jueves, 30 de mayo de 2013

El venezolano


(Parque del Brasil, Barrio de la Magdalena, Bogotá, D.C., fotos de H.D. Gómez A.)


Con ocasión de la visita a Bogotá de Henrique Capriles, opositor al establecimiento venezolano, se vuelve a ventilar (a falta de peores noticias) el expediente de  un remoto y absurdo conflicto entre colombianos y venezolanos. Sin embargo, el espectro inveterado de la violencia entre hermanos siempre será derrotado por el sentido común de dos pueblos que comparten el mismo destino. Sobre este particular el gran escritor venezolano, Miguel Otero Silva, escribió en 1975 lo siguiente: ¨ En estos desquiciados tiempos los periódicos suelen hablar con malvada ligereza de una posible guerra entre Venezuela y Colombia…… Nunca, repito, tendrá lugar esa pelea fratricida que los consorcios petroleros y los fabricantes de armas apetecen…¨

Y yo estoy de acuerdo con don Miguel, más aún cuando en la infancia hice un pacto fraternal con Alonso Morante, mi amigo venezolano. Esta es la historia de ese pacto.

A los diez años de edad todo en la vida nos resulta extraordinario. Una ciudad desconocida, el tipo nuevo de la clase, los vecinos recién llegados o bien un nuevo amigo, más todavía si es un niño extranjero. Durante las vacaciones de mitad de año del 72, conocí a Alonso en el barrio de la Magdalena en Bogotá donde yo vivía. Era un niño de mi edad, mirada apacible y acento musical. En los columpios del parque del Brasil nos observamos con desconfianza, pero luego nos integramos igual que gatos callejeros, merced a esa facultad automática que tienen los niños para crear lazos y que luego se pierde con la edad, como nos pasa con el pelo. Me intrigó su hablar cadencioso, así que le pregunté acerca de su origen. El me respondió que era venezolano, de una tierra desconocida, como dice el paseo vallenato de Carlos Huertas. Paseo vallenato (vallenato con v y no con b, valga la aclaración), es un delicioso ritmo  del Caribe colombiano y no un periplo con el hijo de una ballena. Perdonen la digresión.

El hecho es que aunque fuimos amigos inseparables durante esas vacaciones, no vimos la necesidad de saber nuestros nombres: yo lo llamaba simplemente, venezolano; y el me decía colombiano, a secas. 

– ¿A qué hora nos vemos mañana, venezolano? - le preguntaba yo; 
-- como a las diez, en el parque, colombiano, - respondía Alonso. 
Vale. - convenía yo

Supe que el venezolano se llamaba Alonso Morante y que era de Barquisimeto un día que lo invité a almorzar a mi casa, casi al final de las vacaciones, cuando mis hermanas, dignas encargadas de la inteligencia hogareña, sometieron al pobre extranjero a un interrogatorio  al mejor estilo de la agencia de seguridad del Estado. Me enteré por el mismo expediente que se hospedaba en la casa de una tía solterona cerca del Park way, y que era único hijo. Es decir, nada importante cuando sólo se trataba de jugar y callejear.

Por esa época estaba reciente el diferendo limítrofe con el vecino país por las islas de Los Monjes, ubicadas entre la península de la Guajira en Colombia y el Golfo de Coquivacoa en Venezuela; de modo que circulaba en el ambiente el infundio de una eventual contienda entre los dos países hermanos. Alonso y yo, que no sabíamos nada acerca de la guerra (aparte de lo visto en las películas que pasaban en la televisión), jugábamos a “darnos bala” desde nuestras trincheras invisibles, con tan mala puntería que nunca acertábamos a matarnos. Pero eso de la guerra cansaba mucho, y como al final ninguno de los dos quería morir primero, resultaba muy aburridor el juego. De manera que nos íbamos a la “Gata golosa” a tomar gaseosa.  

