jueves, 31 de enero de 2013

Alabanza de las hermanas




(Mis hermanas. Foto familiar)


 
(La criatura, o sea yo. Foto familiar)


Soy lo que soy gracias a mis hermanas. Lo cual no habla muy bien de ellas. Con todo, aceptemos que lo rescatable en mi humanidad se debe a su presencia en mi vida, y lo demás, digamos, mi lado oscuro, se debe más a mi proclividad a los porrazos que a sus buenas intenciones, aparte, claro está, de la malacara que tenemos los Gómez Ahumada.  Pero ese es un atavismo harto difícil de superar.

Y es que las hermanas suplen con frecuencia la ausencia de la madre, más aún cuando sus hermanos, como en mi caso, han sido amigos tempraneros de los apósitos y las férulas que alivian las lágrimas producidas por las caídas de la infancia. Ellas estuvieron presentes entonces, y lo seguirán estando ahora que los porrazos son de otra índole, más metafísica quizás, pero porrazos al fin y al cabo. Es como si su hermosa condición de mujeres las indujera a extender de manera vitalicia su instinto protector  para cobijar al hermano descarriado.

Yo recuerdo un viaje en tren (cuando en Colombia había tren).  Era el año 1971.  Regresábamos de Medellín con destino a Bogotá, mis dos hermanas (de doce y once años de edad) y quien esto escribe de escasos nueve años a la sazón. Era la primera vez que viajábamos sin la tutela de un adulto. Sin embargo, durante el periplo no tuve miedo, ni siquiera cuando el mundo se oscureció una breve eternidad (aquí vale el oxímoron) mientras el tren atravesaba los cerca de cuatro kilómetros del túnel de la Quiebra. En cualquier caso, me sentí protegido por mis hermanas, siempre a salvo de los espectros que acechan a los niños en la oscuridad. De hecho nunca supe si ellas sintieron algún temor ante las eventualidades de un fatigoso viaje de más de veinte horas, pasando por los ejidos del mismísimo infierno en el cálido Puerto Berrío, junto a personas desconocidas y cargando con la responsabilidad de cuidar a un mocoso, necio como una cuítiva, siendo ellas también apenas unas niñas. 

Y, a decir verdad, cuarenta y dos años después de esa aventura sigo percibiendo esa sensación de tranquilidad cada vez que me acojo a su hospitalidad o recibo sus llamadas que trascienden la distancia y la rutina.

No les perdono, sin embargo (aunque tampoco fue su culpa), las vergüenzas que padecí de niño al tener que heredar sus blusas color fucsia y verde limón (respectivamente) con cuello de tortuga, que me obligaron a utilizar por aquello de la economía familiar que no repara en el daño que se le puede causar al alma infantil, en aras del máximo aprovechamiento de la ropa. Hay foto.

lunes, 28 de enero de 2013

Cien años del barrio San francisco Javier de Bogotá, AMDG


(Foto de H. Darío Gómez A.)


Un espectro se cernía sobre Bogotá durante la primera década del siglo pasado: el espectro de la clase obrera. Para conjurar ese fantasma y “A mayor gloria de Dios”, cómo no, la Compañía de Jesús importó de España a mediados de 1910 al padre José María Campoamor, S.J., quien debía establecer una obra social que lograra "la redención moral, económica e intelectual de la clase obrera", es decir, adoctrinar a los trabajadores y a sus "Marías" para que no surgiera de su seno, pongamos por caso, una Flora Tristán, una Rosa Luxemburgo o peor aún, una vernácula María Cano que pusiera en peligro la propiedad privada.  En otras palabras, se buscaba aplicar la doctrina social de la iglesia contenida en la encíclica “Rerum Novarum” del papa León XIII, con el fin de erradicar cualquier brote comunista del incipiente movimiento obrero capitalino, cuyas condiciones de vida bastante precarias constituían un caldo de cultivo (como dicen los bacteriólogos) propicio para que pelecharan “los enemigos de la civilización cristiana, a saber: el liberalismo, el socialismo y el comunismo”. Con este propósito  el padre Campoamor fundó “El Círculo de Obreros de Bogotá” con su correspondiente Caja de Ahorros y, por supuesto, en 1913, el barrio obrero de San Francisco Javier en la localidad de San Cristóbal en el sur oriente de la capital. (Zambrano Pantoja, Fabio, “Círculo de Obreros”, Revista Credencial Historia, No.118, 1999).

