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jueves, 27 de septiembre de 2012

"Dígale que yo la quiero, que qué buena hembra"



(Mujer con sombrilla, escultura de Botero, Museo de Antioquia, Medellín. Foto de H. Darío Gómez A.)

La guerra no es sólo una sucesión de actos absurdos motivados por intereses mezquinos y alimentada con la carne de cañón de los desposeídos, sino que además cuenta con un agujero negro que se traga la poca humanidad que les resta a sus actores. Pero a veces algo queda. De suerte que en medio del horror hasta los más duros combatientes se llevan al sepulcro, como único bien cosechado en este mundo, el recuerdo de una caricia a título precario, la sensación de un roce de piel transado de antemano, el perfume barato de la “damisela” untado al pellejo.

Más allá de la barbarie, la devastación, el abuso sexual, la violencia de género (las mujeres son consideradas como botín de guerra), el reclutamiento forzado de jóvenes y menores de edad para  prestar servicios sexuales a los alzados en armas, en fin, de la estadística y la desesperanza, a veces surge en las entrañas del guerrero el amor o algo parecido, pues tal lujo burgués pesa más que la munición en el morral de campaña, y no conviene dejarlo pelechar en el monte.

En un interesante artículo de Mauricio Rubio (El Espectador, septiembre 27 de 2012) sobre las relaciones sexuales de los combatientes en medio del conflicto, el autor cita unas cifras de la Fundación Ideas para la Paz.  Y he aquí que entre la maraña de porcentajes e indicadores sociológicos, se destacan las declaraciones de algunos protagonistas de la problemática objeto del estudio, que me conmovieron por  la extraña ternura que subyace tras su crudeza:


Una damisela del conflicto, la geisha paisita, tiene su teoría sobre por qué en los grupos armados siempre hay clientela fija: “los combatientes también necesitan el aliciente del amor para pelear con valentía”.

Antes de morir ajusticiado un guerrillero le manda saludes a Rocío. "¿Es la puta gorda de San Vicente?" le preguntan. "Sí, esa. Ella me gusta… Mejor dicho, dígale que yo la quiero, que qué buena hembra".

La postrera voluntad del guerrillero ajusticiado por sus camaradas, que acaso fue reclutado desde la niñez y nunca conoció el afecto, me recuerda el poema de Ciro Mendía -extraordinario poeta antioqueño-, que reza:

Dígale a Ema Arboleda,
De la calle de Lovaina*,
Que esta vida es una vaina
Y su carne fue de seda
(*Antigua calle de Medellín, famosa por su zona de tolerancia.)

No le falta razón a la geisha paisita en el sentido de que hace falta algo de amor para afrontar el absurdo. Y ojalá que alguien le haya entregado a Rocío las saludes del ajusticiado. 

¡Esta vida es una vaina!, como dice el poeta.

martes, 18 de septiembre de 2012

En Villapinzón hay un río que tiene un salto......

 

En Villapinzón  hay un río que tiene  un salto, y en el salto juega el agua pequeñita y pura.    

El río es el Bogotá, y el salto el de la Nutria, muy cercano al nacimiento de aquel, en el misterioso páramo de Guacheneque a 3.300 metros de altura sobre el nivel del mar.      
Uno no sabe si el nombre del salto se debe al agua alegre y saltarina que cae inocentemente al pozo sin presentir que río abajo la esperan agazapados los vertimientos de las curtiembres para asestarle la primera herida mortal, o porque que allí habitaron alguna vez, junto a los venados y a las aves silvestres, las simpáticas nutrias buceadoras.     Lo cierto es que ya no queda ninguna. Pero que hubo nutrias en ese lugar, las hubo. Se siente su presencia en el paisaje encantador de la lagunilla y en el murmullo inquieto del agua. Es como si alguien hubiera decorado el entorno con guirnaldas verdes para la fiesta infantil del río.  Y quién mejor que un niño para contarnos el origen del río Bogotá. Ya no recuerdo el libreto, pero me cautivó escucharlo en boca de nuestros pequeños guías que lo recitaron a rabiar, como para que no olvidáramos nunca que pisábamos terreno sagrado. 
Estando en aquel paraje resulta imposible no sentir un respeto reverencial, religioso me atrevería a decir, por el agua. Como si ese nacimiento tan cercano, esa niñez impoluta y cristalina del líquido vital         fuera, al igual que el Mesías cristiano, nuestra única esperanza.  Y lo es.     No en vano nuestros ancestros aborígenes, más sabios, eran adoradores del agua.
Pero siguiendo la visión cristiana del universo que nos enseñaron, debemos preguntarnos quién nos pagó los treinta dineros por entregar al mejor postor el futuro del agua, su pureza a cambio de un bienestar ficticio y perecedero. Mejor aún, debemos preguntarnos por qué vendimos -apenas aguas abajo del río Bogotá- tan barato nuestro futuro, y por qué lo seguimos sacrificando  con nuestra contaminación insensata o nuestra pasiva complicidad.  

