martes, 26 de febrero de 2013

El "suicidio" de Angélica



Una flor para Angélica. (Foto de H. Darío Gómez A.)

Si nos atenemos a los comunicados oficiales, la nueva modalidad de ejecución sumaria de las defensoras de los derechos humanos en Colombia es el “suicidio” obligatorio. Con ligereza irresponsable, el comandante de policía y el alcalde de Codazzi (Cesar) se apresuraron a informar que la activista a favor de los desplazados, Angélica Bello, se disparó en su casa con el arma de dotación que un miembro de su escolta dejó en su habitación. ¿Algún día sabremos la verdad?

Sea como fuere, a pesar de haber sido víctima de todas las formas posibles de violencia contra las mujeres (asesinato de sus familiares, desplazamiento forzado, violación, secuestro y violación de sus hijas por un grupo paramilitar, en fin), a Angélica le alcanzó la entereza (y la vida) para convertirse en defensora de los derechos de la mujer, lo que le valió la persecución de las fuerzas oscuras que medran en este país olvidado de Dios. Hasta que la mataron. O la condujeron de manera inexorable al suicidio, que para el caso lo mismo da. Eso pasó el sábado 16 de febrero de 2013, en vísperas de la celebración del día internacional de la mujer. De nada le valió ser persona protegida por la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. ¡Qué ironía!

Pero es que el nuestro es un país irónico, y de impotentes. Y sus violadores y asesinos son los más impotentes de todos, cómo no. Su virilidad es una asquerosa mentira, su hombría inexistente. Pura escoria machista, ignorante y violenta.

Impotentes son también las autoridades encargadas de proteger a los activistas en pro de los derechos humanos, y lo es la justicia encargada de perseguir a los asesinos y a los corruptos. La Defensoría del Pueblo, pongamos por caso, que es la institución encargada de amparar a los ciudadanos frente a los abusos u omisiones del Estado, está dotada con recursos impotentes para combatir la iniquidad. Sus “Resoluciones Defensoriales”, por ejemplo, están cundidas de verbos impotentes, a saber:

Instar
Exhortar
Impetrar
Apremiar
Invitar
Recomendar
Sugerir

Todos, sinónimos de rogar. Pero resulta que los asesinos tienen el argumento de las balas, más contundente, y no escucha ruegos.

Impotentes asimismo, o cómplices, los medios de comunicación afines al establecimiento que banalizan las luchas sociales e invisibilizan el sacrificio de sus líderes.

Con todo, Angélica se convierte en otra flor, siempre viva, en el jardín de la esperanza. Hasta siempre, hermosa Angélica.

martes, 19 de febrero de 2013

Reivindicación del viajante de comercio

(Caminante. Foto de H. Darío Gómez A.)


No hablaré de Willy Loman, el frustrado viajante de comercio que nos pintó Arthur Miller con su pluma nihilista (sus razones tendría). No. Hablaré de esa criatura singular que es nuestro agente viajero del trópico, ya sea un visitador médico o un cacharrero: es un tipo más positivo que Loman, sin duda, un explorador nato, un animal ubicuo que no forma parte del paisaje pero lo modifica; aunque (hay que decirlo) no siempre para bien. 

Lo cierto es que desde antiguo ha habido viajeros con fines comerciales: Un tal Heródoto de Halicarnaso que exploró las tierras de Egipto, donde afirmó haber visto animales sin cabeza y con los ojos en el lomo; Fa-Hian, un monje chino que encontró en las nieves perpetuas de Afganistán, al occidente del imperio, dragones viperinos y otros animales fantásticos; o bien el legendario Cosmas Indicopleustes, marino de Alejandría, que demostró en su “Topografía cristiana del universo”, sin error aparente, que la tierra es cuadrada, a despecho de nuestros cosmógrafos de hoy, descreídos e impíos como sus satélites fisgones; y Solimán, mercader de Basora, que pescó en el mar de Omán, según cuenta Julio Verne, un escualo en cuya panza halló otro más pequeño que a su vez se había tragado otro menor todavía, todos vivos; en fin, Marco Polo, Cristóbal Colón, Fernando de Magallanes, Fernández de Oviedo, el sanguinario Lope de Aguirre y otros más que contaminaron con sus relatos calenturientos los bestiarios del nuevo mundo y las mentes impresionables de los escritores de ciencia ficción.

