Google+ Badge

martes, 22 de octubre de 2013

Apósito de ternura

(Créditos foto: Escultura madre e hijo. www.morguefile.com)


Tenemos a veces la sensación de que el mundo está por desmoronarse, y que sólo hace falta una gota para que se reviente la represa que contiene todos los males que nos agobian. Eso pasa los lunes a las seis de la tarde mientras aguardamos estoicamente -bajo una lluvia pertinaz- el autobus que nunca pasa.

En ese instante no queda más que abandonarnos a la inútil espera y rumiar en silencio nuestra mala leche pasada por agua. No es tanto la lluvia sino la impresión metafísica de impotencia y desamparo ante la adversidad lo que nos corroe el alma.

De pronto aparece una muchacha con su pequeño hijo cargado en un canguro, y se acomoda en la banca de la parada. Los esperadores -mojados hasta el tuétano- la contemplamos con ternura, al tiempo que le abrimos campo a su encantadora presencia.

¿Es acaso María Auxiliadora con el niño Jesús coronado en sus brazos la que viene a socorrernos?

No. Es simplemente una jovencita de rostro broncíneo donde se asoma -a pesar del frío- una sonrisa dispar pero infinita que le arranca espasmos de emoción y alegría a su retoño. No es la virgen, está claro; ni es milagrosa, es evidente. Sin embargo nos regala con sus carantoñas la tibieza del vientre materno, haciéndonos olvidar el tedio de la tarde glacial. Entonces los transeúntes -apeñuscados en la parada del bus como pingüinos- nos miramos unos a otros para encontrar con asombro las sonrisas que la muchacha ha dejado pegadas en nuestras caras de lunes lluvioso.

viernes, 18 de octubre de 2013

No hay huellas en el agua

(Río Calandaima, Apulo, Cundinamarca. Foto de H. Darío Gómez A.)

 

“Aquí yace alguien cuyo nombre fue escrito en el agua”

Epitafio de J. Keats

 

Por H. Darío Gómez A.

 

Afirmaba Heráclito que la existencia, 

como el río viajero, es un continuo fluir.

 

Sentados en la orilla, inmóviles en la contemplación del agua,

pareciera que zarpamos río arriba con rumbo al origen

en busca de los instantes de la infancia.

Navegamos contra la corriente indomable

ganando recuerdos, como kilómetros en reversa,

hasta recuperar los años que nos acercan al llanto inicial.

 

Y entonces nos preguntamos:

¿Dónde están las huellas del calzado de la inocencia?

¿Qué ventarrón se llevó, sin darnos cuenta, el escuadrón de libélulas

que agitaban sus hélices tornasoladas desafiando al sol?

 

Vencidos por la resistencia del río nos dejamos regresar.

Conque la corriente nos revuelca el cieno de la memoria

y se detiene en los meandros

a contemplar el llanto de los sauces

que nos miran pasar con su nostalgia vegetal.

Y varados de nuevo en la ribera del presente,

tiramos una piedra al agua para constatar

que ya no existen las huellas de la infancia.

miércoles, 9 de octubre de 2013

Canción del retorno



Por H. Darío Gómez A.

 (Manigua de Taboga. Foto de H. Darío Gómez A.)

Arrulló la impetuosa manigua

Mi juventud bordada por la vorágine.

Y hoy que convalezco

Allende el límite del océano vegetal,

Sus murmullos traicionados me llegan

Como las voces de las sirenas verdes

Que perdieron al inefable Arturo Cova.

¡Basta de hormigón armado!

Prefiero vivir al filo de la selva desdeñosa

A extinguirme de abatimiento (como un dinosaurio)

En las entrañas bituminosas del asfalto.



martes, 1 de octubre de 2013

Nostalgia por las librerías de antaño

(Librería Buchholz, años 60s., Bogotá, Colombia)

Sin más ni más se fueron apagando las luces de la sabiduría en Bogotá. Y como la cultura no tiene muchos dolientes en nuestra, dizque “Atenas” suramericana, pocos se percataron de la desaparición de las librerías emblemáticas de la ciudad. 

Vivimos en una ciudad relativamente joven, atacada con precocidad, como los lotófagos, por la enfermedad del olvido. Una urbe poseida por las contracciones nerviosas producidas por la incertidumbre y los juegos de azar –no en vano hay un casino en cada esquina-.  Pero librerías… quedan muy pocas.  Sobreviven  por fortuna la Central –fundada por el sabio austriaco, Hans Ungar, alma bendita-, la Mundial, de mi amiga, la señora Gaitán, la Lerner, Luvina, San Librario, Alejandría, Biblos, la Nacional, FCE y otras dos o tres. Muy pocas, en todo caso, para una ciudad de casi nueve millones de potenciales lectores. Y ni que hablar de los libreros: partió hace unos años don Hugo –el de la Lerner- para certificar la extinción de esa rara y deliciosa especie bogotana.

Yo no me imagino la desaparición de la librería “El Ateneo” en Buenos Aires o la “Porrúa” en ciudad de México -por citar sólo un par de ejemplos- sin escándalo general de sus ciudadanos, sean estos lectores o no.  En Bogotá, sin embargo, -me perdonarán el ritornelo- sin más ni más  se nos fueron apagando las luces de la sabiduría sin que nadie dijera nada.   

Y para acabar de ajustar nuestro patético estado del arte, la ciudad tiene por estos días sus entresijos al aire -por la cantidad de obras públicas que se adelantan sin concierto y a los trancazos-, como si fuera un cíclope agonizante tendido a los  pies de los cerros orientales. De esta triste suerte, valdría la pena que Bogotá siguiera el consejo del médico de don Quijote en el sentido de que: “por sí o por no, atendiese a la salud de su alma, porque la del cuerpo corría peligro”.

En tal virtud, me atrevo a parafrasear al poeta Villón para preguntar:

Decidme,  ¿dónde, en que lugar se oculta la librería Gran Colombia con sus tertulias proverbiales?
¿dónde yace la Casa del libro, y dónde  la Buchholz, la más encantadora de todas?
¿dónde se esconde la Contemporánea, cautivando a qué lectores?, 
ella, que  brillaba cerca de mi casa y me sedujo con sus volúmenes. -su recuerdo aún me llega cuando camino por el Lago-.  
¿Pero dónde están las librerías de antaño?
¿Dónde habita el Tercer Mundo, librería cosmopolita, por cuya estratégica ubicación sus dueños, según dicen, vendieron el local de la calle diecisiete para establecer un elegante Café?
 ¿Y dónde – diga usted – está la librería siglo XX, que se negó a entrar al presente siglo, arrojando su cuerpo exangüe a las aguas subterráneas del río San Francisco?
¿Pero dónde están las librerías de antaño? 
Otro tanto se lleva el viento……

créditos foto: Zentralarchiv Staatliche Museen Zu Berlín