viernes, 29 de abril de 2011

Metamorfosis de los Cines


(créditos foto: ruinas del teatro San Jorge -vestigios de Art Deco- , carrera 15 con calle 14, Bogotá. Foto de H. Darío Gómez A.)

Donde se habla de la extraña mutación que sufrieron los cines en Bogotá,  y el peatón pela  el cobre  evidenciando  su cursilería  con algunos recuerdos de antaño.

En Bogotá llamamos cine al séptimo arte, pero también al lugar donde se exhiben las películas.  Mi abuela Sofía, sin embargo, iba al cinematógrafo. ¡Que hermosa palabra! Ella es en sí misma un poema. Mas si yo dijera hoy: ci-ne-ma-tó-gra-fo, pasaría por anticuado o cursi, que para el caso lo mismo da. Qué le vamos a hacer; aun así me encanta esa palabra. La tengo guardada en una libreta de apuntes  -atada con una cinta elástica- junto a otras que también me gustan. Debo confesar que algunas veces escribo entradas de blog por el simple placer de escribir las palabras que me suenan bonito.  No se me puede culpar por esa inocente banalidad. Otros coleccionan latas de cerveza, láminas de Panini con los astros de la “champions league”, fotos de muchachas desnudas, qué sé yo, algo para contemplar en la intimidad. Yo colecciono palabras. Así, por ejemplo, tengo en mi colección la palabra “barrita”, pero no el diminutivo de barra, sino la tercera persona del presente indicativo del verbo barritar, que, dicho de un elefante, significa dar barritos. A su vez, "barrito" es el berrido del elefante, no un barro pequeño. Y digo que no me gusta “barrita” como diminutivo de barra, porque la barra debe ser siempre grande y generosa en todas sus acepciones. No me imagino yo una barrita de abogaditos o una barrita de oro; menos todavía una barrita de amiguitos, una barrita de chocolate o la barrita de un bar donde no pueda uno acomodar los codos para descargar la abulia.  Con todo, la palabra barrita en el sentido que me apetece resulta muy pequeña para el berrido del elefante, que, como todos sabemos, es un animal alucinante y descomunal. Pero ese es otro problema.  Lo difícil es acomodar la palabra que me gusta en los textos que escribo. La saco de mi libreta, ella se despereza –pues se encontraba muy a gusto arrellanada en una hoja-, la tomo por uno de sus bracitos con una pinza e intento acomodarla en un párrafo, pero es en vano.  No se deja. No se acostumbra a esa nueva “barrita de amiguitas”, de modo que toca volverla a guardar en la libreta -las palabras son caprichosas-. Pero el daño ya está hecho y el texto se publica.

Y hablaba de los cines.  En cualquier caso los cines,  o mejor, los ci-ne-ma-tó-gra-fos de Bogotá han ido desapareciendo para ceder el paso a las impersonales salas “multiplex” –qué palabra tan fea-,  embutidas en los centros comerciales no sin antes sufrir aparatosas metamorfosis.

En efecto, los cines de antaño –los cinematógrafos, ¡cómo me gusta esa palabra!- tenían su acceso desde la vía pública. Eran frecuentes  las filas kilométricas de personas los días de estreno, cuyo estoicismo admirable superaba las contingencias del clima. Sin duda eran verdaderos cinéfilos los que se criaban entonces. Los principales  cines de Bogotá quedaban en el centro de la ciudad y algunos en Chapinero.  Pero también los había de barrio, y eran los mejores; no en elegancia, claro está, sino en felicidad.  En estos entrañables refugios de la infancia y la adolescencia se intercambiaban “comics” y láminas de farándula, se casaban peleas con otras barras, -otra vez las barras- se amaba y se pecaba con intensidad, en suma, se soñaba y se ejercía la alegría con fundamento.  A riesgo de parecer nostálgico citaré  algunos cines de barrio: Arlequín, Cádiz, Miramar, Castellana, Americano, El Lago, Almirante, Chicó, Patria, Roma, Minuto de Dios, Santafé, Palermo, Pablo VI, Adriana, Trevi, Lucía, Avirama.    Las listas son por lo general excluyentes, falibles y caprichosas, así que me excuso de antemano por las injustas omisiones de la memoria.