Hoy sabemos que es improbable una estúpida guerra fratricida. Pero entonces, en la óptica de nuestro candor infantil creíamos que algún día, cuando fuéramos mayores, tendríamos que enfrentarnos en la predestinada conflagración. De esta suerte nos comprometimos a que, cuando estuviéramos frente a frente en el campo de batalla (que nos imaginábamos en el puente internacional que une a Villa del Rosario de Cúcuta con San Antonio del Táchira), ambos utilizaríamos balas imaginarias e inofensivas, como las de nuestro juego en el parque del Brasil.

Alonso Morante debe ser hoy un prestigioso hombre de negocios en Barquisimeto, o un gran artista, o un sindicalista comprometido, o un médico, o un afamado ingeniero, o un intelectual, o un vago como el suscrito, qué sé yo. Eso sí, espero por su bien que no haya escogido la carrera de las armas, porque el uso de balas imaginarias arruinaría su reputación, o al menos mermaría peligrosamente su expectativa de vida por más arriscado que fuera. Sin embargo estoy seguro de que si algún día la soberbia de nuestros gobernantes (o candidatos a serlo) nos conduce a una guerra infame, Alonso y yo honraremos nuestro compromiso. Porque, al fin y al cabo, es menos aburrido ir a tomar gaseosa en la tienda del barrio con los amigos, que andar por ahí como insensatos echándose plomo con los vecinos. Cosas de niños.

miércoles, 22 de mayo de 2013

El Hombre de la represa




Nadie sabía con exactitud desde cuando trabajaba el hombre para la represa. Se sabía, eso sí, que era el dependiente más antiguo, que vivía, literalmente, pegado a su puesto de trabajo, y que sus funciones eran totalmente desconocidas. Con el correr del tiempo la represa evolucionó en magnitud y tecnología, pero ninguna administración se preocupó por conocer la naturaleza de su oficio. Los otros trabajadores lo llamaban con sorna, “el activo fijo”, tal vez porque se habían acostumbrado a verlo como parte del mobiliario. Y es que, ciertamente, el hombre permanecía en su puesto concentrado e inmóvil; se diría que en estado letárgico de no ser por la rigidez de su expresión.

Así había sobrevivido a muchas administraciones, hasta que llegó un nuevo gerente, eficiente como una guillotina, quien preguntó por las funciones del hombre. Como nadie le supo responder, y además consideraba indigna de su cargo la molestia de preguntarle directamente al hombre, ordenó su destitución inmediata.

Al hombre le llegó una carta escueta, impersonal y fría, como suelen ser este tipo de misivas, en la cual le informaban acerca de la destitución y retiro inmediato de su puesto de trabajo habida cuenta de la inutilidad de sus funciones. El hombre leyó la comunicación, y en su rostro inmemorial se iluminó por primera vez la expresión del descanso. 

-¡Al fin! – dijo el hombre con una voz como salida del fondo de las aguas quietas, pero no dijo más. 

Entonces recordó la orden impartida por un ingeniero, desde los tiempos de la construcción de la represa, que le imponía tapar con su dedo índice, hasta nueva orden, una pequeña grieta del dique. Y esa nueva orden por fin había llegado.



El hombre y su dedo índice izquierdo -era zurdo- se retiraron del puesto de trabajo con la satisfacción del deber cumplido. Por la pequeña grieta descubierta se asomó primero un hilo de agua, luego se dibujó en el dique una gran cicatriz por la que se coló un enorme chorro ávido de libertad, y finalmente se vino encima toda el agua de la represa llevándose consigo el dique y el moderno edificio que alojaba las oficinas administrativas, entre ellas las del gerente, que al final del día no tuvo tiempo de conocer la naturaleza del trabajo del hombre.

