martes, 21 de diciembre de 2010

Tipología del cafre bogotano I



“…conozco al tramposo cuando oigo su idioma, al monje en el hábito y al pillo en la broma, conozco en el velo a la monja así mismo, y el vino en el vaso cuando otro lo toma. Lo conozco todo, excepto a mi mismo.”
Balada sobre mínimos temas, Francois Villon

Para que el presente escrito sea políticamente correcto, conviene decir que no todos los bogotanos somos cafres. Eso es evidente. Más aún, somos reconocidos como personas amables. Pero que los hay, los hay, y lamentablemente nos dejan a los demás capitalinos como un zapato. Sobre todo en estos tiempos en que no cunde la solidaridad -fenómeno típico de las grandes ciudades-. No en balde el maestro Darío Echandía sentenció hace algo más de medio siglo que el nuestro es un país de cafres. 

De manera que como bogotanos debemos asumir  con dignidad esta condición, y si no tenemos remedio,  al menos debemos ser cafres competentes. Si usted aún no es un cafre declarado, anímese, aquí le daremos unos cuantos consejos  para que deje fluir libremente su condición inexorable.

Pero,  ¿qué es un cafre? o mejor, ¿quién es cafre?.  El Diccionario de la Real Academia Española  trae varias acepciones, mas  nos quedamos con la tercera, por ser la que se ajusta al cafre bogotano: “cafre. 3 adj. zafio y rústico”.  Es decir, un tipo grosero y falto de tacto en su comportamiento.  Sin lugar a dudas nuestro cafre no es bárbaro y cruel en exceso como reza la segunda acepción del RAE, ya que si lo fuera, se convertiría en criminal violento o en político corrupto,  como algunos que infortunadamente habitan nuestra patria mancillada.  Pero  ciertamente el personaje en cuestión es zafio y rústico.

El cafre bogotano no es en esencia un mal sujeto. Digamos más bien que es un tipo de mala leche, que, si tiene la oportunidad de ofender, estorbar, maltratar o negar la ayuda a alguien sin mayores consecuencias para la víctima, lo hace sólo por el placer efímero y estúpido de sentirse “chico malo” o de  ejercer un fugaz poder de dominación sobre el agredido. Piénsese por ejemplo en un peatón que cruza la cebra  confiado en el semáforo con luz verde que protege su integridad.  Un conductor cafre no puede dejar pasar la oportunidad de acelerar el motor varias veces al estilo de Montoya  -nuestro pretencioso corredor de autos-, para que el indefenso peatón corra asustado por su vida. ¡Ah! que placer indescriptible siente este sujeto……   Decíamos que el cafre no es esencialmente un hombre malo, pero esto no es óbice para que sus actos puedan desencadenar consecuencias graves y aun fatales para la víctima. ¿Qué tal que el peatón de marras  tropiece y caiga fracturándose el cráneo contra la acera?  En rigor, este sería un efecto colateral de la “cafrada”, que, en todo caso, no debe importarnos para el ejemplo.

La condición de  cafre no es sólo una característica de la personalidad; es, realmente, una cosmovisión, una forma de ser y de estar en el mundo. Se es cafre o no se es cafre. El cafre no concibe que “el otro”, esto es, el prójimo, se cruce en su camino sin sufrir las consecuencias de tal atrevimiento. He aquí nuestro segundo ejemplo que ilustra lo dicho:  Imaginen al conductor de un bus  que pega  monedas de quinientos pesos en la escalera de acceso  para que el pasajero se agache a rasguñar inútilmente el dinero inamovible,  pasando de la ilusión a la vergüenza  en pocos segundos, agravada por la sonrisita de satisfacción del cafre.  Supimos de una víctima burlada que, en  similar circunstancia, arrancó valientemente las monedas con un destornillador, a despecho del conductor del bus que no chistó ni pío.  Los cafres  son generalmente cobardes.

Pero no se debe confundir al cafre con el político corrupto o con el criminal violento, como se dijo más arriba. Si bien la condición de cafre es requisito previo para llegar a ser con éxito lo uno o lo otro,  el cafre raso es más modesto -“chichipato” decimos por acá- y carece de la imaginación y  de las agallas necesarias para jugar en las grandes ligas.