Un día cualquiera, sin reparar cuando, los cines de Bogotá iniciaron su extraña metamorfosis. De tal suerte, estos templos sagrados donde alguna vez fuimos a ver a Charlton Heston en “Ben-hur”, se convirtieron por causa de nuestra infidelidad en “tarros” -así eran llamados los cines continuos con funciones rotativas- que exhibían dobletes de película mexicana con cine porno. Más próximos a su extinción, hubo cines que mutaron en galantes salas de “streptease” que alternaban con la exhibición de películas triple equis -¿recuerdan el Apolo en la calle diecisiete?-.  Hoy sobreviven algunos “convertidos”, si el término se admite, en iglesias apocalípticas para dejar de sufrir, o en tugurios comerciales.  Mas a pesar de todo, y merced al rescate oportuno de amantes de la cultura, unos pocos cines de antaño conservan su dignidad. Me llegan a la memoria: el Faenza con su vernáculo estilo  art nouveau;  el Arlequín, el Santafé, el Comedia, el San Carlos y la Castellana entregados felizmente a las tablas; el Cádiz incrustado en el corazón del Centro Nariño -y en el mío también-, el Minuto de Dios con su nombre tan metafísico. En fin, no son muchos más, pero nunca menos en mi inventario de linternas mágicas, donde alguna vez vi y oí barritar a  Tantor, elefante amigo de Tarzán -el  hombre mono de Edgar Rice Burroughs-.  Porque, como todo el mundo sabe, el elefante barrita. Fade out.


lunes, 25 de abril de 2011

Los serenateros de la Caracas con 54: ánimas siempre firmes



“A esa gente le toca muy duro. No acaban de acostarsen, cuando tienen otra vez que levantarsen.”
Un vecino.


Si la Ciudad de México tiene su Plaza Garibaldi, Bogotá tiene su playa de los serenateros en la Avenida Caracas con calle cincuenta y cuatro. En ese lugar se les ve tomando  el sol o chupando frío con el mismo estoicismo de un soldado de plomo. Mariachis, tríos y parranderos vallenatos permanecen allí dispuestos a servir las veinticuatro horas del día, trescientos sesenta y cinco días al año, tal como reza el eslogan de los cajeros automáticos de los bancos.

Y al igual que los banqueros, los serenateros carecen de alma. Pero a diferencia de estos, no es por avaricia sino que la fueron perdiendo entregándola gota a gota, generosamente, en cada canción.   El alma, además de otros usos que le atribuyen  religiosos y moralistas, es para los artistas el insumo  necesario para interpretar con fundamento boleros exquisitos, tangos sensibleros, sórdidas rancheras  y aun baladas cursis.  Ni que decir tengo que los músicos de la Caracas con cincuenta y cuatro se ven obligados a conseguir en el mercado negro  y a precios altísimos, cápsulas de extracto de soul para poder desempeñar el oficio.   

Es sabido de antiguo que los átomos del alma son volátiles, atributo que  dificulta su almacenaje. Sin embargo, los vendedores  de alma envasada, conocedores a su manera del espíritu humano,  han perfeccionado el reciclaje de suspiros de muchachas enamoradas (que no son otra cosa que burbujas de alma); han destilado asimismo el sustrato de tolerancia de las homilías de los curas, útil para las serenatas de reconciliación; y han extractado el espíritu desdeñoso de algunas divas de televisión, que los músicos insuflan con frecuencia a las canciones inspiradas por el desengaño. 

Se advertirá, entonces, que cuando el cliente enamorado es asaltado por las hordas de músicos que ofrecen sus trinos, deberá escoger  con sabiduría no sólo las canciones del repertorio, sino también el alma de los serenateros que las interpretan, no vaya a suceder que por falta de enjundia el agasajo a la mujer amada resulte insulso y tímido,  cuando se esperaba que fuera melifluo o devastador,  según el caso.

Créditos foto: de Héctor Merchán, www.flickr.com

lunes, 18 de abril de 2011

El espectro de mi acreedor


“he visto bajo el sol que ni es de los veloces la carrera, ni de los valientes el combate, ni de los sabios el pan, ni de los inteligentes la riqueza, ni de los instruidos la estima, porque el tiempo y la mala suerte alcanzan a todos” Eclesiastés (9,11)

Hace cinco años resolví no volver a contestar el teléfono de mi casa.  Me cansé de lidiar con un banco que se ha convertido en mi más amoroso seguidor: no ha querido olvidarme. De modo que cada cierto tiempo reanuda sus desapacibles incursiones telefónicas, obstinado en cobrarme una deuda, que, por principio de conducta,  no reconozco.  Soy muy testarudo y me niego a pagar lo que no debo, de suerte que nuestras diferencias están separadas por un abismo insondable.

