miércoles, 31 de octubre de 2012

Las Cristalinas (Ficción para la noche de los niños embrujados)



Por: Darío Gómez (el peatón)

Algunos exegetas teorizan que las Cristalinas son almas que -en las postrimerías de la creación- estaban destinadas a ocupar los cuerpos rojizos y erráticos de los descendientes de Adán, pero que, según ellos, se negaron a adoptar el barro humano que ya estaba corrompido por la envidia y la codicia. De suerte que el Creador no tuvo más remedio que darles otros cuerpos, imprevistos en el plan original. Y las denominó Cristalinas, pues, como se sabe, lo que no es nombrado no existe, al menos para la gente del libro.

Se dice que son transparentes como sus almas incorruptas, conque no se puede afirmar, sin riesgo de burla, que alguien las haya visto nunca. Mas, no se duda de su existencia, porque ocupan un lugar en el espacio, fenómeno que sólo es apreciable cuando se zambullen en la quietud de los lagos y desplazan al penetrar el mismo volumen de agua de sus cuerpos translúcidos. Son sutiles, pero cumplen las leyes de la física con el rigor de una sentencia. Por lo demás, se estima su peso entre cuarenta y cincuenta kilos, no le hacen mal a nadie, tienden a ser juguetonas pero no se dejan ver, como quedó dicho. Sin embargo, hay quienes sostienen que en las noches sin luna, cuando hasta la luz se esconde por temor a las tinieblas, los niños pueden sentir su apacible presencia como un céfiro que acaricia sus rostros inocentes.

(Créditos foto: detalle del alumbrado de Medellín. Foto de A.G.B.)


jueves, 18 de octubre de 2012

Peligros de la acera o el riesgo de ser peatón



Ayer caí en una alcantarilla. Era cuestión de tiempo. “Cosa de esperarse en cualquier momento”, me dijo mi adorada Inés Elvira con ese fatalismo dramático de los que tienen la razón. “Como si te hiciera falta caminar del timbo al tambo teniendo el carro guardado en la casa”, me reprochó remachando el clavo cuando le narré el incidente. De nada valió mostrarle la rodilla raspada, el pantalón de buen paño echado a perder y la dignidad, literalmente, revolcada por el piso. “Bien hecho, para que aprendas a no andar por ahí caminando distraído como un zombi”, sentenció doña Inés sin conmiseración. Digo mal. Si la tuvo después del regaño.

Pero resulta que caminar es mi única fuente de inspiración, mi forma particular (y barata) de catarsis. Como sea, lo cierto es que un peatón siempre está expuesto a los riesgos inherentes a su condición pedestre: atraco, alcantarilla abierta, abono orgánico de origen animal, aire contaminado, agua lluvia (¿ácida?), atropellamiento por cuenta de bicicleta, moto, carro, bus o camión (y conste que sólo se anotan los riesgos comenzados por la letra a), qué sé yo. Las aceras bogotanas, producto de nuestra desarticulada arquitectura urbana, son verdaderas pistas de obstáculos donde el peatón se enfrenta a desniveles, salientes, gradas, alcantarillas mal tapadas, bolardos, adoquines sueltos (que lanzan chisguetes de barro), en fin, trampas que pueden llegar a ser mortales para los ciudadanos, que, como este que les escribe, circulan de buena fe por la calle. Así pues, cuando se transita por las orillas enlosadas de la vía pública, uno siente como si estuviera subiendo y bajando sin rumbo por las escaleras imposibles de un grabado de M.C. Escher.

Por otra parte, el encanto de caminar en la ciudad compensa con largueza los riesgos referidos. Como en el cuento de las escaleras para subir de espaldas (el de Cortázar), hay cosas que sólo se dejan ver de los que viajan a pie. Hay portentos que no se pueden ver desde el vidrio panorámico del automóvil o la ventanilla del autobús. Hay satisfacciones, como la de poderles contar estas bobadas, que sólo se obtienen merced a la impenitente costumbre de andar a pie. Con frecuencia me detengo frente a los horrorosos edificios-vitrina de los “Gym-spa” para observar el mito de Sísifo que se materializa en las muchachas que caminan de prisa sobre una banda sinfín que no les permite avanzar por más esfuerzo que hagan. Pobres. Ellas, a su vez, me miran a través de la vitrina y piensan que soy miserable por estar afuera aguantando frío y respirando el esmog. Pobre (dirán). Alguna vez me regalaron un bono por un mes de gimnasio que no quise utilizar por la razón inapelable de la claustrofobia. Nada que hacer. Soy un hombre de la calle.

