lunes, 26 de noviembre de 2012

¿Miseria de la cultura o cultura de la miseria?



"Para todo arte se necesita la técnica, se impone el saber. No debemos fiarnos del genio ni de la intuición; se precisa estar en posesión de la ciencia; la escuela, el aprendizaje son necesarios."

Ramón Vinyes, el sabio catalán de Barranquilla.

Si nos atenemos a la definición generalmente aceptada de cultura (salvo que las definiciones son peligrosas), podríamos afirmar que es el conjunto de rasgos distintivos en virtud del cual los miembros de una colectividad  nos reconocemos mutuamente y nos diferenciamos, al mismo tiempo, de otros colectivos.  En otras palabras, es viable sostener que cultura es la cosmovisión de un grupo humano que determina sus creencias, tradiciones, valores, modos de vida y manifestaciones artísticas. Ahora bien, esta cosmovisión (cultura), en tanto concepto holístico, influye necesariamente en el desarrollo de una sociedad, como quiera que las prácticas culturales de un pueblo afectan positiva o negativamente los componentes económico, social y ecológico de su desarrollo. No en vano la cultura se ha constituido en el cuarto eje del desarrollo humano sostenible, al lado de los ejes ecológico, social y económico (Río + 20).

Nuestros ancestros muiscas, más sabios, le rendían culto al agua. Desde su cosmovisión -si nos vieran hoy-, ellos no concebirían que en lugar de ofrendas doradas, sus descendientes postmodernos estemos entregando a los cuerpos de agua toneladas de basura y desechos industriales. No podrían comprender cómo unos mercachifles se apoderan del líquido sagrado y vital para venderlo en botellas plásticas de “Postobón”. De otra parte, resulta descorazonador ver como la gastronomía vernácula está siendo reemplazada por comidas exóticas, hasta el punto de ser marginada socialmente en algunos casos. El agua de panela, pongamos por caso, con todas sus virtudes alimenticias, medicinales y energéticas es una bebida mal vista en ciertos entornos, siendo reemplazada por otras energizantes de dudosa salubridad. En fin, lo anterior es sólo para resaltar el hecho, acaso evidente pero invisible, de que la cultura está inmersa en todas nuestras actividades cotidianas e incide de manera directa en nuestro nivel de desarrollo. 

Sin embargo vivimos tiempos descoyuntados en los que las carencias y las dificultades sólo nos permiten pensar en la sobrevivencia diaria, teniendo que dejar muchas veces de lado el cultivo de la belleza. En cualquier caso, la cuestión no es  discutir si estamos ante la miseria de la cultura o la cultura de la miseria, sino de  ser propositivos en la integración de la cultura al desarrollo humano sostenible. ¿Debemos renunciar al cultivo del espíritu para dedicarnos únicamente a mitigar el hambre y a sobreponernos a la violencia inveterada que nos asuela? Definitivamente no. Nos corresponde, entonces, conciliar el componente cultural con lo ecológico, lo social y lo económico en busca del desarrollo humano a través del fortalecimiento de la autonomía de los individuos y de los pueblos, así como del capital humano y social de sus integrantes, entendido como la capacidad de interactuar y de reconocernos, para seguir cultivando la flor de la belleza.

(créditos foto: de A. Gómez, www.flickr.com)

martes, 13 de noviembre de 2012

Manuel Ancízar, bicentenario de un viajero impenitente

(Puente colgante sobre el "río de oro", Girón, Santander, Colombia. Foto de H. Darío Gómez A.)


"Detrás de mí dejaba a Bogotá y todo lo que forma la vida del corazón y de la inteligencia: delante de mí se extendían las no medidas comarcas que debía visitar en mi larga peregrinación".

