lunes, 23 de diciembre de 2013

Los proscritos del Pesebre



(Las gallinitas de la patrona. Vereda Versalles, Boyacá, Colombia. Foto de H. Darío Gómez A. )

Acostumbrados como estamos los colombianos al despojo, no andábamos preparados, sin embargo, para el destierro de la mula y el buey del pesebre.  Perplejos recibimos el año pasado la noticia de un dogma papal que conmina a los fieles a proscribir de tan hermosa tradición cristiana al par de cuadrúpedos. 

Si bien el evangelio de Lucas no da cuenta de la solidaridad animal que reconfortó con su aliento tibio al niño Jesús, el buen Francisco de Asís incluyó a la mula y al buey en su representación del nacimiento por considerar (con muy buen juicio) que tales animalitos son connaturales a un establo, es decir, al entorno humilde donde nació el portador de la esperanza cristiana. Quizás pretendió resaltar de esta manera la solidaridad de las bestias, que, a diferencia de la mezquina raza humana, dan todo sin esperar nada.

Y con el mismo espíritu de alabanza al ámbito bucólico que rodeó al niño Jesús a su llegada al mundo, los americanos hemos venido incluyendo en la escena sagrada los animales, personas y cosas que identifican nuestra cosmovisión. Cuenta doña Elisa Mujica que en el siglo XVIII María Amalia de Sajonia, esposa de Carlos III de España, difundió la devoción franciscana por los nacimientos (que acá en Colombia llamamos pesebres) por toda la madre patria, de donde saltó la costumbre a América, como era de esperarse. Los primeros pesebres en llegar al nuevo mundo consistían en  figuras de porcelana hechas en una fábrica de Madrid (según refiere doña Elisa) pero luego, ante la imposibilidad de reproducir las imágenes en porcelana, los “protopesebres” americanos tuvieron figuras de trapo.  

Posteriormente, como quien no quiere la cosa, se fueron incorporando a nuestro pesebre elementos ajenos al hecho evangélico del nacimiento, así como personajes adicionales a la sagrada familia que, si bien exóticos, representan, como en los cuadros de los pintores bucólicos, nuestras ilusiones y quebrantos.

De modo que en los pesebres colombianos encontramos indios en sus chozas, campesinos que abonan sus cultivos de maíz, chigüiros, gallinitas tragapiedras, jaguares de la selva tropical, osos de anteojos del bosque andino, en fin, personajes y animalitos que con mayor razón, bajo el criterio excluyente de Ratzinger (el Papa emérito) habrán de ser proscritos del pesebre, no obstante su tributo al nacimiento de la esperanza.

Sobre esta caprichosa bula papal, me confesó un amigo muy devoto (amén de impecable constructor  de pesebres), que para cumplir con el precepto del Papa retiró con tristeza la mula y el buey del nicho donde habita la sagrada familia y los puso en una explanada, muy lejos, en la base del pesebre, como les pasa a nuestros desplazados por la violencia. 

Pero resulta que a la mañana siguiente ¡qué prodigio! encontró nuevamente al par de animalitos junto al recién nacido.

“Eso debió ser cosa del niño” – me dijo.
 ¿Del hijo tuyo?, - le pregunté.
“No, del niño Jesús que a despecho de Ratzinger se siente muy a gusto con la mula y el buey”

Y yo que no creo en milagros, pienso que así será, porque el niño Jesús (como todos los niños) prefiere la compañía de los humildes, que siempre brindan con cariño lo único que tienen: el calor de la amistad.


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