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martes, 28 de junio de 2011

Pasaje redondo (cuento) pseudo odisea por entregas, (I) primera entrega

“Como todos los grandes viajeros -dijo Essper- yo he visto más cosas de las que recuerdo y recuerdo más cosas de las que he visto”
Disraeli



Por: H. Darío Gómez A.

A instancias de mi hermana -siempre protectora- estoy aquí sentado frente a la computadora, intentando iniciar un diario para consignar en él mis reflexiones, esperanzas y frustraciones. Según ella, con este ejercicio “literario-espiritual” podré disipar las sombras que se ciernen sobre mi alma, dejando aflorar los sentimientos positivos que todavía subyacen -cree la pobre- bajo la coraza burda e impenetrable con que he blindado mi existencia.

Debo confesar que me resulta difícil acometer un proyecto de tal magnitud, más aún cuando soy refractario a manifestar mis opiniones sobre cualquier tema, no tanto por prudencia, como por un mezquino desdén que evidencia mi falta de interés por lo que sucede a mi alrededor. Nihilismo trasnochado lo llama mi hermana. La verdad es que siempre he tenido una ridícula aversión por lo que se me antoja cursi: los diarios personales me parecen concebidos únicamente para quinceañeras soñadoras que los llenan con anécdotas insípidas en el “Hard Rock Café”, o con citas grandilocuentes y manidas de Paulo Coelho. Con todo, me he propuesto sacar adelante este diario, más por disciplina, que por convicción acerca de sus propiedades terapéuticas.


LLAMADME DANIEL

“…no vayas, pero si tienes que ir saluda a todo el mundo.”
William Saroyan (Cartas desde la Rue Taitbout)

Compré un pasaje redondo (Bogotá – Miami – Bogotá), consciente de que no utilizaría el de regreso. Lo hice, sin embargo, para no despertar sospechas entre los funcionarios de inmigración a mi entrada a los Estados Unidos, ya que mi visa era de turista.

Después de varios meses de reflexión y con mis restos de fortuna en el bolsillo, se me ocurrió que la única salida para acabar con el desempleo de casi un año era viajar al país del norte. Así que vendí a pérdida o regalé los bártulos salvados de mi naufragio personal y me embarqué a la Florida en un vuelo de COPA vía Panamá. Guardadas las proporciones, me sentía como el "Ismael" de Melville zarpando del puerto de Nantucket para huir de una vida vacía y sin esperanzas, como la de tantos colombianos de clase media que fuimos educados con esfuerzo enorme -incluso a costa de la ruina de nuestros padres- dizque para dirigir el país, cosa que, evidentemente nunca logramos. Mi madre que hasta el día de su muerte albergó la esperanza de verme en mi bufete de abogado, creía que mi don de gentes -como candorosamente lo llamaba ella-, combinado con el buen juicio que me atribuyen, harían de mí un extraordinario hombre público. Sobra decir que no pude cumplir con la promesa que en tal sentido le hice, in artículo mortis, pues las circunstancias económicas y políticas del país que propiciaron la exclusión social y la concentración del poder y la riqueza, hicieron que me estrellara contra el piso. Mi padre, a pesar de todo optimista sobre el futuro del país -al fin y al cabo conservador-, consideró mi salida de Colombia como un acto de cobardía e insensatez, pero preferí desilusionarlo a continuar en el país al lado de tantos compatriotas erráticos y orgullosos como yo, miembros de una clase media-alta vergonzante, convertida en pobre de la noche a la mañana.

Salí de Bogotá un domingo al medio día en un vuelo lechero que hizo escalas en Ciudad de Panamá y en San José de Costa Rica. Durante el viaje tuve que compartir la banca con un ejecutivo de ventas que rebosaba felicidad en su primer viaje de negocios a Miami por cuenta de la Compañía.

-La ventaja de Miami es que está muy cerca de los Estados Unidos -dijo a manera de chascarrillo. Y le asistía algo de razón, porque en el sur de la Florida es difícil encontrar angloparlantes.

-Seeemm, y además es posible encontrar allí uno que otro gringo, -respondí irónico.

El vendedor de marras debió notar el tono desdeñoso de mi respuesta pues no volvió a hablarme durante todo el trayecto. Siempre me ha llamado la atención el sentido acartonado de dignidad que tienen los vendedores: ponen su mejor cara para romper el hielo e iniciar la venta, continúan con una sonrisa cálida al comprobar que han cautivado nuestra atención, y no cesan de alabar nuestra clase e inteligencia hasta asegurarse de que hemos estampado nuestra firma en un programa de tiempo compartido en las islas Bikini o en una póliza de exequias que incluye, sin costo adicional, la despedida del difunto con Mariachis. Mas si no logran captar nuestra atención después de atacar con su artillería meliflua, se retiran con insolencia y nos dejan en paz dirigiéndonos esa mirada compasiva que se merece según ellos todo perdedor; o loser, cómo no, esa palabrita lapidaria que pusieron de moda las series de televisión sobre “teenagers”, y que determina la anulación del individuo en el mundo excluyente y banal del culto al éxito.