(Créditos fotos: www.morguefile.com)

jueves, 16 de mayo de 2013

Padre ahorrativo con dudosa fecha de expiración

(Foto de JoseluisM78, www.flickr.com)


Tengo en mi casa un par de zagalones que, si pusiera uno sobre los hombros del otro, alcanzarían casi cuatro metros de altura y sumarían en la báscula unos ciento setenta y cinco kilos de músculos y hormonas. No me explico cómo hace su madre (mi adorada esposa) para saciar el apetito voraz de  la prole. Soy un descreído impenitente, pero admito que doña Inés del alma mía, como todas las madres (incluida la madre Laura de Colombia, recién canonizada), hace milagros con la alimentación de la familia. Ella se queja, con justa razón, de que el mercado quincenal se acaba en tres días cuando nuestros hijos están de asueto. De modo que nos toca aplicar la combinación de todas las formas de lucha para que alcance el bastimento de la quincena, a saber: comprar al por mayor en las bodegas, escoger los productos genéricos con descuento o de temporada, y esconder las golosinas para dosificarlas a los muchachos. Lo cierto es que ninguna de tales estrategias funciona con ellos. Si se compra más, comen más. Y además conocen todos los escondites que de manera candorosa escogemos para salvaguardar las provisiones. Alguna vez sugerí ponerle candado a la nevera y llave a la despensa, pero bastó la mirada recriminadora de doña Inés, esa mirada que por capricho mendeliano sólo tienen los genes dominantes o recesivos, qué sé yo, de las mujeres de la estirpe Bedoya DeBrigard, para desistir de la idea.

 

Entonces fue cuando tuve la ocurrencia (revelación mística que oculté a mi adorada Inés), de comprar en rebaja productos con fecha de vencimiento cercana a su expiración, asumiendo de antemano que nuestros tragaldabas darían cuenta de ellos mucho antes del evento en cuestión. Además la situación no está para comprar a precios caros. Y con tal expediente fui llenando el fondo de la despensa con pepinillos agridulces, aderezos para ensalada, mayonesas y mostazas tipo Dijon, galletería francesa, en fin, toda suerte de delicatesen. Pero había tanto encurtido y enlatado en la despensa, que el alijo excedió la capacidad de consumo del par de tarambanas. El hecho es que un día de mayo de 2013, a la hora del almuerzo, a doña Inés del alma mía le dio por mirar la fecha de vencimiento de un aderezo italiano, y verificó con estupor que el producto había vencido en 2012. Con asco retiró la ensalada de su vista, se levantó de la mesa y procedió de inmediato (al mejor estilo de un funcionario de aduanas), a inspeccionar la alacena, y a destruír luego todo el material vencido que encontró. Alejo y yo, que estamos acostumbrados a comer “perros calientes con todo” a mil pesos (algo así como medio dólar) en la puerta de la Universidad Nacional, cruzamos una mirada de complicidad y continuamos disfrutando nuestra ensalada con aderezo "añejo" como si nada hubiera pasado. Rafa en cambio, siempre tan compuesto como su madre, nos dirigió un gesto de franca desaprobación.

viernes, 10 de mayo de 2013

Paranoia insustancial



(Interior del transmilenio a las 7:00 pm. foto de H. Darío Gómez A.)


Con alguna frecuencia entregan a los pasajeros del Transmilenio una tarjeta roja donde se lee: “Señor usuario: Para fines estadísticos, cuando llegue a su estación de destino deposite esta contraseña a la salida”. El hecho es que a usted no le entregaron el cartoncito colorado a la entrada (como a los demás pasajeros), y la omisión de la muchacha de la estación no dejó de perturbarlo, sobre todo por la explicación estúpida que tendría que dar a la salida del sistema por el hecho de no portar el cartón: “es que a mí no me dieron”, o alguna estulticia de un tenor parecido. Eso, en caso de no haber pasado  igualmente desapercibido en su estación de destino. Pero acontece que usted fue transparente también al salir. Insustancial como la niebla de la madrugada. Póngase a pensar en el asunto...

Ahora bien, si el incidente se repite en otro vagón, ojala el mismo día, entonces usted deberá empezar a preocuparse seriamente. En primera instancia, verifique si otros pasajeros se encuentran en su misma situación. Fíjese, pongamos por caso, en hombres con traje y corbata mayores de cincuenta años. Si ellos al igual que usted carecen de contraseña, podría ser que únicamente están censando a personas más jóvenes. Un parte de tranquilidad. Pero si no es así, o si nuevamente se repite la omisión de algún funcionario en una nueva estación, incrépelo exigiendo que le entregue una contraseña como a todo el mundo, para depositarla en la tómbola de la salida según mandan los cánones. Resulta odioso no ser tenido en cuenta así sea para inútiles encuestas burocráticas. Al fin y al cabo uno ocupa un espacio en el mundo, y de ello puede dar fe el principio de Arquímedes que se cumple con el rigor de una sentencia cada vez que uno desplaza a otro cuerpo de igual volumen al acomodarse en el expreso de las seis de la tarde.

