miércoles, 24 de noviembre de 2010

Pequeñas narraciones intrascendentes XIII


El peatón cuenta que...
I
No me inspiran respeto el uniforme, ni la sotana, ni la corbata "Salvatore Ferragamo". Pero cuando pasa el tren de la sabana por la avenida Ciudad de Quito con su locomotora centenaria resoplando, siento un estremecimiento reverencial que me induce a saludarlo con un torpe gesto militar que el conductor, condescendiente, me responde con su gorra tiznada de hollín, como si conociera desde siempre mi corazón de ferroviario.

II
Por las ventanas del bus destartalado se asoman las caras luminosas de los niños, cautivos en la panza del endriago de lata. El monstruo bufa y exhala su aliento negro, tal si fuera el último estertor. Entonces los niños, aturdidos, se estremecen, como intentando escapar por las heridas de un dragón agonizante.


créditos fotos: www.flickr.com, wikipedia, www.turistren.com.co

jueves, 18 de noviembre de 2010

¿Cuánto vale un Ferrari en Colombia?



Hace unos días culminó el XII Salón Internacional del Automóvil de Bogotá. Un amigo conocedor de mi fascinación pueril por los carros tuvo a bien convidarme a la exposición. No obstante, como yo sabía que la invitación era a la “americana”, esto es, cada uno pagando su entrada, la decliné, pues no estaba dispuesto a gastar lo que valen cuatro corrientazos –almuerzos populares- en un evento tan presuntuoso. Sin embargo el buen hombre, después de criticar mi tacañería, me extendió una de las dos invitaciones VIP que había conseguido para que lo acompañara.

Y allí estuvimos el sábado 13 de noviembre admirando esos juguetes costosos con la tranquilidad del voyerista que no aspira a poseer, sino únicamente a deleitarse en la contemplación de esa combinación perfecta de belleza, poder y tecnología que tienen los autos deportivos de pura raza. Porque, en efecto, mi gusto por los carros se limita a conocer todo sobre aquellos que me atraen sin que me trasnoche la frustración de no poderlos comprar. Nunca renunciaré al placer infinito de caminar. Así lo certifica el humilde utilitario que descansa burocráticamente en el garaje de mi casa esperando ser poseído los fines de semana por mis hijos adolescentes. Mas es lo cierto que mi pasión en ese sentido era tal, que a los once años de edad podía recitar de memoria las sutiles diferencias que existen entre un Chevrolet Bel Air modelo 55 y uno modelo 56.

Desde luego mi amigo y yo no perdimos el tiempo mirando los autos de calle, que al fin y al cabo se pueden apreciar en las vitrinas de la ciudad, y nos dedicamos más bien a disfrutar los deportivos de “alta gama”. Al menos yo, porque a mi acompañante lo sedujeron otras líneas, a juzgar por sus ojos desorbitados orientados sin recato hacia las modelitos del stand de Ferrari.

Pero, -¿Cuánto vale ese Ferrari 599 GTB amarillo?, -preguntamos.

Un sujeto bastante antipático nos respondió con desdén –al vernos la catadura de peatones- echándonos en la cara una cifra inverosímil pero cierta que yo, merced a mi deformación mental de investigador social, convertí a salarios mínimos:

-Ese carro vale el salario anual de 183 mensajeros sin moto… y sin Ferrari. - comenté.

Claro está que para los menos pretenciosos ofrecían un Maserati Quattroporte GTS que tiene un motor V8 de 4,7 litros, con 440 caballos de fuerza y un torque de 490 Nm a 4.950 rpm. Y por eso vale apenas lo que cuestan 430.000 litros de leche embolsada en las panaderías de nuestros barrios marginales.

Con pena ajena mi amigo me agarró del brazo para alejarme del stand, protestando por mis apreciaciones de mal gusto producto de mi resentimiento social. Entonces le respondí que, a mi juicio, resulta más impúdico transitar en un carro que vale lo mismo que cinco y medio millones de panes de a 200 pesos por las calles de una ciudad donde hay mujeres que alimentan a sus hijos bajo los puentes con una sopa hecha a base de papel periódico y agua de panela. Mi amigo asintió con desesperanza, y me lanzó esta pregunta:

-¿existe, por ventura, algún carro que usted quisiera poseer?

-Si, hay uno, -le contesté. -Un Ford Fairlane 500 Skyliner modelo 54 color marfil, con techo azul celeste panorámico, tapicería blanca con vivos azules, tablero de mandos azul celeste, motor de persecución V8 y timón color almendrado; como el que tenía mi viejo cuando yo era un niño de 8 años, finalizando los sesentas, y que rodaba sin mucho esfuerzo a 150 kilómetros por hora a través de la Autopista del Norte los domingos de paseo. 