Pero emulando la tenacidad e imaginación de aquellos, el agente viajero no se queda atrás en su empeño por los periplos. Provisto de un maletín con los muestrarios del universo, el viajante de comercio va por el suelo patrio con su chaqueta liviana colgada al hombro, remontando los ríos hasta sus nacimientos, coronando las montañas y recorriendo el fondo de los valles a través de polvorientos caminos, sólo para abastecer de hilos una tiendecita miscelánea acomodada en el borde del territorio.

No es de plomo que están hechas las suelas del agente viajero, de manera que jamás sienta sus reales ni por la sonrisa invicta de una muchacha. Tiene este caminante de pies gastados por el uso, algo de tahúr penitente y de cronista de cafetín; sabe asimismo que “la soberbia no es grandeza sino hinchazón”, como dijera San Agustín; y por eso nos transmite con sutileza la humildad de quién ya lo ha visto todo. Mas, sin embargo, ¡qué grande es! Acaso él, sin saberlo, es un hombre sabio cuando nos describe el mundo; su mundo, claro está. Es un libro abierto de recuerdos, paisajes, situaciones y sentimientos que trascienden la ingenua cotidianidad familiar. De regreso al hogar el viajero se convierte en el héroe de Itaca que refiere a sus parientes los peligros, fatigas y aulagas que tuvo que pasar para retornar. Nunca es más grande que cuando relata al calor de un café negro esos pequeños accidentes que suelen ocurrirles a los viajeros del trópico: el surgimiento intempestivo de unos dragones camuflados (guerrilleros o paracos, lo mismo da) en la mitad del camino, cuyas lenguas de fuego alcanzan a un pasajero que no debía llegar a su destino; o una calle aparentemente inocente que se convierte sin previo aviso en un pérfido arroyo (como suele pasar en la "Arenosa") que rapta a los transeúntes para llevarlos hasta el río madre que se alimenta de peatones distraídos. A su manera, el agente viajero es testigo de excepción de los prodigios singulares que suceden en su pequeña porción del planeta, y que nos demuestran que la tierra sigue siendo cuadrada, al menos por estas latitudes, como lo conjeturó hace quince siglos el viajero de Alejandría, por buen nombre, Cosmas Indicopleustes.

jueves, 14 de febrero de 2013

Diatriba contra los apolíticos




(Discusión de la decisión del árbitro. Juego de beisbol en la Boquilla, Cartagena, Colombia. Foto de H. Darío Gómez)


“Lo primero que un ciudadano necesita tener es civismo, y no puede haber patria, verdadera patria, donde los ciu­dadanos no se preocupan de los problemas políticos”.

Miguel de Unamuno, “Los antipoliticistas”


Con ocasión de los escándalos protagonizados por nuestra roñosa clase política, mi colega Wilson,  gestor cultural (cuyo trabajo persistente es digno de encomio), me envía un pensamiento de Bertolt Brecht que deseo compartir con ustedes habida consideración de su indiscutible vigencia:

“El peor analfabeto es el analfabeto político.
No oye, no habla, no participa de los acontecimientos políticos.
No sabe que el costo de la vida, el precio del poroto, del pan, de la harina, del vestido, del zapato y de los remedios, dependen de decisiones políticas.
El analfabeto político es tan burro que se enorgullece y ensancha el pecho diciendo que odia la política.
No sabe que de su ignorancia política nace la prostituta, el menor abandonado, y el peor de todos los bandidos que es el político corrupto, mequetrefe y lacayo de las empresas nacionales y multinacionales.”