En cualquier caso, si el dependiente de la estación de llegada no le exige depositar la tarjeta roja en la bolsita a la salida del vagón como a los demás pasajeros vivientes (o malvivientes que para el caso lo mismo da), entonces si tendrá suficientes razones para entrar en pánico. Es muy probable que usted ya no forme parte de este mundo descreído y egoísta. En una ciudad de ocho millones de almas nadie notará su ausencia, o su insignificante presencia de código de barras, si prefiere. No obstante es importante salir de dudas; de manera que, por si acaso, busque un espejito de mano y acérquelo a su nariz para comprobar si aún le queda un resquicio de aliento vital.

lunes, 6 de mayo de 2013

Fisiología del cafre bogotano



“…conozco al tramposo cuando oigo su idioma, al monje en el hábito y al pillo en la broma, conozco en el velo a la monja así mismo, y el vino en el vaso cuando otro lo toma. Lo conozco todo, excepto a mí mismo.”
Balada sobre mínimos temas (traducción de A. Holguín), Francois Villon


Para que el presente escrito sea políticamente correcto, conviene decir que no todos los bogotanos somos cafres. Eso es evidente. Más aún, se nos reconoce como personas amables. Pero que los hay…. los hay. Podría afirmar asimismo que se trata de unas cuantas manzanas podridas, casos aislados que no comprometen la estirpe bogotana, en fin, eufemismos de esa índole. Pero que los hay…..los hay, insisto, y lamentablemente nos dejan a los demás capitalinos como un zapato. Sobre todo en estos tiempos en que no cunde la solidaridad (fenómeno típico de las grandes ciudades). No en balde el maestro Darío Echandía sentenció hace algo más de medio siglo que el nuestro "es un país de cafres".  Y Bogotá es su capital: calculen.

De manera que como bogotanos debemos asumir  con dignidad esta condición; y si no tenemos remedio,  convendría al menos ser cafres competentes. Si usted aún no es un cafre declarado, anímese, aquí le daremos unos cuantos consejos  para que deje fluir libremente su condición inexorable.

Pero,  ¿qué es un cafre? o mejor, ¿quién es cafre?.  El Diccionario de la Real Academia Española  trae varias acepciones, mas,  nos quedamos con la tercera por ser la que se ajusta al cafre bogotano: “cafre. 3 adj. zafio y rústico”.  Es decir, un tipo grosero y falto de tacto en su comportamiento.  Sin lugar a dudas nuestro cafre no es bárbaro y cruel en exceso como reza la segunda acepción del diccionario (RAE), ya que si lo fuera se convertiría en criminal violento o en político corrupto,  como algunos que infortunadamente habitan nuestra patria mancillada.  Pero  ciertamente el personaje en cuestión es zafio y rústico.

El cafre bogotano no es en esencia un mal sujeto. Digamos mejor que es un tipo de mala leche, que, si tiene la oportunidad de ofender, estorbar, maltratar o negar la ayuda a alguien sin resultados lamentables para el otro, lo hace sólo por el placer efímero y estúpido de sentirse “chico malo” o de  ejercer un fugaz poder de dominación sobre el agredido. 

Piénsese por ejemplo en un peatón que cruza la cebra  confiado en el semáforo con luz verde que protege su integridad.  Un conductor cafre no puede dejar pasar la oportunidad de acelerar el motor varias veces al estilo de Montoya  (nuestro petulante corredor de autos), para que el indefenso peatón corra asustado por su vida. 