De esa nave conservé durante algún tiempo, como reliquia y juguete, el timón de color marfil que se rompió en un aparatoso accidente sufrido por mi padre, afortunadamente sin consecuencias fatales.

-¡Usted no tiene remedio!, -sentenció mi acompañante.

Después de aquel aciago sábado 13 de noviembre de 2010 mi amigo juró no volverme a invitar nun-caen-la-vi-da a ningún evento.

Foto de: maese Celso Román. Ford Fairlane 500 1954 Skyliner con el suscrito (no precisamente de 8 añitos)

martes, 16 de noviembre de 2010

Guía zurda de Bogotá X


(Peatón cosmonauta en el Planetario Distrital. Foto de Rafael Gómez B.)


El Planetario Distrital: Un OVNI petrificado en el Parque de la Independencia

Si se mira detenidamente hacia el cosmos proyectado en la cúpula de concreto, se advertirá a simple vista que Júpiter no guarda proporción con los demás planetas del sistema solar. Luce como el grandulón insípido del curso. Sin embargo, uno percibe con alborozo que su gran mancha roja es más hermosa que la ilustrada en el libro de geografía del quinto grado.

Pero he aquí lo más prodigioso: contrariando los cálculos de abstrusos científicos, una mosca astronauta demora tan sólo cuatro segundos en recorrer las cinco unidades astronómicas que separan a Júpiter del Sol en el recinto y, ¡cosa increíble!, no se quema.

En el domo intemporal del Planetario Distrital anochece y amanece varias veces en menos de cuarenta minutos, de manera que cuando acaba la función, es como si uno saliera a la calle algunos días después, más viejo tal vez, pero indiscutiblemente más sabio.

Ahora bien, lo mejor del Planetario es, para mi gusto, su gran proyector de estrellas. Consiste en una enorme hormiga metálica que gira sobre su eje lanzando rayos luminosos -con sus centenares de ojos multicolores- hacia la bóveda celeste, desviando así la atención de sus victimas que, adormecidas, sueñan con los luceros. Yo desconfío de ese insecto descomunal, y por eso -así lo mantengan bien alimentado- de vez en cuando le echo una mirada de reojo para vigilar sus movimientos perezosos, pues no me interesa culminar mis días como ración de criatura extra terrestre. Con todo, siempre vuelvo sobre mis pasos para ejercer en el Planetario de Bogotá, mi oficio de soñador.


créditos fotos: www.barriosdebogota.com y www.flickr.com De Jaliker

domingo, 14 de noviembre de 2010

Cine novel en el teatro Leonardus



El próximo viernes 19 de noviembre a las 6:30 p.m. se presentarán en el Teatro Leonardus de Bogotá (Cra.21 No.127-23) los mejores proyectos del 2.010-1 de la Escuela de Cine y Televisión de la Universidad Nacional de Colombia.

Entrada gratis (cupos limitados). Se compartirá una copa de vino al final de la presentación. Los esperamos. Echen a rodar la bola peatones.

Mayor información: 320 6936312 / 300 4144794 / 314 2345019

miércoles, 3 de noviembre de 2010

Pequeñas narraciones intrascendentes XII

XILOESPERATOR


El peatón cuenta que...
En el Museo Geológico Nacional de Bogotá tienen expuesto un “Xilopalo”. Es el tronco de un árbol petrificado que, como todos los de su especie, murió de pié. Único ejemplar de un bosque sepultado hace más de cien millones de años en algún lugar de los Andes. Tal vez un alud producido por el deshielo primigenio facilitó el tránsito sosegado de sus células vegetales hacia la materia inerte. Es el epítome de la dignidad, y de la paciencia. A su lado han puesto recientemente -por no encontrar otro lugar más propicio- un “Xiloesperator”. Es el cuerpo petrificado de un jubilado que, como su nombre lo indica, murió de pié esperando en la oficina del Seguro Social el reconocimiento de su pensión. Acaso los engorrosos e inauditos trámites burocráticos catalizaron su mineralización, reemplazando con sustancia inorgánica las células que alguna vez conformaron la esperanza, manteniendo intactas, ¡Ay!, que ironía, las características más sutiles de su estructura original. Cada gesto, cada rasgo distintivo que lo hacía humano, desde la piel hasta los tuétanos. Es el compendio del estoicismo, y del sinsentido. Y allí lo tienen expuesto junto a los meteoritos que, como se sabe, son restos de estrellas fugaces que incumplieron los deseos que les fueron formulados con ilusión.

créditos foto: de Agueda 1959 www.flickr.com

El canario que descubrió que los trinos en twitter eran lo suyo

(Créditos foto: www.flickr.com) “A la abeja semejante, para que cause placer, el epigrama ha de ser pequeño, ágil, pica...