lunes, 29 de abril de 2013

Lamento del bronce




Durante el verano el sol recalentará tus broncíneas entrañas sin la esperanza  de un amigo copudo y sombrío que mitigue tu incendio interior. Querrás gritar  por un sorbo de agua pero tu boca metálica no podrá musitar la súplica.

Colúmbidos impenitentes dejarán sus ofrendas húmedas sobre las cuencas vacías de tus ojos, chorreará su materia esotérica sobre el rictus grave y trascendente de tu dignidad  de prócer.

Al llegar el invierno la lluvia  no aplacará tu sed, pues el agua resbalará por tu rostro sin quedarse, sin que puedas sacar la lengua para atrapar unas gotas de vida.

Y tendrás que soportar durante las gélidas noches las evacuaciones corporales de los vagos. Tullido por el frío  no podrás hacerles el quite. Los grafitos envilecerán la piedra que sostiene tu rancio abolengo, y treparán abyectos roedores hasta tus barbas profusas que serán escenario de sus acrobacias inverosímiles.

¡Cruel tormento para quien  quiso inmortalizarse con beneméritas obras!

Mas de vez en cuando, muy de vez en cuando, vendrán  a visitarte los descendientes de quienes te condenaron al castigo eterno de la rigidez.

Pondrán una corona florida a tus pies, dirán unas palabras manidas y luego se  marcharán  con la certeza estulta de haberte hecho un bien.

(Busto en el Parque del Brasil, Bogotá. Foto de H. Darío Gómez A.)

lunes, 15 de abril de 2013

A mí me gustan las mujeres de verdad

(Mi madre entre un par de amigas, ahora años. Foto familiar)


Hace un par de años un reconocido laboratorio cosmético (¡siempre los laboratorios!) se inventó una encuesta para hacerle creer a las mujeres que a los hombres nos disgustan sus arrugas. Ante semejante despropósito, escribí un post que bauticé “Reivindicación de la arruga, defensa de la estría”. No obstante, acaeció que una amiga venezolana (hermosa, tal las mujeres que se crían silvestres en ese entrañable país) me hizo una confesión perturbadora, como quiera que el espejito de mano que siempre lleva en la cartera, indiscreto como el de la madrastra del cuento, le reveló sus primeras arrugas. -“Mi contextura robusta...... vaya y pase, he aprendido a sobrellevarla; pero arrugas...... ¡qué horror!”- enfatizó compungida en su correo electrónico. De  suerte que consideré pertinente desempolvar el escrito en cuestión para ponerle de presente el encanto boticelliano de las mujeres rollizas, así como la dignidad de esa mutación natural (la arruga) que las sumerge en el mundo adulto, haciéndolas aún más interesantes, así:

A mí me gustan las mujeres de verdad.  Me gustan las modelos bastantonas de curvas generosas que aparecen en “Televentas”, tal como lucían antes de aplicarse el tratamiento  para eliminar  el exceso de grasa abdominal  o las estrías de las caderas.  Me gustan la arrugas precoces de las damas cincuentonas y sus “patas de gallo” donde se columbra  el uso intenso de la vida, para bien o para mal -como dice el bolero-  pero uso al fin, ejercido sin avaricia por demás inútil.

Sin embargo,  en criterio de los laboratorios cosméticos Vichy, “la arruga no es bella según ellos”; y para afirmar tal disparate, se apoyan en el resultado de un estudio poco serio que dieron en bautizar con el embeleco de: “Las arrugas de las mujeres vistas por los hombres”.  ¡A mí que no me incluyan en esa estúpida generalización! Pero la amañada encuesta es aún más temeraria, al concluir que el único defecto que los hombres no perdonamos a las mujeres –salvo a las madres y a las abuelas- son las arrugas. Falso. A los hombres de verdad –no sólo a los de mi edad media, sino también a los más jóvenes- nos gustan las mujeres de verdad, con sus estrías coquetas -que son como huellas de la generosidad con que dan la vida, y a veces son signos de la desmesura, qué más da-; y se nos van los ojos por las señoras con incipientes “patas de gallo” que enmarcan sus miradas con un halo de inteligencia y misterio. Nos gustan asimismo las damas con sus redondeces espléndidas de fruta en sazón, en cuyos escotes se asoman tímidamente las  líneas sutiles de la dulzura.

De modo que descreo  en la encuesta de marras, y tengo para mí que fue dirigida a una muestra de hombres “metrosexuales” o de modistos entecos, cuyo pobrísimo concepto de la belleza femenina se limita a las modelitos anoréxicas de “Vogue”.  No podía ser de otra manera, es evidente, ya que la encuesta fue ordenada y financiada por los laboratorios que producen las cremas anti arrugas.