También el libro sagrado del agua tiene su Apocalipsis; de manera que, acabada la sustancia vital, ¡que ironía!, no tendremos con qué lavar nuestras manos contaminadas por haber pecado contra el agua. 

(Créditos foto: Salto de la Nutria, nacimiento del río Bogotá, www.flickr.com)

viernes, 7 de septiembre de 2012

Ojalá que los diálogos de paz no deriven en (el) "Platón"

(Un burro en Villa de Leyva, Boyacá, Colombia. Foto de H. Darío Gómez A.)


“Si yo contara con la omnipotencia divina y con el tiempo de que dispone Dios para regir el mundo, yo hubiera hecho un mundo mejor que este”, afirmó alguna vez Bertrand Russell con ironía. Pero sería, a mi juicio, un mundo más bien aburrido ese de Russell. Porque el libre albedrío con que fuimos dotados incluye la licencia de la estulticia: atributo que hemos cultivado con amorosa dedicación por estas latitudes, hasta convertirlo en la sal que condimenta las relaciones  con nuestros semejantes. Sin embargo, desde la imperfección de nuestra esencia, es posible sacar a relucir de vez en cuando la buena voluntad y el sentido común para salir del foso de la infamia.

Nuestra atribulada patria no ha conocido la paz estable en toda su historia republicana. Durante doscientos  años hemos salido de una guerra intestina para meternos en otra. En nuestro caso, las acciones mezquinas y tozudas que gobiernan nuestras vidas son hasta tal punto previsibles -por reincidentes-, que podrían ser calculadas anticipadamente como los eclipses, contrariando la percepción metafísica de Kant. Pero esta proclividad natural al desastre no puede apagar nuestra esperanza de una paz duradera con justicia social. La paz, está escrito en nuestra carta magna, no sólo es un derecho, sino una obligación de todos los colombianos. Debería ser, no obstante, una cosmovisión. Nuestra forma natural de ser, estar y soñar en el terruño.

Por estos días el Presidente Santos ha declarado su buena voluntad para sentarse con las guerrillas -desdibujadas y anacrónicas- de las FARC y el ELN  para hablar de paz. Y lo más importante: hablar de soluciones a la iniquidad, desigualdad y exclusión social, causas estructurales de la violencia inveterada, permeada por la financiación perniciosa del narcotráfico. Celebro la manera discreta como el Presidente ha iniciado los diálogos, es decir, sin el despliegue mediático y acaso circense de los intentos fallidos de gobiernos anteriores. Y tengo la impresión de que cuenta con el respaldo de todos los colombianos de bien, así como de la comunidad internacional. Imposible dejar de advertir por lo demás, que subsisten los berridos de los guerreristas de las ultras (derechas e izquierdas) que se lucran con la muerte y consideran la paz como una amenaza a su entorno “vital” -¡qué paradoja!-. Pero los colombianos estamos tan aburridos con la guerra, que no haremos caso a tales ruidos de fondo. Son inevitables, mas no afectarán el inicio del camino hacia la paz que merecemos. Ahora bien, no nos llamemos a engaño: el trayecto puede durar años, incluso décadas, mientras se consolidan los procesos de verdad, justicia, reparación y equidad social. De ahí entonces la necesidad de que las partes se sienten a la mesa de negociación horros de estulticia, y armados sólo de rectitud y buena voluntad.

¡Otra Voz!

Mi querido pariente y compañero de curiosidad en los asuntos del lenguaje, Rodrigo Peláez, me envió esta deliciosa jitanjáfora de Carmen Jodrá, que es una clara muestra de cómo no se deberán llevar a cabo nuestros diálogos de paz.

