jueves, 28 de abril de 2016

El negro dueño del son






El peatón cuenta que………

A las doce del día el centro de Bogotá luce más hermoso. Y no es precisamente por la luz cenital, ya que durante estas temporadas de lluvia capitalina el sol brilla únicamente por su ausencia -frase manida pero acertada en este caso-. Quizá sea la gente. A esa hora comienzan a florecer las puertas de los edificios públicos y de los bancos con las muchachas que salen ruidosamente a comer.  Incluso el funcionario -grave y trascendente- suaviza su semblante a esa hora, tornándolo más humano. Pero ante la ausencia del sol, el calor del trópico va por cuenta del negro, dueño del son.

Sentado en un costado del Museo del Oro, en el Parque Santander, el dueño del son golpea el adoquín con un palo de escoba, haciendo música con el delicioso ritmo que le brota de las entrañas. 

¡Cómo toca la clave el negro, dueño del son!,
¡Cómo tararea la guaracha ese negro, dueño del son!
A 2.600 metros de altura, lejos del mar, toca y canta el dueño del son.
No tiene camisa ese negro, pero es el dueño del son.
Y perdió la luz de sus ojos el negro, pero es el dueño del son.
Oído ciertamente no le falta al negro, porque es el dueño del son. 
¡Y qué espíritu insondable tiene ese negro, dueño del son!
Le huye la fortuna, pero sigue siendo el dueño del son.
Y no pide nada a cambio el negro. Sólo toca y canta su son.
No tiene motivos para reír ese negro, pero es la alegría misma y la comparte con largueza con los transeúntes, porque es el dueño del son.
¡Qué negro más grande es el dueño del son!
¡Qué negro más digno es el dueño del son!
¡Qué negro más generoso es el dueño del son!
Viene y va sin aviso, como la brisa caribeña, el negro dueño del son.
¡Dios te guarde siempre, negro bendito, por compartirnos tu son!

(Foto de F. Hernández. "El peatón haciendo su mejor esfuerzo con los cueros ante la mirada incrédula la niña Iné)

lunes, 25 de abril de 2016

Y sin embargo reímos




Cuando escucho esta hermosa canción de Aterciopelados, se me ocurre pensar que es el compendio de nuestra colombianidad. Me explico: a la mayoría de los colombianos nos ocurren cosas terribles, pero en lugar de optar por la desesperación, abrimos la puerta de emergencia de la risa, acaso una particular manifestación de la esperanza frente al absurdo.

lunes, 18 de abril de 2016

Mis tres tristes trajes



En el armario de mi cuarto,
dispuestos en fila india
como ahorcados sin fórmula de juicio,
cuelgan mis tres tristes trajes.

Penden de ganchos olorosos a pino,
olvidados junto a la corbata Hermès
y la camisa Van Heusen,
desde que renuncié a ser un maniquí de paño.

Allí, suspendidos, lucen acartonados,
circunspectos, graves y trascendentes,
como invadidos por la rigidez cadavérica
que les causa mi abandono.

martes, 5 de abril de 2016

Lola, la almojabanera




¿Quién es esa mujer que repite cada día  el milagro de la multiplicación de los panes en una ínfima fracción del planeta?

Es Lola, la almojabanera, por buen nombre Dolores. Y a pesar de su gracia, el espíritu más alegre de toda la galería.

Con sus manos regordetas y tostadas, como almojábanas recién horneadas, acomoda en la precaria vitrina su mercancía.  Mientras me sirve un vaso de avena helada se le escapa un rizo cimarrón de la cofia. Ella se apresura a retirar de su frente el pelo montaraz con los nudillos de la otra mano y me obsequia, de ñapa, una sonrisa.

La mujer, guapa, robusta y entrada en sazón, habla duro y putea con ganas a los patanes de la plaza de mercado que la llaman solterona. Se pelea a gritos con la marchanta de la revueltería* por unos centímetros cuadrados de espacio, y con la muchacha de las flores por unos cuantos piropos procaces. Todo en ella es excesivo, hasta la belleza. 

