viernes, 15 de enero de 2016

La ciencia de contar la ciencia

(Foto de Alejandro Gómez B.)


Bien se sabe por los textos de astronomía que eso que llamamos  tierra es una pelota medio desinflada en los polos que gira alrededor del sol a una distancia media de ciento cincuenta millones de kilómetros y que alrededor  suyo gira, a su vez, un pequeño satélite, la luna,  a la que los perros ladran con tozudez digna de mejor causa creyendo –los pobres- que es un enorme queso gruyere  suspendido en el cosmos a una distancia media de trescientos setenta y cinco mil kilómetros.

Todo eso está muy bien cuando se tiene el libro de geografía abierto. Pero cuando toca recitar la lección en el tablero, un sujeto desmemoriado como yo empieza a padecer erisipela, transpira profusamente y no acierta sino a emitir sonidos inarticulados parecidos a los de una oca.

Así, entre mi gusto por la geografía y el terror por la picota pública transcurría mi clase con el profesor Lizcano, en el  colegio Calasanz, hasta que  el maestro Próspero Pinedo –a quien contrató mi padre en buena hora para que yo no perdiera la materia y por ende el año- me regaló un libro de H.G. WELLS titulado “Breve Historia del Mundo”.

Aprendí en el libro de marras que “si nos representamos nuestra tierra como una pelotita de una pulgada de diámetro”, es decir como un huevo de codorniz, la luna vendría a ser como una alverja  ubicada a setenta y seis centímetros del huevo, y que, en consecuencia, el sol de mi modelo sucedáneo -utilizando la misma escala astronómica- sería un globo de tres metros de espesor, o sea, casi del tamaño de la esfera hueca de los motociclistas, acróbatas de la muerte, del circo Tihany que se plantaba junto al coliseo El Campín, a doscientos noventa y dos metros de distancia de la casa de Parodi, mi compañero de cuitas en el colegio, que vivía en el barrio Nicolás de Federman, como quien dice a tres cuadras –o seis tiros de piedra, en fin- del circo, asumiendo, en gracia de discusión, que nos estuviéramos comiendo la ensalada de huevo de codorniz con alverja en la cocina de su casa.

De ese tenor o algo parecido fue la nemotecnia que me ayudó a pasar el año, no obstante mi dificultad de comprensión de las grandes magnitudes. Pero es que la ciencia, creo yo, no sólo debe ponernos en contexto para saber de qué "totalidad" formamos parte, sino que también debe acercarse al mundo conocido del niño –un científico en ciernes- para cautivar desde allí su atención, como hace el libro de Wells que, al fin y al cabo, ya había puesto en 1901  “los primeros hombres en la luna”  merced a la Cavorita, esa sustancia anti-gravitatoria inventada por el Dr. Cavor a costillas del empobrecido Mr. Bedford. Pero ese es otro cuento.


jueves, 7 de enero de 2016

De Boyacá en los campos… el tejo, nuestro deporte nacional

(foto de inciclopidia.wiki.com)


Tengo varias frustraciones en la vida: una de ellas es que nunca aprendí a chiflar; otra,  no saber jugar al tejo. Por cuenta de la primera fui un marginado social durante la infancia, pues todos mis amigos sabían chiflar; y por la misma causa creo haber perdido (hasta el día de hoy) más de doscientos autobuses que hubiera podido parar a la distancia con el recurso infalible del chiflido.

Ahora bien, en cuanto a la segunda, lo de no saber jugar al tejo, es una frustración más esotérica si se quiere, por sus implicaciones prácticas en la vida y por el hecho, acaso banal, de ser considerado el deporte nacional de mi patria, por ley de la República. Me explico: el jugador de tejo, más aun si es el careador (o sea, el duro), tiene una destreza envidiable para lanzar el tejo (un disco metálico parecido a un pequeño ovni) y dar justo en el bocín (un tubo metálico enterrado en arcilla y coronado por mechas de pólvora que estallan al primer impacto), que se encuentra a unos dieciocho metros del lanzador.  Es un prodigio ver cómo el tejo abandona perezosamente y en ángulo perfecto la mano experta del jugador, describe una parábola parecida a la que dibujaba el profesor Villamizar en su clase de física, y flota ingrávido en el espacio durante el instante infinito de su trayectoria elíptica hacia el objetivo, como guiado por un dios olímpico, para caer finalmente justo en medio del bocín, reventando de paso una mecha que explota estruendosamente para hacer la moñona que otorga la gloria de los nueve puntos y el reconocimiento efusivo de los presentes.

Lo cierto es que el pasado domingo 3 de enero me encontraba en los campos patrióticos de Boyacá, en Saboyá por más señas, intentando jugar al tejo. Y sábelo Dios que hice mi mejor esfuerzo, pero fue en vano. Nada: ni una mano, ni una mecha, menos aún una embocinada, y ni pensar en una moñona.  Me sentí anti patriota y un poco avergonzado con los vecinos que gentilmente me invitaron a compartir su juego.

De manera que por estos días de asueto, ocio y buenas intenciones, tengo entre mis propósitos para el nuevo año, aprender a jugar patrióticamente nuestro deporte nacional: el tejo o turmequé que llaman en honor a la tierrita.


El canario que descubrió que los trinos en twitter eran lo suyo

(Créditos foto: www.flickr.com) “A la abeja semejante, para que cause placer, el epigrama ha de ser pequeño, ágil, pica...