lunes, 31 de octubre de 2011

Justa Panamericana vs justa electoral




Los domingos suelo practicar baloncesto entre las diez de la mañana y las doce del día. Acto seguido, me doy un baño reparador y luego echo en la cama mis sufridos huesos para que descansen de su pesada carga (110 kilos) de grasa, músculos, nervios, arterias, órganos y tendones. En momentos como ese comprendo en toda su profundidad las palabras de Groucho Marx -citando a Harpo el jueves o a Chico el martes-, cuando afirma que: “No vale la pena hacer nada que no puedas hacer en la cama”

Pero ayer hubo elecciones regionales en Colombia, es decir, comicios para escoger  a 32 gobernadores, 1.103 alcaldes, incluido el del Distrito Capital, y no sé cuantos diputados y concejales que habrán de darnos ejemplo de probidad y servicio -perdonen la ironía pero me atraganto si no la digo-. De modo que madrugué a votar con la certeza de que mis candidatos no iban a ganar, justamente por ser competentes, bien intencionados, horros de codicia y ajenos a las maquinarias electorales. Con todo, ejercí mi obligación democrática para ganarme el derecho a criticar al mal gobierno. Así las cosas, luego de un baño reparador, eché en la cama mis huesos estoicos para que descansaran de su pesada carga (50 años) de ilusiones -no todas fallidas-, luchas -no todas perdidas- y perplejidades -que aún no me abandonan-.

Ante la ausencia de algo mejor que hacer, encendí el televisor para ver la última jornada de los Juegos Panamericanos de Guadalajara mientras se cerraban las elecciones.  Pero me atrapó la justa deportiva panamericana y olvidé por completo la “justa” electoral, que de justa no tiene sino el nombre, ya que, salvo dignísimas excepciones, quienes elijen son los que escrutan y no los que votan.

El hecho es que pude sentir, así fuera desde la humilde ventana de mi televisor, el aire puro que se respira en las competencias deportivas, donde no caben las marrullerías. Aquellos que tienen trato cercano conmigo saben que me estremezco con suma facilidad. De esta suerte, me emocioné casi hasta el llanto con las victorias deportivas de mis compatriotas, mujeres y hombres  valientes (24 medallas de oro, 25 de plata, 35 de bronce), cuyos esfuerzos nos granjearon un honroso sexto lugar en la justa -esta sí justa-  panamericana de Guadalajara 2011.

Se me dirá que un sexto lugar -entre cuarenta y dos- no es gran cosa; pero si se tiene en cuenta que nuestros deportistas vienen de un lugar con cuatro millones de desplazados por la violencia, donde el cincuenta por ciento de sus compatriotas están  por debajo de la línea de pobreza, un país con el más alto índice de desigualdad (0,58 Gini) después de Angola y Haití, y un esmirriado apoyo  oficial al deporte -la mayoría del presupuesto se va en la corrupción- entre otras lindezas, comprenderán que sus logros valen por cien.

Confieso que se me escapó un lagrimón al ver flotar ingrávido y elegante a un gimnasta de 17 años que se llama Jossimar Calvo y es de Cúcuta, una ciudad donde la gente es adusta pero cordial y muy trabajadora, y donde corre un río que se llama el Pamplonita, cuyas brisas refrescan a sus habitantes, uno de los cuales, de apellido Irwin, le compuso un bambuco en agradecimiento. Dios mío, pensé. Este muchacho -casi un niño-, compatriota mío y campeón panamericano, desafía no sólo la gravedad terrestre, sino también la gravedad de nuestra situación económica y social. Y lo mismo pasa -continué mi reflexión- con nuestros pesistas, medallistas de oro, que tienen que cargar el peso adicional de la falta de oportunidades. De allí el llanto de emoción, orgullo y valentía de la guapa samaria Mercedes Pérez cuando le colgaron el oro. Valoré todavía mas el triunfo de nuestras atletas de 400 mts, con y sin obstáculos, y salto triple, que se ganaron el oro aún teniendo en contra el viento de la corrupción de muchos de nuestros dirigentes deportivos. No recuerdo si fue Yenifer Padilla,  María Oliveros o Catherine Ibargüen quien dijo que el deporte nos permite soñar. Bien pudo ser cualquiera de estas tres hermosas deportistas, porque esa es una verdad de a puño que ellas refrendan día a día con su trabajo. Y así las patinadoras, y los ciclistas, y el campeón de bolos, y la pequeña gigante Mariana Pajón que vuela en bicicross, y los tenistas, y nuestro campeón de squash, en fin, toda esa constelación de colombianas y colombianos dignos de mostrar.