Manuel Ancízar, "Peregrinación de Alpha"

No podía dejar pasar desapercibido, sin cargo de conciencia, el bicentenario del nacimiento de don Manuel Ancízar (Fontibón, Cundinamarca, 1812), científico y humanista, pero sobre todo viajero curioso que recorrió gran parte del suelo patrio a caballo, a lomo de mula -y a pie, cómo no-, para hacer un levantamiento de la geografía económica, cultural y social de la incipiente república de la Nueva Granada, amén de sus actividades como periodista, diplomático, jurista, fundador y rector de universidades. Pero es su faceta de viajero impenitente la que hoy quiero resaltar en este blog, por considerarlo colega, no obstante mi humilde condición de peatón.

Baldomero Sanín Cano –otro gran humanista colombiano- afirmó  alguna vez que se puede conocer la naturaleza de la raza humana haciendo el análisis literario y filosófico de unos cuantos libros de viajes. Quizás don Manuel Ancízar comprendió, mucho antes, que era necesario acometer personalmente esos viajes para conocer de primera mano las inquietudes, esperanzas y aulagas de un pueblo rural que -en el año del señor de 1850- se asomaba despistado a la vida republicana. Y como prueba de su trabajo enjundioso, que realizó merced a su participación en la Comisión Corográfica bajo la dirección de Agustín Codazzi -errante también-, nos dejó un libro de crónicas que dio en llamar “Peregrinación de Alpha”, cuya lectura recomiendo a los amantes del terruño.

Su periplo científico se inició en Bogotá y se extendió a las provincias del altiplano cundiboyacense, Santander y parte de la cuenca media del río Magdalena. Ancízar  incluyó en su obra descripciones casi fotográficas del paisaje, los usos, la orografía, la hidrografía, la música, las comidas, la arquitectura, en fin, de la agricultura y el comercio. Acaso quería replicar, a su manera y en palabras escritas con todo el rigor científico, el mapa fidedigno del territorio, como sucedía con los cartógrafos perfeccionistas del relato de Borges "que levantaron un mapa del imperio que tenía el tamaño del Imperio y coincidía puntualmente con él".

Sin embargo -da vergüenza reconocerlo-, su nombre es poco conocido en Colombia. En nuestras escuelas no se enseña su legado a la geografía económica, social y cultural del país. Su vida fue una lección permanente de rectitud, generosidad, modestia, pensamiento crítico y tolerancia. Sus aportes a la ciencia y a la cultura nacional, innumerables. Con todo, este ilustre varón, el "Serenísimo Gran Maestro", pidió a sus familiares que, llegado el momento del viaje sin regreso, no lo inhumaran en un mausoleo. Fue plantado sin ceremonia el 22 de mayo de 1882 –como un árbol venerable y sabio- en una tumba discreta del cementerio central de Bogotá, lejos de ostentosos personajes y políticos roñosos, es decir, como corresponde a un hombre decente. 

De vez en cuando visito su tumba para contagiarme de su sapiencia e inspirar mis pies, ávidos de kilómetros, con el espíritu libre de sus zapatos gastados de viajero impenitente. 


miércoles, 7 de noviembre de 2012

Carta (nunca abierta) a Berenice

Por: Darío Gómez (el peatón)

(de "Buzón de correspondencia devuelta")

Berenice:

No sé si alguna vez habrá notado mi presencia en el Café Pentágono. Con esta enorme humanidad que llevo encima como una coraza de rinoceronte es difícil pasar desapercibido; y no lo digo precisamente por mi buena figura -que evidentemente no tengo-, sino por el tamaño de mi perplejidad y el peso de mis dudas. Estoy más cercano a la brutalidad del oso que a los ademanes marciales y ridículos del maestro de ceremonias del circo. El hecho es que, como animal grande y sensitivo, me esfuerzo por estar intensamente vivo, de modo que me río con frecuencia y estruendo y me enfado con vehemencia, aunque sin violencia ni rencor. De esta suerte reúno en un solo cuerpo las culpas de la humanidad pero también su inocencia. Y así es como las convido, sin pudor, a tomar café en el Pentágono, establecimiento que, como usted bien sabe, no es tan reservado y seguro como su homónimo del Estado de Virginia, al lado del río Potomac.