El hecho es que el jueves santo rompí mi regla de oro, y cuando sonó el timbre del teléfono, en lugar de escuchar pacientemente los repiqueteos del aparato hasta su extinción, como acostumbro, me animé a contestar.  Era una muchacha –lo deduje por su voz de seda- que me dijo:

-          Hola, monis, prepárate porque ya paso por ti, y voy con todos los fierros.

Quizá por mi delirio de persecución la voz me resultó familiar, o al menos parecida a la de una de las telefonistas de la agencia de cobranzas. Yo pensé, entonces, que había llegado la hora señalada, y que de tal calamidad ya no me salvaría ni la ¡Maunífica![1]. Este banco, ¡carajo!, no respeta ni las fiestas de guardar, me dije; conque resolví prepararme para dar la pelea. Que el banco haya resuelto aplicarme la “capitis diminutio” incluyéndome en las listas negras de las centrales de riesgo por los tres pesos que dice que le debo, vaya y pase; pero organizar una incursión a la intimidad de mi hogar “por todos los fierros” –eso fue lo que yo escuché- en plena semana santa, si me pareció una exageración que no estaba dispuesto a tolerar.

Armado con un bate de béisbol que mantengo debajo de la cama –no sé para qué- y de una bacinilla esmaltada que guardo allí mismo –ya sabrán para qué-, me dispuse a defender con la vida mis fierros, a saber: la radiola "Motorola", el televisor "Philips" y la nevera "Westinghouse". Y sucedió que cuando inicié la guardia en la puerta de mi casa, bajó mi hijo adolescente con toda la parafernalia para acampar, y me preguntó:

-¿Qué haces ahí, pá?
-Aquí esperando a los ladrones del banco pa`recibilos a garrote, a ver si son capaces de quitarme mis pertenencias. –respondí.
-ah, bueno, pá, pero no vayas a salir así cuando llegue Mariana por mí,  con los fierros de la carpa, ¿bién? ¡es que te ves ridículo!

Y en efecto, ridículo me sentí, cuando acaté que me había dejado asustar en vano por el espectro de mi acreedor.



[1] Magníficat: oración que, según dicen, protege a los desamparados de los grandes males. "Él hizo proezas con su brazo: dispersó a los soberbios de corazón, derribó del trono a los poderosos y enalteció a los humildes, a los hambrientos los colmó de bienes y a los ricos los despidió vacíos". Una clara alusión a los banqueros, es evidente.

créditos foto: de Menta, www.flickr.com

martes, 12 de abril de 2011

Guía zurda de bogotá XII


(Plaza de San Victorino, foto de Oscar Edmundo Díaz, www.flickr.com)

San Victorino: el ágora del "pueblo soberano"
“eche veinte centavos en la ranura, si quiere ver la vida color de rosa.”
Raúl González Tuñón

Este no es un lugar  para visitar sin prevenciones.  En San Victorino, más que en otras latitudes de Bogotá, se cumple la teoría matemática de las catástrofes de René Thom; es decir, allí es más probable que se produzcan esos pliegues inesperados -como los llama Umberto Eco- en lo cotidiano. Un “raponazo”  al mejor estilo de “Pinini  el ladrón elétrico” constituye un claro ejemplo  de esos cambios abruptos e intempestivos que afectan la continuidad  del paisaje. Pero he allí su fuerza vital, su incontrovertible vocación de espacio caótico propicio para las sensaciones. 

Ahora bien, para no dejar el ejemplo trunco, aclaro que el tal Pinini  era un ladronzuelo del centro de Medellín -hace más de un rato según refería mi padre-, que  hurtaba a sus víctimas acudiendo al expediente de darles un golpecito en el codo -que a su vez producía un corrientazo-, obligándolas a soltar la bolsa, al tiempo que el ratero agarraba el botín y huía con lo ajeno. De ahí su apelativo de “ladrón elétrico”

Pero sigamos con nuestro acercamiento a este bizarro lugar. Tengo la convicción casi religiosa de  que a pesar de la reestructuración urbana que sufrió hace más de diez años, San Victorino no ha perdido su  condición de paradero de buses intermunicipales, de punto de encuentro de la provincia con la metrópoli, de torre de Babel.