A riesgo de ser tildado de patriotero o sensiblero, confieso que a pesar de no ser adicto a los símbolos patrios mancillados por nuestros politiqueros, nunca me sonó tan nítido el himno nacional como en las premiaciones de nuestros deportistas. Nunca me pareció tan cálida la bandera tricolor como cuando se la pusieron de ruana nuestras campeonas y campeones para sentir el abrazo del terruño en los momentos de gloria.

Los triunfos de nuestros deportistas se extienden, por supuesto, a sus compañeros que no alcanzaron medallas, a sus entrenadores y a sus familiares que participaron activamente en sus esfuerzos y sacrificios, logros que obtuvieron no precisamente por el apoyo infrecuente de los directivos del deporte colombiano. Los ciudadanos de a pie les agradecemos sinceramente la alegría inmarcesible que nos brindaron. Ojalá que los burócratas del deporte les cumplan con lo prometido, si es que no están muy ocupados escrutando los votos de sus patrones.   

créditos foto: crisgomez1, www.flickr.com

martes, 25 de octubre de 2011

El venezolano


(A propósito del remoto y absurdo conflicto entre colombianos y venezolanos, tema que de vez en cuando ventilan los medios a falta de peores noticias)

¨Nadie más adecuado que un Venezolano para prologar un libro de amor a Colombia……En estos desquiciados tiempos los periódicos suelen hablar con malvada ligereza de una posible guerra entre Venezuela y Colombia…… Nunca, repito, tendrá lugar esa pelea fratricida que los consorcios petroleros y los fabricantes de armas apetecen…¨
Miguel Otero Silva, Caracas, 1.975

A los diez años de edad todo en la vida nos resulta extraordinario. Una ciudad desconocida, el tipo nuevo de la clase, los vecinos recién llegados, o bien un nuevo amigo; mas aún si es extranjero. Durante las vacaciones de mitad de año del 72 conocí a Alonso en el barrio La Magdalena de Bogotá, donde yo vivía. Era un niño de mi edad, mirada apacible y acento musical. En los columpios del parque Brasil nos observamos con desconfianza, pero luego nos integramos igual que gatos callejeros, merced a esa facultad automática que tienen los niños para crear lazos y que luego se pierde con la edad, como nos pasa con el pelo. Me intrigó su hablar cadencioso, así que le pregunté acerca de su origen. El me respondió que era venezolano, de una tierra desconocida, como dice el paseo vallenato de Carlos Huertas. Paseo vallenato -vallenato con v y no con b- es un delicioso ritmo  del caribe colombiano y no un periplo con el hijo de una ballena, valga la aclaración. ¡Otra vez mis digresiones!

El hecho es que aunque fuimos amigos inseparables durante las vacaciones, no tuvimos necesidad de saber nuestros nombres: yo lo llamaba simplemente, venezolano; y el me decía, colombiano, a secas. 

– ¿A qué hora nos vemos mañana, venezolano? - le preguntaba yo; 
-- como a las diez, en el parque, colombiano, - respondía Alonso. 
Vale. - convenía yo

Supe que el venezolano se llamaba Alonso Morante y que era de Barquisimeto un día que lo invité a almorzar a mi casa -casi al final de las vacaciones- cuando mis hermanas, dignas encargadas de la inteligencia hogareña, sometieron al pobre extranjero a un interrogatorio  al mejor estilo de la agencia de seguridad del Estado. Me enteré por el mismo expediente que se hospedaba en la casa de una tía solterona cerca del Park way, y que era único hijo. Es decir, nada importante cuando sólo se trataba de jugar y callejear.