Después de casi seis horas de tedioso viaje llegué al aeropuerto internacional de Miami donde nadie me esperaba, salvo una cadena interminable de pasarelas eléctricas que me hicieron recordar a Ramón Gómez de la Serna cuando afirmaba que: “me inquieta esa sensación de inmovilidad sin saber que estamos siendo irremediablemente conducidos hacia la fatalidad”. El oficial de inmigración fue tan soberbio y previsible como sólo pueden serlo estos sujetos, que, piadosamente, creen ser los custodios de las puertas del edén, los guardianes del destino, los hados de la fortuna. Los detalles del proceso resultan entonces innecesarios: una mirada inquisidora inicial, las preguntas de rigor, la revisión de los documentos de viaje, el suspenso de la espera ante la pantalla de la computadora, y finalmente la sonrisa bonachona de quién nos premia, tal vez sin merecerlo, con una entrada temporal al paraíso terrenal: la I-94.

(continuará en la próxima entrada)

créditos foto: de TillinKa, www.flickr.com

jueves, 16 de junio de 2011

Fax


Por: Darío Gómez (1.994)

Respetada Señora:

Acuso recibo de su hoja de vida con foto
enviada vía fax.
No obstante, me pareció
que el papel térmico se estremeció
con el contacto tibio de sus labios.
Yo nunca he confiado en esos aparatos
y temo por su integridad.
De modo que le ruego
enviarme sus besos
en original.

créditos foto: www.flickr.com

miércoles, 8 de junio de 2011

En la zona del impacto


http://3.bp.blogspot.com/_jyc2fw3w9hM/TDPuZlCjpII/AAAAAAAAAKg/J1ac4CRwe2M/s1600/meteorito.jpg"Un aerolito gigantesco se acerca a la Tierra con velocidad de
mil kilómetros por segundo. ¿Es usted hombre de ciencia? Conteste
rápidamente sí o no, para saber lo que anda haciendo en la zona del
impacto." Juan José Arreola.


Por: Darío Gómez

Como ya no es propicio el momento para la huida,
sólo me queda degustar el turgente fruto de la parsimonia.
De modo que declino mi inveterada lucha contra la báscula,
pues al fin y al cabo en el vacío el peso importa poco.
Más bien aprovecho el nanosegundo de vida que me resta para preguntarme:
¿Qué ando haciendo justo en la zona del impacto?
Acaso imaginar trillones de quarks regados por el suelo,
como piezas vagas del rompecabezas del mundo.

creditos foto:www.flickr.com

miércoles, 1 de junio de 2011

Recetario del rebusque X

créditos foto: Juan Camilo Bedoya, www.flickr.com 

“…el chocolate es el único plato que los nativos de la Nueva Granada pueden hacer sabroso…”
John Stewart, viajero escocés de paso por Santa Fe en 1.835, citado por Cecilia Restrepo y Helena Saavedra en su libro “De la sala al comedor”

En la Florida venden chocolate esotérico y afrodisíaco

El chocolate debe ser espeso y bien batido; o si no, no. Así le gustaba a mi abuela Sofía y así le gusta a su nieto, por buen nombre Darío.

Cuenta un cronista de indias que durante la colonia algunas damas peninsulares se aficionaron tanto a esta bebida del nuevo mundo, que solían consumirla incluso en la iglesia antes de los servicios religiosos. Esta costumbre impía fue condenada so pena de excomunión por un cura de la Nueva España que murió envenenado, según dicen, a manos de las excomulgadas. Sólo Dios sabe si fue la teobromina cuyo efecto voluptuoso indujo a estas buenas señoras a cometer el homicidio del santo varón, o se trata de un chisme histórico sin fundamento propalado por viejas pacatas. El caso es que le atribuyen al chocolate poderes afrodisíacos e influencia en el ánimo. Por algo será.

Desde luego los capitalinos, como nuestros ancestros vernáculos, somos adictos al cacao. Y para satisfacer ese hábito inveterado, en la pastelería Florida de la carrera séptima con calle veintiuna, sirven en taza generosa el mejor chocolate de la ciudad. Claro está, salvo mejor criterio de algún lector de pata al suelo, que en cualquier caso deberá aportar pruebas contundentes de su afirmación. De manera que no hay que dejarse confundir por el aviso del establecimiento en cuestión donde se lee: “PASTELERÍA FLORIDA”. En realidad la Florida es una chocolatería donde también sirven exquisitos pasteles. “El nombre no es la cosa”, decía con frecuencia el profesor Carlos Gaviria, y ahora entiendo mejor su dicho metafísico. Por consiguiente, el apelativo de pastelería se dice en un sentido meramente convencional que no afecta para nada su condición -merecida- de ser la chocolatería más acogedora del centro de Bogotá.

He probado en mi vida chocolates de muchas calidades: ora aguados, ora grumosos, algunos aromatizados y otros, francamente insípidos. Pero el de la Florida tiene el equilibrio de la bebida perfecta. Afirman los que saben, que tan sabrosa preparación fue reinventada por don Eduardo Martínez, alquimista del cacao, hace más de setenta años. Hoy sólo sus descendientes iniciados en el oficio conocen la fórmula secreta. O sea que el de la Florida es un chocolate esotérico y afrodisíaco que propicia las reminiscencias, los atentados contra el clero -si nos atenemos a la historia, Dios no lo permita-, las declaraciones de amor y aun el encuentro furtivo de los amantes. Yo de ustedes me animaría a probarlo.

PD: Esta no es una entrada patrocinada, ni me pagan por publicarla. Sin embargo, no pierdo la esperanza de recibir un chocolatoso cheque a vuelta de correo, de parte de los amigos de la pastelería Florida.