En cambio yo si percibí desde el principio su presencia sin mesura, su encantador semblante de mujer en sazón, ¡y qué sazón!. Usted entró una tarde al Pentágono para hacer una llamada telefónica, iluminando con sus ojos la estancia. El embolador, un tipo canijo y desmueletado que intentaba sacarle inútilmente brillo a mis botas de cuero graso adivinó la curiosidad en mi rostro y me dijo, sin necesidad de preguntarle, que su nombre es Berenice, la vendedora de unas rifas "muy" exclusivas. Yo me quedé contemplándola como a la Eva de Durero, ensayando una sonrisa en la mitad del cosmos, tratando de inventar una ocurrencia para halagarla, pero su resplandor me cegó como las luces plenas de un Transmilenio que se viene encima y entonces se cayeron de los anaqueles de mis recuerdos todas las Berenices: Berenice, reina de los Ptolomeos; Berenice, reina de los Cirenáicos y de los Seléucidas; Berenice, reina de los Egipcios; y pensé asimismo en otras dos Berenices, princesas judías, hijas de Herodes el Grande y de Herodes Agripa respectivamente, y no porque yo tuviera una cultura universal, sino porque me lo contó otra Berenice, una muchacha triste -no tan hermosa como usted-, que tocaba un violín rosado en los parques; y se me vino también a la memoria un cuento de Edgar Allan Poe que lleva por título “Berenice”; y recordé con candor infantil a Berenice, la primera mujer que ví desnuda en mi vida, bañándose a totumadas en el lavadero de una finca en San Antonio de Tena como una sirena de tierra templada, en fin, Berenice, nombre de origen macedonio que significa “portadora de la victoria” según me dijo un amigo muy culto, y entonces concluí que el suyo es un nombre predestinado a una mujer que vende billetes de rifas exclusivas en los cafés de la novena o a una gitana que dice la buena ventura.

Mas cuando regresé de mis divagaciones usted ya había culminado su llamada, conque salió del establecimiento escoltada por las miradas trastornadas de todos los sujetos que ocupábamos las mesas sin oficio ni beneficio con una taza de café dilatada hasta el infinito, tal vez esperando la fatalidad mientras escuchábamos sórdidos tangos que nos recordaban que “La juventud se fue...Yo ya no espero más...Mejor dejar perdidos los anhelos que no han sido y el vestido de percal”, y que, la pastora “se ha caído al pedregal de donde ya no volverá porque una estrella la llevó donde se va sin regresar”. Y yo le pedí sinceramente a Dios que no le fuera a pasar a usted lo de la pastora, porque aún tengo algo que decirle, no sé qué, pero ya se me ocurrirá el libreto; ¡qué va!. En realidad no se me ocurrirá nada, porque cuando llegue el momento, si es que llega, me pasará como al tiranuelo del cuento de Julio Cortazar, que no pudo decir nada para configurar su destino histórico retrospectivo, porque a duras penas balbuciré un piropo manido y destemplado que usted, preciosa Berenice, recibirá con desdén más que justificado, sin llegar a enterarse nunca de que cada vez que entra al Pentágono su altiva presencia nos regala un perfume de flores capaz de llenar el universo, y que sus formas generosamente contorneadas nos sugieren las rutas que perdieron a los navegantes alucinados del caribe. No sabrá tampoco que cuando circula con sus cadenciosas caderas entre las mesas, los clientes habituales del café, incluido un tío que sale cada diez minutos al zaguán para jugar con el humo de su cigarrillo “Pielroja”, sentimos un vértigo parecido al del trapecista que da el doble salto mortal en el vacío y que sólo recupera el aliento cuando puede asirse nuevamente al columpio salvador que lo regresa a la vida después de haber estado por un instante en el espacio muerto, en fin, cosas de índole parecida que permanecerán en mis labios a punto de salir cada vez que usted entra con el cielo puesto al Pentágono.

Su admirador,

H.D.G.A.

(foto de H. Darío Gómez A.)

Héroes insospechados y clandestinos

“Los infinitos héroes desconocidos valen tanto como los héroes más grandes de la historia.” Walt Whitman Irene & Cia. Una muchac...