Por esa época estaba reciente el diferendo limítrofe con el vecino país por las islas de Los Monjes, ubicadas entre la península de la Guajira en Colombia y el Golfo de Coquivacoa en Venezuela; de modo que circulaba en el ambiente el infundio de una eventual contienda entre los dos países hermanos. Alonso y yo, que no sabíamos nada acerca de la guerra -aparte de lo visto en las películas que pasaban en la televisión-, jugábamos a “darnos bala” desde nuestras trincheras invisibles, con tan mala puntería que nunca acertábamos a matarnos. Pero eso de la guerra cansaba mucho, y como al final ninguno de los dos quería morir primero, resultaba muy aburridor el juego. De manera que nos íbamos a la “Gata golosa” a tomar gaseosa.  

Hoy sabemos que es improbable una estúpida guerra fratricida. Pero entonces, en la óptica de nuestro candor infantil creíamos que algún día, cuando fuéramos mayores, tendríamos que enfrentarnos en la predestinada conflagración. De esta suerte nos comprometimos a que, cuando estuviéramos frente a frente en el campo de batalla -que nos imaginábamos en el puente internacional que une a Villa del Rosario de Cúcuta con San Antonio del Táchira-, ambos utilizaríamos balas de mentiras, como las de nuestro juego del parque Brasil.

Alonso Morante debe ser hoy un prestigioso hombre de negocios en Barquisimeto, o un gran artista, o un médico, o un afamado ingeniero, o un vago como el suscrito, qué sé yo. Eso sí, espero por su bien que no haya escogido la carrera de las armas, porque el uso de balas de mentiras arruinaría su reputación, o al menos mermaría peligrosamente su expectativa de vida por más arriscado que fuera. Sin embargo estoy seguro de que si algún día la soberbia de nuestros gobernantes -o candidatos a serlo- nos conduce a una guerra infame, Alonso y yo honraremos nuestro compromiso. Porque, al fin y al cabo, es menos aburrido ir a tomar gaseosa en la tienda del barrio con los amigos, que andar por ahí como insensatos echándose plomo con los vecinos. Cosas de niños.

(Foto: Alejo, tomada por H. Darío Gómez A.)

martes, 18 de octubre de 2011

Electojáfora jitanral

(Parque del Country, Bogotá. Foto de H. Darío Gómez A.)

Por: H. Darío Gómez A.

(A propósito de la próxima jornada electoral en las regiones)

Vayan a cotar en voro
por el cabo prondidato;
que mor ví gote hasta el pato
pa` alcaner un buen telde.

No voperdicien su desto
catableciendo a los rescos;
no belijan a reellacos
o su seto vorá en balde.

(Traducción libre del esperanto arcaico vociferado en las tierras boreales del trópico austral)

JITANJÁFORA ELECTORAL

Vayan a votar en coro
por el probo candidato;
que por mí vote hasta el gato
pa´tener un buen alcalde.

No desperdicien su voto
restableciendo a los cacos;
no reelijan a bellacos
o su voto será en balde.

viernes, 14 de octubre de 2011

Realización de saldos


Por H. Darío Gómez A.

Hoy subasto mis posesiones ilusorias en pública almoneda.

Vendo, si es que todavía la conservo, una enciclopedia autista con profusas definiciones sobre todo, e inútiles certezas sobre nada.

Negocio, si alguien quiere comprarlo, el terror atrapado en las páginas de la historia patria, y la oscuridad que lleva encima como eterna noche boreal.

Liquido igualmente mis discos de jazz: tóquenlos si los van a comprar. Y si los compran, tóquenlos si los van a transfundir a los sentidos; o, si no, no.

Regalo un telescopio con pocas constelaciones vistas, y un par de mujeres atrapadas para siempre en su lente atormentada por la cercanía imposible.

Despacho, con provechosa pérdida, un colchón relleno de cansancio y espuma como mis proyectos inconclusos.