De modo que seguiré siendo peatón a pesar de los riesgos derivados de la locomoción en dos patas, por lo menos hasta que el uso de caminar sea proscrito, mal visto e incluso sancionado por la ley penal, ya no digamos por los riesgos físicos antedichos, sino por los metafísicos que prefiguró en 1951 para el (no muy lejano) año 2052 Ray Bradbury en su inquietante cuento “el peatón”.

¡OTRA VOZ!

-Algún día arreglarán las aceras.
Afirma doña Inés con optimismo desinflado.
-Eso será por las calendas griegas.
Respondo yo.

O sea, nunca.

(créditos foto: "The hage" MC Escher, foto de Catherinesw,  www.flickr.com)

miércoles, 10 de octubre de 2012

El doloroso oficio del sparring



 Sparring at American Boxing Club por americanboxingclub
En este mundo donde las corporaciones transnacionales han minado con sus monopolios la autonomía de los países que las acogen ilusionados (¿ilusos?), los usuarios que nos vemos obligados a utilizar los servicios públicos que prestan tales gigantes, padecemos con resignación las condiciones abusivas que nos imponen.

Sin embargo, mantenemos el prurito latente.  albergando en el alma las ganas de decirle al señor Slim -el hombre más rico del mundo, según parece-, que sí, que “Claro”, que se puede ir al cuerno con su pinche servicio celular  tan caro que nos obliga a contratar por años so pena de tener que pagar sanciones ilegales, telefonía que además utilizamos por necesidad ante la ausencia de otra opción diferente a la de su única "competencia" igualmente corrompida y cómplice, que sabemos que él se ríe de las multas irrisorias que le imponen las “autoridades” incompetentes o intimidadas por sus abusos y que paga, además, con los centavos del ajuste al peso que nos quita en las cuentas mensuales (ley de los grandes números), y otras cosas feas que no se pueden escribir en un espacio familiar como este.

Pero el señor Slim –que es muy listo- conoce de antemano las intimidades de nuestra alma consumista, de suerte que tiene a su disposición un ejército de sparrings para que reciban en su nombre los puñetazos de nuestro resentimiento. A eso le llaman ventanilla de servicio. De modo que después de hacer la fila durante una hora infinita y saber que nuestra justa queja no será resuelta, impotentes nos despachamos contra una pobre muchacha que se llama Cristina o Claudia, que para el caso lo mismo da, cuyo único oficio consiste en recibir –sin perder la sonrisa- los golpes, es una metáfora, de nuestra ira acumulada contra el señor Slim, “Claro”.

Por eso quiero pedirles perdón a las Cristinas y a las Claudias que le sirven de sparring al señor Slim -en gran parte del mundo-, reconocer su estoicismo admirable, y decirles que si en algún momento me salí de la camisa -hablo en nombre de los sufridos usuarios- y elevé el tono de mi reclamo contra el servicio abusivo, es “Claro” que mis dardos no estaban dirigidos a ofender sus hermosas humanidades. ¿Está “Claro”?

(créditos foto www.flickr.com, de americanb...)

viernes, 5 de octubre de 2012

Canción de la polilla



 Polilla / Moth por jmrobledo

Vivo en el armario del hombre, trabajando su perdición.
Me alimento con la ropa que disimula su falible coraza
y con los trajes que ocultan su alma hecha jirones.
Soy el artesano del agujero y el promotor del parche,
el terror de los pliegues invisibles donde se esconden
los humores de la dicha y del espanto.
Soy el mensajero que anticipa la ruina con discreción roñosa,
con la demora de quien, inmune a la naftalina, disfruta el daño infligido
deshaciendo, hebra por hebra, las costuras de la existencia.

(Foto de JMRobledo, www.flickr.com)

Los puntos susp......versivos

En el reino de las líneas, los puntos eran vistos con desconfianza. Y era natural, pues las líneas, siempre organizadas como un...