El cafre, evidentemente, hace cafradas. La cafrada es su manifestación y huella. Es su marca indeleble. A continuación  nos permitiremos describir algunas de las más comunes  -limitadas por ahora al ámbito de la vía pública-, que el lector de pata al suelo podrá enriquecer de manera infinita con sus propias experiencias:


Cafradas de automovilistas en general:

·      Salpicar a los peatones con el agua bendita de los charcos.
·      Orillar a los ciclistas contra la acera para que  tropiecen y caigan como justo castigo por utilizar la calzada.
·      Tener permanentemente encendidas las luces direccionales para poder cerrar a los otros automóviles impunemente.
·      Pegarse al pito -claxon dicen los cursis- para arrear al carro que está adelante  aun cuando el semáforo no haya cambiado a luz verde.
·      Echarle el carro encima al peatón que cruza la cebra, aun teniendo éste derecho a la vía y a la vida, como reza la propaganda.

Cafradas de conductores de bus en particular:

·      Arrancar, girar  y frenar violenta, e intempestivamente, para que los pasajeros se caigan o se golpeen. Esta es su forma alternativa de acomodarlos.
·      Detener el bus cinco cuadras después de haber uno anunciado la parada.
·      Arrancar sin que el pasajero haya alcanzado a bajarse. -Esta cafrada es más efectiva cuando se aplica a ancianos y a señoras con niños pequeños-.
·      Decirle al pasajero que después le entregará el vuelto -teniendo con que darlo- para que al confiado usuario se le olvide reclamarlo después de 30 cuadras de viaje.
·      Decirle a uno que la ruta sí va a donde uno preguntó,  sabiendo que no es así. -mejor todavía cuando la víctima no tiene dinero para otro pasaje-
·      Poner champeta o, peor aún, reguetón a todo volumen en la cabina.
·      Instalar siete espaldares en una banca donde sólo caben cinco traseros.
·      Obligar a siete pasajeros a sentarse en esa banca bajo la amenaza de un “varillazo” -el cafre generalmente carga varilla, o si no, aplica aquello de que “no traiga machete, aquí le damos”-
·      No darle la gana  detener el bus para recoger ancianos o discapacitados.
·      Recoger y dejar pasajeros en la mitad de la calzada -con riesgo inminente para la vida del pasajero-
·      Hacer visita con los colegas en la mitad de la vía para que no puedan pasar los otros vehículos.

Sigue la lista, hay firmas, muchas firmas.


jueves, 16 de diciembre de 2010

Que Dios le conceda el doble de lo que usted me desea



"No busques que dar. Date a tí mismo" S.Agustín

En esta época de buena disposición de los corazones -a pesar de la venganza de los elementos- quiero extender a los queridos peatones que visitan este  blog la bendición que, a mi juicio, es el compendio  de los valores de empatía y alteridad:  

“QUE DIOS LE CONCEDA EL DOBLE DE LO QUE USTED ME DESEA”

Desde luego esta no es una sentencia tomada de san Agustín, sino que fue copiada de un aviso muy común -que los conductores suelen poner en las cabinas de los buses urbanos- generalmente seguido de otras advertencias no tan metafísicas y menos altruistas, como:

“NO TRAIGA MACHETE, AQUÍ LE DAMOS”

"ENTRE MÁS TIMBRE, MÁS LEJOS LO LLEVO" o,

“SI EL NIÑO ES DEL CHOFER, ENTONCES NO PAGA PASAJE”

Ahora bien, ante la andanada de palabras  trilladas y el tráfico de frases hechas, mejor comparto con ustedes  el silencio reparador, propicio para el encuentro  con la esperanza.

lunes, 6 de diciembre de 2010

Campeón de baloncesto interfacultades 2010 Universidad Nacional de Colombia

Por primera vez en la historia de la "Nacho" el equipo de baloncesto de la facultad de Artes se corona campeón, arrebatándole a Ingeniería el invicto de varios años. Nuestras sinceras felicitaciones a los "pelaos", extensivas a todos los amigos del "Alma Máter", incluyendo a los distinguidos exalumnos de Artes -aunque sin limitarse a ellos- que citamos a continuación:

María José Román (jugó basquetbol), Camilo Colmenares (ex futbolista del equipo de artes), Diana Galindo (le jala al voleibol), maese Celso Román y Patricia Gómez (que si acaso jugaron parqués), Raúl Osorio (guitarra), el maestro Tigre Garzón (no es como lo pintan).

Un caluroso abrazo.