Lola ha de tener en su cuartito de pensión –es una hipótesis- un reloj de cucú marca Jawaco heredado de su padre, y un canario.  Congruo patrimonio que  merece todo su cariño. Y acaso un fauno perdonavidas que la espera de vez en cuando para aplacar su ímpetu de amazona.

Es Lola, la almojabanera, por buen nombre Dolores. Y a pesar de su gracia, el espíritu más libre de toda la galería.

(Mujer, Escultura de Fernando Botero, Museo de Antioquia, Foto de H. Darío Gómez A.)
* revueltería: hermoso antioqueñismo que significa pequeño local de barrio donde se venden frutas, verduras y abastos.

viernes, 1 de abril de 2016

La indignación nuestra de cada día

(Foto de El Espectador)

"No toleraremos indignante trato a niños": Santos sobre video en el que menores posan con plato de comida
Una docente decidió hacer pública la grabación en la que los niños son obligados a posar con un plato que no comieron, y en contra parte reciben un patacón en la mano con trozos de carne.

Indignación despertó este jueves un video que fue publicado en las redes sociales en el que se observa una fila de niños del colegio Sagrado Corazón de Aguachica, Cesar, posando con un plato de comida que nunca probaron y que en cambio, recibieron un pedacito de patacón con trozos de carne servido en su mano.
El Espectador, 1 de abril de 2016



El pan de cada día en este país (digno de mejores dirigentes) es la corrupción. Ya sea servido, literalmente, y de manera indigna en las manitos de los niños del colegio Sagrado Corazón de Aguachica Cesar, como lo denunció la valiente profesora (que Dios proteja de la retaliación del contratista), o servido en abundancia y con exquisitez en las bacanales de los funcionarios públicos  que se apañan los recursos para la alimentación y protección de la infancia.

El hecho no es nuevo ni aislado. La indignación tampoco. De modo que cada cierto tiempo el Gobierno se rasga las vestiduras y anuncia en un despliegue mediático que no tolerará las mafias de la alimentación escolar. Pero el hedor de la corrupción vuelve a aparecer cuando se ha disipado la indignación nacional y se ha calmado la ira santa de las autoridades responsables. Pero al final nadie hace nada. Ni siquiera la sociedad civil, salvo honrosas excepciones como la docente de Aguachica, Cesar.

Debería haber mayor sanción social para estos criminales.  Si hubiera verdadera intención de las autoridades de perseguir a las mafias de la contratación pública, nos informarían a los colombianos los resultados de sus pesquisas para conocer de primera mano su estructura: el concejal dueño del contrato de alimentación escolar, su jefe político en la Asamblea Departamental, el patrón, el Representante a la Cámara u “Honorable” Senador, y sus parientes y concubinas y copartidarios y lacayos e idiotas útiles, en fin.

Podría decirse acaso que si hubiera intención legítima de acabar con tales estructuras mafiosas, sus fotos aparecerían en los prontuarios judiciales y no en las revistas del “Jet Set”.  Pero eso es un imposible teórico. Si fuéramos más dignos, los ciudadanos de a pie cambiaríamos de acera al encontrarnos de frente con estos personajones detestables y nos avergonzaríamos de su compañía perniciosa, en caso de tenerla por alguna razón en el club, en la iglesia, en el Directorio político, qué sé yo.

Creo que fue T.S. Elliot quien dijo que si nunca podemos acertar, más vale que cambiemos de vez en cuando nuestra forma de equivocarnos. Este es el momento. Como ciudadanos no podemos seguir impasibles mientras sucede tanta infamia.  Hay que ejercer el control social de lo público, más todavía cuando se trata de los derechos de la infancia.


Cabe pensar que ante la impunidad judicial, ya no digamos política, nos quedaría al menos el consuelo de la sanción social.

El canario que descubrió que los trinos en twitter eran lo suyo

(Créditos foto: www.flickr.com) “A la abeja semejante, para que cause placer, el epigrama ha de ser pequeño, ágil, pica...