(Primeras casas del barrio San Francisco Javier hacia 1920. Foto extractada de la revista Credencial Historia No.118)





 (Barrio San Fco. Javier, Localidad de San Cristobal sur, Bogotá. Foto de H. Darío Gómez A. 2013)

(Padre José María Campoamor en los años 40s del siglo pasado. Foto extractada de la revista Credencial Historia No.118)

"la obra del padre Campoamor adquirió renombre en Bogotá gracias a la construcción del barrio Villa Javier. Este esfuerzo por construir una "Ciudad de Dios" en el sur de la capital, se inició en 1913 y se concluyó en 1934, cuando se logró tener 110 viviendas, la mayoría construidas entre 1913 y 1927, en un lote de 14 fanegadas. Luego de la muerte del sacerdote, acaecida en 1946, el barrio comenzó a cambiar."
Zambrano Pantoja, Fabio, “Círculo de Obreros”, Revista Credencial Historia, No.118, 1999


La obra encomiable del jesuita venido de Galicia pelechó merced al trabajo de una clase obrera organizada y gracias, según dicen, "al aporte de algunas damas piadosas de la sociedad bogotana", hasta el punto de convertirse en lo que hoy conocemos como la "Fundación Social", ya no digamos una obra social, sino un conglomerado financiero que excede con mucho los objetivos caritativos del santo varón nacido en la Coruña y que hoy tiene bajo su tutela un banco comercial, una aseguradora, una capitalizadora, una fiduciaria (por aquello de la fe), en fin, una constructora y, claro está, para cuando falle la fe, una eficiente compañía de cobranzas. No quiero, sin embargo, satanizar el legítimo ánimo de lucro de la institución cuyo balance social en todo caso no es tan abultado como su balance comercial, y me remito más bien a la declaración de principios de la Fundación Social, que, muy al estilo jesuítico, nos pone de presente el siguiente texto algo críptico para mí: 

"Lo social es inherente al quehacer empresarial y no debe buscarse fuera de él a manera de externalidad, o de algo adicional a la gestión en sí misma."

“La Fundación Social no desarrolla actividades de tipo empresarial por accidente o como estrategia de financiación, tampoco posee un portafolio de acciones con cuyos rendimientos financie una "obra social". Es empresarial, y lo ha sido desde su origen, porque considera que lo empresarial es una característica fundamental de su quehacer social”


Yo, francamente, no sé si el padre Campoamor opinaría lo mismo si viviera. Pero dejemos de lado el tema financiero y terrenal de la manida y no pocas veces hipócrita "responsabilidad social empresarial" (RSE, por sus siglas) para concentrarnos mejor en Francisco Javier, el santo patrono "de la amistad y la solidaridad" que le dio su nombre al agraciado y digno barrio obrero del sur oriente de Bogotá, y más bien resaltar el hecho quizá intrascendente para algunos pero importante para nosotros, de que el barrio de San Francisco Javier (o lo que queda de él), fundado por el Círculo de Obreros de Bogotá, estará cumpliendo el próximo 7 de septiembre de 2013 la friolera de cien años, “Ad maiorem Dei gloriam” como hubiera dicho el padre Campoamor.



Según documentos de la época: "Sus calles son de 12 metros. Cada manzana tiene 24 casas para un total de 96. Las cuadras tienen 6 casas distribuidas en 4 pabellones. Las casas de las esquinas son solo de una habitación". (El Tiempo 11 de noviembre de 2011)
  
Fotos de H. Darío Gómez A, enero de 2013




El barrio está situado entre las actuales calles 8a. y 10a. Sur, y entre las carreras 2a. y 6a., en la localidad de San Cristóbal de Bogotá.










(Perspectivas del Barrio San Fco. Javier, hoy Villa Javier, en la Localidad de San Cristobal Sur, Bogotá. Fotos de H. Darío Gómez A. Enero de 2013)

Héroes insospechados y clandestinos

“Los infinitos héroes desconocidos valen tanto como los héroes más grandes de la historia.” Walt Whitman Irene & Cia. Una muchac...