La cita de Brecht me hace pensar que es recurrente entre nuestros conciudadanos el síndrome de abulia frente a la política. Ciertamente el hombre común, que es víctima de su propia ignorancia (como lo destaca el dramaturgo alemán), desconfía de todo lo que le suene político. Cree a pies juntillas que la causa de sus males es la política en general, incluso más que los políticos corruptos en particular. A lo sumo confunde la una con los otros. Por otra parte, piensa (de manera errada, a mi juicio) que para participar en política hay que estar afiliado a un partido o a un movimiento. Y no hay tal. Así nos lo pone de presente don Miguel de Unamuno en su ensayo titulado “Los antipoliticistas”, cuando afirma:

 Claro está que puede uno interesarse por la política y hasta hacer política activa sin alistarse en ninguno de los partidos organizados en su país. ………Yo, por ejemplo, creo ser uno de los españoles que han hecho más política en mi patria y, sin embargo, no figuro afiliado a ningún partido. Lo cual no creo que sea recomendable en cada caso, pero a mí me da una gran libertad de movimiento”

Porque la política es precisamente la herramienta más eficaz para alcanzar los fines de un estado democrático y solidario aun por encima de las ideologías y los modelos, esto es,  defender lo público concebido como “lo que conviene a todos y nos dignifica”, según la hermosa definición del filósofo colombiano José Bernardo Toro.

De modo que no debemos temerle a la participación en política para defender nuestros derechos y propender por el bien común. Es preciso reivindicar el concepto de política, lavarle la cara y acariciarla con el bálsamo de la participación.

Quizá si nos decidimos a colaborar de manera responsable en el desarrollo y control social de lo público, algún día dejaremos de pagar las culpas de avaros y poderosos. Acaso ya no tengamos como único y precario oficio en la tierra el de ser chivos expiatorios de los poderosos, con la esperanza candorosa de ganarnos un cupo en el reino ilusorio del otro mundo. Quien quita que con la participación activa dejemos de ser los fusibles que se funden por la sobrecarga de ambición de los dueños de todo. Ya no seremos una suerte de moneda de curso forzoso para pagar las indulgencias con que los amos del mundo compran el perdón (provisional) de la madre tierra por todo el daño que le infligen.

Resulta por lo menos inmoral que con nuestra pasividad irresponsable condenemos al prójimo y a las futuras generaciones a convertirse en víctimas a destajo de las crecientes de agua, de los deslizamientos, de las sequías, de las hambrunas, de las guerras, de la ausencia de futuro, en fin, de la ira de Dios.

Por eso la invitación es a participar de manera propositiva en política. Y si toca tomar partido (no se puede ser neutro), hay que tomar el partido de la vida; la facción de la tolerancia (aunque suene irónico); la vertiente de la solidaridad; la causa de la esperanza. Abajo el caudillismo y la politiquería.

lunes, 11 de febrero de 2013

Agradecimiento de un troglodita


 
Soy un recién llegado al mundo esotérico del blog. Y como a todo neófito le ocurre, la ignorancia supina me impide entender que escribir para un blog no es lo mismo que escribir textos para ser leídos en papel, menos aún la aburrida prosa jurídica que a diario debo machacar por razón del oficio. Sin embargo, mi joven amiga Licuc, excelente “bloguera” si se me permite el término, me hizo caer en cuenta de mi error de una manera franca, leal, digamos, descarnada (sin considerar las sutilezas debidas al medio siglo de edad que llevo encima), cuando me dijo que mi blog es interesante, pero los textos son a veces muy pesados, más adecuados, a lo sumo, para las publicaciones tradicionales. Me indicó asimismo que debía cambiar la plantilla con fondo negro que tenía, pues “es horrible leer letra clara sobre fondo oscuro”. Eso ya se hizo. Finalmente me aconsejó incluir información audiovisual, uno que otro podcast, por ejemplo. Lo intentaré. Por lo demás, sobra decir que acaté a rajatabla sus valiosas recomendaciones, sin que ello garantice mi permanencia en el ciberespacio, menos todavía cuando me advirtió que en este medio uno dispone de tan solo cinco segundos, ¡cinco segundos!, óigase bien, para cautivar a los visitantes, es decir, para que estos decidan continuar o no la lectura del blog; y la verdad sea dicha, yo no me ayudo mucho con la fotografía del inicio donde aparezco como un troglodita divagando. Quizá eso explique la baja tasa de visitas.

