martes, 28 de enero de 2014

Que no callen los poetas


Durante el presente mes de enero de 2014 resolvieron dejarnos por nuestra cuenta y riesgo  tres grandes poetas y cantores de conciencia: Juan Gelman, José Emilio Pacheco y Pete Seeger. A mi juicio, el mejor homenaje a su obra contestataria es difundirla para que, como en la canción de Seeger "If I had a Hammer", sigamos martillando nuestra perorata de la paz hasta que alguien nos escuche.

Ahí van los poetas:

Sobre la poesía

habría un par de cosas que decir/
que nadie lee mucho/
que esos nadie son pocos/
que todo el mundo está con el asunto de la crisis mundial/ y
con el asunto de comer cada día/se trata
de un asunto importante/recuerdo
cuando murió de hambre el tío juan/
decía que ni se acordaba de comer y que no había problema/
pero el problema fue después/
no había plata para el cajón/
y cuando finalmente pasó el camión municipal a llevárselo
el tío juan parecía un pajarito/
los de la municipalidad lo miraron con desprecio o desdén/
murmuraban
que siempre los están molestando/
que ellos eran hombres y enterraban hombres/y no
pajaritos como el tío juan/especialmente
porque el tío estuvo cantando pío-pío todo el viaje
hasta el crematorio municipal/
y a ellos les pareció un irrespeto y estaban muy ofendidos/
y cuando le daban un palmetazo para que se callara la boca/
el pío-pío volaba por la cabina del camión y ellos sentían que
les hacía pío-pío en la cabeza/el
tío juan era así/le gustaba cantar/
y no veía por qué la muerte era motivo para no cantar/
entró al horno cantando pío-pío/salieron sus cenizas y piaron un rato/
y los compañeros municipales se miraron los zapatos grises de vergüenza/pero
volviendo a la poesía/
los poetas ahora la pasan bastante mal/
nadie los lee mucho/esos nadie son pocos/
el oficio perdió prestigio/para un poeta es cada día más difícil
conseguir el amor de una muchacha/
ser candidato a presidente/que algún almacenero le fíe/
que un guerrero haga hazañas para que él las cante/
que un rey le pague cada verso con tres monedas de oro/
y nadie sabe si eso ocurre porque se terminaron
las muchachas/los almaceneros/los guerreros/los reyes/
o simplemente los poetas/
o pasaron las dos cosas y es inútil
romperse la cabeza pensando en la cuestión/
lo lindo es saber que uno puede cantar pío-pío
en las más raras circunstancias/
tío juan después de muerto/yo ahora
para que me quieras/.

Juan Gelman

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Ecuación de primer grado con una incógnita

En el último río
de la ciudad, por error
o incongruencia fantasmagórica, vi
de repente un pez casi muerto. Boqueaba
envenenado por el agua inmunda, letal
como el aire nuestro. Qué frenesí
el de sus labios redondos,
el cero móvil de su boca.
Tal vez la nada
o la palabra inexpresable,
la última voz
de la naturaleza en el valle.
Para él no había salvación
sino escoger entre dos formas de asfixia.
Y no me deja en paz la doble agonía,
el suplicio del agua y su habitante.
Su mirada doliente en mí,
su voluntad de ser escuchado,
su irrevocable sentencia.
Nunca sabré lo que intentaba decirme
el pez sin voz que sólo hablaba el idioma
omnipotente de nuestra madre la muerte.

José Emilio Pacheco


viernes, 17 de enero de 2014

En Bogotá (y en Colombia) los operadores privados de aseo y los transportadores ponen y tumban alcaldes.






(Parkway, Bogotá. Foto de H. Darío Gómez A.)



“Ante una magistrada del Tribunal Administrativo de Cundinamarca, el contratista Emilio Tapia dio detalles sobre los hechos que rodearon el plan orquestado por un grupo de empresarios, abogados, concejales y particulares en contra del plan de Gobierno que estaba ejecutando el alcalde de Bogotá, Gustavo Petro Urrego(…) La razón era muy sencilla: Si no hay carros recogiendo basuras el alcalde no dura tres días. Ninguna ciudad del mundo se aguanta tres días y tumbamos al alcalde inmediatamente, esa era la estrategia de los operadores privados, precisó Tapia ante las preguntas de la magistrada del Tribunal (…)”  El Espectador, enero 17 de 2014


No voté por Gustavo Petro, pero hoy tomo partido por la causa de su permanencia en la Alcaldía, al menos hasta que el voto popular (merced a la revocatoria del mandato) se pronuncie sobre el particular. Ahora bien, acerca de los abusos de poder de nuestro fanático Procurador ya hay suficiente ilustración, de modo que no voy a referirme al respecto.