Quiso un alcalde mejorar su aspecto con adoquines, echando abajo las horrorosas casetas comerciales de antaño, a donde no se atrevía a ingresar ni la policía como no fuera en piquetes, porque decían que allí se extraviaba la gente para siempre en un laberinto que se perdía en las catacumbas del río San Francisco. Pero a decir verdad, es difícil cambiar el carácter de un lugar a punta de concreto y baldosa. San Victorino, insisto, seguirá siendo una sempiterna feria de pueblo, un domingo perpetuo.

A mi modo de ver, el paisaje de San Victorino no da ni para un afiche de supermercado. Si acaso alcanzará para un fárrago de urbanismo o para un aburrido estudio de antropología ciudadana. Sin embargo, la plaza tiene un embeleso semejante al de las coperas de los cafetines periféricos: es atractiva y peligrosa a la vez.
(Detalle de la fachada del edificio Samper Brush. Foto de H. Darío Gómez A.)

En el costado norte de tan venerable sitio -en la Avenida Jiménez con Carrera décima-, se levanta el edificio Samper Brush, que, con sus hermosos decorados en piedra estilo “Art Nouveau”, contrasta con las demás construcciones del sector, donde parecieran estar reunidas todas las cacharrerías del mundo. Allí hay de todo: ollas, peroles, cubiertos, vajillas, cobijas cuatro tigres, sábanas, ropa barata y ordinaria,  bisutería, instrumentos musicales, esencias esotéricas, brujos que atan y desatan maleficios, libros de segunda, y de quinta –como los de Paulo Coelho-, lo mismo que restaurantes populares  y cafés frecuentados por calandracos y malandrines.   Y como en toda feria de pueblo, hay juegos de destreza y azar, tiro al blanco, carreras de roedores,  paseos en pony y carruseles de pedal para los niños.  También hay venta de “fritangas” de colores vivos y olores tan penetrantes, que hieren  incluso los olfatos más temerarios. 

No es fácil hacerle el quite a tanta humanidad cuando se intenta cruzar la plaza a las doce del día.  Quizá por eso es imposible sentirse solo en San Victorino. Ese roce social obligatorio, ese calor humano producto de la masa más que del espíritu, protege  incluso a los muchachos desharrapados que deambulan por sus calles  huyéndole a las autoridades y al frío de la desesperanza. 
(Artistas callejeros cantando la "buena nueva". Foto de H. Darío Gómez A.)

-“Es que allá está reunido todo el pueblo soberano, mijo” -me dice una vecina encopetada, asombrada porque me gusta ir a San Victorino a tomar un café mientras contemplo la gente pasar. 

-“Eso, hasta pecao será”. -Murmura.

Todavía no he descubierto que me atrae de ese lugar.  Debe ser algo relacionado con la física, con la atracción de las masas, o acaso la proclividad a lo siniestro que todavía me acompaña pese a la buena voluntad de la señorita Rodríguez -mi profesora del primer grado- No sé.  Lo cierto es que San Victorino es uno de esos parajes donde los mortales discurren  chiflados y felices, de espaldas al reloj del éxito y ajenos a la brújula de las convenciones.
(Intérprete de "Rancheras". Foto de H. Darío Gómez A.)

Con todo, querido peatón, si algún día se anima a ir por esos lares, no se quede allí después de las seis de la tarde. Es mejor retirarse con dignidad y a tiempo -como quien no quiere la cosa-, que permanecer "dando papaya" y arriesgando su integridad.


viernes, 8 de abril de 2011

Londoño y la Orquesta Filarmónica de Bogotá



“El infierno está lleno de aficionados a la música”

George Bernard Shaw

Mi amigo, el maestro Fabio Londoño, es desde hace varios años un destacado músico integrante de la Orquesta Filarmónica de Bogotá, cuyo talento como arreglista e intérprete de la flauta contribuyó, estoy seguro,  a que dicha institución ganara un Grammy -galardón que nos llena de orgullo a los bogotanos-.  Pero en el salón de clases él era simplemente, Londoño Ramírez Fabio Alberto, un niño magro y tranquilo, con su pupitre ubicado al lado izquierdo de un tal Gómez Ahumada Héctor Darío, muchachito pecoso y desabrido.  De los compañeros del colegio podremos olvidar los nombres, pero nunca sus apellidos, ni su cara, ni su forma de caminar o de agarrar el lápiz.  

