jueves, 20 de marzo de 2014

Clase de historia en tercero de primaria

(Peatón lunar. Foto de Rafael Gómez B.)

(de "Pequeñas narraciones intrascendentes")

Hace un año y medio murió Neil Armstrong, mi héroe inolvidable de la infancia.

No necesito decir que en tercero B todos queríamos ser Neil Armstrong, el primer humano en pisar suelo extraterrestre. Nadie admiraba a Edwin Aldrin que fue el segundo, menos todavía a Michael Collins que ni siquiera tocó la luna. ¿A propósito, quién era el tal Collins?

Porque en la primaria, como en la vida competitiva y absurda que llevamos, el que no llega en primer lugar no cuenta. A los ocho años de edad “se es o no se es” y punto. Y yo era Neil Armstrong, el astronauta más famoso del mundo.

Mas,  ocurre que de vez en cuando los exploradores interplanetarios interceptan mensajes lejanos que atraviesan fugazmente el universo escolar como una interferencia onírica. Algunos de esos mensajes difusos hablan de conquistadores arriesgados que descubrieron nuevos mundos, otros discurren sobre generales valerosos que lucharon por la independencia de sus patrias (¿galaxias?), algunos más hablan de traiciones cobardes, ejecuciones ejemplarizantes, bajas del enemigo y cosas por el estilo.  Pero un astronauta prudente no presta atención a tales interferencias mientras reconoce el paisaje lunar para plantar la bandera ingrávida, salvo que, como sucedió en el colegio Calasanz de Bogotá ese lunes 21 de julio de 1969 a las dos de la tarde -sólo unas horas después del primer alunizaje, el de verdad-, el mensaje en cuestión estaba dirigido, sin lugar a dudas, al explorador de marras, o sea, a mí.

- Por última vez, señor Gómez, cómo se llamaba el primer español, marinero de La Pinta, que avistó tierra americana? - preguntó insistente la señorita Teresa, mi profesora del tercer grado.

Sin embargo, ese  tipo de información clasificada no estaba disponible a la sazón para el comandante Armstrong (alias Gómez), conque el explorador espacial fue castigado de manera implacable con un fuerte tirón de oreja, tortura infame que era aplicada a los interrogados por las criaturas feroces de la especie docente del planeta primario o elemental, como también llaman al aula.

-Usted vive en la luna, Gómez- Sentenció la señorita Teresa, que, en estricto sentido (al menos en ese instante), tenía toda la razón.

Hoy, a cuarenta y cuatro años luz del suceso, muerto ya el comandante Neil Armstrong (el verdadero), y acaso también la señorita Teresa que podría certificar la verdad de lo dicho, aún me duele la oreja izquierda cuando escucho mencionar el nombre de un tal Rodrigo de Triana, marinero de La Pinta, que avistó por primera vez tierra americana. Y todo por no llevar puesto el casco de astronauta cuando tocaba.

Recuerdos del cosmos, rescatados del olvido entre el polvo interestelar.

(Créditos foto: de todogaceta.com, www.flickr.com)

miércoles, 12 de marzo de 2014

Reivindicación del asterisco (*)

(diente de león, créditos foto: www.taringa.com)


(*)


El asterisco es una flor de tinta atrapada en un folio.

Se me ocurre que algún leguleyo inveterado le atribuyó (en día aciago) al indefenso asterisco, el uso mezquino que le da la segunda acepción del diccionario de la RAE para indicar que una forma, palabra o frase es hipotética,(…)”  O sea que el asterisco es una entelequia, una cosa irreal, (para seguir con las segundas acepciones de la RAE).

Y esa triste flor ortográfica, el asterisco, digo, después de ser embalsamado con tinta indeleble por algún rábula, según creo, fue esclavizado entre dos paréntesis para llamar eternamente a engaño a los incautos. Para erigirse en el signo oficial de la trampa impresa.

Hoy vemos al pobre asterisco debutando de calanchín en las abstrusas ofertas de los supermercados y en los folletos falaces de los operadores de telefonía celular.

El asterisco es el bufón de la excepción, el sofisma del ardid, la condición resolutoria del tejemaneje. Pobre asterisco.

Un día de estos saldré con un borrador de tinta y una espátula vengadora para liberar al asterisco de los paréntesis constrictores que lo atormentan, y así devolverlo al espacio aéreo para que recupere su ingrávida condición de hélice libérrima o de inflorescencia de diente de león digna de mejor causa.

Guía zurda de Cartagena de Indias

(Plazoleta Benkos Biohó en la Matuna, Cartagena de Indias. Foto de El Universal) (el peatón haciendo una foto por encargo, Cartage...