencio está esperándonos al final del día, ¡y no es poca cosa!, como la parca.


(Créditos imagen: de guyfoxlondon, www.flickr.com)

lunes, 9 de julio de 2012

Vigencia del "western" en Colombia



Adoro el Western. Y a despecho de sus detractores, este delicioso género cinematográfico no morirá, al menos mientras viva ese gigante de rostro pétreo y mirada insondable llamado Clint Eastwood. Siempre llevaré conmigo la imagen del pistolero sin nombre -el bueno de la trilogía del dólar de Leone- que comparte su cigarro con un soldado moribundo, víctima de la absurda –como todas- guerra de secesión.

Los sábados por la tarde suelo encerrarme a ver mis películas del oeste, sin esposa ni descendencia que interrumpan mi cinefilia. Congruo privilegio de quien, como yo, llegó al medio siglo de trajín.

El caso es que hacia las seis de la tarde llega doña Inés del alma mía, me encuentra encerrado a oscuras en nuestro cuarto y me pregunta con desconfianza: -¿Qué estás haciendo? - entonces le digo que estoy viendo una película que trata de unos mineros que trabajan en las montañas del oeste explotando oro de aluvión de manera artesanal, es decir, respetando el río. Y que, no lejos de allí, hay un poderoso imperio de explotadores industriales de oro que bombardean la tierra con agua a presión para erosionarla y agotar su manto de forma irresponsable,  contaminando los cuerpos de agua con arsénico. No satisfechos con esto, los poderosos industriales quieren apoderarse de la tierra titulada de los mineros artesanales, y en aras de conseguirlo, contratan a un grupo de temibles matones para intimidarlos y despojarlos. Afortunadamente llega como de milagro un predicador, pistolero penitente –Clint Eastwood-, para defender a los artesanos de los bandidos. Finalmente este justiciero solitario acaba hasta con el nido de la perra, redimiendo así a los oprimidos, ¡que ironía!, no con salmos ni con oro, sino con físico plomo.

Pero doña Inés me responde algo molesta: -si no quieres contarme, está bien, pero no me vengas a repetir las noticias de ayer. –Y, en efecto, salvo por el predicador, pistolero penitente, caigo en la cuenta de que en el oeste, pero el oeste antioqueño, los mineros artesanales del bajo Cauca están siendo amenazados, despojados, perseguidos y asesinados por bandas criminales -antes denominadas narco paramilitares-, dedicadas ahora a la explotación indiscriminada del oro, contaminando y dragando el río Nechí y otros tributarios del río Cauca.

Ante la infortunada coincidencia, le insisto a doña Inés Elvira que la película que estaba viendo se llama “El Jinete Pálido”, que es un Western recreado a finales del siglo XIX en el oeste norteamericano, producido, dirigido e interpretado por Clint Eastwood, y que fue estrenado en 1985. Es decir, hace 27 años. Y que si no me cree, pues que vea la película conmigo. Mas ella intuye el mal negocio que haría en caso de aceptar mi propuesta, y declina la invitación.

De esta anécdota insustancial sólo me queda claro que el western, género que se creía agotado, conserva plena vigencia en nuestra sufrida patria; al menos desde el punto de vista argumental. Y lo peor es que no se prefigura ningún predicador, pistolero penitente, que, como un jinete del apocalipsis, venga a librarnos de los bandidos.

créditos foto: Museum of cinema, www.flickr.com

martes, 3 de julio de 2012

Pequeñas narraciones intrascendentes XXIV

(El peatón en un abrigo rocoso de la Sierra Nevada del Cocuy, Boyacá, Colombia, a 4.600 msnm. Foto de Pacho Hernández)

LA FIESTA DE LA ESPERANZA

"Cuando, en lo infinito, lo idéntico
A compás eternamente fluye,
La bóveda de mil claves
Encaja con fuerza unas en otras.
Brota a torrentes de todas las cosas la alegría de vivir,
De la estrella más pequeña, como de la más grande,
Y todo afán, toda porfía
Es paz eterna en el seno de Dios, Nuestro Señor."

Goethe.

El peatón cuenta que...


Hace veinticinco años decidimos con mi entrañable amigo Pacho Hernández emprender un viaje al cielo, por tierra y caminando. O dicho en términos menos metafísicos, nos propusimos ascender a pie hasta una de las cumbres de la Sierra Nevada del Cocuy, cerca del cielo. Pero sólo llegamos hasta el glaciar de la Laguna Grande de la Sierra, a más de 4.600 metros sobre el nivel del mar, mal equipados y con soroche. Como no alcanzamos a levantar el campamento base por falta de luz (caía la noche y era excesivo el cansancio), nos refugiamos en un abrigo rocoso y nos cobijamos con los sacos de dormir bajo las lonas extendidas de la carpa. Poseídos por los efectos nefandos de la fiebre (el sudor frío nos hacía tiritar) quizás pensamos por primera vez en la muerte. Acaso comprendimos mejor a Racine cuando afirmaba que esto de vivir resulta fatal con frecuencia, no importa la edad que se tenga. La inquietante noche glacial transcurrió entre la vigilia y el sopor, mas, no cruzamos ninguna palabra. Sin embargo, al alba, la Sierra iluminada por un sol espléndido nos mostró la magnificencia de los picos nevados que enmarcan la laguna. Es decir, el milagro de la vida que ocurre todos los días y pasa desapercibido a la mayoría de los mortales. Pero esa madrugada el milagro se manifestó ante nosotros con toda su grandeza. Entonces dimos gracias a Dios por permitirnos presenciar la fiesta de la esperanza.

 (mi amigo Pacho Hernández en el glaciar de la Laguna Grande de la Sierra Nevada del Cocuy, Boyacá, Colombia. Foto de H. Darío Gómez A.)
 (El peatón en la Laguna Grande de la Sierra Nevada del Cocuy, Boyacá, Colombia. Foto de Pacho Hernández)

El canario que descubrió que los trinos en twitter eran lo suyo

(Créditos foto: www.flickr.com) “A la abeja semejante, para que cause placer, el epigrama ha de ser pequeño, ágil, pica...