Pero algo he aprendido. Se me ocurre que en el blog, como en el cine, los textos deben parecerse más al “storyboard” o guión gráfico, donde prima lo visual de la escena y de la secuencia. En tal virtud, el blog deberá tener mayor cantidad de estímulos visuales y auditivos aprovechando la tecnología disponible. Lo intentaré, lo prometo.

De manera que si no quiero convertirme en una suerte de protomártir de la ciencia experimental del blog, debo ponerme a tono con las nuevas tecnologías, para lo cual cuento por fortuna con la tutoría de amigas como Licuc, cuya desinteresada ayuda motivó el presente agradecimiento.

(creditos de la foto: www.morguefile.com)

miércoles, 6 de febrero de 2013

Vanity fair en Usaquén



(Juegos pirotécnicos en Bogotá. Foto de H. Darío Gómez A.)

 

Tomo prestado el nombre de la famosa revista del corazón, sin ánimo de banalizar el glamour, y con la esperanza de no ser demandado por el uso "indecoroso" de su marca registrada. Pero es que, al fin de cuentas, la vanidad es patrimonio de la humanidad, además de estar muy de moda por estos días en Usaquén, mi barrio.  Allí los lujosos restaurantes de autor se han convertido en enormes vitrinas a donde acude la gente chic de Bogotá, no tanto para disfrutar de la buena comida, como para que la vean comer. 

Sin embargo, tan presuntuosa afectación tiene sus inconvenientes: no siempre sus espectadores son trabajadores honrados, que, de paso hacia los restaurantes populares, tragan saliva al contemplar las viandas que disfrutan los comensales que exhiben sin pudor su riqueza ante la galería. Sucede que de golpe, un desharrapado (sin nada que perder) se acerca a la enorme vitrina donde una mujer elegante y hermosa degusta un carpaccio de salmón. El sujeto desmueletado pega lentamente su nariz asquerosa en el vidrio, saca la lengua con lascivia y le pica el ojo a la buena señora, al tiempo que extiende su mano mugrienta para invocar conmiseración. Este cuadro no dura más de diez segundos, justo el tiempo que demora en llegar la seguridad del restaurante para llevarse al “habitante de la calle” (ridículo eufemismo para designar a los marginados). Pero ya es tarde. El daño está hecho. La fealdad de la miseria ha caído como un moscardón en la sopa de la opulencia. ¡PLAF! La señora, congestionada, ya no digamos, aterrada, toma un sorbo de agua Evian y se retira por un momento al baño. Con notoria incomodidad, su acompañante deja la servilleta sobre la mesa, arregla su corbata Hermés, colección de otoño, y le exige al mesero que los acomode en otra mesa, lejos del ventanal de la infamia.

Y es que la ostentación es ofensiva. A mi modo de ver, la pequeña e inútil venganza del desarrapado de marras no es más  que su respuesta a la humillación infligida, involuntariamente, si se quiere, por la mujer de marras.  Ser rico no es un pecado. No hay que caer en las trampas del maniqueísmo. Allá cada cual con su conciencia acerca de la forma en que amasó su fortuna “sin convertir en harina a los demás” (como decía Mafalda).  Sabemos que la solidaridad no cunde en ciertos círculos, y que la manida responsabilidad social empresarial (RSE, por su sigla) no es más que una entelequia para evadir impuestos y despercudir el rostro de la avaricia. Pero ostentar impúdicamente esa riqueza en un país donde semanalmente mueren de hambre 300 niños, (según un estudio de la Universidad Nacional de Colombia), si es una trastada.

Guía zurda de Cartagena de Indias

(Plazoleta Benkos Biohó en la Matuna, Cartagena de Indias. Foto de El Universal) (el peatón haciendo una foto por encargo, Cartage...