PD: Al flaco alto de los brazos cruzados -de pie en la foto-, yo le enseñé a jugar basquetbol.

jueves, 2 de diciembre de 2010

Elogio del rebuscador




"Trabajando, para el pueblo, trabajandoooooo... trabajando en todo momento toda una vida me pasé yo, si usted quiere en estos momentos voy a contarle lo que hice yo. Para lograr mi mantenimiento, fui cocinero, fui pescador, fui carpintero, fui panadero, fui carretero y fui leñador...  fui comerciante, fui detallista, casamentero y enterrador, luego cartero, luego lechero, chicharronero allá en Bayamón... músico poeta y loco, de todo un poco he sido yo"
Canción "Trabajando" (Howy Lewis) cantada por Daniel Santos. Disco "Johnny y Daniel, los Distinguidos", 1.979, Fania Records.

Conviene aclarar de entrada que el rebusque no merece ningún elogio.  Porque el rebusque es sinónimo de precariedad, de opción alternativa a la falta de oportunidades y a la inequidad. Es el acicate de las autoridades para justificar el subempleo y la informalidad, para disfrazar sus estadísticas mendaces, en fin,  es el expediente al que tienen que acudir los más infortunados para no dejarse de morir de hambre.  Elogiar el rebusque sería tanto como elogiar la terapéutica ejercida desde ultratumba por el venerable José Gregorio Hernández, para curar la enfermedad.

El rebuscador, en cambio, y por supuesto la rebuscadora -en nuestro país la pobreza tiene rostro de mujer, dijo acertadamente una de ellas-, son ciudadanos, y aun menores de edad, que con su ingenio  y valentía intentan mitigar los apremios del destino. De esta suerte, los rebuscadores se suben a los buses para vender chocolates de Turquía con dudosa fecha de vencimiento, dan conciertos de arpa para amenizar los “trancones”, y narran cuentos capaces de arrancar sonrisas o lagrimones a los pasajeros abúlicos del transporte público.  Ni el Gobierno ni los empresarios avaros -no todos, desde luego- se ocupan de los rebuscadores. Pero ante su incapacidad para resolver los problemas sociales, los burócratas deciden bautizarlos. Y para tal efecto utilizan eufemismos tan ridículos como: trabajadores informales, habitantes de calle, adultos mayores, menores adultos, adolescentes en riesgo, mujeres cabeza de familia, discapacitados, “migrantes”, recicladores, “prostitución infantil”, ¡háganme el favor!, población vulnerable, y otras lindezas de tenor parecido.

Y los rebuscadores ocupan el espacio público, claro está. Tienden en los  andenes sus colchas con mercancías ordinarias, algunas candorosas, otras extravagantes; sus versiones “pirateadas” de los “best sellers” y de los estrenos cinematográficos; sus carritos adaptados para la venta de chicharrón y perros calientes, sus termos con tinto y agua aromática; sus maromas de saltimbanqui, sus canciones de Celia Cruz con karaoke y parlante de pilas, qué sé yo. Y eso ofende, es lógico, a quienes se  creen dueños del espacio público que accede a sus propiedades privadas.  De manera que llega la autoridad competente a retirar por la fuerza a los rebuscadores, con todo y sus mercancías; y acto seguido, ocupan el espacio público recién evacuado, las camionetas oficiales  de nuestros funcionarios públicos –con toda su caravana de escoltas- que duran estacionadas por horas en los sitios prohibidos, impidiendo el tránsito peatonal por las aceras -como pasa en Usaquén-, mientras ellos comen en los restaurantes de moda  por cuenta de nuestros impuestos.

Pocas veces he visto un cuadro más patético que un camión de la policía con las pertenencias decomisadas a los rebuscadores. Las bicicletas encaramadas a las malas sobre los carritos de hamburguesas lucen desamparadas sin sus dueños; las sombrillas destilan lágrimas terrosas por los pliegues de sus lonas desteñidas, y los cajones de dulces y chicles miran con desesperanza sus entresijos regados por el piso.

-“Aquí no hay oportunidad. Capacidades son las que tengo. Fíjese no más la capacidad de aguante. Pero estoy en desventaja. Cada día empezar de cero, buscando los tres golpes, si tuviera al menos el desayuno asegurado.”  -dice el vendedor del cuento de Aymer Zuluaga. Contundente.  Y eso es precisamente lo que yo elogio del rebuscador: su persistencia, su capacidad de volver a empezar cada día contra todo pronóstico, su desafío al absurdo.  Es que en Colombia “los héroes si existen”.

creditos foto: www.flickr.com

Héroes insospechados y clandestinos

“Los infinitos héroes desconocidos valen tanto como los héroes más grandes de la historia.” Walt Whitman Irene & Cia. Una muchac...