martes, 30 de junio de 2015

Guía zurda de Bucaramanga I

(Foto de H. Darío Gómez A.)

Arrellanado en la cama de mi cuarto de hotel, el "Chicamocha", por más señas, disfruto la lectura de la guía turística de Santander editada por Cotelco, después de una jornada extenuante de seis horas de conferencias sobre Seguridad Social en la Cámara de Comercio de Bucaramanga. El ejercicio me resulta agradable, pues soy amante de “las bravas tierras de Santander”, como dice la canción de Jorge Villamil, y además el destino me ha permitido recorrer un pedacito de cada una de sus seis gratas provincias. 

Sigo hojeando la revista de Cotelco para encontrar fotos de los atractivos turísticos de Bucaramanga y su área metropolitana. Veo modernos edificios, puentes extra largos, parques temáticos con "Santísimos" y sin ellos, en fin, formidables obras de arquitectura e ingeniería que adornan la Ciudad Bonita y demuestran su pujanza. Y claro, en las fotos de sus lujosos hoteles y centros comerciales, gente igualmente bonita y elegante, pero de una belleza editada y artificial, como extranjera, diferente a la hermosura endémica y natural que cunde en las tierras santandereanas.

De modo que para encontrarme con la verdadera santandereanidad, me apresto a iniciar mi viaje a pie y en bus, cómo no, por las márgenes de la ciudad verdadera, es decir, sin editar por Cotelco.

Podría decirse acaso que la meseta donde se asienta la ciudad de Bucaramanga es como una mano que extiende sus dedos hacia el occidente, por manera que en el dorso, cerca de la muñeca y recostada en los cerros orientales, está la Cabecera del llano con sus imponentes casas emblemáticas, al menos las que han sobrevivido al crecimiento vertical y desmemoriado de la ciudad. En la mitad de la mano, no podía ser de otra manera, están algunas de sus instituciones más importantes como el Teatro Santander, patrimonio cultural (y vergonzante) de la ciudad en eterna restauración, el Centro Cultural del Oriente, ambos en el marco del Parque Centenario, la biblioteca Gabriel Turbay, en fin, la sapiente Universidad Industrial de Santander.




(Fotos de H. Darío Gómez A.)

Ahora bien, al igual que los dedos de una mano, cada uno de los dígitos correspondientes a la meseta de marras tiene su connotación particular. La calle 36, por ejemplo, desde el parque García Rovira hacia el oriente es el dedo burocrático. Comenzando por la uña, que podría ser el marco del parque, se encuentran los Juzgados Administrativos, la Gobernación de Santander, la Alcaldía de Bucaramanga y el Palacio de Justicia. Más al oriente, por el mismo eje abogadil, está la DIAN y luego la Cámara de Comercio. Se respira en el ambiente el polvo de los mamotretos judiciales o gubernativos y el tufo de los Cafés donde apuran un tinto entre diligencias, tinterillos acuciosos y juristas encopetados. Lo anterior, claro está, sin perjuicio del comercio tradicional de la calle 36 y el rebusque informal de las carreras aledañas que le dan ese toque de mercado persa, típico de nuestras grandes ciudades, pero sobre todo de aquellas cuyos habitantes tienen una clara vocación de comerciantes, como pasa en Santander. No cesan los pregones del comercio en la 36, algunos, no es raro, con franco acento antioqueño.

El dedo de la calle 45, por su parte, es el más truculento. Como en el bolero de Daniel Santos (“el juego de la vida”), allí se encuentran abiertas las puertas “del hospital y la cárcel, la iglesia y el cementerio”: dos cárceles, un hospital psiquiátrico, el cementerio central, la morgue del Instituto de Medicina Legal y las iglesias de varias denominaciones son prueba fehaciente de lo dicho.

Finalmente, y no por falta de más dedos sino de tiempo para recorrerlos en este viaje, está el dedo de la calle 56 que se prolonga hasta el complejo residencial de Plaza Mayor, en la Ciudadela Real de Minas, levantado en los años ochentas del siglo pasado sobre lo que fuera el Aeropuerto Gómez Niño, símbolo de la temeraria aeronáutica regional y la pericia de nuestros pilotos vernáculos. Más de un avión cayó en los barrancos interdigitales de la meseta, o lo que es mucho peor, se metió sin permiso en las casas de los inocentes vecinos del aeropuerto. Este error hubo de corregirse más tarde con la construcción del aeropuerto de Palonegro, en el municipio de Lebrija, adosado a otro barranco, pero alejado de la Ciudad Bonita para indemnidad de sus habitantes. Hoy sus residentes, con menos vocación aérea y los pies bien puestos en la tierra, ya no son proclives a fallecer en un siniestro aéreo aún sin comprar pasaje (lo que parecía un imposible teórico), como sucedía en los tiempos del Aeropuerto Gómez Niño.


