viernes, 4 de diciembre de 2015

El Canario que descubrió que los trinos en tuiter eran lo suyo

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(Créditos foto: www.flickr.com)


“A la abeja semejante,
para que cause placer,
el epigrama ha de ser
pequeño, ágil, picante”

Adagio popular no tan conocido



Siempre ha habido jaulas. Y para que no estuvieran vacías y tristes, colgadas encima del lavarropas, se inventaron los canarios. O mejor, la costumbre de capturarlos y encarcelarlos para compañía emplumada de las personas solitarias. Los primeros fueron pájaros libres, eso es seguro, mas, con el tiempo, se convirtieron en seres cautivos, al punto que las nuevas generaciones salieron del huevo directamente a la jaula sin conocer durante toda su existencia el cielo que se asoma esquivo por la ventanita del patio de ropas, afuera de las rejas. De modo que el cautiverio es su estado natural.

Posiblemente algún niño dirá con razón que eso es una infamia, que va en contravía de los derechos de los pájaros, en fin, que la libertad es inviolable según le enseñaron en la cátedra de la paz.  Yo no me atrevería a contradecirlo, pero así son las cosas con los canarios.

Esta es la historia de un canario, por buen nombre Ámbar, llamado así por sus plumas de color amarillo oscuro con visos blancos tornasolados. Vivía  el pajarito de marras confinado en una jaula encima del lavarropas de la señorita Teresa, una maestra de escuela jubilada, algo taciturna pero estupenda lectora. Tenía, además, la buena mujer, una pasión por las frases célebres de filósofos y literatos. Solía leer en voz alta en sus ratos de solaz, que eran casi todos, máximas de Horacio, Cicerón, Séneca (algunas en latín, cómo no), en fin, de autores más contemporáneos pero no menos incisivos e inteligentes, como Ambroce Bierce, Fernando González o Nicolás Gómez Dávila. Era tan pequeño el apartamento de la señorita Teresa, que Ámbar alcanzaba a escuchar con nitidez las lecturas de su patrona, entonadas desde la alcoba. A fuer de escuchar buena prosa, Ámbar se aficionó al género epigramático y alcanzó una lucidez insospechada para un canario. “Lástima no ser un loro”, se dolía el avecilla, “porque  de serlo podría hablar como los humanos y así me convertiría en un orador proverbial”. Lo cierto es que no le gustaba trinar, para desconsuelo de su dueña. Sin embargo, Ámbar, que era un canario muy inteligente, no se echó a la pena y más bien se propuso aprender a leer los libros que con frecuencia dejaba olvidados las señorita Teresa encima del lavarropas. Con decirles que también aprendió a escribir en latín.

Quizá por una solidaridad mal entendida, o por pura mezquindad ante el silencio empecinado del canario, la señorita Teresa obligó a Ámbar a compartir su soledad, negándole la dicha de una compañera emplumada. De manera que el pajarito pasaba sus días escuchando la voz cada vez más quebrada de su patrona. El primer alpiste del día era amenizado por sentencias de Horacio en latín clásico. El baño con agua en la tapita de la caja de mentol, al medio día, coincidía con la lectura de Ambrose Bierce, cuyo humor negro hacía despelucar de la risa al canario. Al finalizar la jornada, Ámbar se arrellanaba en un columpio que pendía de un palito atravesado en lo alto de la jaula para escuchar con atención los escolios de Nicolás Gómez Dávila que, como entenderán los lectores, requerían de toda su inteligencia para poderlos asimilar.

Pero hete aquí que una mañana nadie retiró el trapo que cubría la jaula del canario durante las noches, ni éste oyó la voz de su patrona entonando máximas de Cicerón. Y así pasó algún tiempo, hasta que una hermosa muchacha destapó la jaula y le dirigió unas palabras de cariño a la criatura: “pobre canarito, menos mal estas vivo aún. Si supieras, Ay, que se murió tu dueña”. Mas, eso ya lo había presentido Ámbar en su pequeño corazón ambarino.

Conque la muchacha, que resultó ser la sobrina de la señorita Teresa, se llevó el canario con todo y jaula para su apartamento de universitaria. Y ya sabemos cómo puede ser un habitáculo estudiantil. Algo así como un campo minado con pedazos de pizza en descomposición, libros de texto, latas de gaseosa a medio consumir, zapatos sin par y prendas de vestir esparcidas sin concierto.

Ámbar, sin embargo, se acostumbró muy pronto a su nuevo entorno, y le satisfizo su nuevo acompañante diurno, que la muchacha llamaba televisor. Aunque disparatado en sus discursos y bastante prosaico si se quiere, el canario le sacó provecho al aparato en cuestión, sobre todo a los noticieros que le sirvieron para estar al día en los asuntos de actualidad. La muchacha, por su parte, no hablaba mucho y en cambio permanecía varias horas enviando trinos a través de su teléfono celular. Ese fue el segundo aparato que cautivó la atención del canario. Ante la imposibilidad de hablar como el loro, Ámbar encontró que podía leer y escribir con fluidez en el tuiter de la muchacha.

Una noche ella olvidó cerrar la puerta de la jaula después de alimentar al canario, de manera que el pajarillo aprovechó la oportunidad para expresar a discreción su facilidad de palabra en el teléfono celular, mientras su protectora dormía. Con el ala izquierda tecleaba graciosamente el aparato, escribiendo epigramas creativos para comentar las noticias del día. Tuiteaba por ejemplo:

La solidaridad es mata exótica que sólo crece en terrenos áridos, nunca en la abundancia. Pero cuando florece esparce generosamente su aroma.

Y escribía todas las noches ocurrencias por el estilo, que eran bien recibidas por los seguidores de la muchacha, que a su vez fueron creciendo en número por arte del canario, hasta contarse por miles.

De esta suerte la muchacha, que no tenía otra gracia más que su belleza, se convirtió de la noche a la mañana en una exitosa tuitera (si el término se admite), merced a la herencia emplumada de su tía solterona, y por un efecto colateral del ingenio del canario que descubrió un buen día que los trinos en tuiter eran lo suyo.





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