Sin embargo, tras el escándalo mediático que azota a la administración de la capital, subyace el tenebroso poder los operadores privados de aseo y los transportadores (incluídos sus representantes en el Concejo) que, cuando  ven amenazados sus intereses mezquinos, no tienen ningún reparo en maltratar a los ciudadanos (que llenamos sus arcas), mediante el boicoteo de los servicios públicos que prestan. Lamentablemente este es un tema evadido por muchos medios de comunicación de manera inexplicable. (¿Autocensura?, ¿intimidación de las mafias?).

Lo cierto es que su poder desestabilizador de las instituciones es enorme. Dos botones de muestra:

La denuncia (confesión) del contratista Emilio Tapia en el sentido de que el “carrusel de la contratación en Bogotá” planeó una estrategia para que la ciudad viviera una crisis en la recolección de basuras. La cosa era simple: no prestarían los vehículos para el nuevo modelo de aseo “Basuras Cero”, de modo que “fuera imposible recoger toda la basura que produce una ciudad como Bogotá” (El Espectador, enero 17 de 2014). ¡Qué horror!

La otra perla tiene que ver con el nuevo Sistema Integrado de Transporte Público (SITP por su sigla impronunciable). Sucede que desde hace algo más de un año los bogotanos disponemos de un servicio de buses azules que sólo paran en las estaciones (como debe ser), son modernos, limpios y respetan al pasajero. No obstante, los ciudadanos, perplejos, vemos pasar esos buses desocupados, ora porque no se detienen a recoger pasajeros en los paraderos asignados (¿por qué?, ¿acaso están aleccionados los conductores por sus patrones para tal efecto?), ora porque no hay una red de establecimientos suficiente para la venta y recarga de las tarjetas de pasaje, ora por la poca frecuencia injustificada de los servicios con mayor demanda y la sobreoferta de rutas con poca utilización. Pareciera que hay un interés deliberado de los contratistas del SITP (que prestan el servicio a regañadientes) en que el nuevo modelo fracase y poder así justificar sus “pérdidas” con  la inviabilidad consecuente del esquema, seguramente para volver al sistema caótico de la guerra del centavo donde los dueños de las flotas de buses no pagan a sus conductores salarios justos ni los afilian a la seguridad social, no respetan los paraderos, maltratan a los pasajeros, así como tampoco están obligados a mantener sus equipos en un estado de higiene, seguridad y conservación dignos del servicio público que dicen prestar.

Y es esa misma mafia mezquina del transporte público la que no ha dejado prosperar el Metro en Bogotá, ni el tren de cercanías, ni el tren de carga o de pasajeros (quizá Colombia sea el único país del mundo que no tiene tren, salvo uno turístico de juguete que va de Bogotá a Nemocón), en fin, la que tampoco ha dejado pelechar la navegación fluvial por el río Magdalena.

Quiera Dios que no muera yo sin subir al Metro de Bogotá, sin volver a montar en un tren hasta la costa, pero sobre todo, sin ver una condena, previo juicio de responsabilidad, a los carteles del transporte público urbano y por carretera en Colombia, que nos han mantenido en el atraso por cuenta de su bellaquería infinita.




miércoles, 8 de enero de 2014

Jeimy, una copera biónica


(octubre 31 de 2011)


En el “Gran París”, un cafetín de la novena con calle quince, atiende una copera que lleva por buen nombre, Jeimy. Es una rubia natural, llamativa -como lo requiere su oficio-, de unos cuarenta años de edad, rostro amable aunque cansado, y marcado acento caldense.

