viernes, 8 de agosto de 2014

Mis otras mujeres amadas II (Toña la Negra)

Afirmaba yo sin rubor en un post escrito hace meses, que aparte de las mujeres adoradas de mi vida (esposa, hija y hermanas), tengo un catálogo importante de mujeres amadas. Todas ellas son, a manera de un harén cantor, las que me acompañan en la intimidad de mi sala de música y lectura. La lista supera treinta nombres que adornan a sus dueñas, quienes a la fecha oscilarían entre los sesenta y los ciento dos años de edad (si aún vivieran). Una de estas mujeres amadas, la primera de mi lista, es Toña La Negra.

Esta mujer extraordinaria es (porque sigue viva en sus canciones) una hija del Caribe mexicano. Nacida en Veracruz en el año del señor de 1912, respiró desde niña el aire cadencioso de los ritmos afro caribeños. Me refiero al son jarocho, al danzón, a la marimba, qué sé yo, a la rumba. Sería interesante indagar por qué el Caribe geográfico y cultural (desde Veracruz hasta la desembocadura del río Orinoco, en Venezuela, pasando por el rosario de islas caribeñas conocidas como las Antillas) concibió la música más sabrosa y alegre del mundo. Quizás se deba al mestizaje afortunado de los hijos de tres continentes, que encontraron en el sincretismo cultural una expresión liberadora, una catarsis para destruir al demonio del infortunio. Y todo ese matalotaje de fuerza creadora se evidencia en la voz potente de Toña La Negra. Como mestizo americano, me siento orgulloso de esta herencia.


Pero la cadencia de mi cantante predilecta no hubiera brillado tanto sin las letras de otro gigante veracruzano de apellido Lara, por buen nombre Agustín. Y ni qué decir tengo de las orquestas de gran formato que acompañaron de manera estupenda sus canciones: Lecuona, Alfredo Girón, Pepe Arévalo y sus mulatos, Luis Arcaráz, en fin, la Sonora Matancera, amén de otros acompañamientos de menor formato, no por ello menos deleitables.

Escuchemos, pues, a la inolvidable Toña La Negra.






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