miércoles, 1 de octubre de 2014

Untándose de naturaleza por los humedales


(Humedal de Córdoba, Bogotá, D.C. Foto de H. Darío Gómez A.)

"Coronaba los montes y las altas cumbres la infinita gente que corría la tierra, encontrándose los unos con los otros; porque salían del valle de Ubaque y toda aquella tierra con la gente de la sabana grande de Bogotá, comenzaban la estación desde la Laguna de Ubaque. La gente de Guatavita y toda la demás de aquellos valles, y los que venían de la jurisdicción de Tunja, vasallos de Ramiriquí, la comenzaban desde la laguna grande de Guatavita; por manera que estos santuarios se habían de visitar dos veces. Solía durar la fuerza de esta fiesta veinte días y más, conforme el tiempo daba lugar, con grandes ritos y ceremonias; y en particular tenían uno de donde le venía al Demonio su granjería, demás que todo lo que se hacía era en su servicio."
Don Juan Rodríguez Freyle, tomado de "El Carnero"


Soy un caminante inveterado e impenitente perdido en una ciudad de ocho millones de almas; o como decía San Agustín, soy un peregrino en tránsito. Conozco sus rincones más sórdidos (con nombres tan sugestivos como “Cinco huecos” “el Bronx” o “la calle del Cartucho”); pero también domino su rostro aséptico y elegante, un poco insípido para mi gusto, enmarcado por las zonas de moda que conforman el abecedario de Bogotá: zona G para los “gourmets” amantes del buen comer, zona T para los bares de la gente “light”, zona C para los intelectuales de La Candelaria, zona U para los diletantes de Usaquén, qué sé yo, zona R para quienes ven la vida color de rosa.

Pero a mi modo de ver, el encanto de una ciudad reside más en lo que esconde que en lo que pretende mostrar. Ella sólo revela sus secretos al caminante curioso. En el amor, como en la vida, hay que saber porfiar y se obtendrán resultados halagüeños. Sucede que no obstante nuestra estupidez  endémica, Bogotá no ha sucumbido todavía a la contaminación y al vértigo. En su seno aloja (quien lo creyera) trece humedales, es decir, trece ecosistemas intermedios entre el ambiente acuático y el terrestre, donde aún se crían diferentes especies de plantas, pequeños mamíferos, aves, reptiles y anfibios; donde circulan los sueños sin restricción de placa. Estos humedales han sobrevivido al crecimiento desordenado de la ciudad, y subsisten precariamente a pesar de nosotros, los descendientes de los Muiscas adoradores del agua, primigenios habitantes de la sabana de Bacatá. Y es que los bogotanos, a pesar de ser anfibios parientes de las ranas (según el génesis de nuestros ancestros indígenas), cometimos el pecado original de olvidar el amor al agua. Por eso invito a los naturales y, como no, a los turistas, a conocer los humedales y recuperar así la tradición de nuestros ancestros de purificar el alma visitando los cuerpos de agua, costumbre que, paradójicamente, se conocía como “correr la tierra”.

Es preciso recordar que para disfrutar los humedales hay que tener respeto por la naturaleza y capacidad de asombro. Quizá sólo entonces podamos recuperar nuestra fascinación por el paraíso perdido. Desde luego los humedales de Bogotá, como tantos tesoros de mi ciudad, no aparecen en las guías turísticas. Pero eso no es raro, porque los humedales se encuentran en otra latitud, lejos de las tiendas de marca, del esnob y del esmog. Vale.

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