Acudí al establecimiento de marras un viernes por la tarde con el ánimo de realizar trabajo de campo –como suelen llamar los etnógrafos a su dolce far niente-, para documentar una serie de historias sobre los cafetines que subsisten en el centro de Bogotá. Jeimy se acercó para tomar mi pedido esgrimiendo una sonrisa franca. “Un tinto”, le dije; entonces ella se dirigió a la barra, desembolsó una ficha de la carterita escondida en el seno y se la entregó al barman. El hombre procedió enseguida a servir el tinto. En Colombia, Ecuador y Venezuela le decimos tinto a la infusión de café negro; en el resto del mundo el tinto es un vino, pero eso no importa mucho para la historia -me dije-. Luego me reí de mi inveterada tendencia a la digresión. Sin dilación alguna la mujer me extendió la taza con un movimiento gracioso de su mano cuidada con primor, tal vez por una manicura.

- ¿Cómo te llamas?, -inquirí.
- Jeimy.
- Ah, como Jaime Sommers, la mujer biónica.

Ella sonrió con desdén y al instante comprendí lo estúpido de mi comentario, tanto mas cuanto que yo mismo he sido víctima de babosadas similares por el hecho de llamarme Darío Gómez. Sí, como el “rey del despecho”. La invité a sentarse en mi mesa para conversar un rato, pero ella me advirtió que eso sólo sería posible si consumía al menos media botella de aguardiente o ron, o si la invitaba a una copa de brandy. “De allí ha de venir el nombre de copera”, concluí lo obvio. Así que pedí media de Antioqueño.

El “Gran París”  es un local oblongo ubicado en el segundo piso de un edificio roñoso al cual se accede por una escalera angosta y empinada de veintidos gradas. En su interior hay tres filas de mesas acomodadas torpemente a lo largo de la estancia, como un pelotón de infantería bajo la férula de un sargento obeso y peluqueado al rape, quizá el dueño del negocio, que, además de barman, cumple la función de ordenar a las muchachas -sentadas perezosamente en las sillas de la barra, como colegialas en recreo- que se levanten para atender a la clientela. El sujeto en cuestión parece un director de orquesta que organiza el caos reinante con gestos graciosos y movimientos de cabeza. Detrás de la barra, ubicada al fondo, hay una greca enorme y broncínea sobre la cual posa sus garras un águila real envuelta en la niebla de una ebullición permanente. Alineadas en angostos anaqueles pegados a la pared, posan las botellas vacías de licores importados, en compañía de una colección multicolor de latas de cerveza que le imprimen un ambiente cosmopolita al lugar. Debajo de la estantería hay un espejo opacado por el tiempo, cuya refracción no alcanza a duplicar con fidelidad la sordidez del establecimiento. Sobre la barra descansan dos parlantes de alta potencia -acaso los objetos mas modernos del lugar- que no se cansan de emitir tangos, boleros, rancheras y canciones de despecho. Con todo, aun queda espacio en la barra para una horrorosa calabaza de plástico adornada con flores de papel anaranjadas y negras que anuncian de manera sombría la celebración del día de las brujas. El promedio de edad de la clientela está por los cincuenta y cinco años, de modo que los asiduos son en su mayoría pensionados en busca de compañía femenina, aunque sea a título precario. Sujetos con necesidad de que alguien los escuche así sea con cargo a una copa de brandy.

Jeimy regresó con la media de aguardiente, un plato con naranja cortada en cuñas, dos vasos pequeños y dos sodas. Luego se sentó a mi lado.

- ¿y vos cuánto medís?. -Me preguntó
- la cédula dice 1.88 de estatura, pero supongo que crecí un par de centímetros más después de los dieciocho.
- Pura estatura de basquetbolista. -Observó.

Entonces le conté que, en efecto, jugué baloncesto en el colegio, en la liga juvenil de Bogotá y luego en la universidad. Ahora sólo practico los miércoles por la noche y los domingos en la mañana, si no llueve.

- o sea que sos basquetbolista de verano. -me dijo con socarronería. Luego agregó orgullosa: -Yo también jugué básquet en el colegio.

Y así debió ser, porque Jeimy conserva el cuerpo espigado y armonioso de las muchachas de tierra caliente, muy propicio para el deporte.

- ¿en cuál colegio? –Insistí.
- en la Institución Educativa Isaza de la Victoria, Caldas.
- Yo estuve una vez en la Victoria, como a los 17 años de edad. Recuerdo que el calor era insoportable. –le dije para mostrar mayor interés.

