miércoles, 4 de junio de 2014

"Dígale que yo la quiero, que qué buena hembra"


(Mujer con sombrilla, escultura de Botero, Museo de Antioquia, Medellín. Foto de H. Darío Gómez A.)

La guerra no es sólo una sucesión de actos absurdos motivados por intereses mezquinos y alimentada con la carne de cañón de los desposeídos, sino que además cuenta con un agujero negro que se traga la poca humanidad que les resta a sus actores. Pero a veces algo queda. De suerte que en medio del horror, hasta los más duros combatientes se llevan al sepulcro como único bien cosechado en este mundo el recuerdo de una caricia a título precario, la sensación de un roce de piel transado de antemano o el perfume barato de la damisela untado al pellejo.

Personalmente creo que más allá de la barbarie, la devastación, el abuso sexual, la violencia de género --las mujeres son consideradas como botín de guerra--, el reclutamiento forzado de menores de edad para  prestar servicios sexuales a los alzados en armas, en fin, de la estadística y la desesperanza, a veces surge en las entrañas del guerrero algo parecido al amor, pues tal lujo burgués pesa más que la munición en el morral de campaña, y no conviene dejarlo pelechar en el monte.

En un artículo de Mauricio Rubio (El Espectador, septiembre 27 de 2012) sobre las relaciones sexuales de los combatientes en medio del conflicto, el autor cita unas cifras de la Fundación Ideas para la Paz.  Y he aquí que entre la maraña de indicadores propios de las ciencias sociales, se destacan las declaraciones de algunos protagonistas de la problemática objeto del estudio, que me conmovieron por  la extraña ternura que subyace tras su crudeza:


Una damisela del conflicto, la geisha paisita, tiene su teoría sobre por qué en los grupos armados siempre hay clientela fija: “los combatientes también necesitan el aliciente del amor para pelear con valentía”.

Antes de morir ajusticiado un guerrillero le manda saludes a Rocío. "¿Es la puta gorda de San Vicente?" le preguntan. "Sí, esa. Ella me gusta… Mejor dicho, dígale que yo la quiero, que qué buena hembra".

La postrera voluntad del guerrillero ajusticiado por sus camaradas, que acaso fue reclutado desde la niñez y nunca conoció el afecto, me recuerda el poema de Ciro Mendía --extraordinario poeta antioqueño--, que reza:

Dígale a Ema Arboleda,
De la calle de Lovaina*,
Que esta vida es una vaina
Y su carne fue de seda
(*Antigua calle de Medellín, famosa por su zona de tolerancia.)

No le falta razón a la geisha paisita, en el sentido de que se necesita algo de amor para afrontar el absurdo. Y ojalá que alguien le haya entregado a Rocío las saludes del ajusticiado. 

¡Esta vida es una vaina!, como dice el poeta.

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