Como sea, lo cierto es que empecé esta guía zurda de Bucaramanga para afirmar mi amor incondicional por las tierras santandereanas; y si Dios lo permite, continuaré mi recorrido en una próxima entrega.

miércoles, 24 de junio de 2015

Gardel, enorme!!!

(En Homero Manzi, Medellín. Foto de Alejandro Gómez)


Un día como hoy, hace ochenta años, voló definitivamente de este mundo terrenal el más grande cantor de tango, para instalarse en la gloria sempiterna de los grandes.

Acaso fue la suerte que es "grela" (mujer, según el lunfardo del tango "Yira" de Discépolo) que, enamorada de Gardel, se lo llevó de Medellín directo a sus aposentos.

Acá lo recordamos cantando la estupenda canción de "Discepolín"

lunes, 22 de junio de 2015

Exaltación de la “masculinidad” en Palonegro




“Más se perdió en Palonegro” 
adagio popular


Hay en el aeropuerto de Palonegro, situado en el municipio de Lebrija (Santander), que presta servicios a la ciudad de Bucaramanga, un obelisco erigido en honor a los héroes de la batalla de Palonegro. Se trata de un monumento discreto que pasa desapercibido a los viajeros (siempre afanados por alcanzar un vuelo) que llegan al aeropuerto en automóvil de servicio público o particular. Conque, salvo algunos funcionarios del terminal, ciertos taxistas en espera de pasajeros y uno que otro viajero desocupado, como el suscrito, nadie repara en la placa conmemorativa de la batalla en cuestión.

Son las cuatro de la tarde (mi vuelo saldrá a las cinco y media) y ante nada mejor que hacer después de haber registrado mi viaje y leído hasta los avisos clasificados del diario local, decido salir a mirar el obelisco. Soy de una generación pre tecnológica que limita a lo estrictamente necesario el uso de los dispositivos electrónicos. Abomino del autismo que producen tales aparatos en sus pobres usuarios, de modo que me encamino hacia el monumento de marras, vadeando el estacionamiento del aeropuerto hasta llegar al obelisco. Para acceder al complejo uno debe caminar el equivalente a tres cuadras por la vía pública (no hay acera), corriendo el riesgo de ser atropellado por los afanados conductores, tramo que se salvaría fácilmente cruzando por la mitad del estacionamiento, claro está, si hubiera una salida peatonal en la parte posterior. Acaso hay un deliberado desinterés en que los turistas visiten el monumento. Quizá el hecho tenga que ver con que el monumento conmemora la muerte insensata e inútil de miles de hombres (más de 4.500 según reza la placa), en una batalla larga y cruel entre liberales y conservadores llevada a cabo en ese sitio entre el 11 y el 26 de mayo de 1900. El obelisco, en palabras del autor del texto de la placa, Coronel Leonidas Florez, es “un monumento al pavor para ejemplo de la esterilidad de las guerras civiles”, y de todas las demás, agregaría yo.  Culmina su homenaje el Coronel Florez manifestando que “En Palonegro quedó demostrada la masculinidad de los colombianos llegados de todos los rincones del país”. Como sea, me aparto respetuosamente de lo afirmado con innegable sesgo machista en este último párrafo, pues lo único demostrado en dicha batalla fue, a mi juicio, nuestra estupidez endémica, nuestra absurda proclividad a la violencia para resolver las diferencias, y la utilización perversa del pueblo como carne de cañón para defender a sangre y fuego los privilegios del establecimiento y los terratenientes.

Se me ocurre que deberían llevar esa placa a las conversaciones de paz en la Habana como recordatorio y para vergüenza de las partes, que no acaban de develar todavía sus oscuras intenciones, sus ases bajo las mangas.