“¡Democrad! ¡Libertacia! ¡Puebla el vivo!
¡No dictaremos más admitidores!
Pro lo metemos, samas y deñores.
Nuestro satierno va a gobisfacerles.

Firmaremos la faz, no habrá más perra,
Zaperán juntos el queón y el lordero,
Y quieto promerer y promero,
Vamos a felicirles muy hacerles.

………………

Que se me raiga un cayo si les miento:
Fumos soertes, y, mo lás pimtorante,
¡blasamos hiempre claro!”

lunes, 3 de septiembre de 2012

Defensa del timador chichipato*



                                                                      (Ojo al ojo. Foto de Alejandro Gómez B.)

A riesgo de ser denunciado como apologista del timo por algún ciudadano de bien, debo confesar que simpatizo con los timadores. Y conste en el acta que lo digo en mi condición de víctima del ilícito. Evidentemente no me refiero a los banqueros o a ciertos políticos, pues tales especímenes pertenecen a las grandes ligas del timo según lo denunció Edgar Allan Poe hace más de un rato. Hago referencia a los estafadores al detal: a los “chichipatos”, si se quiere -para utilizar un adjetivo más coloquial-, quienes únicamente cuentan con su creatividad como insumo para desempeñar el oficio.

Ahora bien, ni siquiera estoy seguro de que el sujeto del cual les hablaré a continuación sea realmente un timador. Lo digo porque el verdadero estafador aprovecha el ánimo de lucro fácil de su víctima, que actúa como un catalizador para perfeccionar el delito. Los ejemplos cunden dolorosamente en Colombia, de modo que no vale la pena hurgar heridas sin restañar.

En mi caso el sujeto en cuestión apeló a mi ego, amén de mi solidaridad parroquiana. Pasaba yo por la Clínica de la Fundación Santa Fe, en el norte de la ciudad, cuando fui abordado por un hombre joven vestido con sudadera, cachucha deportiva, lentes oscuros y tenis de marca, que me recitó el siguiente libreto: 

- Doctor, que gusto me da verlo de nuevo; hace días que no va por el club a jugar golf. 

Aquí es donde el tipo invocó mi ego -como dije anteriormente-, pues ni soy doctor, ni le jalo al golf, ni pertenezco a ningún club, a no ser el de hipertensos de la EPS. Sin embargo me halagó mucho que el hombre me confundiera con un personaje acaudalado, porque eso sí: “pobres, pero de buena familia”, como decía mi abuela con vergonzante candor. De manera que notifiqué al personaje sobre su error, pero él, lejos de rendirse, me dijo que si bien era caddie en un club de golf, probablemente me conocía de otro club, quizás uno de tenis, donde también había sido recogebolas. Le insistí en que el único deporte que practico es el baloncesto, disciplina que se juega modestamente en los parques de barrio, compartiendo la cancha en común y pro indiviso con los aficionados al micro fútbol. Pero otra virtud del “chichipato”* es la persistencia; así que el hombre me ofreció disculpas por la confusión, y allí mismo soltó su carga de profundidad trayendo a colación la solidaridad deportiva con el fin de pedirme un aporte, en metálico, para ayudarlo a pagar la cuenta del hospital.

Como no era la primera vez que el tipo asaltaba mi buena fe de samaritano con tan peregrino relato, lo enteré de la situación, le dije que no estaba dispuesto a caer nuevamente en su vil treta y que, lejos de denunciarlo en público para su escarmiento, lo dejaría en paz como gesto de simpatía por su buena interpretación teatral. Le sugerí, eso sí, que escogiera mejor a sus víctimas, y que no se llamara a engaño con todos los prospectos que visten de paño y corbata, porque, como andan las cosas por los lados de Usaquén, la mayoría pertenece a la escolta de personajones de la política o del jet set criollo. Por su bien lo previne para que no se le ocurriera molestar a sujetos nerviosos peluqueados al rapé, con gafas oscuras, corbata rosada, anillo con rubí y esclava de oro en la mano izquierda. Los demás somos humildes trabajadores obligados a lucir traje de dos piezas, a manera de overol para el trajín de la oficina.

*chichipato le decimos en el centro de Colombia al sujeto cicatero y mezquino que sólo se mueve en negocios pequeños.