Realizo asimismo otras pertenencias intangibles, igual que los sueños:
poemas enredados en los textos mancillados de un devocionario, candorosas imitaciones de Chagall imaginadas con crayones, fotos de carné con falsa dedicatoria: “esta copia para tu billetera; el original para tu corazón”

En fin, ferio efectos de poca monta, cosas fuera del comercio, boberías difíciles de vender, aun con provechosa pérdida.

lunes, 3 de octubre de 2011

“ANIMOSUCCIÓN”

(Escultura de Botero en el Museo de Antioquia, foto de H. Darío Gómez)

En reciente publicación restringida al honorable cuerpo médico, el Doctor Elías Foncelet ha expresado temerarias declaraciones tendientes a desvirtuar los beneficios terapéuticos y estéticos de la “liposucción” en el tratamiento de la obesidad. Es más, se ha atrevido a calificar de anodino tal procedimiento que, en su concepto, sólo contribuye a la producción masiva de estrías y frustraciones. El problema de la gordura, asegura, no está en los tejidos adiposos, sino en las células del alma. Basado en los principios de la medicina hipocrática, especula que si los átomos del alma son redondos y lisos como afirmaba Demócrito, -hipótesis que dice haber confirmado-, tales atributos propician una reacción en cadena cuando alguno de los cuatro humores del cuerpo humano – sangre, flema, bilis negra y amarilla- resulta estimulado por la acción de sentimientos de amor, odio, soberbia o perfidia según el temperamento de cada individuo. En buen romance, la teoría del Doctor Foncelet quiere significar que no es la cantidad de calorías consumidas por un sujeto la que determina su gordura, sino la reacción de las células del alma a los diferentes estímulos externos, según su temperamento humoral.

Piénsese por ejemplo en un peatón de tipo sanguíneo que es agredido injustamente por un conductor de bus urbano. El sujeto en cuestión se hincha inmediatamente de la ira, enrojeciendo como un buñuelo en aceite hirviente. -Nótese que hemos utilizado deliberadamente la figura del buñuelo que, para el caso, tiene una alta concentración de calorías, pero no tiene nada que ver con el aumento de volumen del sujeto del ejemplo-.

Los flemáticos por su naturaleza fría y calculadora son menos proclives a la gordura, pero con dosis suficientes de ironía y desdén pueden inflarse hasta unos niveles inconcebibles.

Finalmente está el individuo de temperamento bilioso, es decir, de mala leche. A esta especie pertenecen los sujetos envidiosos, los pérfidos y los traidores. Suelen entregarse estos individuos a rumiar sus envidias, traiciones y deseos de venganza como si para tal efecto tuvieran, como las vacas, cuatro estómagos. Esta actitud les produce un excesivo aumento en el tamaño abdominal, sin perjuicio, claro está, de los pavorosos castigos que les aguardan en el abismo.

Dentro de este contexto, la terapéutica indicada por el Doctor Foncelet para el tratamiento de la obesidad, consiste en la remoción de las células del alma, verdaderas causantes de la gordura insana y antiestética que tanto mortifica al doliente. Tal procedimiento, que Foncelet ha dado en llamar “animosucción”, tiene la virtud de liberar al paciente de las células innecesarias para el cuerpo, con los siguientes beneficios colaterales:

• Insensibilidad total, eliminando de tajo las reacciones sanguíneas, biliares y flemáticas a los estímulos humorales, que siempre derivan en la indeseable hinchazón del cuerpo.
• Alivio definitivo de los remordimientos, así como de los sentimientos innecesarios de compasión y asco.
• Supresión de las dependencias amorosas o afectivas que debilitan al sujeto volviéndolo falible, permeable y altamente vulnerable.

Previendo el posible espionaje científico de las transnacionales farmacéuticas, el Doctor Foncelet no ha querido presentar aún al honorable cuerpo médico los detalles de su procedimiento, actitud un tanto candorosa si se tiene en cuenta que los mercaderes de la salud descubrieron desde hace más de un rato el secreto para suprimir el alma, expediente que hasta ahora solo han aplicado a su propia conveniencia.

No es clara la relación de causalidad entre la terapéutica planteada por Foncelet y el adelgazamiento del paciente. Además, resulta poco consistente su teoría de las “reacciones humorales”. Sin embargo, con la supresión de las células del alma, el sujeto queda totalmente insensible aún a la vergüenza de padecer una obesidad indecente, efecto que al fin y al cabo, si no era el esperado, en todo caso le resultará útil.

Héroes insospechados y clandestinos

“Los infinitos héroes desconocidos valen tanto como los héroes más grandes de la historia.” Walt Whitman Irene & Cia. Una muchac...