Y entonces se me vino a la memoria un pasaje de “Pedro Páramo” donde se dice que Comala es un pueblo tan caliente, que cuando la gente de allí muere y se va para el infierno, el alma regresa por su cobija. La Victoria es mas caliente que Comala, pensé. Y es que ese municipio caldense está asentado en el fondo de un valle enclavado en el cañón del río la Miel, donde no corre la brisa para mitigar el bochorno. Allá todo es caliente, hasta la situación de orden público. Sin embargo su gente es cordial, generosa y dicharachera, como suelen ser los miembros de la estirpe antioqueña.

- mi profesor de educación física creía que yo tenía méritos para jugar en la selección femenina de Caldas. Era muy rápida en las descolgadas y buena para echar canastas de media distancia. –continuó Jeimy con su reminiscencia deportiva.

De golpe el rostro adusto de la mujer se tornó juvenil, como si los recuerdos de hace veinticinco años le hubieran insuflado frescura. Me contó que no pudo continuar en la escuela porque quedó embarazada a los dieciséis. Adiós Instituto Educativo Isaza, adiós selección femenina de baloncesto de Caldas……. Nos quedamos un rato en silencio. Pero en un cafetín está prohibido el silencio. Hay que sacar todo afuera, sobre todo los recuerdos que ayudan a limpiar el alma. Ella sirvió las dos copas de aguardiente y brindamos por el baloncesto.

En contraprestación a su confesión no pedida, le conté que mi papá me rumbó de la casa a los diez y nueve años, cuando me volé con una muchacha de diez y siete. Yo cursaba cuarto semestre de ciencias políticas en la Universidad de los Andes y tenía ideas libertarias que mi padre no estaba dispuesto a financiar, pues él, con mucho sentido común, consideraba que si yo quería continuar en esa línea, debía renunciar a las mieles de la “burguesía decadente”, mientras llegaba el nuevo orden social que pregonaba. “Debes ser consecuente con lo que piensas, con lo que dices y con lo que haces. Y, claro está, debes asumir las consecuencias de tus actos y pagar por ellos.” Eso, o algo parecido recuerdo que me dijo mi padre.

-fijate la coincidencia; ambos jugábamos basquet en el colegio y a vos también te rumbaron de la casa. -concluyó Jeimy.
-si, como en las vidas paralelas de Plutarco. -comenté distraído.
-¿Plutarco?, ¿y luego cuántas vidas tuvo ese señor para aguantarse un nombre tan feo?
-Muchas, pero no eran de él.

En aquel momento irrumpió en la estancia un vendedor ambulante. El hombrecillo, un jorobado con su cajón terciado (tal vez por el peso inveterado de la mercancía), identificó su objetivo con rapidez y se deslizó como una sombra hasta nuestra mesa, interrumpiendo la conversación: “chicles, cigarrillos, mentas…”

- Convidame unos chicles. –exigió la muchacha. Y luego me advirtió:
-Si querés fumar, tenés que salir a la calle.

Le respondí que no fumo, y procedí a comprarle una caja de chicles de hierbabuena. En seguida Jeimy retomó el hilo de nuestra conversación:

-¿o sea que vos preñaste a la peladita?
-No. Pero tampoco duramos mucho tiempo juntos. En realidad ni ella ni yo fuimos  consecuentes con lo que pensábamos y pregonábamos (como lo vaticinó mi padre). De modo que unos meses después ella retornó a la comodidad de su "burguesía decadente", y yo continué asumiendo las consecuencias de mis actos, es decir, echando a rodar la piedra de Sísifo. Pero esa es agua pasada y olvidada. –respondí.

Jeimy se levantó de la silla y me hizo una señal para indicarme que volvería en un instante. El sargento de infantería le había ordenado con las palmas y un movimiento de labios que atendiera el pedido de otra mesa. Mientras ella servía a la clientela me dije: "¡Caramba!, esta mujer aporreada por la vida, con cuarenta años encima y una hija de algo más de veinte (como inferí de su relato), aun conserva la belleza endémica de las mujeres caldenses. Es más", pensé, "tengo la certeza casi geométrica de que su elegancia  natural podría lucir sin escándalo en un té canasta de las damas de la Liga de la decencia".

