martes, 11 de febrero de 2014

El Régimen Subsidiado de Salud a lo montañero (II)



(En cómodos fascículos semanales)

ASÍ NOS TOCABA ENANTES
(Caricatura de Don Beto, www.infomedicinaactual.blogspot.com)

Dictado por el maestro Feliciano Ríos (zapatero remendón) al peatón, que funge como Secretario Ad Hoc.
Por: H. Darío Gómez Ahumada, febrero de 2014



¡Salud, jóvenes!

Así, con tan saludable saludo, comenzaba yo a contarles la historia sagrada hace más de treinta años, es decir, mucho antes de que entrara a regir la famosa Ley 100 de 1993 que estableció la nunca bien entendida Seguridad Social en Salud. Antes de eso, a los pobres nos tocaba, en caso de enfermedad, acudir a los hospitales públicos o a los de caridad, administrados en su mayoría por monjitas o curas; mejor dicho, de cuenta de las empanaditas parroquiales. Había buena voluntad pero pocos recursos. ¡Gracias a Dios que, como pobres, no nos hace falta sino lo necesario! afirmaba misiá Sótera, la tía abuela del tarambana este amanuense mío que, a propósito, nunca viajaba con curas, porque también solía decir: ¡viaje con cura, varada segura! Yo tengo para mí que era más bien para no escucharle el sermón al sacerdote. Perdonen la pendejada, pero es que uno, de viejo, no vive sino de los recuerdos. De suerte que, como les venía diciendo, a veces no era posible obtener atención médica y, lo peor, no existía la manera que hoy tenemos para exigir el acceso a la salud.

Tal era la película en blanco y negro, jóvenes. Para muchos de nosotros el médico era el boticario de la esquina, la matrona, el sobandero o el yerbatero. Claro está que sus conocimientos son útiles y beneficiosos, pero hay enfermedades cuyo tratamiento escapa a su experiencia y saber ancestral, males que no se curan ni siquiera con:

“Agüita de manzanilla,
Tisana de ron y eneldo,
La raíz del limoncillo
Y un manojito de espliego” (3)

Después de la mentada ley 100 no es que haya cambiado mucho la cosa, ni que hayamos dejado de ser pobres, no.  Lo que pasa es que ahora la atención de la salud es un derecho y no un mero acto de caridad. Una reivindicación, como dicen los sabedores de la OIT(4) por allá en Ginebra, pero no la del Valle del Cauca, donde hacen el mejor sancocho de gallina en fogón de leña, sino la de Suiza, donde no saben hacer sino chocolates y relojes que, como decía mi padre: ¡reló, herramienta, mujer, hay que tenerlos buenos, o no tenerlos!

Ahora bien, jóvenes; resulta que la mugre ley 100 es un libraco tan pesado como un yunque, y está cundido de nombres raros y siglas que, antes de continuar con la clase toca definirlos porque si no, será más fácil entender los artículos de fe del catecismo del padre Astete.  Pero eso lo haremos en la próxima clase.

(3)     Jaramillo Escobar, Jaime, “Alheña y Azumbar”
(4)     Organización Internacional del Trabajo.

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