¡Ah! que placer indescriptible siente este sujeto……  

Decíamos que el cafre no es esencialmente un hombre malo, pero esto no es óbice para que sus actos puedan desencadenar consecuencias graves o fatales para la víctima. ¿Qué tal que el peatón de marras  tropiece y caiga fracturándose el cráneo contra la acera?  En rigor, este sería un efecto colateral de la “cafrada”, que, en todo caso, no debe importarnos para el ejemplo.

La condición de  cafre no es sólo una característica de la personalidad; es una cosmovisión, una forma de ser y de estar en el mundo. Se es cafre o no se es cafre. El cafre no concibe que “el otro”, esto es, el prójimo, se cruce en su camino sin sufrir las consecuencias de tal atrevimiento. 

He aquí nuestro segundo ejemplo que ilustra lo dicho:  Imaginen al conductor de un bus  que pega  monedas de quinientos pesos en la escalera de acceso  para que el pasajero se agache a rasguñar inútilmente el dinero inamovible,  pasando de la ilusión a la vergüenza  en pocos segundos, agravada por la sonrisita de satisfacción del cafre.  Supimos de una víctima burlada que, en  similar circunstancia, arrancó valientemente las monedas con un destornillador, a despecho del conductor del bus que no chistó ni pío.  Los cafres  son generalmente cobardes.

Pero no se debe confundir al cafre con el político corrupto o con el criminal violento, como se dijo más arriba. Si bien la condición de cafre es requisito previo para llegar a ser con éxito lo uno o lo otro,  el cafre raso es más modesto (“chichipato” decimos en esta ciudad de cafres) y carece de la imaginación y  de las agallas necesarias para jugar en las grandes ligas.


El cafre, evidentemente, hace cafradas. La cafrada es su manifestación y huella. Es su marca indeleble. A continuación  nos permitiremos describir algunas de las más comunes  (limitadas por ahora al ámbito de la vía pública), que el lector de pata al suelo podrá enriquecer de manera infinita con sus propias experiencias:


Cafradas de automovilistas en general:

·      Salpicar a los peatones con el agua bendita de los charcos.
·      Orillar a los ciclistas contra la acera para que  tropiecen y caigan como justo castigo por utilizar la calzada.
·      Tener permanentemente encendidas las luces direccionales para poder cerrar a los otros automóviles impunemente.
·      Pegarse al pito -claxon dicen los cursis- para arrear al carro que está adelante  aun cuando el semáforo no haya cambiado a luz verde.
·      Echarle el carro encima al peatón que cruza la cebra, aun teniendo éste derecho a la vía y a la vida, como reza la propaganda.

Cafradas de conductores de bus en particular:

·      Arrancar, girar  y frenar violenta, e intempestivamente, para que los pasajeros se caigan o se golpeen. Esta es su forma alternativa de acomodarlos.
·      Detener el bus cinco cuadras después de haber uno anunciado la parada.
·      Arrancar sin que el pasajero haya alcanzado a bajarse. -Esta cafrada es más efectiva cuando se aplica a ancianos y a señoras con niños pequeños-.
·      Decirle al pasajero que después le entregará el vuelto -teniendo con que darlo- para que al confiado usuario se le olvide reclamarlo después de 30 cuadras de viaje.
·      Decirle a uno que la ruta sí va a donde uno preguntó,  sabiendo que no es así. -mejor todavía cuando la víctima no tiene dinero para otro pasaje-
·      Poner champeta o, peor aún, reguetón a todo volumen en la cabina.
·      Instalar siete espaldares en una banca donde sólo caben cinco traseros.
·      Obligar a siete pasajeros a sentarse en esa banca bajo la amenaza de un “varillazo” -el cafre generalmente carga varilla, o si no, aplica aquello de que “no traiga machete, aquí le damos”-
·      No darle la gana  detener el bus para recoger ancianos o discapacitados.
·      Recoger y dejar pasajeros en la mitad de la calzada -con riesgo inminente para la vida del pasajero-
·      Hacer visita con los colegas en la mitad de la vía para que no puedan pasar los otros vehículos.

Sigue la lista, hay firmas, muchas firmas.

Los puntos susp......versivos

En el reino de las líneas, los puntos eran vistos con desconfianza. Y era natural, pues las líneas, siempre organizadas como un...