jueves, 17 de enero de 2013

Pastelería Arlequín: último reducto de la dicha bogotana



 

El Salón de onces es a las damas capitalinas lo que el Café a los tertulianos de ocasión. No está bien visto que una mujer honrada entre a un Café. Pero en el Salón de onces (como se le llama en el altiplano al Salón de Té), las señoras y señoritas, cómo no, pueden reunirse públicamente para charlar acerca de lo humano y lo divino sin peligro de  murmuraciones perniciosas. El salón de onces es como una extensión del hogar o la oficina para solaz de las damas, donde también hay espacio para los caballeros que quieran disfrutar la exquisita pastelería tradicional.

Pero ya no quedan en la ciudad ni de los unos ni de los otros. Los bogotanos carecemos de memoria urbana. Nuestros edificios y lugares históricos han sido reemplazados impunemente por la horrorosa aunque rentable arquitectura comercial. ¿Cómo es posible que hayamos dejado extinguir el Café Automático, último referente de la inteligencia capitalina? En París o Madrid, por ejemplo, hay Cafés centenarios que alojaron en su seno a Verlaine y al gran  Azorín respectivamente, y que hoy continúan abiertos al público conservando su personalidad. Son parte de la historia viva de la ciudad. Así pasa en el D.F. de México, en Buenos Aires, qué sé yo, en Medellín. Pero en Bogotá no. La historia nos abruma.

Se me dirá que existen en los centros comerciales de la ciudad otros establecimientos donde sirven buen café, mejor té y estupenda pastelería. Tal vez. Pero son otra cosa.
Ninguno como la “Pastelería Arlequín, restaurante y salón de té” del Park Way, acaso el último salón de onces emblemático de la ciudad. Y el más entrañable, porque me trae exquisitos recuerdos de la infancia en el barrio de La Soledad.  Con casi sesenta años de existencia, todavía funciona en el mismo edificio esquinero de la calle 40 con carrera 22, sin haber perdido esa sobriedad acogedora que no oculta su origen europeo. La pastelería es atendida desde antiguo por la señora Marlén, una mujer guapa de edad indefinible (que no supera, sin embargo, el medio siglo), cuyo ceño adusto esconde una calidez insospechada. La especialidad de la pastelería Arlequín son los chocolates: el conejo gigante, la casita del bosque de Hansel y Gretel, el san Nicolás de mazapán, en fin, los alucinantes animalitos de miniatura achocolatada que se venden por libras. Y asimismo son extraordinarias sus galletas alemanas (Nüremberg Lebkuchen) y el pan de navidad (Stollen). Ni qué decir tengo de las milhojas con cubierta glaseada de chocolate y crema inglesa. Dios me perdone (es su oficio, decía Heine), pero tal como me sucede con la lectura, cuando visito la pastelería Arlequín creo sentir esa cosa esquiva, resistente a la definición (a la manera de la belleza) y sutil a los sentidos que llaman  felicidad.
Por todo lo que significa, ruego a Dios que la pastelería Arlequín dure para siempre, o al menos me sobreviva, que para el caso lo mismo da.
Fotos de H. Darío Gómez A. 

7 comentarios:

  1. Darío, peligrosísima esta entrada. Da ganas tremendas de irse corriendo hasta allá a atiborrarse con mazapanes y conejos de chocolate.
    Y sí, qué triste es que acá no haya memoria urbana, lo único que medio queda es el Café Pasaje. Nosotros somos parias que vivimos en un lugar extraño, en una dimensión entre tiempos.

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    1. Y de pasteles de carne y pollo que también son insuperables, querida Licuc.

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  2. Darío: Este relato tuyo debería estar prohibido,ya que siempre, al comenzar el año, casi todos hacen juramento solemne para bajar de peso. "Este año iré al ginmasio y reduciré mi ingestión de calorías", dicen con tanta vehemencia, que hasta se los crees.
    Yo por mi parte,fui bombardeada por una cantidad exagerada de extra super calorías. Qué, después de ser traducido al turco, al alemán y posteriormente al español, supe que calorías, son calorías en cualquiér Continente.
    Y para que no los olvide, me dejaron un arsenal de golosinas, que la buena Alejandra ha tenido a bien esconder, para evitar que vaya a haber un desaguizado en mi salud.
    No obstante, no puedo olvidar los lindos cafés que disfruté en mis años mozos, desde El Rococcó, La Superleche (que por cierto colapsó en el terremoto del 85), el Sanbor´s de Tacuba( éste todavía existe) y El Moro( donde me llevaba mi padre a comer churros con chocolate). ¡Ay que recuerdos!
    Te mando muchos saludos: La tía Ku

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    1. jajajajaja, en efecto, es pura subversión de azúcar. Besos, tía.

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    Si nos dan la oportunidad con gusto les podemos enviar nuestro portafolio a la respuesta de este comentario.

    Gracias.

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