Londoño era, pues, mi vecino de pupitre en el séptimo grado del Calasanz, cuando el colegio quedaba en el barrio de  “la Castellana”, y donde éramos formados en la piedad y las letras”.  No habría en esto nada digno de contar, salvo nuestra afición por la geografía. Ciertamente no éramos los más fuertes, ni los más rápidos, tampoco sabíamos jugar fútbol, lo  que constituye la mayor muestra de ineptitud social en un colegio de varones.  De modo que practicábamos la geografía.  Durante algunos recreos, así no estuviera lloviendo, nos quedábamos en el salón de clases compitiendo en conocimientos sobre las capitales de los países del mundo.  Ahora que lo pienso, tal expediente era nuestro mecanismo de defensa contra la marginación escolar. Fabio siempre fue mejor que yo en Geografía -él era aplicado- y en las otras materias, claro está; pero es del orbe y sus ciudades que estoy hablando, tópico al que no le he perdido el gusto después de 37 años.  Londoño era muy bueno en eso de las capitales, porque, además,  tenía el Almanaque Mundial del año con toda la información actualizada. 

Mientras él memorizaba las capitales, yo jugaba a viajar a través de las fotografías e ilustraciones del texto de Geografía.  Me imaginaba cruzando en patines la Avenida 9 de Julio de Buenos Aires, la más ancha del mundo según decía el libro; o caminando de noche por el borde del puente interminable sobre el río Danubio que une  las ciudades de Buda y Pest, igual que el puente sobre el Magdalena conecta a Girardot con Flandes[1], conjeturaba yo. Y continuaba mis reflexiones "geopolíticas" bregando entender al profesor Lizcano, el grande[2], cuando decía que "el río une y la montaña separa"; porque, pensaba yo, si no hay puente ni embarcaciones robustas, entonces un río ancho y caudaloso separa los pueblos ribereños que se miran con desconfianza; en tanto que la montaña une dos valles, igual que un amasijo de papel marché -que simula una cordillera- une los dos pedazos de la cartulina rota del mapa escolar en relieve. En esas me la pasaba, de manera que cuando llegaba el momento del concurso, y Londoño me preguntaba por la capital de Mongolia, yo a duras penas había llegado con mis patines imaginarios hasta el obelisco ubicado en la mitad de la Avenida 9 de Julio, conque sólo acertaba a balbucir disparates. Él, en cambio, contestaba sin vacilar la capital de un país africano que,  guiado por mis ojos cerrados, yo señalaba en el mapa con el índice de mi mano izquierda: “Liberia, capital Monrovia.

Londoño era infalible y juicioso, como sigue siéndolo ahora. Por eso está donde está, y sin duda sus conocimientos geográficos le habrán sido útiles en sus giras filarmónicas por el mundo.  Sin embargo yo, fiel a mi formación calasancia, no tanto en la piedad como en las letras, sigo perdido en los libros vadeando ríos, esquivando meandros, cruzando valles, asomándome a los acantilados, vagando por penínsulas y golfos, ascendiendo cumbres, o acaso cortando caminos; y lo peor, sin seguro contra accidentes geográficos; pero eso sí, con los ojos bien abiertos, y los oídos dispuestos a distinguir la flauta de mi amigo Londoño, cuando asisto algunos sábados al Auditorio León de Greiff de la Universidad Nacional para disfrutar los conciertos de nuestra querida Orquesta Filarmónica de Bogotá.


[1] El municipio Tolimense, es evidente, pues el otro, el condado de Bélgica,  produjo pintores flamencos mientras que en el nuestro se preparan inmejorables viudos de pescado.  Aclaración innecesaria que tocaba hacer por puro nacionalismo trasnochado.
[2] Porque estaba también el otro Lizcano, el chico, su hermano para más señas, que dictaba aritmética y geometría, y era una mierda.

Creditos foto: Orquesta Filarmónica de Bogotá, www.flickr.com

lunes, 4 de abril de 2011

Reivindicación de la arruga, defensa de la estría




A mi me gustan las mujeres de verdad.  Me gustan las "modelos" robustas de curvas generosas que aparecen en “Televentas”, como lucían antes de aplicarse el tratamiento  para eliminar  el exceso de grasa abdominal  o las estrías de las caderas.  Me gustan la arrugas precoces de las damas cincuentonas, y sus “patas de gallo” donde se columbra  el uso intenso de la vida, para bien o para mal -como dice el bolero-  pero uso al fin, ejercido sin avaricia, por demás inútil.