Y así, entre idas, venidas e interrupciones producidas por las muecas y palmas del sargento-barman, Jeimy me contó que su padre le dio una zurra “que ni para qué te cuento” cuando supo que estaba embarazada. La echó de la casa y se la llevó a vivir a Pácora con una tía solterona y amargada que le hizo la vida imposible, hasta el punto que, cuando nació su hija, aceptó irse a vivir con un comerciante añoso de Supía con quien, si bien no fue feliz, al menos vivió tranquila durante unos años. Pero al hombre lo mataron en Caicedonia, y poco tiempo despues apareció dizque la esposa legítima para reclamar los bienes del difunto, asunto que despachó por la fuerza y con amenazas. Conque Jeimy, indefensa, tuvo que venirse con su hija para Bogotá, a duras penas con lo puesto.  Adiós Supía, adiós años de trabajo en balde...

La de Jeimy, como la de muchos colombianos abandonados por la fortuna, es la historia del desarraigo, de la exclusión y del despojo. Con todo, no se columbraba rencor en su relato. Mas bien  estoicismo y valentía. Porque, hay que decirlo: Jeimy es una guerrera, una mujer biónica como la Sommers de la televisión. No es cualquier cosa sobrevivir día a día al ambiente sórdido de un cafetín. No es nada fácil tener por oficio el consumo de licor y la lidia de borrachos que se pueden tornar violentos por un "quítame allá esas pajas".

-¿Y qué haces con los que se propasan contigo? –indagué.
- El atrevido que me irrespete, lleva del bulto. –me respondió señalando la bolsa que llevaba escondida en el seno. Yo intuí una navaja. Luego continuó:
-Claro está que una vez me salió uno “mariscal”. El tipo me cortó el brazo con una botella. – dijo mostrándome su antebrazo izquierdo.
cuatro puntos de sutura. –enfatizó al acariciar con su mano derecha el tatuaje de la contienda. La contienda de los "tres centavos".

Y es que la puñalada o el botellazo son los accidentes de trabajo a que se exponen las coperas por razón de su oficio. De igual forma el alcoholismo es la enfermedad laboral que las aqueja. Aún así, no tienen ninguna protección de la seguridad social. Son un riesgo agravado para las aseguradoras. Por respeto no me atreví a preguntarle más acerca de ese tópico. Además era innecesario. A medida que avanzaba la tarde los efectos  del alcohol parecían más evidentes. De hecho yo no había consumido ni una copa, en tanto que la muchacha se había “bogado” la media de aguardiente mientras dejaba caer sus recuerdos sobre la mesa como en un pequeño otoño interior.

Al notar la botella vacía, la muchacha me ofreció el casco de naranja que restaba y me preguntó si iba a pedir otra media de aguardiente. Le dije que no. Entonces comprendí, por su mirada, que también se había terminado nuestra conversación a destajo. Extendió su mano para despedirse y me dio un fuerte apretón que yo recibí conmovido. Me invadió una rara sensación de ternura.

 -Adiós, Jeimy, mujer biónica. -le dije. Ella volvió a sonreir, esta vez sin desdén.

Aparte de unas cuantas referencias marginales, Jeimy nunca habló de su hija. Acaso quería proteger su tesoro más preciado de la  mezquindad de un entorno laboral enrarecido. Y aún diría más: tengo para mí que Jeimy no es el verdadero nombre de mi acompañante circunstancial. Quizá los únicos seres con derecho a pronunciar su nombre de pila son sus allegados en la intimidad del hogar. Porque el nombre propio determina nuestra existencia. Y Jeimy, como sus colegas de cafetín, no está dispuesta a entregar su nombre verdadero para que sea envilecido en la boca mentirosa de sujetos desconocidos a cambio de unos cuantos pesos. Por lo demás, creo que la historia que me contó es cierta.

En cualquier caso, lo que parece seguro es que Jeimy es una verdadera “mujer biónica”. Al igual que Jaime Sommers, la heroína interpretada por la bella Lindsay Wagner en la serie de los setentas, nuestra copera ha de tener un oído biónico para escuchar con paciencia las experiencias, desencuentros y soledades de sus clientes. Debe estar dotada de un brazo  ídem para defenderse de los patanes; un hígado a prueba de brandy barato y unas piernas ultra rápidas para huir, cuando sea necesario, de los peligros inherentes a su trabajo insalubre e ingrato.

 Créditos foto: www.flickr.com, CatPats

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