Con todo,  estas perniciosas encuestas que no reflejan la verdadera opinión masculina, logran calar en la sensibilidad de algunas mujeres en detrimento de su autoestima que resulta injustamente vulnerada. Por eso les digo a las mujeres de carne y hueso -más carne que hueso o más hueso que carne, todas encantadoras-, que los hombres de verdad, los que las vemos pasar por la calle, en la oficina o en el autobús, admiramos su belleza real, más allá de las marcas que han dejado en su piel los besos lascivos de Cronos.

Claro está que existe uno que otro güevón que se toma en serio la entelequia de que sólo la mujer sin arrugas es bella. Pero a ese le digo lo que cantaba el poeta frances, Georges Brassens: "El que es güevón, es güevón, la edad no tiene nada que ver"

jueves, 11 de abril de 2013

"Eppur si muove"

(Foto de H. Darío Gómez A.)



"Y sin embargo se mueve", afirmó Galilei ante el tribunal de la santa Inquisición con ocasión de su abjuración de la visión heliocéntrica del mundo.

Y sin embargo la vieja es peor que el tuerto,  podría afirmar asimismo Mujica ante la prensa internacional con ocasión de sus disculpas públicas por decir lo que todos sabemos.

jueves, 4 de abril de 2013

Transmilenio a las 6 p.m.






 (Foto de H. Darío Gómez A.)

La avenida Caracas es la arteria por donde fluyen los glóbulos rojos de Bogotá. Aquí llamamos Transmilenio al sistema de buses colorados que transportan gran parte de las células que dan vida a la ciudad. Y cuando hay mucha suerte, uno puede viajar sentado.

Afuera huye la luz y el frío se apodera de la tarde. Desde mi silla zurda, pegado a la ventana, veo como se aleja la ciudad: pasa el barrio Santa Fe con su endémica lascivia; pasa Teusaquillo, desdibujado, con sus casas elegantes venidas a menos como sus dueños vergonzantes; pasa Chapinero, libérrimo, con sus compra-ventas noctámbulas y sus parrandas alternativas; pasa, en fin, la ciudad imperturbable.

Y frente a mí está ella: secretaria, digitadora (ya no hay mecanógrafas, menos aún estenógrafas) o quizás auxiliar contable de la academia “Paciolo”, supongo por su traje algo formal para su belleza juvenil. Sus manos impecables sostienen un paraguas florido como su perfume de mujer espléndida. Sin darse cuenta, la muchacha comienza a cantar una balada cursi escuchada a través de los audífonos de su blackberry, como si se le escapara el alma por un instante. Al otro lado de la ventana se encienden las estrellas con las primeras luces de neón; y sentado frente a ella hay alguien que desde la distancia del anonimato le contempla la vida.

lunes, 1 de abril de 2013

El palacio de Versalles





(Finca "Versalles", Saboyá, Boyacá, Colombia. Fotos de David Nieves)

“Versalles”: así  reza la escritura pública de la notaría única de Saboyá al referirse a un predio rural de unas cuantas fanegadas, ubicado en la vereda de la Lajita (no precisamente en la campiña francesa, en la región alpina de Ródano,  como lo sugiere el nombre del municipio boyacense al que pertenece), que adquirimos hace más de quince años doña Inés del alma mía y el suscrito, en común y proindiviso, con el único fin de legar a nuestros hijos un pedazo de planeta plantado con robles y alisos.

Pero sucede que el nombre determina la cosa (al menos eso afirman algunos metafísicos),  de suerte que un fundo denominado “Versalles” debía tener, además de espléndidos jardines (que los tiene y muy naturales), un digno palacio para solaz de la reina, una princesa  y dos príncipes.

El caso es que yo de Luis XIV tengo poco, menos aún su fortuna, conque doña Inés se propuso a fuer de trabajo disciplinado (y escasa ayuda mía) obtener los recursos para levantar  un palacio que adornara los jardines de “Versalles” (el de Boyacá), hasta lograr el cometido, no sólo de alojar cómodamente nuestros sueños de los fines de semana, sino de hacer prosperar en nuestra landa un hermoso y productivo cultivo de moras (dulces y ácidas a la vez, como su carácter).

Y ahí está levantado el “palacio de Versalles” de doña Inés, donde el lujo y el boato del chàteau original son reemplazados por la calidez de su dueña y la hermosura natural del paisaje, que ya hubiera querido tener el tal Luis ese. Para qué más.


 (Cultivo de moras y flores con robledal al fondo. Fotos de H. Darío Gómez A.)









 (Imágenes de la finca "Versalles". Fotos de Alejandro Gómez y David Nieves)

Guía zurda de Cartagena de Indias

(Plazoleta Benkos Biohó en la Matuna, Cartagena de Indias. Foto de El Universal) (el peatón haciendo una foto por encargo, Cartage...