Otra fuera  la historia si en nuestras diferencias se hubiera demostrado mejor la feminidad de las colombianas, es decir, su sentido común, su valentía y  estoicismo ante la adversidad, la persistencia en sus luchas y reivindicaciones, su condición de madres dadoras de vida y no de muerte. Hay un dicho, creo que de Ambrose Bierce, un hombre que participó en varias guerras civiles, que  sostiene que un cobarde es una persona en la que el instinto de conservación aún funciona con normalidad. Quizá se refería a una persona con sentido común que se niega a participar en una guerra absurda, que se abstiene de matar a un igual  para proteger intereses ajenos y mezquinos. Esa no es cobardía en el sentido de los belicistas, sino objeción de conciencia.


Y a despecho del adagio popular que antecede esta entrada, evidentemente en nuestra guerra inveterada hemos perdido mucho más que en Palonegro!!!

martes, 16 de junio de 2015

Pequeño homenaje a un gran batallador: Willie, el coyote de la caricatura.

Hastiado de nuestra absurda cotidianidad plagada de barbarie y corrupción, hago un paréntesis caricaturesco, terapéutico y banal, si se quiere, para rendirle el homenaje que le debo hace tiempo al enorme Willie. 


Desde que se inventaron las ventas por catálogo, no conozco un consumidor más sufrido que el pobre Willie, el coyote de la famosa caricatura de Warner. Sin embargo, esta víctima propiciatoria del consumismo insensato, mantiene una fidelidad a prueba de balas a los productos de la Corporación ACME. Lealtad digna de mejor causa, pues los artificios de esa inefable marca han demostrado ampliamente su ineficacia (sobran pruebas), y lo peor, se han constituido en una fuente inagotable de peligro para la integridad del usuario de marras. Tan extraño caso amerita un estudio enjundioso por parte de algún gurú del arte de fidelizar clientes. Pero esa es otra historia.

Ahora bien, si pudiéramos volver a clasificar a este cánido cándido en la zoología caricaturesca, no lo llamaríamos “Carnivorus vulgaris” como aparece en los créditos del cartoon, ya que, si bien vulgar, el pobre animal homenajeado no ha probado carne alguna en toda su vida, que yo sepa, sino que tocaría llamarlo “Consumidorum insensatus vulgaris”, merced a su inexplicable fidelidad a los productos ACME.


Por otra parte, lo que si causa enorme simpatía entre sus admiradores (que somos muchos), es su persistencia en el empeño de cazar al escurridizo Correcaminos, su estoicismo tragicómico frente a la adversidad. Parece que Willie creyera como Zenón de Citia, que todo cuanto le sucede está signado por un destino inexorable superior a él, imposible de controlar, y que ante el absurdo es preciso mantener una actitud de imperturbabilidad del alma (cualquier parecido con la realidad es pura caricatura).

Lo cierto es que Willie, con su insensibilidad al dolor  y su esperanza firme de conseguir algo de placer mediante el esfuerzo vano (pero esfuerzo al fin), nos enseña la lección de la perseverancia, esto es, que no hay que cejar en el empeño de alcanzar el objeto de nuestro deseo por duras que sean las caídas. Toca, eso sí, ser más inteligente  que nuestro héroe en la elección de los medios para alcanzarlo. En todo caso, nunca caer en las trampas de los perniciosos productos de la Corporación ACME que, en la vida real, asimilo a los créditos venenosos de los bancos.

viernes, 12 de junio de 2015

Pequeña narración intrascendente que cobra vigencia de cara a las elecciones territoriales



El Peatón cuenta que….

Estando una vez en El Yopal por razones de trabajo, un funcionario del Hospital me invitó a conocer el Parque Natural La Iguana ubicado a orillas del río Cravo Sur. Unos metros antes de la entrada encontramos un aviso donde se leía:

“SE PROHIBE VOTAR BASURA EN ESTE LUGAR. MULTA DE $300.000 CONVERTIBLE EN ARRESTO. Alcaldía Municipal”

Mi acompañante me hizo notar lo que a su juicio era un lamentable error de ortografía, pues no se escribe “votar” sino “botar”, tratándose de la basura, y me dijo que era preciso corregir el aviso para no sentir vergüenza ajena. Yo le contesté que a mí, en cambio, me parecía una valiente -aunque involuntaria y algo drástica, si se quiere- medida del Alcalde para conminar a la ciudadanía a ejercer su derecho democrático al voto por candidatos probos y limpios en lugar de hacerlo por la misma basura de siempre. Y todo aquel que vote mal, pues que “chupe” por bobo. Finalmente ambos estuvimos de acuerdo.

Los puntos susp......versivos

En el reino de las líneas, los puntos eran vistos con desconfianza. Y era natural, pues las líneas, siempre organizadas como un...