Sin embargo,  en criterio de los laboratorios cosméticos Vichy, “la arruga no es bella según ellos”; y para afirmar tal disparate, se apoyan en el resultado de un estudio poco serio que dieron en bautizar con el embeleco de: “Las arrugas de las mujeres vistas por los hombres”.  ¡A mí que no me incluyan en esa estúpida generalización! Pero la amañada encuesta es aún más temeraria, al concluir que el único defecto que los hombres no perdonamos a las mujeres –salvo a las madres y a las abuelas- son las arrugas. Falso. A los hombres de verdad –no sólo a los de mi edad media, sino también a los más jóvenes- nos gustan las mujeres de verdad, con sus estrías coquetas -que son como huellas de la generosidad con que dan la vida, y a veces son signos de la desmesura, qué más da-; y se nos van los ojos por las señoras con incipientes “patas de gallo” que enmarcan sus miradas con un halo de inteligencia y misterio. Nos gustan asimismo las damas con sus redondeces espléndidas de fruta en sazón, en cuyos escotes se asoman tímidamente las  líneas sutiles de la dulzura.

De modo que descreo  en la encuesta de marras, y tengo para mí que fue dirigida a una muestra de hombres “metrosexuales” o de modistos entecos, cuyo pobrísimo concepto de la belleza femenina se limita a las modelitos anoréxicas de “Vogue”.  No podía ser de otra manera, es evidente, ya que la encuesta fue ordenada y financiada por los laboratorios que producen las cremas antiarrugas.

Con todo,  estas perniciosas encuestas que no reflejan la verdadera opinión masculina, logran calar en la sensibilidad de algunas mujeres, en detrimento de su autoestima que resulta injustamente vulnerada. Por eso les digo a las mujeres de carne y hueso -más carne que hueso o más hueso que carne, todas encantadoras-, que los hombres de verdad, los que las vemos pasar por la calle, en la oficina, o en el autobús, admiramos su belleza real, más allá de las marcas que han dejado en su piel los besos lascivos de Cronos.

Claro está que existe uno que otro güevón que se toma en serio la entelequia de que sólo la mujer sin arrugas es bella. Pero a ese le digo lo que cantaba el poeta frances, Georges Brassens: "El que es güevón, es güevón, la edad no tiene nada que ver"

créditos foto: galería de María Gámez, encuentro con mujeres en Málaga, www.flickr.com

viernes, 1 de abril de 2011

Discurso con perspectiva y equidad de gener@



Señoras y señores, señoresas, señoritas, señorotes, señoratrices, señoruelas, señoronas, señoritas, señorones, señoros;
Mujeres y mujeros, mujeresas, mujeretrices, mujeras, mujerzuelas, mujercitas, mujeronones, mujerucas, mujerazas, mujercillas, mujerucos, mujercicas, mujerotes, mujerzuelos;
Hombres y hombresas, hombretrices, hembras, hombras, hembrotas, hembritas, hombros;
Damas y damos, damesas, damotas, damiselas, damatrices, damitas, damazuelas, damozuelos;
Niñas y niños, niñesas, niñitas, niñicas, niñatrices, niñotas, niñotes, niñicos;
Compañeras y compañeros, compañeresas, compañetrices, compañeritas, compañerotas, compañorones;
Caballeros y caballeras, caballeresas, caballeretrices, ¿caballerizas?, caballerías, caballerotes de largas y de cortas cabelleras;
Humanas y humanos, humanesas, humanatrices, humanotes, humanazas, humanozuelos, ¿humanoides?;
Todas y todos, todesas, todatrices, toditas, todotas, todazas, todotes, todetas:

Este es un discurso inclusivo e “incluyente”, inclusive; un discurso con perspectiva y equidad de género, pero me avisan que se me agotó el tiempo concedido, así que les, las, los, l@s pido perdón si en la introducción dejé a alguna o alguno, a algunesa, a algunatríz, a algunita, a algunote, en general, a la algunería, por fuera.

Gracias

foto tomada por H. Darío Gómez A., "Jazz al Parque, Bogotá, 2010

El canario que descubrió que los trinos en twitter eran lo suyo

(Créditos foto: www.flickr.com) “A la abeja semejante, para que cause placer, el epigrama ha de ser pequeño, ágil, pica...